La Sombra que Fui - Capítulo 78
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Capítulo 78: La madre de Julián
La estación de policía estaba inusualmente silenciosa para un sábado por la tarde. Diego condujo por el estacionamiento trasero, siguiendo las instrucciones específicas de Ramírez. Discreción absoluta. Nadie podía saber que Marta Ortega estaba ahí.
Camila no había dicho una palabra durante todo el trayecto. Miraba por la ventana con expresión inescrutable, pero Diego notaba la tensión en sus hombros, en la forma en que sus manos se apretaban sobre su regazo.
—¿Estás lista para esto? —preguntó mientras apagaba el motor.
—No —respondió ella honestamente—. Pero hagámoslo de todas formas.
Ramírez los esperaba en la entrada lateral, vestido con ropa casual en lugar de su traje habitual. Los guió por un pasillo poco transitado hacia una sala en el tercer piso. Pequeña, sin ventanas, con una mesa y cuatro sillas. Una cámara en la esquina superior.
—Está nerviosa —advirtió Ramírez antes de abrir la puerta—. Muy nerviosa. Sabe que en el momento en que testifique oficialmente, su vida cambia para siempre.
—¿La están protegiendo? —preguntó Diego.
—Ella y Nelson. Los trasladamos a una ubicación segura esta mañana. Custodia las veinticuatro horas. Pero Marta no quiere protección permanente. Dice que testificará, cooperará completamente, pero después quiere su vida normal de regreso. Quiere que Alberto vaya a prisión para poder vivir sin miedo.
—Optimista —murmuró Camila.
Ramírez abrió la puerta. Marta Ortega de Salinas estaba sentada en una de las sillas, con las manos alrededor de una taza de café que claramente ya estaba fría. Era exactamente como aparecía en las fotografías de la investigación de Mauricio. Cabello oscuro con algunas canas, rostro amable que ahora mostraba las marcas profundas del estrés y el miedo. Cuando vio a Camila entrar, se puso de pie abruptamente. La taza casi se cae.
—Señorita Montalbán, yo… no sé qué decir. Lo siento. Lo siento tanto.
Camila la observó con expresión fría.
—Siéntese, señora Salinas.
Marta obedeció inmediatamente, con las manos temblando. Diego y Camila se sentaron frente a ella. Ramírez activó la grabadora en la mesa.
—Esta conversación está siendo grabada —dijo Ramírez formalmente—. Para el registro: presente están el fiscal Héctor Ramírez, el abogado Diego Salazar, Camila Montalbán, y la testigo Marta Ortega de Salinas. Señora Salinas, ¿confirma que está aquí voluntariamente?
—Sí —su voz era apenas audible.
—¿Y entiende que todo lo que diga puede ser usado en procedimientos legales?
—Sí.
—Bien. Puede comenzar cuando esté lista.
Marta respiró profundamente, miró a Camila con ojos llenos de lágrimas.
—Nunca quise hacer daño a nadie. Tiene que creerme. Nunca.
—Pero lo hizo —dijo Camila sin emoción—. Así que explique por qué.
Marta se limpió las lágrimas con manos temblorosas.
—Mi esposo, Nelson, fue diagnosticado con diabetes hace tres años. Al principio era manejable. Medicamentos, dieta, ejercicio. Pero empeoró. Los doctores dijeron que necesitaría diálisis eventualmente. Posiblemente un trasplante. El seguro cubre algo, pero no todo. Las deudas empezaron a acumularse. Hace cuatro meses, nos dijeron que estábamos al borde de la bancarrota.
—¿Y entonces? —presionó Diego.
—Entonces alguien me contactó. En el trabajo. Un hombre que dijo llamarse Andrés Solís. Dijo que representaba intereses corporativos que podían ayudar con mis problemas financieros a cambio de información ocasional sobre actividades en la empresa.
—¿Qué tipo de información? —preguntó Ramírez.
