La Sombra Sin Dios - Capítulo 18
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18: Capítulo XVII — Maldecido….
18: Capítulo XVII — Maldecido….
El ambiente del lugar era opresivo.
Tan intenso que le cortaba la respiración a Elior con facilidad.
Su pecho subía y bajaba con dificultad mientras sus sentidos eran aplastados por aquella presión invisible.
De entre todo lo que lo rodeaba, solo podía distinguir con claridad la figura de la Muerte, sentada despreocupadamente en su asiento, comiendo una manzana con expresión feliz, como si aquello fuera un simple espectáculo.
Los otros tres seres… No podía verlos.
De sus cuerpos emanaba una luz tan intensa que le impedía distinguir cualquier rasgo.
No importaba cuánto forzara la vista: no lograba mantener la mirada más de dos segundos sin que un dolor punzante le irritara los ojos.
Apretó los dientes.
Tensó cada músculo de su cuerpo.
Y decidió hablar.
—¿Me dirán de una vez quiénes son… y qué quieren de mí?
—exclamó Elior, mirando hacia abajo, conteniendo la presión que lo aplastaba.
—Primero, niño —habló una voz femenina—, debes tener un poco de respeto.
Elior sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Aquí las preguntas las haremos nosotros.
Tú escucharás… y responderás solo cuando te lo indiquemos.
Elior levantó la cabeza de inmediato, desafiante.
Al hacerlo, la luz frente a él se disipó lo suficiente para revelar la figura de la mujer que había hablado.
Era hermosa.
Una belleza imposible de describir con simples palabras.
Su piel era tan pálida como la nieve.
Sus ojos verdes, con sutiles tonos grises, reflejaban una luz serena y aterradora al mismo tiempo.
Su cabello castaño claro acompañaba esa presencia etérea que parecía ajena a toda imperfección.
—Tu situación aquí es anormal por sobre todo —continuó ella—.
Es la primera vez, en toda la fase de existencia de este universo, que alguien siquiera puede llegar a vernos.
Elior tragó saliva.
—Para que dimensione las cosas —prosiguió—, de nosotros nace la existencia de todo lo que conoces.
Hizo una breve pausa.
—Así que te recomendaría que sueltes la daga que estás sacando de la manga de tu mano izquierda.
Como dije, solo hablaremos y evaluaremos tu caso anormal.
El corazón de Elior dio un vuelco.
Eso no podía ser cierto.
Ellos no podían ser la razón de la existencia de todo.
Pero entonces… ¿Cómo era posible que hubiera notado la daga?
Elior apretó los dientes con fuerza y, sin decir una palabra, soltó ambas dagas, dejándolas caer al suelo lejos de él.
—Perfecto —dijo la mujer—.
Ya es un avance.
Luego giró ligeramente el rostro.
—Por mi parte ya di la advertencia necesaria.
¿Alguno de ustedes quiere hablar?
—Yo tomaré la palabra.
La voz provenía del centro.
Era grave.
Profunda.
Absoluta.
—Bien, Elior Blackwood.
Mírame.
Elior sostuvo la mirada con desafío mientras la figura central comenzaba a perder aquella luz deslumbrante, revelando su forma física poco a poco.
Era un hombre de apariencia cercana a los cincuenta años.
Voluminoso.
Cada músculo de su cuerpo parecía capaz de destruir a cualquier oponente con facilidad… y aun así, emanaba una tranquilidad inquietante.
—Mi nombre es Aros —dijo — la que te trajo hasta acá es Azriel… —¿Azriel…?
—pensó Elior—.
¿Y ese quién es…?
—¡¡Oyeeeeeeeeeeeeeee!!
La voz resonó desde un costado.
—¡Yo no le había dicho mi nombre!
¿Por qué lo mencionas así como así?
La Muerte lanzó la mitad de la manzana hacia Aros..
—¡Ey, Azriel, cálmate!
—se escuchó una voz amenazante desde la última figura que aún permanecía envuelta en luz—.
