La Sombra que Fui - Capítulo 77
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Capítulo 77: Recuerdos del pasado
Cuando Ramírez finalmente se llevó a Julián para tomar su declaración formal, el apartamento quedó sumido en un silencio incómodo. Nadie sabía qué decir. Nadie sabía cómo procesar lo que acababan de presenciar.
Lucía fue la primera en moverse, yendo a la cocina a preparar café que nadie pediría. Teo se sentó en el sofá, mirando su teléfono sin realmente ver la pantalla. Ana se había encerrado en el dormitorio que compartía con Lucía, llorando silenciosamente. David simplemente abrió su laptop de nuevo, refugiándose en código y datos porque eran más simples que las emociones humanas.
Diego observó a Camila. Ella se había quedado de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, mirando hacia la calle sin pestañear. Su rostro era una máscara perfecta de control. Demasiado perfecta.
—¿Camila? —dijo suavemente.
—Estoy bien —respondió ella sin voltear.
—No tienes que…
—Dije que estoy bien.
Su voz era fría, controlada. La voz de la heredera Montalbán que había perfeccionado durante años de cenas corporativas y juntas de directorio. La voz que usaba cuando no podía permitirse sentir nada. Diego la conocía suficiente para saber que eso significaba exactamente lo opuesto.
Camila se alejó de la ventana abruptamente.
—Necesito un momento. Disculpen.
Caminó hacia el baño antes de que alguien pudiera responder. La puerta se cerró con un clic suave. El sonido del pestillo siendo activado.
Diego esperó. Cinco minutos. Diez. Quince. El agua corriendo brevemente. Luego silencio. Se acercó a la puerta del baño y tocó suavemente.
—¿Camila?
Silencio.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo… dame un minuto.
Pero su voz sonaba diferente. Quebrada en los bordes. Diego se quedó ahí, indeciso. Darle espacio o presionar. Respetar su privacidad o asegurarse de que estaba realmente bien. Decidió esperar.
Dentro del baño, Camila estaba sentada en el borde de la bañera con las manos cubriéndose el rostro. Las lágrimas corrían entre sus dedos pero no hacía sonido. Años de práctica le habían enseñado a llorar en silencio. A colapsar sin que nadie se diera cuenta. Se miró en el espejo. Ojos rojos. Rostro pálido. La misma expresión que había visto ese día hace veintitrés años cuando descubrió que el hombre en quien más confiaba la había traicionado por dinero. Por ambición. Por su propio beneficio.
Los recuerdos la golpearon sin piedad.
Ese día había empezado como el más importante de su vida. La junta directiva de Montalbán Corp se reuniría para formalizar su nombramiento como presidenta, tal como su padre lo había establecido en su testamento. Camila había dedicado semanas a prepararse, revisando documentos, estudiando proyecciones, memorizando cada detalle de cada departamento.
Y junto a ella, durante todo ese tiempo, había estado Julián. Su esposo de años. Su confidente. La persona en quien más confiaba en el mundo.
—¿Nerviosa? —le había preguntado esa mañana mientras tomaban café.
—Un poco. Pero me siento preparada.
Él había sonreído. La había besado en la frente.
—Vas a estar increíble. Tu padre tomó la decisión correcta.
«Mentiras. Todo eran mentiras.»
Porque cuando Camila entró a esa sala de juntas, cuando vio las expresiones frías de los miembros del consejo, cuando Alberto comenzó a presentar «preocupaciones» sobre su capacidad para dirigir la empresa… Julián no la defendió.
Peor. Él fue quien proporcionó a Alberto la munición. Cada duda privada que Camila había compartido con él en la intimidad de su hogar. Cada momento de vulnerabilidad. Cada pregunta legítima sobre la enorme responsabilidad que estaba por asumir. Julián había tomado esas confidencias y las había entregado a Alberto como evidencia de su «inestabilidad» y «falta de preparación».
—Como esposo de Camila —había dicho Julián frente a toda la junta, sin mirarla a los ojos—, he observado de cerca el efecto que el estrés de esta situación ha tenido en ella. Creo que asumir la presidencia en este momento sería perjudicial tanto para ella como para la empresa. Teniendo en cuenta que su gestión no fue muy legítima en este tiempo que se ha hecho cargo de la compañía.
Camila había sentido que el piso desaparecía bajo sus pies.
—Julián, ¿qué estás haciendo? —había susurrado.
Pero él siguió mirando a Alberto. A los miembros de la junta. A cualquier lugar excepto a ella.
La votación fue rápida. Diez votos en contra de su nombramiento. Solo dos a favor. Alberto asumiría la presidencia «interina» de Montalbán Corp. Y Camila perdió todo lo que su padre había querido para ella en cuestión de minutos.
Después, cuando finalmente logró confrontarlo en privado, Julián ni siquiera intentó justificarse con nobles intenciones.
—Alberto me ofreció un puesto ejecutivo. Vicepresidente de finanzas. Un salario que nunca podría conseguir en otro lugar. Y seamos realistas, Camila, ibas a perder de todas formas. La junta nunca iba a aceptar a una mujer tan joven como presidenta. Al menos así yo salgo ganando algo.
…
Camila volvió al presente con un sollozo ahogado. Y lo peor era que había vuelto a caer en la misma trampa. Cuando Julián apareció semanas atrás ofreciendo ayuda, hablando de arrepentimiento, ella había querido creer que las personas podían cambiar.
—Qué estúpida —susurró a su reflejo—. Qué increíblemente estúpida.
Un toque suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¿Camila? —La voz de Diego era cuidadosa—. Llevas casi media hora ahí dentro. ¿Estás bien?
