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La Sombra Sin Dios - Capítulo 11

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Capítulo 11: Capítulo X : Crisis y advertencias

El Purgatorio, la frontera donde van aquellas almas perdidas, comenzó a sacudirse como si una fuerza ancestral intentará romper sus más profundos cimientos. Las paredes grises vibraban, las grietas brillaban como fuego y miles de ecos angustiados recorrían los pasillos vacíos.

Y su cuidadora y recolectora de almas —la Muerte— sintió el temblor en su propio cuerpo.

—¿Qué demonios pasa ahora…? —gruñó, irritada, mientras el espacio entero crujía.

Rápidamente siguió el origen de la distorsión. Y cuando llegó no tuvo mas remedio que detenerse en seco, ya que, estaba presenciando frente a sus ojos una escena prácticamente imposible

Una familia.

Los padres de Elior… y su pequeña hermana.

El chico estaba de rodillas, llorando, rogándoles que no se fueran.

—Por favor… llévenme con ustedes. No me dejen aquí…

Pero ellos negaban con la cabeza, llorando también.

La Muerte sintió un ligero escalofrío porque era claro que algo estaba muy mal.

La familia estaba rodeada por una luz dorada, una luz divina que no pertenecía al Purgatorio… ni al mundo humano.

Esa luz los protegía.

Y también estaba impidiendo que ella lograra acercarse más.

—¡No pueden romper el ciclo! —bramó la Muerte, lanzándose hacia ellos.

En el instante en que tocó la luz…

sus manos empezaron a quemarse.

—Tsk… ¡Maldita sea!

Elior y su familia no la veían.

No podían sentirla.

La Muerte trató de atravesar la luz a toda costa,pero el dolor se estaba volviendo insoportable. Y fue entonces cuando las cosas empeoraron:

la flor.

Aquella flor radiante que la niña sostenía mientras se la entregaba a Elior.

Un símbolo prohibido.

Una reliquia fuera de su dominio.

Un objeto que ninguna alma debía poseer.

La Muerte entró en pánico.

—¡No! ¡Deténganse ahora mismo!

Pero cuando logró romper el sello de luz que la mantenia alejada la familia se esfumaba.

La hermana de Elior susurró el nombre del chico…

Sucediendo así lo inevitable:

La familia desapareció.

Elior también.

Y la luz se extinguió.

La Muerte quedó sola.

Mirando sus manos carbonizadas.

Su ira fue tan brutal que Gehenna y Aetheris temblaron por un instante.

—¿Quién se atrevió…?

¿QUIÉN ENTRÓ EN MI DOMINIO Y TOCÓ MIS COSAS?

El nombre del chico resonaba en su cabeza:

Elior.

Su furia hizo que rápidamente diera media vuelta y la transportó a su biblioteca infinita, donde yacen los libros de cada vida en el universo. Buscó con violencia entre los estantes hasta que lo encontró:

El libro de Elior Blackwood.

Aquel libro estaba casi incompleto. para un chico que acababa de morir

Su pasado estaba registrado…

pero el resto era un enigma de páginas arrancadas, fragmentos deformados y tinta que cambiaba sola.

Peor aún… su futuro estaba decidido , pero era incomprensible para la muerte en ese momento.Era Caótico y Maldito.

La Muerte apretó los dientes,mientras aún sentía sus manos arder

―Los primeros sospechosos serán los demonios —sentenció.

Pero lo primero era poder curar su manos, que aún no sanaban, a pesar de la increíble sanación que ella poseía, esa luz la lastimó más de lo que creía

con el pasar las 24 horas su manos ya habían sanado, y ya al no encontrar más información acerca del chico y quien lo ayudó a salir, procuro ir a Gehenna

Al llegar los demonios, incluso los nobles, se arrodillaron ante ella.

Nadie podía respirar y menos moverse

—¿Quién fue? —preguntó con una serenidad más aterradora que un grito—.

¿QUIÉN SE ATREVIÓ A ENTRAR A MI TERRITORIO Y ROBARME UN ALMA?

El silencio asumió el lugar, ninguno de los demonios sabía absolutamente nada.

Eso la molestó aún más.

—No se para que me molesto , primero ustedes no deberían ni existir— dijo con una frialdad que la caracterizaba.

Y con un simple chasquido, los cien demonios arrodillados se desintegraron, cayendo al piso como polvo negro.

—Bien, estos inútiles no sabían nada, la segunda parada en los raritos de los ángeles

Así que rápidamente al darse vuelta y apareció en Aetheris.

El Concejo de Aetheris discutía un caso ajeno acerca de un arcángel caído, sin sentir que alguien ya estaba entre ellos. Nadie fue capaz de ver si sentir su presencia… hasta que habló.

—Ahora sí… silencio.

Las voces murieron al instante.

Todos sintieron la presencia indescriptible.

El aire se volvió pesado y frío congelando los pulmones de todo aquel que respiraba apresurado por la ansiedad. La luz de la habitación se apagó poco a poco y el sol se oscureció como si un eclipse lo estuviera devorando.

Aetheris entró en pánico.

La Muerte caminaba hacia el centro del salón con pasos tranquilos, la oscuridad se iba acumulando detrás de ella.

—Díganme, viejos inútiles… —sus ojos verdes ardían con sombras abismales—.

¿QUIÉN DE USTEDES ENTRÓ EN MI TERRITORIO Y SACÓ UNA DE MIS ALMAS?

Los ancianos se miraban entre sí, mudos. Al presenciar la misma situación que con los demonios solo la irritó más.

—¡RESPONDAN AHORA!

El grito retumbó por todo Aetheris, todos sintieron la presión en sus almas por el simple grito y presencia de una deidad como la muerte

Hasta que uno de los ángeles finalmente decidió hablar.

—Nadie… mi señora… nadie de nosotros tiene permiso y poder para algo así…

Ella lo interrumpió:

—¿Y Dios? —preguntó con veneno—. Llámenlo. ¡AHORA!

Que regrese de donde sea que esté escondiéndose.

—No podemos hacer eso —dijo otro anciano, temblando.

La Muerte se burló.

— Todos los seres de este universo no son más que unos ineficientes.

Su Dios escribe destinos, y ustedes apenas pueden leerlos.

Apretó sus manos con rabia..

—Una luz celestial protegió a ese chico. Y cien demonios no dijeron nada.

Así que… ¿por qué?

