La Sombra Sin Dios - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- La Sombra Sin Dios
- Capítulo 17 - 17 Capítulo XVI — Un poco de paz
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Capítulo XVI — Un poco de paz.
17: Capítulo XVI — Un poco de paz.
Elior ya había terminado de ordenar la ropa de Lia.
Cada prenda estaba doblada con cuidado, demasiado cuidado quizá, como si al hacerlo pudiera retrasar un poco más el momento en que ellos se marcharan.
Cerró la mochila con suavidad y se quedó unos segundos mirando la cama vacía.
No quería que se fueran todavía.
Salió de la habitación y los encontró a ambos jugando en el sofá, riendo sin preocuparse por nada más.
Esa escena le apretó el pecho, pero aun así sonrió.
—Oigan —dijo acercándose—, ¿qué les parece si vamos por un chocolate caliente y después damos una vuelta por el parque?
—¡Sí!
—respondieron ambos al mismo tiempo, levantándose de un salto.
Salieron corriendo hacia sus piezas.
—¡Recuerden llevar sus chaquetas!
¡Y un paraguas por si empieza a llover!
—les gritó Elior desde el pasillo.
—¡Siiii!
—respondieron desde sus habitaciones.
Elior se dirigió al patio.
Kael estaba allí, meditando como de costumbre, sentado con la espalda recta y los ojos cerrados.
Elior dudó un segundo antes de hablar.
—Perdón por interrumpir —dijo—.
Llevaré a los niños a dar una vuelta.
¿A qué hora sale el tren?
—No te preocupes —respondió Kael sin abrir los ojos—.
Es bueno que salgan.
El tren sale a las siete de la tarde.
—Entonces nos vemos después —dijo Elior.
Regresó a la casa, entró a su habitación y tomó su chaqueta.
El frío ya se sentía en las calles; el invierno había llegado sin pedir permiso alguno.
Aun así, para ellos no era nada.
El invierno en Velmira era tres veces peor.
—Bueno —dijo Elior al salir—, ¿qué hacemos primero?
¿Chocolate caliente o parque?
—¡Primero el parque!
—respondieron los dos al mismo tiempo.
—Entonces… una carrera —sonrió—.
El último en llegar les debe un favor a los otros dos.
Los niños salieron disparados de inmediato.
Elior, en cambio, bajó el ritmo a propósito, observándolos correr y reír sin preocuparse por nada.
Cuando llegaron al centro del parque, Lia levantó los brazos.
—¡Les gané a los dos!
¡Soy la más rápida!
—¡Eso no cuenta!
—protestó Aramis—.
Elior, yo te habría ganado si hubiera corrido en serio.
—¡Oye!
—respondió Elior riendo—.
Yo sí corrí en serio… solo que ya estoy un poco más viejo.
—Claro, claro —dijo Aramis con molestia.
—Aramis no sabe perder —se burló Lia.
—¡Espera!
—gritó él, saliendo tras ella.
Elior se quedó mirándolos, con una sonrisa tranquila.
Esa escena le recordó a Velmira… a cuando corría junto a su hermana, sin pensar en nada más que llegar primero.
El tiempo pasó sin que se dieran cuenta.
Cuando el cansancio finalmente los alcanzó, se sentaron a descansar bajo un árbol enorme.
Aramis sacó su libro y se apoyó en Elior para leer, mientras Lia jugaba distraída con su cabello, también recostada contra él.
—¿Están listos para volver a Velmira?
—preguntó Elior.
—La verdad… no —respondió Lia—.
Me gusta estar aquí.
Cerca de ti y de Hina.
—A mí también me gusta tenerte conmigo —agregó Aramis.
—Lo sé —dijo Elior con suavidad—, pero deben volver.
Tienen que ir a la escuela.
Ya tuvieron suficientes mini vacaciones… y el año está terminando.
Les quedarán unas dos semanas, como mucho.
Aramis cerró su libro.
—A ti también te quedan dos semanas, ¿no?
—preguntó—.