Estamos en una conversación.
—Pffff… está bien —gruñó la Muerte, volviendo a sentarse.
Elior lo entendió entonces.
La Muerte se llamaba Azriel.
Pero… ¿Quién era ese ser que logró callarla al instante?
No alcanzó a procesarlo.
—Elior —continuó Aros—, primero que nada, necesitamos ver tu vida hasta el momento.
Elior frunció el ceño.
—Por alguna razón, Azriel no puede acceder a tus recuerdos de forma completa.
Y eso es prácticamente imposible, bueno… hasta ahora.
—Así que lo lamento —prosiguió—, no será algo bonito.
Será doloroso si te resistes.
Pero necesitamos ver todas las aristas que incluso nosotros no logramos percibir en tu vida.
Solo así podremos entender por qué eres un caso anormal en este universo.
—No.
La voz de Elior fue seca.
—Nadie entrará en mi mente.
Ni en mis recuerdos.
Ni en nada.
Por más fuertes que crean que son… no se las dejaré fácil.
—Ay, no… —suspiró la mujer—.
Con lo fácil que era quedarse callado.
Elior desvió la mirada apenas un segundo.
Fue suficiente.
El ser que aún estaba cubierto por luz desapareció… y apareció detrás de Elior.
Con total confianza, se dispuso a noquearlo.
El golpe descendió.
Pero antes de impactar, Elior tomó la mano del sujeto y bloqueó el ataque.
Su mano ardió al instante.
La intensidad de la luz lo quemó.
Pero los ojos de Elior se fijaron en un nuevo objetivo El ser abrió los ojos, sorprendido, y retrocedió de inmediato.
Todos en el salón quedaron impactados.
Todos… excepto la Muerte.
—Vaya… —pensó Azriel—.
Es mucho más rápido ahora que cuando peleó conmigo.
Esto será interesante.
—Eres un ser insolente —dijo finalmente el atacante, mostrando su figura.
Era un hombre alto, cercano a los dos metros.
Su cabello plateado estaba perfectamente amarrado.
Sus ojos celestes brillaban más que la luna.
Vestía de manera elegante, con un traje hecho a medida.
—Solo quería hacerlo indoloro —suspiró—.
Noquearte rápido.
—No dejaré que me dejes inconsciente —interrumpió Elior—.
No sé quiénes son, pero si tengo que pelear, lo haré.
Tensó su cuerpo y se lanzó al ataque.
Sus golpes fueron rápidos.
Pero el ser los esquivaba con facilidad.
Un impacto certero en el estómago dejó a Elior sin aire.
—Chico… —dijo el hombre—.
Vamos, sé que esa no es tu verdadera fuerza.
A mí no me engañarás tan fácil.
Azriel frunció el ceño.
Ella había caído en ese truco antes.
—La diferencia de nivel entre nosotros y un humano es abismal —pensó—.
No puedes pelear con seres como nosotros.
Mira te lo dijo al comienzo.
Piensa.
Piensa.
Piensa.
Elior sentía su mano arder.
—¿Puedes parar, por favor?
—dijo el ser—.
Es un insulto esto.
Además, dañarás mi traje.
Lo tomó y lo lanzó lejos.
—¡Ya basta!
Antes de que Elior tocara el suelo, desapareció y reapareció frente al ser, lanzando un golpe preciso.
El impacto resonó por todo el dominio.
Pero el cuerpo de Elior no resistió.
Sus brazos y piernas se desgarraron.
Ya no podía moverse.
El ser se arrodilló frente a él.
—Aquí no puedes usar las sombras con las que fuiste escogido, muchacho —dijo—.
Tu cuerpo humano prevalece sobre tu fuerza y velocidad.
—Al usar fuerza bruta —continuó—, tus músculos generan más potencia de la que tus huesos pueden siquiera llegar a soportar.
Por eso ya no puedes moverte.
Y esa velocidad… probablemente dañó tus órganos y aceleró las quemaduras que ya son visibles a simple vista.
