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La Sombra que Fui - Capítulo 76

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  4. Capítulo 76 - 76 Confesión
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76: Confesión 76: Confesión Diego observó cómo los demás despertaban uno por uno.

Primero Lucía, luego Ana, después Teo.

David ya estaba despierto, trabajando en su laptop con auriculares puestos, ajeno a la tensión que se respiraba en el aire.

—¿Qué pasa?

—preguntó Lucía, frotándose los ojos—.

¿Por qué tan temprano?

—Necesitamos hablar —dijo Diego—.

Todos.

Ahora.

Su tono no admitía cuestionamientos.

Había algo definitivo en su voz que hizo que incluso David quitara sus auriculares y cerrara la laptop.

Camila se había quedado de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, mirando hacia la calle.

No hacia Julián.

—¿Alguien va a despertar a Julián?

—preguntó Teo.

—Déjenlo —dijo Diego—.

Mejor que escuche todo desde el principio sin tiempo para preparar respuestas.

Se acercó al sofá donde Julián dormía y lo sacudió por el hombro.

No con suavidad.

—Julián.

Despierta.

Julián se movió, confundido, abriendo los ojos lentamente.

—¿Qué hora…?

—Levántate.

Todos necesitamos hablar.

Algo en la voz de Diego debió alertarlo.

Julián se incorporó completamente, mirando alrededor.

Todos lo observaban.

Nadie con expresión amigable.

—¿Qué pasó?

—preguntó, con genuina confusión o excelente actuación.

Diego se quedó de pie frente a él, con los demás formando un semicírculo alrededor del sofá.

Julián estaba efectivamente rodeado.

—Hace dos horas —comenzó Diego con voz fría y controlada—, la policía arrestó a tres hombres en el Motel Las Brisas.

Vio la reacción de Julián.

Un destello de algo.

¿Sorpresa?

¿Miedo?

Desapareció demasiado rápido para identificarlo con certeza.

—¿El motel donde estaba el testigo?

—preguntó Lucía—.

¿Qué pasó?

—Los arrestaron intentando entrar por la fuerza a la habitación donde supuestamente se escondía Carlos Méndez.

Uno de ellos sacó un arma.

Otro disparó frente a oficiales.

—Dios mío —susurró Ana—.

¿Intentaron matarlo?

—Habrían intentado matarlo —corrigió Diego—, si Carlos Méndez existiera.

Silencio absoluto.

—¿Qué?

—preguntó Mateo.

Diego mantuvo su mirada fija en Julián.

—Carlos Méndez nunca nos contactó.

No hay testigo.

No hay documentos.

Fue una trampa.

Información falsa que plantamos deliberadamente.

La comprensión comenzó a filtrarse en los rostros alrededor de la habitación.

Teo fue el primero en entenderlo.

—Espera.

¿Plantaron información falsa?

¿Para qué?

—Para ver quién la reportaría —dijo Camila desde la ventana, su voz helada—.

Para confirmar que tenemos un traidor entre nosotros.

Todos miraron a Julián simultáneamente.

—No —dijo Julián, sacudiendo la cabeza—.

No, yo no…

—Alguien consultó información sobre las cuentas en las Islas Caimán la noche que David las mencionó —continuó Diego, su voz como acero—.

La consulta se rastreó hasta la zona residencial donde vive tu madre, Marta Ortega de Salinas.

Julián palideció visiblemente.

—Y alguien buscó información sobre Carlos Méndez anoche —agregó Diego—.

Exactamente después de que mencionáramos su nombre.

Mismo patrón de búsqueda.

Misma ubicación general.

—Podría ser coincidencia —dijo Julián débilmente—.

Esa es una zona grande, muchas personas…

—Tres hombres armados fueron a silenciar a un testigo que solo nosotros, en este apartamento, sabíamos que existía —la voz de Diego se elevó ligeramente—.

Información que mencionamos ayer por la tarde.

Y menos de doce horas después, sicarios están tocando la puerta.

¿Eso también es coincidencia?

—Yo…

no sé cómo…

—Uno de los arrestados habló —interrumpió Diego—.

¿Quieres saber qué dijo?

Que Víctor Salinas los envió.