—Al principio, nada específico. Solo rumores. Quién estaba siendo promovido. Qué departamentos estaban siendo investigados internamente. Cosas que escuchaba en la oficina. Me pagaban quinientos dólares cada vez. No parecía peligroso. Pensé que era espionaje corporativo normal.
—Pero no era normal —dijo Camila fríamente.
—No. Hace dos meses, Solís cambió. Me preguntó específicamente sobre mi hijo. Sobre Julián. Dijo que sabían que Julián había renunciado abruptamente. Querían saber por qué. Qué había descubierto. Si estaba hablando con alguien sobre irregularidades en la empresa.
—¿Y usted qué les dijo?
—La verdad. Que Julián y yo apenas nos hablábamos desde su renuncia. Que estaba molesta con él por dejar un trabajo tan bueno. Pero entonces Solís me ofreció algo diferente. Cincuenta mil dólares. De una sola vez. Suficiente para pagar todas nuestras deudas médicas y tener un colchón para futuros tratamientos.
—¿A cambio de qué? —preguntó Diego, aunque ya conocía la respuesta.
—A cambio de reconectarme con Julián. De preguntarle qué estaba haciendo. Con quién estaba pasando tiempo. Qué sabía sobre… sobre usted, señorita Montalbán. —Marta miró a Camila directamente—. Solís dijo que usted estaba en peligro. Que Julián podría estar involucrado en algo peligroso. Que necesitaban protegerlo.
—Y usted les creyó —dijo Camila sin inflexión.
—Quería creerles. El dinero… Nelson necesitaba el dinero. Así que llamé a Julián. Por primera vez en semanas. Le dije que estaba preocupada. Que quería saber que estaba bien. Y él… él me contó. No todo. Pero suficiente. Me dijo que estaba ayudando a alguien. Que estaba tratando de hacer lo correcto por primera vez en su vida.
—¿Y usted reportó eso? —La voz de Diego era dura.
—Sí. Y recibí el dinero al día siguiente. Transferencia bancaria. Cincuenta mil dólares exactos. —Marta sollozó—. Pensé que era el final. Que solo querían saber que Julián estaba bien. Pero Solís volvió a contactarme. Dijo que necesitaban actualizaciones regulares. Que si dejaba de cooperar, el dinero tendría que ser devuelto. Con intereses. Y que además… que además había evidencia de que yo había vendido información corporativa confidencial. Que podía ir a prisión.
—La chantajearon —dijo Ramírez.
—Sí. Completamente. Cada vez que Julián me llamaba, cada vez que le escribía, yo reportaba después. Cualquier cosa que mencionara. Dónde estaba. Con quién. Qué planeaban. Y ellos… ellos usaban esa información para…
No pudo terminar. Se cubrió el rostro con las manos, sollozando.
Camila la observó sin compasión visible. Diego sabía lo que estaba pensando. Esta mujer, esta madre asustada tratando de salvar a su esposo, había pasado información que llevó a la tortura y muerte de Patricia Ruiz.
—Señora Salinas —dijo Ramírez con voz controlada—, necesitamos que sea específica. ¿Qué información exactamente pasó sobre las actividades del grupo de la señorita Montalbán?
Marta respiró entrecortadamente, tratando de calmarse. Cuando habló, su voz era monótona, como recitando una lista de compras en lugar de una letanía de traiciones.
—Les dije que Julián estaba trabajando con un abogado llamado Diego Salazar. Les dije que estaban reuniendo evidencia contra Alberto Montalbán. Les dije que había otras personas involucradas: un experto en tecnología, una periodista, otros. Les dije cuando mencionó que habían encontrado documentos en la casa de una colega que trabajaba en Montalbán Corp.
El silencio que siguió era denso, asfixiante.
—¿Cuándo pasó esa información específicamente? —preguntó Diego con voz peligrosamente calmada—. Sobre la casa de la colega.
—El miércoles. Por la tarde. Julián me escribió diciendo que habían encontrado algo importante. Que tenían documentos que probaban todo. Yo… yo se lo dije a Solís esa misma noche.
