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La Sombra que Fui - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 La cena de los lobos
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8: La cena de los lobos 8: La cena de los lobos En la mansión del tío Alberto, todo era oscuro, pesado y caro: muebles de caoba que parecían anclados al suelo, retratos de antepasados con miradas severas y un silencio tan denso que cada paso sobre el mármol italiano era una interrupción.

Era un mausoleo disfrazado de hogar.

Camila fue recibida por una empleada que ni siquiera la miró a los ojos.

La condujeron directamente al comedor, donde la familia ya estaba sentada.

El juicio había comenzado antes de que ella llegara.

Su tío Alberto presidía la mesa, con su porte de patriarca indulgente que apenas ocultaba un temperamento de hierro.

Su esposa, la tía Elena, se dedicaba a mover la comida en su plato con una sonrisa vacía.

La madre de Camila estaba sentada erguida, con la mandíbula apretada, y Esteban, su primo, la miraba con un resentimiento infantil, como si ella le hubiera robado su juguete favorito.

—Camila, querida.

Justo a tiempo —dijo su tío, con una voz suave que era más peligrosa que un grito—.

Estábamos hablando de la importancia de la unidad familiar.

Un concepto que pareces estar olvidando.

Camila tomó asiento, desdoblando la servilleta de lino con una calma que no sentía.

—Buenas noches, tío.

No lo olvido.

Simplemente estoy redefiniendo mi papel en ella.

El tenedor de su madre tintineó contra el plato.

Alberto arqueó una ceja.

—Un papel interesante, por lo que me cuentan —continuó él—.

Primero, le das la espalda a tu primo, que solo pedía un poco de ayuda.

Esteban, ¿no es así?

Esteban asintió con la boca llena.

—Solo le pedí que me acompañara.

Siempre lo había hecho.

No sé qué bicho le picó.

Todos los ojos se posaron en Camila, esperando la disculpa, la sumisión.

En su vida pasada, habría bajado la cabeza, murmurado un «lo siento» y habría dejado que la humillación la consumiera.

Esta vez, miró directamente a Esteban.

—Pido disculpas si te sentiste abandonado, Esteban —dijo, con una voz serena y clara—.

Pero mis responsabilidades académicas son mi prioridad.

Estoy segura de que, como futuro directivo de Corporación Montalbán, entiendes la importancia de la autonomía y la gestión personal del tiempo.

El golpe fue sutil, pero certero.

Lo llamó «futuro directivo» mientras lo acusaba veladamente de ser incapaz de gestionar un trámite simple.

Esteban se atragantó.

Su tío Alberto frunció el ceño, dándose cuenta de que esto no sería tan fácil.

—Y hablando de responsabilidades académicas —intervino su madre, con tono cortante—.

Tu tío y yo estamos muy preocupados por tu decisión de cambiarte a Derecho.

Es una carrera larga, combativa… no es para ti.

Administración es tu camino, el que tu padre habría querido.

—Mi padre habría querido que protegiera su legado —replicó Camila, sin dudar—.

Y he llegado a la conclusión de que la mejor forma de proteger una corporación no es solo saber cómo ganar dinero, sino también cómo defenderla de quienes quieren aprovecharse de ella.

Las leyes son los muros de la fortaleza, y yo voy a aprender a construirlos.

Un silencio helado cayó sobre la mesa.

Había declarado la guerra sin levantar la voz.

Su tío Alberto dejó los cubiertos a un lado.

La farsa del patriarca amable había terminado.

—Esa es una visión muy… agresiva, Camila.

La empresa ya cuenta con un excelente equipo legal.

Lo que necesita de ti es liderazgo, no que te pierdas en tecnicismos.

O quizás —su voz se tiñó de condescendencia— es solo una fase.

Una pequeña rebelión antes de sentar cabeza.

—No es una fase —afirmó ella.

Alberto suspiró, como si estuviera tratando con una niña terca.

—Bien.

Haz lo que quieras.

Pero que te quede claro: mientras vivas bajo nuestro amparo y tu educación sea financiada con el dinero de la familia, esperamos de ti un mínimo de lealtad y respeto.

Tus decisiones tienen consecuencias.

La amenaza era explícita.

Le cortarían los fondos, la aislarían.

Era el mismo chantaje emocional y financiero que siempre habían usado para controlarla.

—Entendido —dijo Camila, sin una pizca de miedo en la voz.

Su tranquilidad los desconcertó más que cualquier arrebato.

La cena continuó en una tensión insoportable.

Hablaban de negocios, de política, de adquisiciones, excluyéndola deliberadamente de la conversación.

Camila comió en silencio, observando, analizando.

Vio la forma en que su tío dominaba cada tema, cómo su madre asentía a todo lo que él decía, cómo Esteban solo intervenía para hacer preguntas obvias que su padre respondía con impaciencia.

No era una familia.

Era una jerarquía.

Y ella acababa de negarse a ocupar su lugar en el fondo.

Hacia el final de la cena, su tío mencionó un nombre que hizo que el corazón de Camila se detuviera por un segundo.

—Hoy hablé con Julián Ortega.

Un joven brillante.

Me contó que te vio en la universidad —dijo Alberto, mirándola por encima de su copa de vino—.

Tiene una visión para los negocios muy alineada con la nuestra.

Ambicioso, inteligente.

Un excelente prospecto.

Deberías pasar más tiempo con él, Camila.

Te haría bien rodearte de gente centrada.

Su madre sonrió por primera vez en toda la noche.

—Siempre he dicho que Julián es un muchacho encantador.

Harían una pareja perfecta.

Camila sintió náuseas.

Así que ya estaban tejiendo la red.

En su vida pasada, ella había caído en ella voluntariamente, cegada por el amor.

Ahora veía los hilos, gruesos como una soga, diseñados para atarla y entregarla.

Levantó la vista y forzó una sonrisa diminuta y enigmática.

—Tomaré nota —dijo, simplemente.

Su respuesta ambigua los dejó sin saber qué pensar.

No lo había rechazado, pero tampoco había mostrado el entusiasmo que esperaban.

Cuando la cena terminó, se despidió con una frialdad cortés y se marchó.

Al salir de la mansión y respirar el aire fresco de la noche, no se sintió derrotada.

Se sintió liberada.

La batalla había sido agotadora, pero había sobrevivido al primer asalto sin ceder un centímetro.

Les había mostrado una nueva Camila, una que no podían controlar con sus métodos habituales.

Sabía que redoblarían sus esfuerzos.

Su tío no dejaría que una pieza de su tablero se moviera por voluntad propia.

Su madre usaría la culpa como un arma.

Y Esteban buscaría cualquier oportunidad para sabotearla.

Y luego estaba Julián.

El aliado perfecto de su familia.

Su enemigo perfecto.

Mientras caminaba hacia la parada del autobús —había rechazado el chófer que le ofrecieron—, sacó su teléfono.

No buscó el número de Lucía.

Buscó en internet.

«Exposiciones de arte estudiantil», «Premios de escultura universitarios».

Si no podía derribar el muro de Sofía de frente, tendría que encontrar una puerta trasera.

Y esa puerta no llevaba el apellido Montalbán.

Llevaba el nombre de un admirador anónimo del arte que entendía el dolor.

El primer lobo al que había enfrentado esa noche era su familia.

El segundo, Julián, la observaba desde las sombras.

Pero el tercero, el más importante, era el pasado.

Y para cazarlo, necesitaba a Sofía de su lado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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