Que recibieron orden directa de silenciar al testigo antes de que pudiera hablar con el fiscal.

Ana dejó escapar un sollozo.

—¿También les dijiste sobre mi padre?

¿Por eso nunca lo encontramos?

¿Porque le dijiste a Alberto dónde buscarlo?

—¡No!

—Julián se puso de pie abruptamente—.

¡Yo nunca haría eso!

¡No sabía nada sobre tu padre!

—Pero sabías sobre las cuentas —dijo Camila, volteándose finalmente para mirarlo—.

Y sabías sobre el testigo.

Porque estuviste aquí cuando lo mencionamos.

Y horas después, Alberto lo sabía también.

—Camila, tienes que entender…

—¿Entender qué?

—su voz se quebró—.

¿Entender que confiamos en ti?

¿Que te contamos todo?

¿Que Patricia podría seguir viva si no hubiéramos tenido un traidor reportando cada movimiento que hacíamos?

—¡Patricia ya estaba muerta cuando hablé con mi madre!

—gritó Julián, desesperado—.

¡No tuve nada que ver con eso!

—¿Cómo lo sabemos?

—preguntó Teo—.

¿Cómo sabemos cualquier cosa que nos dijiste es verdad?

Julián miró alrededor del círculo de rostros.

Todos duros.

Todos acusadores.

Excepto quizá David, que simplemente lo observaba con expresión analítica, como si fuera un problema matemático por resolver.

—Yo…

—Julián se sentó de nuevo, su cuerpo colapsando sobre sí mismo—.

Ustedes no entienden.

No saben la situación…

—Entonces explica —dijo Diego, sentándose frente a él—.

Ahora.

Toda la verdad.

Porque esta es tu única oportunidad de salvarte de que te acusen de cómplice de intento de asesinato.

Julián se cubrió el rostro con las manos, respirando irregularmente.

Cuando habló, su voz era casi inaudible.

—Mi madre me llamó.

Hace unas semanas.

La primera vez en casi un mes.

Nadie interrumpió.

Todos esperaron.

—Me dijo que Nelson estaba enfermo.

Muy enfermo.

Diabetes avanzada.

Necesita diálisis.

Posiblemente un trasplante.

Los tratamientos cuestan una fortuna.

El seguro no cubre ni la mitad.

—Dinero —dijo Camila fríamente—.

Todo esto es por dinero.

—¡Es la vida de un hombre!

—Julián levantó la vista, ojos rojos—.

¡El esposo de mi madre!

¡Alguien que, a pesar de todo, intentó ser una figura paterna para mí!

—Entonces, ¿qué?

—preguntó Lucía—.

¿Tu madre te pidió que nos traicionaras?

—No.

No así.

—Julián negó con la cabeza—.

Ella solo…

me preguntó si sabía algo sobre Camila.

Sobre qué estaba haciendo.

Si estaba en peligro.

—Y tú le dijiste —completó Diego.

—Le dije que Camila estaba bien.

Que estaba con gente que la protegía.

Que estábamos reuniendo evidencia contra Alberto.

—Julián miró a Camila con súplica en sus ojos—.

Pensé que era seguro.

Es mi madre.

Pensé que solo estaba preocupada.

—¿Y el dinero?

—preguntó Camila—.

Los cincuenta mil dólares que recibió tu madre justo después de que te uniste a nosotros.

Julián se quedó quieto.

—¿Cómo sabes…?

—Investigamos —dijo Diego simplemente—.

¿De dónde crees que vino ese dinero, Julián?

—Ella me dijo que de un programa de asistencia médica.

Que había aplicado para ayuda gubernamental…

—Vino de una empresa fantasma vinculada a Alberto Montalbán —interrumpió Diego—.

Tu madre recibió cincuenta mil dólares de Alberto.

Dos días después de que tú te unieras a nuestro grupo.

Julián se veía genuinamente sorprendido.

O era el mejor actor que Diego había visto.

—No…

ella no me dijo…

pensé que era legítimo…

—¿Y las llamadas?

—continuó Diego—.

Las llamadas de ocho minutos hace semanas.

Las llamadas de tres minutos después de que publicáramos la evidencia.