¿POR QUÉ SACARÍAN A UN CHICO DE DIECISÉIS AÑOS DEL PURGATORIO?

Una voz temblorosa respondió:

—¿Cómo se llama… el chico?, quizás con el nombre podremos ayudarla a descifrar el asunto

—Elior Blackwood.

Los ancianos se quedaron paralizados. otra vez ese tal Elior era mencionado en el concejo , pero esta vez hasta la muerte estaba presente.

—¿Ese chico murió?—pensó en voz alta unos de los viejos, sacando las peores conclusiones en su cabez

—Estaba muerto, hasta que lo sacaron—dijo la muerte— por sus rostros puedo ver que conocen del chico que hablo, ¿asi que ustedes lo ayudaron?

—No.. no mi señora, solo conocemos al chico por un incidente de hace un tiempo, jamás ayudariamos a alguien así

—No me interesan vuestros problemas, solo quiero saber quien lo sacó , para que sea castigado apropiadamente,— exclamó la muerte , mientras miraba las caras de terror de los ancianos

El jefe del concejo , quien se mantenía callado, sacaba sus conclusiones

Tenían el mismo pensamiento que Aurora días antes:

Muerto, Elior tenía limitaciones.

Pero quizás al volver a la vida… ya no., lo que lo haría un ser increíblemente peligroso

La Muerte logro percibir los pensamientos del jefe , mientras este divagaba en su mente y sonrió con maldad.

—Así que también les preocupa, ¿eh?

Perfecto.

El caos siempre trae almas nuevas para mí. supongo que tendré nuevas almas pronto…

Pero de pronto sintió otra presencia. que cautivo de forma exagerada su atención

Un movimiento extraño y a la vez conocido, algo antiguo… proveniente de un lugar olvidado.

Lo ignoró por el momento. debía solucionar este tema primero.

Uno de los ancianos, desesperado por sacar a la muerte de ahi y asi también sacar a ese chico de la ecuación, dijo:

—Quizás… si lo desea… puede recuperar al chico usted misma… no hay problema alguno con eso.

La Muerte de un momento a otro dejó de sonreír.

Se acercó, lento, muy lento.

Lo miró directo a los ojos.

El anciano vio un abismo infinito abrirse bajo sus pies.

—¿CÓMO TE ATREVES A HABLARME ASÍ? —rugió—.

Si vuelves a sugerir que tome un alma así como así…te aniquilaré. y tomaré la tuya para alimentar a los perros de gehenna

Ella respiró hondo.

Controlándose.

—Yo recojo almas —dijo con frialdad—.

No las robo.

Ese fue el acuerdo.

Y no lo romperé… al menos por ahora.

—Ustedes no me sirven en lo absoluto.

Se giró.

—Quiero respuestas. Así que volveré pronto. Más les vale tener las respuestas pertinentes.—dijo con un tono amenazante.

Y desapareció como humo.

La Muerte reapareció en un parpadeo en un lugar dondes no debía haber nada.

Pero se encontró con una sorpresa.

—…¿Qué… es esto?

Aquel Reino de las Sombras.Antes, un castillo desaparecido y un terreno muerto. era ahora un pueblo magnífico , donde se notaban las viviendas , caminos brillantes , los niños corriendo por todos lados mientras jugaban, aquellos que eran sombras ahora tenían sus apariencias de cuando estaban vivo.Todo era hermoso y perturbador al mismo tiempo.

Toda sombra sintió al instante la presencia de la Muerte.

Muchas cayeron al suelo.

Otras se paralizaron.

Una en particular tembló al encontrarse frente a ella.

—Arrodíllate —ordenó la Muerte.

La sombra obedeció inmediatamente.

Ella se inclinó hasta dejar su rostro a centímetros del suyo.

—Mírame.— Los ojos de la sombra temblaban como agua.

—Responde. ¿QUIÉN reconstruyó este reino?

La sombra tragó… o intentó hacerlo.

Y abrió la boca…

La Muerte clavó sus ojos verdes —fríos, infinitos, cargados de antiguedad— sobre la figura arrodillada.

Ni una sola sombra del reino se movía, todas temblaban bajo el peso de su presencia.

—Más te vale decirme todo lo que sabes o lo lamentarás —escupió la Muerte, sin parpadear.

La sombra tembló aún más, hundiendo el rostro en el suelo.

—N-nuestro señor ha vuelto… —dijo con voz hueca—.

Al fin ha vuelto con nosotros. Reconstruyó todo esto… lo primero que pensó fue en que los niños tuvieran un lugar donde jugar…

La Muerte apretó los dientes.

—¿Cómo que tu señor volvió?

Eso es imposible.

Ella sabía perfectamente que el antiguo Rey de las Sombras murió en una guerra celestial hace más de un siglo.

No existía forma de que regresara.

—Es posible, mi señora —susurró la sombra—. Él… volvió.

—¿Dónde está? —preguntó la Muerte, dando un paso que hizo que el aire se comprimiera.

—N-no lo sabemos… se marchó hace un momento…

La paciencia de la Muerte, ya desgastada por sus discusiones en Gehenna y Aetheris —donde nadie sabía absolutamente nada— se quebró al instante.

Todo lo que había reunido era un caos.

Los demonios querían devorar a un tal Elior Blackwood.

Los ángeles le temían.

Alguien rompió el ciclo del purgatorio.

Y ahora…

¿Un rey olvidado había regresado?

Demasiadas piezas sueltas.

Demasiadas en muy poco tiempo.

Así que gritó, y su voz sacudió el reino entero:

—¿¡DÓNDE ESTÁ TU REY!? ¡DIME AHORA!

Ese grito atravesó el dominio como una ola de fuego, llegando a los oídos de Alice.

La sombra femenina apareció corriendo, preocupada, hasta llegar frente a la Muerte.

—¿Qué sucede? ¡Por favor, déjalotranquilo! —exigió Alice.

La Muerte la observó con atención… y la reconoció.

—Vaya… al fin alguien que puede serme útil —dijo.

Luego ordenó sin mirar atrás—. Tú. Vete.

La sombra obedeció de inmediato y huyó, casi disolviéndose en el aire.

Alice se quedó de pie, firme, pese a la fuerza que emanaba la Muerte.

—¿Qué quieres saber? —preguntó sin apartar la vista.

—Quiero que me cuentes todo lo que pasó aquí.