¿Después vendrás a Velmira con nosotros?
Elior se quedó en silencio unos segundos.
—No sabría decirte eso ahora, Aramis —respondió finalmente—.
Pensaba buscar trabajo mientras esté de vacaciones.
—Pero puedes trabajar en Velmira —insistió Aramis—.
Están abriendo nuevos negocios y ahora va mucha más gente… aunque lo están modernizando demasiado.
La verdad, no me gusta mucho.
—Sí, he oído lo mismo —asintió Elior—.
Pero no puedes frenar la modernización.
Señaló a un guardia del parque que caminaba con audífonos y el celular en la mano.
—Todo cambia, te guste o no.
—Entonces… —dijo Lia levantándose—, ¿vendrás unos días?
—Quizá una semana —respondió Elior—.
Para pasar más tiempo juntos.
—¡Siii!
—celebró Lia antes de salir corriendo a los juegos.
Cuando ella se alejó, Aramis bajó la voz.
—Hermano… Elior lo miró de inmediato.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué papá decidió entrenarte a ti… pero a Lia y a mí casi no nos ayuda a entrenar?
—preguntó—.
Yo quiero ser fuerte.
Quiero pelear como tú.
Elior levantó las cejas y suspiró.
—Eran tiempos distintos —dijo—.
Y yo no era un chico normal.
—Lo sé —respondió Aramis—, pero no me gusta que pelees solo contra demonios.
Yo quiero ir contigo.
Pelear a tu lado.
—No —interrumpió Elior con voz firme.
Aramis se quedó en silencio.
—Eso no va a pasar jamás —continuó Elior—.
Yo no peleo por gusto.
Peleo para defender.
Lo único que quiero es que tú, Lia, Hina y Kael tengan una vida sin preocupaciones acerca de esos seres.
No tengo problema en enseñarte lo que Kael me enseñó a mí, pero nunca será para que pelees contra demonios.
Solo defensa personal.
Así que por favor… no vuelvas a sacar este tema.
—Pero… —No —repitió Elior—.
Esa es la última palabra.
El silencio se volvió pesado.
Elior se dio cuenta de inmediato y cerró los ojos un segundo.
Se acercó más a Aramis y lo atrajo suavemente hacia él.
—Mira… esta vida que llevo no es adecuada para nadie.
Ni siquiera para mí.
No soy normal, y lo sabes.
Mi intención siempre será mantenerlos a salvo de todo lo que los pueda lastimar, quiero que sus únicas preocupaciones ahora sean aprobar sus cursos y ya cuando sean mayores , que se preocupen por que comer y qué harán con sus vidas, pero nada de peleas como las que tengo que lidiar.
—¿Y quién te protege a ti?
—preguntó Aramis en voz baja.
Elior sonrió, soltando una risa breve.
—Tranquilo —murmuró—.
Si quisiera, podría dormirlos a todos y ganar.
Aramis parpadeó un par de veces, asimilando sus palabras.
—Vamos —agregó Elior—.
Juguemos con Lia.
Ambos se levantaron y corrieron hacia ella.
Mientras tanto, Hina y Seraphine caminaban juntas hacia sus casas.
—O sea… entiendo lo que dices, Sera —decía Hina—, pero fue raro verte despeinada, sin tus medias… y a Elior salir sin polera.
El sillón desordenado no ayudó mucho tampoco.
—Lo sé —suspiró Seraphine—, pero de verdad no pasó nada.
Solo le lavé la polera porque estaba completamente sucia.
—Está bien esta bien —respondió Hina—.
Te creo.
Entraron a la cafetería cercana al parque para pasar el frío.
Se sentaron en el segundo piso, junto a la ventana.
—Hola, bienvenidas, ¿qué les puedo servir?
—Holaa, ¿que tal?, nos gustaría pedir dos capuccino por favor El camarero mientras anotaba lo que pedían las chicas no podía evitar desviar la mirada hacia Seraphine, quien estaba distraída mirando su celular —Okey, si es solo eso, enseguida se los traigo El ambiente en la cafetería era sumamente acogedor, tenía una vista preciosa que daba al parque y a la vez a las montañas donde se notaban las nubes oscuras.