—Por eso se te dijo que no pelearas aquí.
Pero veo que no piensas.
Eres irascible y tu ira es incontenible.
Deberías seguir yendo a los terapeutas de tu mundo.
El ser regresó a su lugar.
—¡Ey!
—intervino Mira—.
¡Teo!
Se supone que lo dejarías inconsciente.
¿No?
—Era la idea —respondió Teo—.
Pero se puso agresivo.
Quedará inconsciente por el dolor, no te preocupes.
—Jajajaja… —rió la Muerte—.
Yo no estaría tan segura.
Los otros tres la miraron.
—¿Por qué lo dices?
—preguntó Azriel.
—Su cuerpo es raro —respondió—.
En minutos… o segundos… se adaptará al dolor.
Los tres desviaron la mirada.
—Bueno, fue antes de lo esperado jajajaja.
Elior se estaba poniendo de pie.
Aún con huesos rotos.
Aún sin poder respirar bien.
—Esto es increíble… —dijo Aros, apoyando ambas manos—.
He viajado por varios universos y es la segunda vez que veo algo así.
Y el primer humano en tener un cuerpo con esa capacidad..
—Son unos insensibles —dijo Mira, levitando hacia Elior—.
No seas terco.
Te dije lo que debías hacer.
—No necesito que me digan qué hacer… —respondió Elior con dificultad.
—Sí, sí… lo que digas, cariño.
ahora por favor ya duérmete.
Mira apoyó dos dedos en su frente.
Elior cayó inconsciente.
Antes de que golpeara el suelo, ella lo sostuvo y lo dejó con cuidado.
—Listo.
Ahora pueden ver lo que necesiten.
Los cuatro seres se acercaron.
Colocaron a Elior en una pequeña plataforma, acostándolo.
Querían conocer su existencia.
Nada más.
Así funcionaba el equilibrio.
Nada ni nadie debía perturbarlo.
Y ese chico… Era una anomalía desconocida.
Conocer su historia les permitiría deducir su futuro.Y el papel que jugaría en aquel universo.
Okay, debemos darnos prisa.
Necesitamos seguir con otras cosas.
La voz de Teo rompió el silencio del recinto.
Sin esperar respuesta, avanzó hacia el cuerpo inconsciente de Elior y, en un parpadeo, se sumergió en su mera existencia.
El mundo cambió.
Teo caminaba ahora sobre un hilo delgado, casi imperceptible, que sostenía la vida del chico.
Aquel hilo… No era normal.
Para cualquier ser vivo, ese vínculo debía ser grueso, estable, uniforme.
Pero el de Elior era distinto.
Demasiado delgado.
Y, aun así, rebosante de colores casi imposibles.
Negro absoluto, como sombras vivas.
Blanco puro, celestial.
Rojo intenso, infernal.
Y por debajo de todos ellos, el color natural del hilo: un gris apagado, cansado… humano.
Los colores se entremezclaban, se superponían, vibraban.
Teo observaba a su alrededor, buscando pistas.
Pero no encontraba nada.
Solo destellos fragmentados de recuerdos, flotando sin orden cronológico.
Algunos incompletos.
Otros bloqueados por completo.
Eso era imposible.
—Esto… —murmuró—.
¿Cómo…?
Un ser como él no debería tener problemas accediendo a la mente de un humano.
Y, aun así… Había algo más fuerte bloqueando los recuerdos del chico.
Teo extendió la mano hacia uno de aquellos fragmentos.
Y entonces— Una mano sujetó su brazo con violencia.
El mundo se quebró.
Teo fue arrancado del trance de golpe.
Volvió al dominio junto a los demás.
—¿Qué mierda acaba de pasar?
—exclamó, llevándose la mano al brazo—.
¿Por qué me sacaste, Mia?
Mia lo miraba con el ceño fruncido.
Azriel y Aros observaban la escena, desconcertados.
—Mientras estabas dentro de su mente —dijo Azriel con gravedad—, tu cuerpo… Teo bajó la mirada.