Ella se limpió las lágrimas rápidamente, se mojó la cara con agua fría.
—Estoy bien. Salgo en un momento.
—No tienes que estar bien, ¿sabes? Después de lo que pasó, nadie esperaría que lo estuvieras.
Algo en la forma en que lo dijo. Sin presión. Sin juicio. Solo un hecho simple. Camila abrió la puerta. Diego estaba recostado contra el marco, con expresión preocupada pero sin hacer preguntas invasivas. Simplemente esperando.
—¿Los demás? —preguntó ella.
—Dándote espacio. Todos lo están procesando a su manera.
Camila asintió. Salió del baño, caminó hacia el dormitorio. Diego la siguió sin decir nada. Ella se sentó en el borde de la cama, mirando sus manos.
—Me traicionó antes, ¿sabes? Julián. —Su voz era apenas un susurro—. Hace años. De la peor manera posible.
Diego se quedó quieto en la entrada, esperando que continuara si quería hacerlo.
—Y ahora, años después, hizo exactamente lo mismo. Eligió lo que le convenía. Esta vez era salvar a su familia en lugar de conseguir un puesto ejecutivo, pero el patrón es idéntico. Me traicionó. Otra vez. —Camila lo miró con ojos llenos de dolor—. ¿Cómo pude ser tan estúpida de confiar en él otra vez?
Diego se levantó, se acercó, se arrodilló frente a ella.
—No eres estúpida. Eres alguien que quiso creer que las personas pueden cambiar. Eso no es debilidad. Es humanidad.
—Es ingenuidad.
—No. Es esperanza. Y si dejas que esta traición te convierta en alguien que nunca confía en nadie, entonces Alberto gana. Te conviertes en alguien como él. Alguien que solo ve amenazas. Que vive aislado porque no puede creer en nadie.
—Al menos no terminaría llorando en baños por el mismo hombre dos veces.
—No. Terminarías completamente sola. Como Alberto. Rodeada de gente que te teme o te usa, pero nadie que genuinamente se preocupe por ti. ¿Eso es lo que quieres?
Camila no respondió. Diego tomó sus manos suavemente.
—Julián tomó decisiones cobardes. Dos veces. Eligió su beneficio sobre la lealtad. Eso habla de quién es él, no de quién eres tú. Tú has tomado decisiones valientes desde que comenzó todo esto. Enfrentaste a Alberto cuando sería más fácil rendirte. Construiste un equipo de extraños que ahora pelearían por ti. Y sí, saliste lastimada. Pero también estás más cerca de destruir a Alberto que nadie ha estado en treinta años.
—No me siento valiente. Me siento traicionada. Usada.
—La valentía no es la ausencia de dolor. Es seguir adelante a pesar de él. Y eso es exactamente lo que has estado haciendo.
Camila lo miró finalmente. Diego sostuvo su mirada con intensidad genuina.
—¿Por qué haces esto, Diego? ¿Por qué te importa tanto?
—Porque creo en lo que estamos haciendo. Y porque creo en ti. En la Camila que se levanta después de cada golpe. Esa Camila es imparable.
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Diego sonó. Ramírez. Diego contestó, escuchó brevemente, su expresión cambiando de preocupación a sorpresa.
—¿Estás seguro? —Pausa—. ¿Grabaciones? —Pausa más larga—. Entiendo. Vamos para allá.
Colgó y miró a Camila con algo parecido a esperanza cautelosa.
—Marta. La madre de Julián. Quiere reunirse con nosotros. Dice que tiene información crítica y quiere protección a cambio de testificar contra Alberto.
Camila se limpió las lágrimas, su expresión endureciéndose.
—¿Qué tipo de información?
—Grabaciones. Al parecer, Marta grabó cada llamada con el intermediario de Alberto. Cada amenaza velada sobre Nelson. Cada solicitud de información. Todo.
—¿Por qué haría eso?
—Ramírez dice que porque tenía miedo. Sabía que eventualmente Alberto la descartaría y necesitaba protección.
Camila se puso de pie, componiendo su rostro en la máscara de control que tan bien conocía.
—Bien. Vamos.
—¿Estás segura? Puedo ir solo si necesitas más tiempo…
—No. Voy. —Su voz era acero ahora—. Julián me traicionó hace años por ambición. Me traicionó ahora por salvar a su familia. Esta vez, voy a asegurarme de que su cobardía, su culpa, su desesperación por redimirse sirvan para algo útil. Voy a usar todo eso para destruir a Alberto.
Diego sonrió levemente.
—Ahí está. La Camila Montalbán que conozco.
—La que debí ser desde el principio. La que mi padre creyó que era cuando me dejó la empresa en su testamento.
Salieron del cuarto juntos. Los demás levantaron la vista, leyendo algo en la expresión de Camila que los hizo enderezarse.
—Vamos a reunirnos con la madre de Julián —anunció Diego—. Camila y yo. Ustedes quédense aquí. Esto podría tomar horas.
Nadie objetó. Mientras bajaban las escaleras hacia el coche, Camila sintió algo cambiar dentro de ella. El dolor seguía ahí. La traición seguía doliendo. La herida de lo que Julián le hizo años atrás seguía abierta. Pero ahora tenía dirección. Propósito.
Julián Ortega la había traicionado por última vez. Y esta vez, esa traición sería el arma que usaría para destruir a Alberto Montalbán de una vez por todas. Tal como debió haberlo hecho cuando todavía creía en la bondad de la gente. Ahora sabía mejor. Y eso, paradójicamente, la hacía más peligrosa que nunca.
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