Hina rápidamente se concentró en el parque.
—Creo que esos son Elior y los niños —dijo Hina, entrecerrando los ojos.
—Sí, son ellos —confirmó Seraphine con su vista única —¿Vamos con ellos?
—Por mí no hay problema.
Hina pidió los cafés de ellas y uno para elior como también unos chocolates calientes con una precisión sorprendente.
Seraphine la miraba parpadeando.
—¿Qué?
—Nada… solo que los conoces mucho.
—Son como mis hermanos —sonrió Hina—.
A diferencia de Elior, yo hablo con ellos todo el día.
Al recibir el pedido y pagar se disponían a salir de la cafetería, cuando el camarero se acercó rápidamente pasándole un papel a Seraphine.
—¿Es la cuenta?
—preguntó inocente.
—Sí… claro que sí —respondió Hina riendo — mientras las empujaba hacia fuera del local.
Cuando Seraphine lo leyó minutos después, no pudo quedar más sorprendida.
“ola, ¿que tal?, no se como acer esto, pero te encontre muy guapa y keria dejarle mi numero por si le itereza que havlaramos:) +59874343775 ¡yamame!
😀 “ Suspiro lentamente mientras aplastaba el papel.
—No creo que de verdad el escriba así ¿no?, bueno de ser así lo siento por él, no quiero sonar como una persona mala, pero soy una fanática de la escritura y si escriben así, pues lo siento pero no — expresó—.
Aparte tengo otras cosas en mente.
—Claro… Elior sin polera —bromeó Hina.
—¡Hina!
— exclamó Seraphine.
Lia corrió hacia ella apenas la vio .
—¡Hinaaaaaa!
— Hola, princesa , ¿qué están haciendo por acá?
—Elior nos trajo para jugar un ratito —¿Qué hacen acá ustedes?— preguntó Elior.
—Y a ti que te importa —dijo Hina — mientras les pasaba los chocolates calientes a los niños.
Elior solo suspiró.
—Toma Elior….
— dijo Seraphine — mientras lo miraba a los ojos.
Elior no dijo nada solo asintió y brindó una sonrisa.
La tarde continuó tranquila.
Cuando comenzó a llover fuerte de la nada, así que compartieron paraguas.
Elior caminaba con los niños y Hina con Seraphine.
Al llegar a casa, Kael ya tenía todo listo para el regreso a Velmira.
El regreso a Velmira era inminente, y el tren partiría más pronto de lo que a Elior le habría gustado.
Los niños llegaron felices y agotados a la vez.
Habían corrido sin parar, y apenas cruzaron la puerta comenzaron a contarle a Kael todo lo que habían hecho: el parque, el chocolate caliente, la lluvia, las risas.
Kael escuchaba con una leve sonrisa, sin interrumpirlos.
Elior entró a la casa, los observó unos segundos… y habló.
—Ya vuelvo.
Sin esperar respuesta, se dirigió rápidamente a su habitación y cerró la puerta tras de sí.
Sabía que el tiempo era oro.
Mañana debía volver a clases.
Y apenas todos se marcharan, él regresaría al Reino de las Sombras.
Se puso la vestimenta de entrenamiento bajo su ropa habitual.
Ajustó las vendas, respiró hondo y cerró los ojos un instante.
No puedo perder tiempo.
Cuando salió de la habitación, ya estaba listo.
—¿Vamos?
—preguntó.
—Sí —respondió Kael—.
Ya es hora.
Kael miró a Hina y a Seraphine.
—¿Nos acompañan a la estación?
—Sí —respondió Hina sin dudar—, vamos con ustedes.
—¿Iremos en el auto?
—preguntó Elior.
—Sí.
Los niños no darían un paso más —dijo Kael—.
Están agotados.
—Entonces vamos.
Yo llevo las maletas.
