La Sombra que Fui - Capítulo 9
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9: La estrategia del peón 9: La estrategia del peón La semana siguiente fue una guerra de trincheras.
En casa, reinaba una ley del hielo orquestada por su madre.
Las conversaciones se limitaban a monosílabos, y cada comida era un recordatorio silencioso de su «decepción».
En la universidad, su primo Esteban había comenzado una sutil campaña de desprestigio, contando a quien quisiera oír que Camila se había vuelto «arrogante» y «antisocial».
Eran ataques mezquinos, diseñados para aislarla.
Pero Camila ya no era la chica que necesitaba la aprobación de los demás.
Usó ese aislamiento a su favor, sumergiéndose por completo en sus estudios.
Devoraba los libros de Derecho, no solo para las clases, sino buscando precedentes, vacíos legales, cualquier cosa que pudiera servirle en el futuro.
Se unió oficialmente al club de debate, donde sus intervenciones, frías y lógicas, empezaron a ganarle un respeto a regañadientes, incluso de sus detractores.
Lucía era su único puerto seguro.
No hacía preguntas sobre la tensión palpable con su familia, pero siempre estaba allí con un café, un comentario sarcástico para aligerar el ambiente, o simplemente sentándose a su lado en la biblioteca en un silencio cómplice.
—Estás acumulando enemigos a una velocidad impresionante —le dijo un día, mientras observaban a un grupo de estudiantes de Economía que murmuraban al ver pasar a Camila—.
Hasta Traje Caro te mira como si fueras un problema de cálculo que no puede resolver.
Camila siguió la mirada de Lucía.
Julián estaba al otro lado del patio, rodeado de su séquito habitual.
No la miraba directamente, pero Camila sentía su atención, un peso invisible sobre sus hombros.
Había mantenido su distancia desde la cena con su tío, una táctica que Camila reconoció de inmediato.
No la estaba ignorando.
La estaba dejando marinar en su propio jugo, esperando a que cometiera un error.
—Los problemas de cálculo son su especialidad —respondió Camila, volviendo a su libro—.
Lo que le molesta es que no estoy siguiendo la fórmula que él esperaba.
—Me gusta tu nueva fórmula —dijo Lucía con una sonrisa—.
¿Cuál es el siguiente paso, genio del mal?
—Paciencia —murmuró Camila—.
A veces, para ganar la partida, tienes que dejar que el otro jugador crea que está moviendo las piezas.
Su oportunidad llegó el viernes por la tarde.
Recibió un correo electrónico de la universidad anunciando la «Semana de las Artes», un evento anual donde los estudiantes exponían sus mejores trabajos.
En la lista de participantes destacaba la sección de escultura, y el nombre de Sofía de la Torre encabezaba la lista como ganadora del premio del año anterior.
Era la puerta trasera que había estado buscando.
Esa misma tarde, Camila se dirigió a una pequeña galería de arte independiente en un barrio bohemio de la ciudad, un lugar que recordaba haber visitado en su vida anterior.
El dueño, un hombre mayor llamado Marcio, era conocido por apoyar a jóvenes talentos, comprando sus primeras obras.
Camila entró, el sonido de una campanilla anunciando su llegada.
Marcio levantó la vista de un catálogo, sus ojos curiosos detrás de unas gafas de montura gruesa.
—Buenas tardes —dijo Camila—.
No busco comprar nada hoy.
Busco un favor.
O, más bien, hacer una inversión anónima.
Una hora después, salió de la galería habiendo dejado un sobre con una suma considerable de dinero y unas instrucciones muy precisas.
Marcio, intrigado por la extraña petición y la seriedad de la joven, había aceptado actuar como intermediario.
El lunes siguiente, el campus se transformó.
Los pasillos y patios se llenaron de instalaciones artísticas.
La obra de Sofía, la misma escultura de mármol negro titulada «Lo que queda», ocupaba un lugar de honor en el vestíbulo principal del edificio de rectoría.
Era aún más impactante bajo la luz natural, una explosión de dolor y belleza congelada en piedra.
Camila pasó por delante varias veces durante el día, observando a distancia.
Vio a Sofía de pie cerca de su obra, con su habitual aire de defensa, recibiendo cumplidos con una cortesía distante.