Y lo quiero ahora.

No tengo tiempo, así que sé breve… pero no olvides nada.

Alice tragó saliva, pero asintió. No tenía otra opción.

Le habló del chico.

Del visitante inesperado.

Del joven que había sido confundido con el rey.

Del brillo plateado en sus ojos.

De cómo el reino había respondido a él… con devoción.

—Su nombre es Elior —dijo Alice finalmente—. Es joven, muy joven… pero tiene un corazón bondadoso. La primera vez que estuvo aquí solo pensó en los niños… y no en como los demas casi lo deboran

La Muerte sintió su rabia elevarse.

Las piezas comenzaban a encajar de forma peligrosa:

El chico sacado del purgatorio.

El chico cuyo libro estaba incompleto.

El chico perseguido por demonios y temido por ángeles.

Y ahora…

El chico que reconstruyó un reino que no debía existir.

—Lo quiero aquí —ordenó la Muerte—. Llama a tu rey.

Alice negó al instante.

—No puedo.

Mi rey aún no tiene suficiente fuerza para volver cuando quiera.

Y menos después de haberse marchado hace tan poco.

Si quieres verlo, tendrás que ir tú.

La Muerte la miró con furia contenida.

Pero luego respiró, molesta pero forzada a aceptar.

—Solo porque eres tú te dejaré hablarme así.

No abuses de tu suerte, sombra —escupió—.

Aprende a respetarme… como lo hacía tu antiguo rey.

Alice no contestó.

La Muerte dio un último vistazo al reino renacido, a los niños que jugaban sin saber que la propia personificación del final estaba a metros de ellos, y murmuró.

—Gracias por la información.

La observó fijamente a los ojos… y luego su cuerpo se deshizo en humo oscuro.

Su voz se escuchó antes de desvanecerse por completo

—Ya te encontraré, Elior Blackwood.

De momento… puedes esperar.

En los dias posteriores en Geheris el bosque estaba silencioso. Tan silencioso que Seraphine podía escuchar su propio pulso retumbar en los oídos.

Kael tampoco decía nada.Solo retrocedía un paso… y luego otro… esquivando cada ataque de Seraphine como si fuera un juego infantil.

La joven respiraba con dificultad, los hombros temblándole por el agotamiento.

Su cuerpo ya no le respondía bien, estaba empapada en sudor, las manos le ardían por la fricción del arma, y aun así no había logrado ni un rasguño en Kael.

Él, en cambio, parecía estar calentando recién.

—Vamos, Seraphine —dijo mientras la miraba con seriedad—. El poder del Alma no se controla rezando.

Necesito que lo fuerces. Que lo llames. Que lo sientas.

Seraphine apretó los dientes.

—Ya… estoy… ¡intentándolo!

Su último ataque fue desesperado,un corte descendente, rápido y preciso.

Kael lo esquivó sin esfuerzo, la tomó del traje y la lanzó contra el suelo con la misma facilidad con la que alguien sacude el polvo de su ropa.

—¿Te rindes? —preguntó Kael.

Seraphine se incorporó temblando.

—…No.

No lo haré.

Justo cuando volvió a ponerse en guardia, los tres sintieron un escalofrío recorrer el bosque.

El viento cambió.

Los pájaros salieron disparados de los árboles como si huyeran de un depredador invisible.

Aurora frunció el ceño.

—¿Qué… fue eso?

Kael se tensó.

Lo había sentido también, pero no veía nada.

Hasta que una presencia cruzó la barrera del bosque sin dejar rastro y se materializó frente a ellos.

—Midas —susurró Kael, sorprendido.

El joven maestro dio un paso adelante y sonrió, aunque había preocupación tras su expresión.

—Maestro… ha pasado demasiado tiempo.

—Demasiado, hijo. ¿Cómo está tu familia?

—Bien. Gracias por preguntar —respondió Midas, pero su voz no tenía espacio para nostalgia—. me gustaria conversar mas pero no puedo quedarme.

Seraphine. Aurora. Ambas han sido llamadas de urgencia al concejo.

Y deben partir ahora.

Seraphine y Aurora intercambiaron miradas, tensas.

Kael dio un paso al frente.

—¿Y yo?

Midas bajó la mirada.

—También fue citado, maestro.

De hecho… me enviaron con orden de traerlo por la fuerza si era necesario.

Kael soltó una risa amarga.

—Sabes perfectamente que no voy a ir.

—Lo sé —admitió Midas—. Por eso prioricé traerlas a ellas. Pero debe saberlo, maestro,

Arriba… todo es un caos.

Si no viene conmigo, enviarán a alguien más. Y no creo que sea tan comprensivo como yo.

Aurora sintió que el aire se volvía más pesado.

—¿Qué ocurrió, Midas?

El joven desvió la mirada, incómodo.

—Tras su ausencia del Concejo por la misión, se decidió ocultarle cierta información… para no distraerla.

Aurora sintió un mal presentimiento. Seraphine también.

—Hace unos días —continuó Midas—… la Muerte se presentó en el Concejo.

Los tres quedaron paralizados.

—¿La Muerte? —preguntaron Kael y Aurora al mismo tiempo.

—Entró exigiendo explicaciones sobre quién sacó un alma del purgatorio.

El silencio se volvió insoportable.

Seraphine sintió un golpe en el pecho.

Lo había presentido.

Todo estaba relacionado con Elior.

Midas suspiró.

—No tienen que decirme nada. Ya lo sé.

Fue él.

Todo Aetheris lo sabe ahora.

Kael lo miró fijamente, el rostro endurecido.

—¿Qué estás diciendo?

—Que la Muerte pronunció su nombre frente al Concejo.

Elior Blackwood.

Al escucharlo, Aetheris entero entró en pánico.

Aurora solo atino a suspirar y mirara con resignación al suelo.

Seraphine bajó la mirada, temblando.

Midas continuó:

—Quieren tomar una decisión respecto al chico… y la tomarán hoy mismo.

La reunión solo será una formalidad. Maestro… la decisión prácticamente está tomada.

Kael sintió que el alma se le caía al suelo. Sabía perfectamente qué significaba: o lo sellaban… o lo eliminaban.

Seraphine quiso hablar, quiso decir que debía ir con Elior, pero Aurora se le adelantó.

—Seraphine —dijo en un tono firme y decidido—. Vamos al Concejo.

No puedes quedarte aquí.