—Patricia Ruiz fue torturada y asesinada el jueves —dijo Camila, su voz como hielo—. Menos de veinticuatro horas después de que usted reportara esa información.
Marta se puso pálida, comenzando a hiperventilarse.
—No… no lo sabía. Juro que no sabía que iban a lastimar a nadie. Solís dijo que solo querían mantenerse informados. Que era para proteger intereses corporativos. Yo nunca…
—¿Tiene pruebas? —interrumpió Ramírez—. ¿Algo que conecte a Solís con Alberto Montalbán?
Marta asintió con cabeza temblorosa. Sacó su teléfono de su bolso con manos que apenas podían sostenerlo.
—Grabé todo. Cada llamada con Solís. Cada vez que me contactaba. Sabía que algo no estaba bien. Sabía que eventualmente necesitaría protegerme. Así que grabé. Todo.
Diego sintió una descarga de adrenalina. Ramírez se inclinó hacia adelante.
—¿Tiene esas grabaciones aquí?
—Están en la nube. Protegidas con contraseña. Pero puedo acceder ahora.
—Hágalo —ordenó Ramírez.
Marta tocó la pantalla con dedos torpes. Seleccionó un archivo. Presionó reproducir. La voz que salió del pequeño altavoz era masculina, profesional, fría.
«—Señora Salinas, necesitamos saber exactamente dónde se encuentra su hijo en este momento.
—No lo sé. No me lo dice.
—Entonces averígüelo. Llámelo. Pregunte. Sea creativa. Pero necesitamos esa información antes del amanecer.
—¿Por qué tanta urgencia?
—Eso no es su preocupación. Su preocupación es que su esposo continúe recibiendo tratamiento médico. ¿O prefiere que los pagos se detengan?
—No, por favor. Haré lo que pida.
—Bien. Y señora Salinas, recuerde: cualquier intento de contactar autoridades resultará en consecuencias muy severas. No solo para usted, sino para Nelson también. ¿Entendido?
«—Entendido.
La grabación terminó. El silencio en la sala era absoluto. Ramírez miró a Marta con expresión incrédula.
—¿Cuántas grabaciones tiene?
—Veintitrés. Cada interacción con Solís durante dos meses.
—¿Y en alguna de esas grabaciones, Solís menciona a Alberto Montalbán directamente?
—En tres de ellas. Dice «el señor Montalbán quiere saber» o «el señor Montalbán está preocupado por». Es claro que está trabajando para él.
Diego miró a Ramírez. Este tenía una expresión de asombro casi reverencial.
—Esto es oro. Oro legal puro. Con estas grabaciones, podemos establecer conexión directa entre Alberto y el chantaje, la intimidación, la obstrucción de justicia. Y si podemos conectar a Solís con lo que le pasó a Patricia Ruiz…
—Podemos —dijo Camila de repente. Todos la miraron—. En los documentos que encontramos en casa de Patricia, había un nombre mencionado varias veces. Un intermediario que manejaba pagos sospechosos. Andrés Solís.
Ramírez se puso de pie abruptamente.
—Necesito esas grabaciones transferidas inmediatamente. Todas. A nuestra evidencia digital asegurada. Y señora Salinas, necesito que prepare una declaración escrita completa. Cada detalle. Cada fecha. Cada conversación.
—Lo haré. Todo. Pero necesito garantías. Protección real. No solo para Nelson y para mí, sino para Julián también. Si testificó contra Alberto usando información que mi hijo me dio sin saber, entonces Julián también está en peligro.
—Julián ya está bajo protección de testigos —dijo Diego—. Y usted y Nelson recibirán lo mismo. Pero tiene que entender algo, señora Salinas. Su testimonio va a destruir vidas. La de su hijo incluida. Julián va a tener que vivir sabiendo que cada palabra que le dijo a su madre fue usada contra gente inocente.
—Lo sé —susurró Marta—. Y voy a tener que vivir con eso también. Pero al menos… al menos puedo asegurarme de que quien realmente es responsable pague por lo que hizo.