¿También eran solo charlas casuales con mamá?

Julián cerró los ojos.

—Ella me llamaba.

Me preguntaba cosas.

Sobre dónde estábamos.

Qué sabíamos.

Qué planeábamos hacer después.

Yo…

le contestaba.

Porque es mi madre.

Porque pensé que merecía saber que su hijo estaba seguro.

—¿Y nunca sospechaste?

—preguntó Camila con incredulidad—.

¿Nunca pensaste que era raro que te hiciera tantas preguntas específicas?

—¡Estaba preocupada!

—Julián abrió los ojos, suplicante—.

O eso pensé.

Dios, fui tan estúpido.

—Sí —dijo Teo simplemente—.

Lo fuiste.

—¿Cuándo te diste cuenta?

—preguntó Diego—.

¿Cuándo supiste que tu madre estaba pasando la información a Alberto?

Julián tardó en responder.

—Anoche.

Cuando mencionaste al testigo.

Y vi…

vi cómo Diego y Camila se miraban.

Vi algo en sus ojos.

Y entendí que era una prueba.

Que estaban probando si había una fuga.

—Y aun así llamaste a tu madre —dijo Camila, su voz llena de dolor—.

Aun sabiendo que era una trampa.

—¡No llamé!

—Julián se puso de pie de nuevo—.

¡No la llamé!

Solo…

solo le escribí un mensaje.

Un mensaje de texto corto.

Le dije que había un testigo.

Porque pensé…

pensé que tal vez si Alberto sabía que alguien más estaba hablando, se asustaría.

Se rendiría.

—O enviaría asesinos —dijo Ana, llorando abiertamente ahora—.

Como probablemente hizo con mi padre.

—¡No lo sé!

—gritó Julián—.

¡No sé qué pasó con tu padre!

¡Nunca mencioné a Juan Ferreira!

¡Nunca!

—Pero mencionaste a Patricia —dijo Diego en voz baja—.

¿Verdad?

Julián se quedó congelado.

—Le dijiste a tu madre que íbamos a la casa de Patricia —continuó Diego—.

—No.

Eso no…

yo no sabía…

—¿Cuándo?

—preguntó Camila, acercándose a él—.

¿Cuándo le dijiste?

Julián retrocedió hasta que su espalda tocó la pared.

—Después.

Le dije después de que fuimos.

Cuando regresamos.

Le escribí que habíamos encontrado evidencia en la casa de una colega.

Pero no di la dirección.

No di detalles específicos.

—¿Y qué información SÍ diste?

—presionó Diego.

—Solo…

solo que era la casa de alguien que trabajaba en Montalbán.

Que tenía documentos.

Eso fue todo.

—Eso fue suficiente —dijo Camila, con lágrimas corriendo por sus mejillas—.

Para que Alberto investigara.

Para que averiguara quién había trabajado en documentación.

Para que encontrara a Patricia.

—No lo sé —susurró Julián—.

No sé si fue por eso.

No puedo saber…

—Claro que puedes —dijo Diego—.

Porque fuimos a la casa de Patricia un miércoles por la tarde.

Y el jueves por la mañana ya estaba muerta.

No hay otra explicación.

El silencio que siguió era ensordecedor.

Julián se deslizó por la pared hasta quedar sentado en el suelo, sollozando.

—No lo sabía.

Juro que no sabía que usarían la información así.

Pensé…

pensé que solo querían saber qué hacíamos.

Para protegerse.

No para lastimar a nadie.

—¿Y el testigo de anoche?

—preguntó Mateo—.

¿Ese también pensaste que era para protegerse?

Julián no respondió.

No podía.

Camila se arrodilló frente a él, obligándolo a mirarla.

—Patricia era buena persona.

Valiente.

Leal.

Y murió siendo torturada porque tú no pudiste mantener la boca cerrada.

—Lo siento —lloró Julián—.

Lo siento tanto.

—¿Y Nelson?

—preguntó Diego—.

¿Sigue valiendo la pena?

¿Su vida vale más que la de Patricia?

¿Más que todos los que podrían morir porque traicionaste nuestra confianza?

—¡Están presionando a mi madre!