Elior tomó el equipaje y lo llevó hasta el auto.
Abrió la cajuela, acomodó todo y la cerró con un poco más de fuerza de la necesaria.
¡Bang!
El sonido lo transportó de inmediato.
Luz blanca.
Gritos.
Su familia desvaneciéndose ante sus ojos.
Elior cerró los ojos con fuerza y apoyó las manos sobre el auto.
Su corazón latía desbocado.
Un sudor frío recorrió su espalda.
El picor en la piel, la presión en el pecho… la ansiedad lo golpeó sin aviso.
Respiró.
Una vez.
Dos veces.
Cuando se recompuso, caminó de regreso a la casa como si nada hubiera pasado.
—Okey… vamos o no llegaremos a la hora.
Durante el trayecto, el ambiente era ligero.
Risas, comentarios sin importancia, los niños hablando sin parar.
Elior conducía en silencio, concentrado.
—Recuerda que mañana vuelves a clases —dijo Kael.
—Sí, lo tengo presente.
Apenas llegue lavaré el uniforme y prepararé todo —respondió Elior—.
No te preocupes.
—Elior, mañana nos vamos juntos —dijo Hina.
—Depende —respondió él—.
¿Te levantarás temprano?
—Por supuesto —replicó ella—.
Siempre me levanto temprano, idiota.
Elior solo rió.
Cuando llegaron a la estación ya estaban llamando para abordar.
No había tiempo para despedidas largas.
—Adiós, Kael.
Elior lo abrazó.
—Cuídate, hijo —respondió Kael—.
Y recuerda… tus citas con tu terapeuta.
—Sí.
Después de clases, a las 18:30.
No te preocupes.
Elior se giró y tomó a Aramis y a Lia, levantándolos y girándolos en el aire antes de abrazarlos con fuerza.
—Compórtense bien.
hagan caso en todo y lo más importante… cuídense siempre entre ustedes, ¿entendido?
—Sí, hermano —respondió Aramis, rodando los ojos.
—Y Aramis… recuerda lo que hablamos.
—Ya veré lo que hago —respondió él.
Elior lo miró, sabiendo que no le haría caso.
—Mándale saludos a la señora María.
—Está bien, hijo —respondió Kael.
Hina no quería soltarlos, y ellos tampoco a ella.
—Apenas lleguen me avisan —dijo ella—.
Y quiero buenas notas para terminar el año, ¿entendido?
Aramis encogió los hombros.
Antes de subir al tren, Aramis se acercó a Hina y le susurró al oído: —Mi hermano está ocultando algo… aún no sé qué.
Vigílalo, por favor.
—No te preocupes —respondió Hina, abrazándolo—.
Yo me encargo.
—¡Adiós, Seraphine!
—gritó Lia desde el tren.
—¡Adiós, Lia!
¡Cuídate!
—respondió Seraphine.
Lia aún veía a Seraphine como competencia.
Ella solo quería a Hina cerca de Elior.
—Adiós, Seraphine —se despidió Aramis.
El tren partió.
Elior estiró los brazos y observó cómo se alejaba, sin decir una palabra.
—Bueno —dijo finalmente—.
¿Las llevo a casa o irán a otro lugar?
—Al departamento de Seraphine —respondió Hina—.
¿Nos llevarías?
—Claro.
Vamos.
En el auto, Hina no dejaba de pensar en lo que Aramis le había dicho.
—¿Qué harás ahora, Elior?
—preguntó—.
¿Por qué no vienes con nosotras?
—Estoy cansado —respondió él—.
Creo que descansaré y ordenaré las cosas para mañana.
Seraphine observaba la lluvia en silencio.
—¿No quieres venir porque ahora estoy yo y no puedes desnudarte?
—dijo Hina de pronto.
—¿¡Qué!?
—exclamó Elior—.
¡Hina, por Dios!
—Sí, Hina… —intervino Seraphine—.
De verdad no pasó nada.
—Exactamente —asintió Elior—.
No sé por qué dices esas cosas.