Camila se puso de pie.
—Necesito aire.
Salió de la sala sin esperar respuesta. Diego la siguió después de intercambiar una mirada con Ramírez. La encontró en el pasillo, recostada contra la pared con los ojos cerrados, respirando profundamente.
—¿Estás bien?
—No. Pero eso no importa ahora. —Abrió los ojos, mirándolo directamente—. Tenemos lo que necesitamos, ¿verdad? Con esas grabaciones, con el testimonio de Marta, con todo lo demás. Tenemos suficiente para destruir a Alberto.
—Sí. Creo que sí.
—Bien. —Su voz era firme ahora, controlada—. Entonces terminemos esto. De una vez por todas.
Regresaron a la sala. Ramírez estaba en su teléfono, hablando rápidamente con alguien sobre órdenes de arresto y equipos de investigación. Marta seguía sentada en su silla, luciendo pequeña y frágil y completamente destrozada.
Cuando Ramírez colgó, miró a Diego y Camila con algo parecido a triunfo cauteloso.
—Acabo de hablar con el fiscal general. Con estas grabaciones, con los testigos que ya tenemos, con toda la evidencia documental, estamos listos para proceder. Órdenes de arresto para Alberto Montalbán, Víctor Salinas, y Andrés Solís serán emitidas mañana por la mañana.
—¿Mañana? —repitió Camila—. ¿Por qué no ahora?
—Porque necesitamos coordinación. Alberto tiene recursos. Tiene abogados. Tiene gente leal que podría advertirle. Necesitamos arrestarlos simultáneamente. Alberto, Víctor, Solís, y otros tres miembros del consejo que hemos identificado como cómplices directos. Todos a la misma hora. Sin darles oportunidad de huir o destruir evidencia adicional.
—¿Cuándo? —preguntó Diego.
—Mañana. Seis de la mañana. Equipos en cada ubicación. Operativo coordinado. —Ramírez sonrió sin humor—. Treinta años de impunidad terminan mañana al amanecer.
Diego sintió el peso de ese momento. Después de semanas de perseguir sombras, de reunir fragmentos, de arriesgar vidas, finalmente estaban ahí. En el umbral de la justicia real.
Miró a Camila. Ella no sonreía. No mostraba triunfo. Solo una determinación fría y absoluta.
—Quiero estar ahí —dijo—. Cuando arresten a Alberto. Quiero verlo.
—No es buena idea —empezó Ramírez.
—No me importa si es buena idea. Quiero estar ahí. Necesito estar ahí.
Ramírez miró a Diego, quien se encogió de hombros. Conocía esa expresión en el rostro de Camila. No había forma de disuadirla.
—Está bien —cedió Ramírez—. Pero desde una distancia segura. En un vehículo de vigilancia. No te acercas hasta que esté esposado y asegurado. ¿Entendido?
—Entendido.
Salieron de la estación de policía cuando el sol comenzaba a ponerse. El cielo estaba teñido de naranja y púrpura, hermoso de una manera que parecía incongruente con el peso de lo que acababan de escuchar.
En el coche, Camila finalmente habló.
—¿Crees que ella dice la verdad? ¿Marta? ¿O está minimizando su culpa?
—Creo que probablemente es una mezcla. Creo que realmente estaba asustada por su esposo. Creo que realmente fue chantajeada. Pero también creo que en algún nivel, decidió que la vida de Nelson valía más que las vidas de extraños. Y esa es una elección que va a tener que cargar por el resto de su vida.
—Como Julián.
—Como Julián.
Condujeron en silencio por varios minutos. Luego Camila dijo algo que sorprendió a Diego.
—Espero que encuentren paz. Eventualmente. Julián y su madre. Espero que el peso de lo que hicieron no los destruya completamente. Porque a pesar de todo, no creo que sean malas personas. Solo cobardes. Y el mundo ya tiene suficiente destrucción.
Diego extendió su mano. Después de un momento, Camila la tomó. Se quedaron así hasta llegar al apartamento, conectados en silencio.
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