Su mano.
Había perdido todo su brillo.
Las sombras de Elior se habían aferrado a él sin que nadie lo notara, consumiendo su energía y transfiriéndola directamente al cuerpo inconsciente del chico, que yacía sobre la mesa.
Teo no podía apartar la vista.
mientras su expresión era de total desacierto —¿Pudiste encontrar algo?
—preguntó Azriel.
Teo tardó unos segundos en reaccionar.
Aros dio un paso al frente.
—¡Teo!
Reacciona.
¿Qué viste?
Teo negó lentamente con la cabeza.
—Absolutamente nada… —respondió—.
Excepto el hilo de vida.
Todos prestaron atención.
—Es demasiado delgado para alguien vivo —continuó—.
Y por primera vez en mi existencia vi una seguidilla de colores anclados a un mismo hilo.
Negro, rojo y blanco… superpuestos sobre el gris.
—Eso sí que es raro… —murmuró Aros, regresando pensativo a su lugar.
El silencio volvió a caer.
Por otro lado, Mia no pudo ignorar la curiosidad que el chico despertaba en ella.
Mia, la existencia misma de la vida, necesitaba comprenderlo.
Sin dudarlo, avanzó.
Y entró.
El bucle.
Aquel espacio donde se repetían, una y otra vez, las memorias más felices y más dolorosas del chico.
Un lugar similar al almacenamiento permanente del cerebro.
—Veamos qué tenemos aquí… —susurró con calma.
Caminó entre recuerdos.
Hasta que lo vio.
Elior.
Un niño pequeño, de unos seis años, corriendo por el pueblo, riendo sin preocupaciones.
El recuerdo era tan puro… Tan hermoso… Que Mia sonrió sin darse cuenta.
Pero el mundo se quebró.
El recuerdo desapareció.
Y el bucle la arrojó de lleno a la tragedia.
La muerte de la familia.
Los gritos.
La desesperación.
El pueblo rodeándolo.
El dolor era tan real que conmovía el alma.
Mia lo sentía todo.
Porque en el bucle, quien observa experimenta exactamente lo mismo que el portador del recuerdo.
La pena.
La ira.
La confusión.
Todo colapsaba sobre un niño de tan solo catorce años, sentado en una sala de clases, mientras nadie le creía cómo había muerto su familia.
Un niño que aprendió a guardar su dolor, a enterrarlo dentro de sí.
Un niño que transformó la ira en entrenamiento.
Mía comenzó a desbordarse.
Las lágrimas cayeron sin que pudiera evitarlas.
Aquel chico, tan joven, cargaba un peso incomprendido.
Un dolor que lo envenenaba por dentro.
Y aun así… Siempre estaba dispuesto a ayudar a cualquiera que se lo pidiera.
Mia se giró.
Y entonces lo vio.
Un Elior más grande.
Pero esto… No era un recuerdo.
Era una jaula.
Elior estaba allí, encadenado de manos y pies, con la mirada perdida.
Su piel pálida, profundas ojeras marcando su rostro.
La luz astral de Mia se reflejaba en sus ojos apagados.
Él levantó la cabeza apenas.
—Deberías irte —dijo con voz cansada—.
El dolor te corromperá a ti también.
Mia se acercó a la jaula.
—¿Por qué estás encadenado?
—preguntó suavemente.
—Es mi trabajo —respondió él—.
Mantener nuestro equilibrio.
Mia rodeó la jaula.
Entonces lo notó.
Una parte estaba rota.
De allí se filtraba un humo negro azulado, que se mezclaba con los recuerdos.
No sabía si los estaba infestando… o absorbiendo algo de ellos.
Pero lo que más la impactó… Era que Elior tenía las llaves para liberarse.
Y no las usaba.
Mia comprendió.
Suspiró.
—Algún día… —dijo con una sonrisa triste—.
Algún día volverás a sanar.
Y ser feliz.
—La vida que escogí no me lo permitirá —respondió Elior—.