—Elior, eres hombre.
Mentirosos por naturaleza —respondió Hina.
Él solo rió.
Le gustaba ese caos.
—No deberías seguir con eso —dijo Elior—.
Podrías incomodar a Sera.
—No creo —replicó Hina—.
Tampoco se incomodó tanto cuando el mesero le dio su número.
—¿Es en serio?
—preguntó Elior, sorprendido, sin evitar sonreír.
—Sí.
Y ni siquiera lo botó.
—¿Y qué tiene?
Quizás quiere hablarle —dijo Elior, sintiendo un leve peso en el pecho que decidió ignorar.
—¿Desde cuándo la conversación es sobre mí?
—intervino Seraphine—.
No boté el número porque se me olvidó y no quise hacerlo frente a él.
—Eso es razonable —asintió Elior.
—Y ya te dije, Hina, que no estoy interesada —continuó Seraphine—.
Tengo otras cosas en mente.
—Está bien, retiro todo lo dicho —rió Hina.
Al llegar al departamento, Elior se despidió.
—Que se diviertan.
—Hina, si se te hace tarde, llámame —dijo—.
Te vendre a buscar.
—Sí, te avisaré.
—Elior —lo llamó Seraphine antes de que se fuera—.
Si te aburres, puedes unirte a nosotras.
— Estoy algo cansado pero lo pensaré.
Gracias por la invitación.
De vuelta en casa, Elior decidió seguir entrenando.
Acceder al Reino de las Sombras aún le costaba, así que volvió a lo básico: meditación y visualización.
Cuando llegó… se detuvo.
Alice seguía visiblemente molesta.
Su voz resonaba con fuerza dentro de la residencia de Elior mientras discutía con los ancianos.
—Es mejor que ideen un plan de entrenamiento distinto —dijo con firmeza—.
Por más fuerte que sea Elior, sigue siendo un niño.
Ya se los he dicho antes.
No deberían entrenarlo bajo este método nuevamente.
El anciano mayor frunció el ceño.
—Modere su tono —respondió con severidad—.
¿Cómo se atreve a llamar a nuestro rey por su nombre?
y más aún decidir qué tipo de entrenamiento debemos hacerle.
Él no es el antiguo rey.
No debería mostrarse tan confianzuda.
Alice apretó los puños.
Elior se acercaba en silencio, pero ninguno de ellos parecía notarlo todavía.
—Su relación fue con el rey anterior, no con él —continuó el anciano—.
No crea siquiera que puede acercarse así.
No le saldrá bien dos veces.
—¿Qué cree que está diciendo?
—replicó Alice, visiblemente indignada.
En ese instante, la atmósfera cambió por completo.
Una presión pesada recorrió la sala, haciendo que todos los presentes contuvieran el aliento.
—¡HEY!
La voz resonó por todo el reino.
Todos se hicieron a un lado de inmediato.
—Oh… mi señor, disculpe —dijo el anciano, inclinando la cabeza.
—Primero que todo —dijo Elior, mirándolo fijamente—, las disculpas deben ir dirigidas a Alice.
El anciano se tensó.
—Segundo —continuó Elior—, ya les he dicho a todos que no me llamen rey ni señor.
Me llamo Elior.
Y si ella es la única que respeta eso, no tienen ningún derecho a criticarla.
¿Quedó claro?
El silencio fue absoluto.
—Y tercero —añadió, con un tono más serio—, no quiero peleas.
Todos, por diferentes que seamos, formamos una unidad.
Compartimos algo en común.
Si van a discutir, será desde el respeto.
Nadie es mejor que nadie.
Y mucho menos hablaremos de relaciones pasadas.
¿De acuerdo?
Los ancianos asintieron en silencio.
—Esto va para todos —dijo Elior—.
Y Alice… Se giró hacia ella.
—El plan de entrenamiento, y si es demasiado duro para mí o no, será únicamente mi responsabilidad.
Yo tomo mis decisiones.
Si acepté el entrenamiento anterior, fue porque así lo quise.