Seraphine apretó los puños.

No quería separarse de Elior.

No con lo que acababa de escuchar.

No cuando él podría perder el control… o cuando podrían querer matarlo.

Pero no tenía elección.

Kael se volvió hacia Midas.

—Gracias… hijo.

Y gracias por no llevarme por la fuerza.

Midas asintió con una sonrisa sincera.

—Maestro… yo estoy del lado de la vida.

No me agradan los extremos.

No conozco al chico… pero si usted lo protege tanto, no puede ser una amenaza. así que

buena suerte.

Aurora rápidamente creó un portal.

Seraphine respiró hondo, temblando, y cruzó con ella y Midas.

Cuando el portal desapareció, Kael se quedó solo.

Y corrió.

Corrió a toda velocidad hacia la ciudad, tan rápido que apenas tocaba el suelo.

El sol recién comenzaba a elevarse, y ya había gente en las calles.

Tuvo que tomar rutas alternativas para no ser visto.

Al llegar a la casa, se encontró con algo totalmente inesperado:

Elior, Aramis y Lia estaban en medio de una guerra de almohadas.

Habían roto cinco.

Los tres se quedaron paralizados al verlo entrar.

Lia gritó:

—¡No me pillarán! —y salió corriendo hacia su habitación.

Aramis fue detrás de ella.

Elior, en cambio, se limitó a reír.

—Yo limpio, Kael. No te preocupes.

Kael trató de sonreír, pero estaba pálido.

Elior frunció el ceño.

—¿Qué te pasa? Estás sudando y… cubierto de ramas. ¿Estás bien?

—Sí, hijo. Estoy bien —mintió Kael—. Voy a darme una ducha rápida.

Se fue a su habitación.

Elior lo observó cerrar la puerta con demasiada prisa.

Y por primera vez, sintió algo extraño alrededor de Kael.

Una especie de aura dorada…

débil…

temblorosa…

Como si Kael estuviera ocultando algo.

Como si algo… lo hubiese herido.

Elior apretó los dientes.

—Quizás… todavía estoy viendo cosas —susurró.

Pero algo estaba pasando. Y era grande., pero mientras en Geheris era calma.

Las puertas de Aetheris se abrieron de par en par, dejando paso a un viento helado que parecía atravesar la piel.

Seraphine y Aurora avanzaban escoltadas por Midas, llamadas con carácter de emergencia para discutir la decisión final sobre Elior.

Desde la visita de la Muerte, el Concejo había perdido toda estabilidad.

La sola mención de “Elior Blackwood” había convertido al reino celestial en un campo minado de tensiones.

Midas caminaba un paso adelante, hablándoles en voz baja:

—El Concejo está… especialmente irritable hoy.

Les aconsejo medir cada palabra.

Señora Aurora… Seraphine… tomen aire antes de responder.

No importa qué decidan ellos…

—Midas las miró de reojo, firme—

yo estaré de su lado. Intentaré ayudar desde afuera, para evitar una decisión fatal.

Seraphine tragó saliva. El pecho le dolía.

—Maestro… —susurró—. Tengo miedo.

—Es normal tener miedo —dijo Midas con suavidad—, pero lo importante es lo que haces con él.

Cuando debas defender la vida de alguien, tendrás dos opciones:

temblar frente al enemigo… o pararte con la frente en alto.

Y créeme, Seraphine:

—le puso una mano firme en el hombro—

los humanos viven poco. Pero tú… tú vivirás siglos.

Pasarás mil veces por momentos como este.

Aprende desde hoy a respirar, regular tus emociones… y avanzar hacia tu objetivo.

Las palabras del maestro golpearon el corazón de Seraphine con fuerza.

Su respiración, temblorosa al principio, comenzó a estabilizarse.

—Gracias… maestro.

—Adelante —dijo Midas—. Entra… y protégelo.

Seraphine asintió.

Cuando llegaron al enorme portón del Concejo, Aurora fue la primera en entrar.

No saludó. No hizo ninguna reverencia.

Solo avanzó hasta su asiento en silencio, bajo la mirada inquisitiva de los ancianos y las decenas de ángeles reunidos para presenciar la audiencia.

El murmullo se detuvo.

Todo Aetheris parecía estar conteniendo el aliento.

Seraphine se quedó detenida frente a la entrada.

Sus piernas hormigueaban.

Sus hombros le pesaban.

Le costaba respirar.

¿Y si no puedo defenderlo…?

¿Y si deciden matarlo…?

¿Y si… estoy demasiado asustada?

Midas inclinó la cabeza hacia ella.

—Seraphine… ahora no es tu vida la que está en juego —susurró—.

Es la del chico.Así que deja de temblar. Quien debería sentir miedo es Elior… no tú.

Tu papel no es temer… sino proteger.

Seraphine cerró los ojos un instante.llegando una ola de imágenes a su mente

Elior riendo con Lia y Aramis.

Elior con la mirada perdida, intentando entender quién es. El abrazo que le dio en el hospital y como sintió en ese momento que todo estaría bien

Y sin darse cuenta, ya no tenía miedo.

Tenía rabia.

Determinación.

—Voy a protegerlo… —susurró—.

Cueste lo que cueste.

Dio un paso adelante.

Luego otro.

Y al cruzar las puertas, levantó la mirada con una decisión que jamás había sentido.

Seraphine entró al Concejo, dispuesta a defender la vida de Elior aunque tuviera que enfrentarse al cielo entero.

El jefe del Concejo al ver entrar a Seraphine dio inicio a la reunión golpeando su bastón contra el suelo. El impacto resonó como un trueno contenido, expandiéndose por toda la sala como un eco que retumbó en cada pared.

—Bien —dijo el anciano, con una voz que cargaba cansancio, molestia… y una clara decisión tomada—. Es hora de comenzar… y acabar con esto de una vez por todas.

Aurora levantó la vista de inmediato. Ese tono le revelaba algo peligroso aquel viejo ya había decidido el destino de Elior sin escuchar a nadie. Aquello convertía la situación en un laberinto mortal.

—Tendré que actuar rápido—pensó— O todo esto terminará en un desastre.

En el centro del salón, Seraphine estaba arrodillada con una rodilla en el suelo, la cabeza en alto y los ojos fijos en el jefe del Concejo. Sus manos temblaban por la tensión y las gotas de sudor corrían por su frente.