Usted lo sabe.
Así que por favor… váyase.
El mundo se desvaneció.
Mia regresó junto a los demás.
—¿Encontraste algo?
—preguntó Aros.
—Nada relevante —respondió ella—.
Nada que no sepamos ya.
Suspiró.
—El chico es una máquina de fomentar sus propios traumas en busca de algo.
Es solo sufrimiento.
—Azriel, tu turno —dijo Teo.
—Nop —respondió, sentada comiendo una manzana—.
No me interesa revisar su mente otra vez.
Ya lo hice antes.
Paso de amargarme.
Aros la miró con desprecio.
—Hay veces que eres intolerable.
—Solo necesito descubrir la capacidad anormal de su fuerza —continuó Aros—.
Si su cuerpo es realmente así de especial.
—¿Por qué tanto empeño?
—preguntó Teo.
—Si el chico logra adaptar su cuerpo humano a su capacidad máxima —respondió Aros—, y resistir cada golpe de forma voluntaria… ningún ser medianamente normal podría dañarlo.
Hizo una pausa.
—Y si algún día abandona su cuerpo terrenal, el poder que cargará su alma será suficiente para ascender a donde quiera.
—¿Crees que pueda llegar a nuestro nivel?
—preguntó Teo.
Aros negó.
—No.
Nuestra existencia nació de las necesidades del universo.
Somos pilares del equilibrio.
El único por encima de nosotros era Dios.
—Y desapareció.
Miró a Elior.
—El chico no llegará a nuestro nivel.
Tiene límites.
Terrenales y astrales.
—Para nuestra suerte… o desgracia —añadió—, no podemos morir.
Pero él sí.
—Incluso un arma de su mundo, puede ser mortal para él.
Aros le daba vueltas y vueltas al asunto, sin lugar a dudas estaba dispuesto a descubrir que sucedía con el chico.
—Perfecto —dijo Aros.
La mayoría lo miró sin entender nada.
—Acabo de restaurar la línea del chico… y no es la única.
Aquellas palabras bastaron para que todos se acercaran de inmediato.
Frente a ellos, la comprensión de la línea de Elior comenzó a desplegarse, ramificándose en incontables universos.
Como cada ser existente, Elior poseía versiones distintas en realidades paralelas.
La situación era clara… y devastadora.
Había de todo un poco.
En muchas líneas, Elior sufría la misma tragedia: la pérdida de su familia.
La culpa se enraizaba en su corazón, creciendo sin control, hasta el punto de cargar con demasiado peso sobre sus hombros.
Dentro de uno de esos universos, los seres observaron a un Elior caminando por la calle con una sonrisa tranquila, hablando con todo el mundo como si nada hubiese pasado.
A su alrededor, una luz cálida lo envolvía, casi reconfortante.
Sin embargo, al llegar a su casa, esa luz se desvanecía por completo.
Allí, cuando nadie lo veía, Elior caía en lo que realmente sentía: culpa, ira y tristeza.
Suspiraba en silencio y caminaba hasta su habitación, fijando su mirada directamente en una cuerda que descansaba sobre la cama.
Con solo ver eso, los seres comprendieron lo que iba a ocurrir… y se movieron rápidamente a otra escena, a otro Elior.
La mayoría de las líneas se basaban en el mismo problema: cargar con la culpa y el dolor que lo consumía desde dentro.
En esos mundos, por alguna razón, Elior no tenía amigos.
No existía Hina.
No estaban ni Lia y Aramis.
Kael no mantenía una buena relación con él.
Elior estaba completamente solo.
Y esa soledad lo llevaba a la misma opción una y otra vez: acabar con su sufrimiento.
Pero también existían otras líneas.
Líneas donde era Elior quien moría en la tragedia de su infancia y su familia sobrevivía.
En una de ellas, Elior lograba llegar a tiempo y sacar a su familia de entre los escombros.
Sin embargo, solo él era alcanzado por la luz blanca del arcángel.