Jamás me veré obligado a nada.
Así que no te preocupes.
Hizo una pausa breve.
—Lo mejor que pueden hacer ahora… es pedirse disculpas.
Sin esperar respuesta, Elior se dio la vuelta y salió del castillo, dirigiéndose hacia donde los niños jugaban, como si nada más importara.
Dentro de la residencia, Alice comprendió que Elior tenía razón.
—Me excedí —dijo finalmente el anciano—.
Alice… no era mi intención decirte eso.
Me dejé llevar.
Ahora me avergüenzo de mis palabras.
Tampoco debí mencionar tu relación con el antiguo rey.
De verdad… lo siento.
Alice suspiró y apoyó suavemente la mano sobre su hombro.
—Lo sé, Lint.
Tranquilo —respondió con calma.
Más tarde, Alice encontró a Elior sentado en un pequeño cerro, observando a los niños jugar.
—¿Ya se disculparon?
—preguntó él.
—Sí.
— No debes preocuparte tanto, estoy bien —dijo Elior—.
El vacío fue intenso, pero solo quedé un poco aturdido.
Alice lo observó con atención.
Quizás los ancianos tenían razón.
La capacidad adaptativa de Elior era… anormal.
—Quiero seguir entrenando —dijo él, poniéndose de pie—.
Pero antes… quiero conocer mejor a la gente del reino.
Alice sonrió suavemente.
—Vamos, Alice —dijo Elior mientras le tendía la mano—.
No conozco bien el lugar, así que tendrás que guiarme, por favor.
La ayudó a levantarse con cuidado y ambos comenzaron a recorrer las calles del Reino de las Sombras.
El ambiente era extrañamente tranquilo.
Las personas caminaban sin prisa, conversaban entre ellas, algunas reían suavemente.
Se veían cómodas, en paz, como si por fin hubieran dejado atrás las preocupaciones que cargaron cuando estaban con vida.
Preocupaciones que los persiguieron durante años… y que ahora, al fin, parecían haberse disipado.
Elior observaba todo con atención.
Estaba dispuesto a ofrecerles un lugar donde sanar.
Incluso después de morir.
No los obligaría a ir al cielo de Aetheris.
Tampoco al infierno de Gehenna.
Su dominio, su reino, sería un lugar de sanación para todo aquel que quisiera encontrar paz.
Para quienes desearan sanar de verdad.
Fuera del reino quedarían aquellos que vinieran a hacer el mal.
Mientras caminaban, Elior se detuvo a molestar a los niños pequeños, jugando con ellos y provocando risas inocentes.
Niños que no tuvieron culpa de nacer en un mundo donde se prioriza el odio.
Donde se ama a seres que jamás los cuidaron.
Donde la injusticia siempre prevalece.
Cuanto más se adentraba en el reino, más pesado se volvía su pecho.
Había personas jóvenes.
Demasiado jóvenes.
Verlos allí era desesperanzador.
—Alice… —dijo Elior mientras caminaban—.
¿No habrá alguna forma de ayudar a todo aquel que quiera de verdad ser ayudado?
Alice lo escuchó en silencio.
—Estoy seguro de que muchos terminaron aquí por rencor, o por cosas que quedaron faltantes en su vida —continuó—.
Pero quizás haya alguna forma de ayudarlos a calmar ese enojo.
De que puedan estar en paz, ya sea aquí o donde quieran.
—No sé con exactitud si hay una forma de ayudarlos —respondió ella brevemente—.
Pero… no estaría mal intentarlo.
—Quizás —dijo Elior—… quizás puedan tener una segunda oportunidad en vida.
Alice se detuvo y lo miró con incredulidad.
—¿Cómo que segunda oportunidad?
—A lo largo de los libros que he leído —explicó Elior— siempre mencionan la reencarnación como parte de la vida.
Algunos rechazan esa idea, pero otros creen que es cierta.
Si lo fuera, me gustaría brindarles esa oportunidad a personas que de verdad lo merezcan.