El anciano continuó:

—Comenzaré yo. Todo Aetheris fue advertido por la Muerte acerca del chico… y de cómo fue capaz de escapar de ella en el purgatorio. El muchacho ya había muerto, y alguien desconocido lo trajo de vuelta. Eso también será investigado… después de este caso —añadió, recalcando las palabras con un gesto de autoridad.

Los demás consejeros asintieron. El anciano siguió.

—Mi deber es proteger a nuestra gente y el equilibrio entre Geheris y Aetheris. Elior Blackwood representa un peligro, y uno grande. No conocemos el origen de su poder. Hemos enviado investigadores, pero no hay resultados. Si bien elimina demonios —en el mejor de los casos—, la cantidad exorbitante de poder que posee alarma incluso a los más veteranos. No sabemos si los príncipes de Gehenna vendrán por él solo para adueñarse de ese poder.

Aurora se calmó un poco. Al menos el Concejo no sabía que Elior estaba más que dispuesto a cazar a los ángeles y. Si lo supieran, esto sería un infierno aún peor, pensó.

Seraphine bajó la mirada, apretando los dientes.

—Por ende —prosiguió el anciano—, una de mis opciones es sellar el poder del chico. Casi de la misma forma en que fue sellado uno de los príncipes de Gehenna por el hijo de Kael y su esposa.

Hubo un murmullo general. El anciano levantó la mano:

—Escuchemos al resto del Concejo.

Uno de los consejeros habló:

—Mi decisión es que se estudie al chico a gran escala. Debemos comprender lo sucedido.

Inmediatamente otro intervino:

—Yo opto por eliminarlo. Está rompiendo el equilibrio y si lo perdemos, todo será un caos volviendo a la guerra.

—Debe ser entregado a la Muerte —dijo otro, con voz grave.

—Yo voto porque sea sellado. Él… y su poder —añadió un cuarto.

Solo faltaba la opinión de Aurora.

Ella levantó la cabeza, apoyó sus manos entrelazadas y habló con firmeza:

—Mi decisión es obvia. Elior no debe ser sellado, ni eliminado, y menos entregado a la Muerte. ¿Para eso se les ofreció un puesto en el Concejo? ¿Para decidir quién vive y quién muere solo porque temen lo que no comprenden? Si lo sellan o lo eliminan… ¿qué creen que pensarán los demonios? ¿Qué somos cobardes? Y si lo eliminan… perfecto. Pero, ¿qué harán si vuelve? Ya se escapó de la Muerte una vez. ¿Quién dice que no puede hacerlo otra vez?

Hubo silencio. Algunos la miraron con sorpresa, otros con desprecio.

Aurora continuó:

—Elior fue elegido para cargar un poder desconocido. Algo que no se ve desde hace miles de años. Quizás el último tan fuerte fue el hijo de Kael… pero dudo que incluso él alcanzara el nivel de este niño. ¿Qué tal si fue Dios quien le dio esa carga para lo que se avecina? ¿Y si no estamos viendo la pieza clave? ¿Se atreverían a eliminar una creación de nuestro Señor solo por miedo?

Varias expresiones cambiaron en el Concejo.

—Y algo más —añadió Aurora, elevando la voz—: Elior posee la flor del Jardín de Dios. Le fue entregada por su hermana en el purgatorio. Gracias a eso pudo escapar. Si quieren enemistarse con él, sabiendo lo que tiene y lo que puede hacer… adelante. Yo no lo haré.

La sala entera quedó paralizada. La mención de la flor prohibida hizo temblar incluso a los más viejos.

El jefe del Concejo entrecerró los ojos.

—¿Cómo sabes esa información, Aurora?

—Kael me lo contó —respondió ella con total calma—. Me reuní con él para aclarar todo.

Un coro de quejas explotó:

—¡¿Y cuándo pensabas decirnos que te reuniste con Kael?!

—Cuando ustedes se dignaran a contarme que la Muerte visitó Aetheris —respondió Aurora, molesta.

Un consejero habló con tono despectivo:

—Quizás tengas razón en algunas cosas, Aurora… pero no entiendes la complejidad del asunto. Llevas poco tiempo aquí.

—Llevo poco tiempo, sí —dijo Aurora—. Pero lo suficiente para saber para qué y porqué fue creado este Concejo. Y claramente no para que te sientas importante por tener una silla. Así que guarda silencio.

El jefe golpeó el bastón.

—¡Suficiente! Pasemos al testimonio de Seraphine. Caelis Seraphine, de pie.

Seraphine se levantó con determinación, dispuesta a defender a Elior con su vida si era necesario.

—Dime, Seraphine —preguntó el anciano—. Con tu poder, ¿pudiste sentir su alma? Explícanos cómo es. Y no mientas… porque lo sabremos.

Seraphine tragó saliva.

—Sí —respondió—. Pude sentirla. Elior no desea destruir nada. Solo quiere proteger y cuidar a los humanos. Usa su poder para defender, no para oprimir. Él… solo está triste. Por cosas típicas de los humanos. Por tragedias. Por cargas que cualquiera en su lugar no soportaría. Pero aun así… lucha por vivir. Si lo conocieran… si siquiera se tomaran el tiempo de verlo… entenderían que no es una amenaza.

Mintió. Porque sabía que el poder de Elior podía matar incluso ángeles si se acercaban demasiado. Pero debía protegerlo. Rogó en silencio por el perdón de Dios.

Un viejo gruñó:

—Hablas como si lo conocieras demasiado, niña. Dime… ¿no estarás sintiendo cosas por él?

—¿Qué? —Seraphine quedó helada—. N-no… no es así…

—¿Qué clase de preguntas son esas? —intervino Aurora, indignada.

—Es necesario saberlo —dijo otro consejero—. Su corazón puede intervenir en su juicio.

—Y tú, Aurora —añadió otro—, ¿a quién protegerás? ¿Al chico… o a tu hija? Eres demasiado parcial.

Aurora apretó los dientes.

Seraphine se adelantó:

—Yo no siento nada por Elior, y no necesito que me defiendan. Y menos mi—

—¡Calla, niña! —rugió el consejero más cercano—. Ahora no tienes derecho a hablar hasta que yo lo diga.

Seraphine apretó los puños, temblando de rabia.

—Esto ya se ha alargado demasiado —dijo el jefe del Concejo—. Es momento de dar la decisión final.