—¡Mamá!
—alcanzó a gritar.
Al escuchar su voz, su padre, su madre y su hermana se giraron mientras corrían… solo para ver a su hijo ser envuelto por la luz, extinguiéndose al instante.
Su padre no alcanzó a llegar.
En todas esas versiones, la familia, unida, superaba el trauma con el tiempo y vivía una vida medianamente feliz en la ciudad.
Liora crecía y se convertía en doctora, y todos los meses viajaba a Velmira para visitar la tumba de Elior, su hermano mayor.
Los seres, en especial Mia, sabían que algo no estaba bien con la línea del chico.
¿Cómo era posible que su existencia misma estuviera basada netamente en el dolor?
Como si hubiese nacido para ser el portador del sufrimiento del mundo, absorbiéndolo todo para sí.
En todas las líneas donde la familia podía vivir… Elior debía morir.
Y si ellos morían… Elior se hundía en el sufrimiento hasta llegar a su propia muerte.
Esta vez, y por única vez, esta versión de Elior había llegado tan lejos.
Había escapado de la muerte.
Había adquirido una fuerza absolutamente anormal.
—¿Pero por qué…?
—se preguntó Mia en silencio—.
¿Por qué ahora?
Aros observó la tragedia con atención.
Vio cómo la sangre de aquel arcángel y aquel demonio entraron en el cuerpo del chico, alterando su organismo.
Quizás eso había sido el detonante.
Quizás eso le había otorgado esa fuerza desmedida.
Aros llegó a la misma conclusión que el consejo de Aetheris.
Pero aún quedaban demasiadas aristas sin resolver.
Sabía que debía vigilar a ese chico de cerca.
Muy de cerca.
Si su existencia llegaba a convertirse en un peligro para el equilibrio del mundo… debía ser eliminado de forma inmediata.
Los seres terminaron de observar la línea del chico y la restauraron por completo, para no volver a perder el conocimiento de esta.
Aunque aún existían recuerdos bloqueados, tenían lo suficiente para acceder a lo que podría ser el futuro de esa versión de Elior.
Sin embargo, solo Mia y Aros eran capaces de ver cómo sería realmente ese futuro.
La Muerte… solo conocía la fecha en la que el chico moriría definitivamente.
—Vaya… —dijo Azriel—.
Quién lo diría.
No le quedan muchos años.
Rió poco a poco.
Mia lo miró de inmediato.
—Azriel, compórtate.
—Ay, no puede ser… son todos muy dramáticos —dijo Azriel, retirándose a su silla.
—¿Qué es lo que pueden deducir?
—preguntó Aros.
—Para mí —dijo Mia—, es probable que el chico sea un tipo de anclaje… pero de un tipo jamás visto.
—¿A qué te refieres?
—preguntaron Teo y Aros al mismo tiempo.
—Si se dieron cuenta, toda la vida del chico estuvo rodeada de sufrimiento.
Y cuando él hablaba con otros o los ayudaba, el dolor de esas personas se extinguía poco a poco… pero el de Elior solo aumentaba.
Hizo una pausa.
—Es solo una teoría, pero quizá… y solo quizá… el chico sea un tipo de anclaje del dolor.
Por decirlo de alguna manera.
Su mera existencia, y el hecho de que haya llegado hasta aquí rompiendo el curso de sus otras líneas, hace pensar que el dolor que debe cargar es el precio por el poder que le fue otorgado.
Mia dudó un segundo antes de añadir: —Quizá haya hecho un pacto con algún demonio… ¿Satán, tal vez?
Aunque lo del pacto no me acaba de convencer.
Suspiró.
—Es extraño que haya adquirido tanto poder… y que lo único que sienta sea dolor por ello.
Los seres comenzaron a percibirlo con un poco más de claridad.
El caos ya estaba ocurriendo en ese universo.todo ese engranaje de equilibrio estaba ya siendo corrompido.
No solo en el mundo humano, sino en la estructura misma de la realidad.