Vio a profesores de arte elogiar su técnica, a estudiantes tomarle fotos.
Pero nadie parecía entender realmente la pieza.
A media tarde, un hombre de aspecto distinguido, que nadie reconoció, se acercó a la escultura.
Era Marcio, el dueño de la galería.
Estudió la obra durante un largo rato, rodeándola, observándola desde todos los ángulos.
Sofía lo miraba con recelo.
Finalmente, Marcio se acercó a ella.
—Señorita de la Torre —dijo, con una voz suave y respetuosa—.
Mi nombre es Marcio Rivas.
Soy dueño de una galería.
He estado observando su trabajo.
Esta pieza… no es solo técnica.
Es un grito.
Sofía parpadeó, sorprendida por la descripción.
Era la primera persona que parecía ver más allá de la forma.
—Gracias —murmuró, sin bajar la guardia.
—No es un cumplido, es una observación —continuó Marcio—.
Hay una honestidad brutal en ella.
Un dolor que es casi tangible.
Representa a una nueva generación de artistas que no temen explorar la fractura.
Me gustaría adquirirla para mi colección privada.
Sofía se quedó sin palabras.
Vender una pieza tan personal, y a un galerista… era el sueño de cualquier estudiante de arte.
—Yo… no sé qué decir.
El precio… —El precio no es un problema —dijo Marcio, entregándole una tarjeta—.
Este es el número de mi galería.
Llámenos mañana y mi asistente se encargará de todos los detalles.
Pero quiero que sepa que esta obra será la pieza central de mi próxima exposición sobre «Memorias Rotas».
Será tratada con el respeto que merece.
Se dio la vuelta y se marchó, dejando a una Sofía completamente atónita sosteniendo la tarjeta.
Desde el otro lado del vestíbulo, oculta detrás de una columna, Camila observó la escena.
No sintió triunfo, sino un pequeño nudo de algo más complejo.
Había usado el dinero, el poder que tanto despreciaba de su familia, para lograr su objetivo.
Pero no lo había hecho para humillar a Sofía, sino para validarla.
Para mostrarle que su dolor, su arte, tenía un valor inmenso.
Era un primer paso.
Un peón sacrificado en el tablero para abrir una línea de ataque.
Mientras se giraba para irse, sintió una presencia a su lado.
—Interesante, ¿verdad?
—dijo Julián, apareciendo como de la nada.
Su voz era tranquila, pero sus ojos estaban llenos de una intensidad calculadora—.
Cómo el dinero puede transformar un simple trozo de piedra en una «obra de arte».
Camila sintió un escalofrío.
«¿Cuánto había visto?».
—El arte tiene valor por sí mismo, Julián.
El dinero solo lo cuantifica —respondió ella, sin mirarlo.
—Quizás —dijo él, dando un paso para quedar frente a ella, bloqueándole el camino—.
O quizás el dinero crea el valor.
Le pone un foco, le da un escenario.
Como ese galerista.
¿No te parece una extraña coincidencia que aparezca de repente y se interese por la obra de la hija del antiguo socio de tu padre?
El corazón de Camila martilleó contra sus costillas.
Lo sabía.
De alguna manera, lo sabía.
—No sé de qué hablas —dijo, su voz más firme de lo que se sentía.
Julián sonrió, una sonrisa lenta y depredadora.
—Oh, creo que sí lo sabes.
Has estado muy ocupada últimamente, Camila.
Reuniéndote con viejos contadores, buscando fantasmas, jugando a ser mecenas de las artes.
Es fascinante.
Es como ver a una mariposa tratando de convertirse en araña.
Se inclinó, su rostro a centímetros del de ella, su voz un susurro que solo ella podía oír.
—Solo ten cuidado.
En este juego, hay arañas mucho más grandes que tú.
Y no les gusta que nadie más teja en su red.
Se enderezó, le guiñó un ojo y se marchó, dejándola sola junto a la columna, con el pulso desbocado y una verdad helada asentándose en su interior.
No solo estaba jugando contra su familia.
Estaba jugando contra Julián.
Y él, de alguna manera, siempre parecía estar un paso por delante.
O, lo que era peor, justo a su lado.
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