Los minutos fueron eternos para Seraphine, muchos esperaban expectante el resultado del concejo, hasta que el jefe se levantó de su asiento y comenzó a hablar.

—Elior Blackwood será…

El corazón de Aurora y de Seraphine latía como si fuera a romperse.

—…sellado.

Un suspiro colectivo, mezcla de alivio y frustración, llenó la sala.

Pero el anciano rápidamente añadió:

—No solo su poder. Él también será sellado. Por el peligro que representa. Y por poseer la flor prohibida. no podemos arriesgarnos.

—¡No pueden hacer eso! —exclamó Seraphine.

Se adelantó varios pasos, pero el consejero viejo le gritó:

—¡Que te calles, niña! Te dije que no puedes hablar hasta que yo—

—¡ME NIEGO A QUEDARME CALLADA CUANDO HABLAN DE LA VIDA DE ALGUIEN QUE NI SIQUIERA CONOCEN! —gritó Seraphine con toda su fuerza.

Sus ojos brillaron con una luz intensa. La sala entera se tensó.

Inmediatamente, los guardias aparecieron con espadas apuntando a Seraphine.

Pero en un parpadeo Midas se interpuso.

—Si quieren lastimar a mi estudiante, tendrán que vencerme primero —dijo con una autoridad que heló a todos—. ¡Para esto los entrené! ¡¿Así obedecen ahora al Concejo?!

—¡Midas! ¿Acaso eres un traidor? —acusó uno.

—No —respondió él—. Solo defiendo los ideales que ustedes olvidaron. Ideales con los que me criaron. Proteger la vida. Antes… así se regía este lugar.

Un silencio sepulcral.

Era caos puro.

Seraphine, al ver a Midas defenderla, logró calmarse… un poco.

Pero antes de que el jefe pudiera emitir su sentencia final…

Las puertas del Concejo se abrieron de golpe.

Y por primera vez en años, Kael entró a Aetheris.

El silencio se transformó en terror. Incluso Aurora y Seraphine quedaron paralizadas.

Kael caminó hasta el centro con calma. Sus ojos no reflejaban miedo, sino indignación.

—¿Vas a tomar una decisión sin siquiera escuchar mi versión? —dijo dirigiéndose al jefe.

Luego miró a los guardias:

—Aléjense de la chica y de Midas… o lo lamentarán.

Los guardias retrocedieron de inmediato. Sabían que, incluso todos juntos, no podrían con él.

Kael suspiró.

—Bueno. Es hora de que hablemos todos. Iré al punto, porque no quiero perder tiempo aquí. Tengo a mis niños esperándome para comer panqueques.

Así que… comencemos.

El salón principal del Consejo estaba en silencio absoluto. Las luces azules que descendían desde la cúpula iluminaban los rostros tensos de los ancianos, quienes aún no podían creer lo que veían frente a ellos: Kael, retornando después de años.

Aurora y Seraphine permanecían de pie detrás de él; Midas a su lado, vigilante.

Las miradas pesadas del Consejo se clavaban en los cuatro.

Kael avanzó un paso, inhaló profundo y finalmente habló.

—Primero que todo… —su voz resonó como un trueno contenido—, es más que obvio. Me rehúso a cualquiera de las decisiones que hayan propuesto para Elior. Todas, absolutamente todas, se basan en sellarlo, estudiarlo o eliminarlo.

Alzó el rostro, firme.

—Jamás permitiré que le hagan nada de eso. Sus padres me dejaron a cargo de él. Lo he criado como si fuera mi propio hijo.

Uno de los consejeros golpeó la mesa.

—Pero no lo es, Kael. Ese chico no es tu hijo.

Kael apretó la mandíbula. Su mirada se endureció.

—Sí. No es mi hijo por sangre… —bajó la voz, casi con un tono dolido—. Pero lo quiero como a uno. Lo conozco desde antes de que naciera. Lo vi crecer, reír, llorar… y sufrir. Y si hoy estoy aquí es porque ustedes hicieron imposible evitar ese sufrimiento.

Los ancianos se movieron inquietos en sus asientos.

—¿Cómo que por nuestra culpa? —reclamaron al unísono.

Kael dio un paso más, su sombra proyectándose larga sobre la mesa del Consejo.

—Les explicaré. Hace ya varios años, en la última batalla que tuvieron contra demonios en Geheris, uno de sus arcángeles y su equipo destruyeron casi por completo un pueblo llamado Velmira. Ahí vivía yo… y vivía Elior.

Un estremecimiento recorrió la sala.

—Sus padres —continuó Kael, con la voz quebrándose apenas— corrieron a ayudar a sus vecinos sin saber qué ocurría. Creyeron que era un terremoto. Pero la verdad era que ustedes estaban librando una guerra en medio de un pueblo indefenso.

El recuerdo lo crispó por completo.

—Cuando Elior trató de ayudarlos, una casa colapsó por la pelea del arcangel y el demonio . Y en ese caos… la sangre ambos cayó sobre él.

Todos los miembros del Consejo abrieron los ojos con horror.

—¡Imposible! —gritó uno—. ¡Eso jamás ha sucedido en la historia! ¡Un humano contaminado por dos sangres opuestas!

Kael no vaciló.

—Pues sucedió. Y lo vi con mis propios ojos en sus recuerdos. Esa sangre lo alteró… pero dudo que sea la fuente principal de su poder.

Los ancianos se miraron entre ellos, inquietos, temblando.

—El arcángel —siguió Kael, con voz grave— usó su habilidad para purgar al demonio… y con ello aniquiló a varios lugareños. Incluyendo a los padres y la hermana de Elior. Y todo eso ocurrió frente a él.

Seraphine tragó saliva. Aurora cerró los puños.

Un silencio tenso se adueñó de la sala.

—Por eso odia a los demonios —continuó Kael—. Y por eso, después de la tragedia, su cuerpo cambió. Se volvió más fuerte, más resistente. Hoy en día posee una fuerza igual o superior a la de un arcángel.

Los consejeros apretaron los dientes, irritados y avergonzados.

—¿A qué voy con esto? —Kael levantó la mirada, directo al jefe del Consejo—. A que si van por Elior… él se defenderá. Cueste lo que cueste. Porque ustedes también son responsables de la muerte de su familia.

Se escuchó un murmullo ahogado entre los ancianos.