—Eso —intervino Alice— va en contra de todo plan de vida.
Te meterías en serios problemas.
Con los de arriba… o con la Muerte.
—Tsss… —Elior chasqueó la lengua, sabiendo que tenía razón.
—A mí no me metan en sus cosas raras.
La voz apareció de repente.
Ambos levantaron la vista al mismo tiempo.
La Muerte estaba sentada sobre un árbol por donde justo estaban pasando, observándolos con expresión relajada.
—¿Qué haces aquí?
—preguntó Alice de inmediato, colocándose delante de Elior para protegerlo.
—Tranquila, tranquila —respondió ella levantando los brazos—.
Solo me aburría.
Vine a ver a mi querido amigo Elior Blackwood.
—¿Desde cuándo somos amigos?
—preguntó Elior mirándola fijamente.
—Mmm… déjame pensar —dijo ella—.
Ah, sí.
Desde que me pagaste el café y el pie de limón.
Estaban magníficos.
Alice giró la cabeza lentamente para mirar a Elior.
—¿Es en serio?
—preguntó.
—Sí… por desgracia —respondió él—.
Se me acercó mientras tomaba mi café, que gracias a su presencia se congeló.
—¿Qué haces aquí?
—preguntó Elior nuevamente.
—Ah, verdad —dijo la Muerte tronando los dedos—.
¿Te acuerdas que te dije que en unos días vendrían a buscarte personas que no te aprecian?
El aire se volvió pesado.
—Bueno… me equivoqué —continuó riendo—.
No es en unos días.
Es ahora.
Pero que conste que hablé a tu favor y expliqué por qué te dejé vivir, pero de ahí en adelante ya es tu problema.
—¿De qué estás hablando?
—preguntó Alice.
Elior tampoco entendía nada.
La Muerte bajó del árbol y, en un parpadeo, apareció frente a Elior, tomándolo del cuello.
—Yo solo vine a recogerte.
Alice no alcanzó a reaccionar.
—Adiós, Alice —dijo la Muerte riendo—.
Te lo traeré vivito y coleando.
Y si no… pues culpa a otros.
Y en un instante, Elior cayó en el dominio de la Muerte, cerca de su residencia.
—Bueno, que conste que de verdad pensé que tendrías unos días más —comentó ella caminando como si nada.
—¿Qué quieres ahora?
—gruñó Elior—.
¿Por qué no me dejas en paz?
—Oye, mocoso, cálmate —respondió—.
Deberías respetar a tus mayores.
Los niños de ahora no tienen modales.
Primero, no me apetecía traerte a mi casa.
Y segundo, tarado, esto no tiene nada que ver conmigo.
Son personas que están un poco más abajo de mi nivel.
Elior sintió su cuerpo tensarse.
—Así que yo que tú no pelearía con ellos —añadió—.
Ese será el único consejo que te daré, si quieres vivir.
La Muerte avanzó.
—Entraré yo primero.
Te avisaré cuando entres.
Y no se te ocurra tocar nada de mi casa o te aniquilo —dijo con una sonrisa alegre.
—Tsss… lo que me faltaba —murmuró Elior.
De pronto, lo sintió.
Cuatro presencias extremadamente fuertes.
Su cuerpo fue arrastrado hacia el centro del dominio, hasta que la voz de la Muerte resonó.
—¡¡Mocoso!!
¡Ya puedes entrar!
Elior sintió su corazón latir con fuerza.
Apretó los dientes y avanzó.
Al abrir la puerta, una luz lo cegó por un instante.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en el centro del lugar, rodeado por cuatro seres.
Uno de ellos era la Muerte.
Los otros tres… jamás los había visto.
Nunca había leído sobre ellos.
El aura que desprendían era abismal.
Casi al nivel de la Muerte.
—Así que tú eres Elior Blackwood —dijo el ser que estaba al centro.
Elior apretó los dientes y, controlando su miedo, levantó la mirada con desafío.
—¿Y ustedes… quién se supone que son?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com