—gritó Julián—.

¡Ella no tiene opción!

¡Si no les da información, dejan de pagar los tratamientos!

¡Nelson muere!

—Entonces tu madre está siendo chantajeada —dijo Diego—.

Lo cual significa que tú eres víctima colateral.

Pero eso no cambia lo que hiciste.

No cambia que tres hombres fueron arrestados anoche por información que tú proporcionaste.

—¿Qué quieren que haga?

—sollozó Julián—.

¿Qué esperan que haga?

Diego se puso de pie, mirándolo desde arriba.

—Quiero que cooperes completamente.

Quiero cada conversación que tuviste con tu madre.

Cada mensaje.

Cada llamada.

Todo lo que dijiste y todo lo que ella preguntó.

Vamos a usarlo para construir el caso contra Alberto y contra quien esté usando a tu madre como intermediaria.

—¿Y después?

—Después decides si quieres ser testigo protegido o enfrentar cargos como cómplice.

Esa decisión la toma el oficial Ramírez.

Pero yo voy a recomendarle que considere las circunstancias.

Que eras manipulado a través de tu familia.

Julián levantó la vista con esperanza frágil.

—¿De verdad?

—Si cooperas totalmente.

Si nos das absolutamente todo.

Si aceptas testificar si es necesario.

Entonces tal vez.

Solo tal vez.

Puedes salir de esto sin ir a prisión.

—Lo haré.

Haré lo que sea.

—Y tu madre —agregó Camila—.

Necesitamos hablar con ella.

Necesita testificar también sobre cómo Alberto la manipuló.

Sobre el chantaje.

Sobre todo.

—Ella está asustada.

No sé si…

—Entonces la protegemos —dijo Diego—.

A ella y a Nelson.

Testigos protegidos.

Ambos.

Tratamiento médico garantizado.

Pero tiene que cooperar.

Julián asintió repetidamente.

—Se lo diré.

Le explicaré.

Ella querrá hacerlo.

Cuando entienda que no tiene que seguir siendo víctima de Alberto.

Diego miró a los demás.

Rostros todavía duros pero quizá con algo menos de odio.

Entendimiento.

No perdón.

Pero entendimiento.

—Ana —dijo Diego suavemente—, sobre tu padre.

Julián dice que nunca mencionó nada sobre él.

¿Le crees?

Ana miró a Julián por un largo momento.

—No lo sé —dijo finalmente—.

Pero quiero creer que al menos en eso dice la verdad.

—Trabajaremos en encontrarlo —prometió Diego—.

Con o sin ayuda de Julián.

Te lo prometo.

Ana asintió, limpiándose las lágrimas.

Diego sacó su teléfono.

—Voy a llamar a Ramírez.

Va a venir para tomar tu declaración formal.

Y Julián…

si mientes en cualquier cosa, si omites algo, el trato se acaba.

¿Entendido?

—Entendido.

No voy a mentir.

Se los juro.

—Bien.

Diego marcó el número mientras los demás lentamente se dispersaban.

Nadie sabía qué decir.

Nadie sabía cómo procesar todo lo que acababan de escuchar.

Camila se quedó de pie junto a la ventana de nuevo, mirando el amanecer sin realmente verlo.

Diego terminó la llamada y se acercó a ella.

—¿Estás bien?

—No —dijo ella simplemente—.

Pero estaré bien.

Eventualmente.

—Hicimos lo correcto al confrontarlo.

—Lo sé.

Pero eso no hace que duela menos.

Diego puso una mano en su hombro.

—Patricia sabía los riesgos.

Lo hizo voluntariamente.

Julián no la mató.

Alberto lo hizo.

—Pero Julián le dio el cuchillo.

—Sí.

Sí lo hizo.

Miraron juntos cómo el sol salía completamente, pintando el cielo de naranja y rosa.

Un nuevo día.

Pero el peso del anterior seguía presionando sobre todos ellos.

Y en algún lugar de la ciudad, Alberto Montalbán estaba despertando sin saber todavía que su red de información acababa de convertirse en su peor pesadilla.

Porque ahora no solo tenían evidencia de sus crímenes.

Tenían testigos dispuestos a hablar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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