—Pueden decidir eliminarlo ahora mismo, sellarlo o emboscarlo más adelante. Pero deben saber algo:

Elior se adapta a todo a una velocidad inimaginable

Si está en peligro, generará mil planes en un segundo para sobrevivir.

No lo derrotarán tan fácilmente.

—¡Basta! —el anciano jefe golpeó el suelo con su bastón. El eco resonó por toda la cúpula—. No digas más mentiras, Kael. Tus palabras no cambiarán la decisión.

Kael entrecerró los ojos.

—No digo ninguna mentira. Y lo sabes.

Les estoy diciendo lo que ocurrirá si lo enfrentan.

Se hizo un silencio espeso… hasta que Kael añadió:

—Pero existe otra alternativa. Déjenme a mí, a Aurora y a Seraphine hablar con él. Ayudarlo a comprender su poder. A controlar lo que lleva dentro.

Estoy seguro… de que puede elegir su propio camino sin recurrir a la violencia.

Seraphine respiró hondo. Su pecho se expandía y contraía con miedo. Pero las palabras de Kael la hicieron sentir un poco más segura… y aterrorizada al mismo tiempo. El Consejo ahora sabía que Elior no dudaría en defenderse y asesinarlo de ser necesario.

Uno de los consejeros se inclinó hacia el jefe.

—Señor… no podemos creerle. Debemos proteger el equilibrio.

El salón se dividió en susurros.

La figura de Kael siempre había sido respetada; muchos lo veían como un héroe.

El jefe del Consejo cerró los ojos.

Y habló:

—Está bien, Kael. Si crees que puedes convencer al chico, adelante.

Ayúdanos a comprender su poder… aunque lo que has contado hoy no tiene precedentes. Jamás hemos visto a alguien que posea tres sangres. Y que la mezcla… no sea la fuente completa de su fuerza.

Los demás consejeros lo miraron, confundidos por su decisión.

Pero el anciano confiaba en Kael.

—Entonces… ¿es un trato? —preguntó Kael.

—Es un trato.

Kael asintió y se giró para marcharse con Aurora, Seraphine y Midas. Pero antes de cruzar la puerta, se detuvo, dándose media vuelta lentamente.

Sus ojos ardían con una advertencia silenciosa.

—Una cosa más.

Si no cumplen este trato…

Si siquiera intentan hacerle daño al chico…

Yo no me haré responsable de lo que pase.

La amenaza quedó suspendida en el aire. Fue suficiente para helar la sangre de más de uno.

Y los cuatro abandonaron la sala.

—¿Por qué dijiste eso último? —preguntó Aurora en cuanto se alejaron.

Kael suspiró.

—Porque irán por Elior. Tarde o temprano. Ese viejo nunca cede. Ya tomaron una decisión… solo debo saber cuándo. Puede ser hoy… mañana… o dentro de meses.

Seraphine palideció.

—Entonces… esto jamás terminará…

Kael la miró con una sonrisa leve, confiada.

—Lo dudo.

Ya verán.

Se detuvo frente al portal.

—Me esperan en Geheris. Aurora, Seraphine… ¿quieren venir?

—¿E-en serio? —preguntó Aurora, sorprendida.

—Vamos. Es mejor que veas a Elior con tus propios ojos.

Seraphine no dijo nada, pero una sonrisa involuntaria apareció en su rostro por primera vez en todo el día.

—Midas —dijo Kael—. Gracias por protegerlas.

—Haría lo que fuera, maestro. Cuídense. Y cualquier cosa… cuenten conmigo.

—Muchas gracias —respondieron Aurora y Seraphine al unísono.

—Te veo mañana, Seraphine —dijo Midas con suavidad.

—Si falto… es porque me quedé dormida, maestro —bromeó ella.

Cruzaron el portal.

El viento cálido los recibió.

Kael le pidió a Aurora cambiarse de ropa.

—¿Por qué? —preguntó ella, sin entender.

Seraphine apenas contuvo una risa.

—Porque aquí nadie se viste así… salvo los monjes —respondió Kael—. Además, Seraphine nunca ha presentado a su madre aquí.

—Ah… cierto —murmuró Aurora sonrojándose.

Una vez lista, caminaron juntos hablando de lo ocurrido en el Consejo.

—Seraphine —dijo Kael—. Tendrás que entrenar más duro.

—Lo sé. Mañana después de la escuela iré sin falta.

—Perfecto. Te esperaré en el mismo lugar.

Al llegar a la casa, fueron recibidos por Aramis y Lia corriendo hacia Kael.

—¡Papá! —gritó Aramis abrazándolo.

Seraphine y Aurora observaban la escena. Especialmente Aurora… hacía tanto que no veía a Kael sonreír así.

Los niños saludaron a Seraphine, y ella se agachó para abrazarlos.

—¿Cómo han estado?

—Bien —respondieron ambos—. Pero no queremos irnos a Velmira mañana.

—¿Mañana? —preguntó Seraphine sorprendida hacia Kael.

—Sí. Deben terminar la escuela allá. Y ya casi salen de vacaciones.

Los niños se detuvieron de golpe al notar la presencia de Aurora.

Seraphine los presentó.

—Ella es mi madre, Aurora.

—¡Hola! —saludó Lia—. Me gustan mucho los colores de tus ojos.

Aurora abrió los ojos con sorpresa.

—¿De verdad?

—Sí. Pero están en tercer lugar —dijo Lia con total honestidad.

—¿Tercer lugar? —preguntó Aurora, riendo.

—Sí. Primero el de Elior. Segundo el de Hina.

—Vaya… es bueno saber que al menos estoy en el podio —rió Aurora.

Kael preguntó:

—Chicos, ¿dónde está Elior?

—Está bañándose —respondió Aramis—. Terminó de entrenar hace poco.

Lia tomó la mano de Kael.

—Elior me enseñó a cubrirme así —hizo una postura torpe—. ¡Y Aramis también!

—Estoy seguro de que lo harán excelente —sonrió Kael.

—Papá, ¿trajiste el helado? —preguntó Aramis.

Kael se quedó inmóvil.

Lo había olvidado.

Aramis lo miró con decepción absoluta.

—Lo olvidaste, ¿verdad? ¡Se suponía que ibas a comprarlo!

—E-esto… yo…

La puerta se abrió de golpe.

—¡Llegué! —anunció Hina entrando con dos bolsas—. ¡Aquí está el helado!

—¡Hina! —corrió Seraphine a abrazarla.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Hina sonriendo.

—Kael me invitó —respondió Seraphine, un poco avergonzada.

Hina miró a Aurora.

—¡Usted debe ser la mamá de Sera! Se parecen un montón.

—Un gusto, soy Aurora —dijo ella.

—Y yo Hina. Ay… espero que Sera solo diga cosas buenas de mí.

—Hmm… —rio Aurora—. Digamos que el 90% son muy buenas.

Hina se echó a reír.

Aramis se acercó a Kael y dijo en voz baja:

—Le dije a Hina que fuera por el helado porque sabía que tú lo olvidarías.

—Bien pensado, hijo. Bien pensado —Kael le acarició la cabeza.

—¿Y Elior? —preguntó Hina—. ¿Aún está en el baño?

—Sí… —dijo Aramis corriendo a guardar el helado.

—Tarda un montón. ¡Vamos, Sera, vamos a apurarlo!

—¿Q-qué? ¡Espera! —Seraphine fue arrastrada por Hina.

Dentro de la habitación de Elior, Seraphine quedó paralizada.

Era la primera vez que veía el lugar donde él dormía.

Hina golpeaba la puerta del baño sin piedad.

—¡Sal de ahí! ¡Hay visitas!

—¡Ya voy! ¡Ve a molestar a otra parte, payasa! —respondió Elior desde dentro.

—¡Payaso eres tú! —escupió Hina golpeando más fuerte.

Seraphine caminó hacia el escritorio.

Todo estaba ordenado.

Y encima, una foto colgada la dejó inmóvil.

Eran sus padres.

Su hermana.

Y Elior de pequeño.

La última foto antes de la tragedia.

Seraphine llevó una mano a su pecho.

—No puedo creerlo… —pensó—. Esa sonrisa…

—Hermosa foto, ¿no? —dijo Hina, volviendo a su lado—. Su familia era muy linda.

—Sí… —susurró Sera—. Eran su mundo…

Recordó las palabras de Kael en el Consejo.

La muerte brutal de sus padres.

La impotencia de Elior.

—Supongo que aún no supera la perdida de ellos… —murmuró Hina—. Por eso quiere ayudar a todos.

—Probablemente —asintió Seraphine—. Bueno, por favor ya vámonos. Ya debe salir.

Diez minutos después, Elior salió del baño y caminó hacia la sala.

Quedó paralizado al ver a Aurora por primera vez. y ver a Seraphine en casa

—¿Seraphine? —preguntó acercándose—. ¿Qué haces aquí?

Luego miró a Aurora.

—A usted no la había visto…

—Ella es mi madre, Elior —dijo Seraphine rápidamente.

—Oh… perdón por mis modales. Soy Elior. Es un placer conocerla.

—El gusto es mío —respondió Aurora con una sonrisa cálida—. Soy Aurora, la madre de esta jovencita… que no deja de hablar de ti.

—¡Mamá! —Seraphine se puso roja como un tomate.

Todos contuvieron la risa.

—Espero que sean cosas buenas —dijo Elior, mirando a Seraphine con una pequeña sonrisa.

—¡No! ,¡Espero que haya dicho algunas cosas malas como conmigo! —gritó Hina desde atrás.

Durante la cena, Aurora no podía dejar de mirar a Elior. Era completamente distinto a lo que el Consejo describía.Atento. Protector. Incluso cuando Seraphine se agachó a recoger un tenedor y estuvo a punto de golpearse con la mesa, él extendió la mano instintivamente para protegerla… sin siquiera mirar.

Seraphine se sonrojó al darse cuenta.

Elior solo sonrió suavemente y dijo que no era nada.

Aurora observó a los dos.

Había algo en sus miradas… un vínculo extraño.

Como si algo más profundo los conectara.

Más tarde, la noche se volvió cálida alrededor de la chimenea. Un ambiente agradable, donde se compartían historias de vida y risas acerca de la escuela de los chicos. y las situaciones que han pasado ahí.

Pero todo se quebró en un segundo.

Elior se levantó para poner más leña y se quedó completamente rígido.Ladeando su cabeza como si estuviera buscando algo

Los demás lo miraron confundidos. —Elior —preguntó Kael—, ¿qué pasa?

El chico no respondió.

Su respiración se aceleró.

Su mirada se clavó en la chimenea.

—Hina, Seraphine—dijo con una voz rota—. Saquen a los niños…y a Aurora ahora.

—¿Qué? ¿Por qué—?

—¡Ahora!

Hina agarró a Lia y Aramis sin entender, sacándolos del salón.mientras Seraphine se acercó a Aurora rápidamente

Kael, Aurora y Seraphine sintieron la presencia al mismo tiempo.

Una presión fría.

Pesada.

Inconfundible.

La chimenea se apagó de golpe.

—¿Qué… es eso? —susurró Hina desde el pasillo.

Kael apretó los dientes.

Aurora miro fijamente la chimenea , lista para actuar.

Seraphine estaba alerta, en proteger a los niños e Hina , de lo que sea que estuviera ahí.

De la oscuridad de la chimenea, una figura emergió lentamente. el aire completo se congeló y la presión del aire fue tan intensa que a los niños les costó respirar. La muerte hace acto de presencia, ya había encontrado el momento para intervenir y mientras todos estaban impactados, ella habló:

—No es de mi agrado intervenir de esta manera —dijo con voz suave, sonriente—. Lo lamento, pero debo hablar con el chico aquí presente.

Elior retrocedió instintivamente, pero su cuerpo se paralizó por completo.

Estaba inmóvil.

Preso en un instante.

Kael y Aurora dieron un paso adelante, pero la Muerte ni siquiera los miró.

—Perdonen la interrupción —dijo mientras giraba la cabeza con un gesto educado—. Pero como dije hay un asunto pendiente que debo tratar.

Estiró la mano.

Colocando con fuerza la palma sobre la cara de Elior.

—No— —susurró Seraphine con los ojos a punto de delatar su verdadera naturaleza.

Y con una fuerza brutal, la Muerte estrelló a Elior contra la chimenea…

y desaparecieron ambos en un parpadeo.

Kael corrió, pero fue inútil.

Aurora gritó su nombre.

Seraphine cayó de rodillas, temblando.

El salón quedó vacío. Frío y silencioso.

Elior no estaba.

La Muerte se lo había llevado.

Y esta vez… ellos no podían hacer absolutamente nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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