Grietas invisibles se abrían, anomalías se acumulaban… y el origen de todo era el mismo.
Elior.
—Este universo está entrando en caos —dijo Azriel, rompiendo el silencio—.
Y el mundo como tal comienza a derrumbarse por su culpa.
Los demás la miraron con atención.
—Su poder es demasiado —continuó—.
Tanto, que de forma inconsciente está alentando a otros a cazarlo.
Ángeles, demonios… incluso seres que no deberían interferir.
Todos creen que si lo derrotan, obtendrán su poder.
Hizo una pausa, y luego añadió con frialdad: —Pero lo que realmente buscan… es la flor.
Aros entrecerró los ojos.
—La Flor de la Vida… —Así la conoces tú —respondió Azriel—.
Y no te equivocas.
—¿Cómo es posible?
—preguntaron casi al mismo tiempo Teo y Mia—.
¿Cómo obtuvo esa flor?
La Muerte los miró con expresión cansada.
—Nadie debería poder obtenerla.
Desapareció hace más de mil años.
Ni siquiera los ángeles la poseían.
Solo Dios… en su jardín.
El silencio se volvió pesado.
—Pero todo eso desapareció con Él —añadió.
—Entonces… —murmuró Teo—, ¿cómo la tiene el chico?
—La obtuvo en el purgatorio —respondió la Muerte sin rodeos—.
Su familia lo rescató… entregándole esa flor.
Teo frunció el ceño, claramente preocupado.
—Debemos quitársela.
Todos lo miraron.
—Demasiado poder en un chico como él es un desastre anunciado —continuó—.
Ahora entiendo por qué hay tantas irregularidades en el comportamiento de los ángeles… y de los demonios.
Incluso los seres de mi dimensión, quizás hasta los demonios de las sombras… todos querrán esa flor.
Aros negó lentamente con la cabeza.
—No podemos quitársela.
—¿Qué?
—dijo Teo—.
¿Por qué no?
—Porque al ser entregada —explicó Aros—, la flor se enlaza directamente con la vida del portador.
Si intentas arrebatársela sin que él la entregue voluntariamente, terminarás con severas lesiones… incluso nosotros.
Aros cerró los ojos un instante.
—Esa flor nos antecede.
Mia giró la cabeza hacia Azriel.
—¿Por qué no dijiste esto antes?
Azriel se encogió de hombros y rió.
—Porque se me olvidó.
Mia apretó los dientes..
—Sabes con todas las cosas que debo lidiar —añadió Azriel—.
Se me olvidan muchas cosas insignificantes.
La Muerte suspiró, exhausta.
—Así que, si no les molesta… usaré al mocoso para mis planes.
—¿Planes?
—preguntó Mia, mirándola fijamente.
—Sí —respondió—.
Por su culpa tengo un caos en el purgatorio.
Las almas vengativas se están acumulando… todo por culpa de ese mocoso.
—¿Y por qué mandarlo a él?
—insistió Mia—.
¿Por qué no lo haces tú?
La Muerte bostezó.
—Primero, porque me da pereza.
—Segundo, porque el chico quiere ser más fuerte.
Sonrió con diversión.
—Y me agrada su estupidez.
Dice que quiere matar ángeles y demonios… así que quiero verlo intentarlo.
—No hay caso contigo —murmuró Aros, caminando de vuelta a su silla.
Teo intervino de inmediato.
—Debemos hacer algo más.
Algo no está bien aquí.
La mera existencia de este ser es peligrosa.
Miró a Elior.
—Tiene el poder suficiente para aniquilar a todos los seres de este universo… —Solo si llega a despertar por completo —respondió Aros sin mirarlo—.
Créeme, lo sé.
Pero su poder sigue frenado por su cuerpo humano.
Y, sobre todo, por su voluntad de no convertirse en lo que quiere destruir.
Aros se recostó ligeramente.
—Serán sus propias decisiones las que definan cómo acabará su vida.
Teo apretó los dientes, insatisfecho.
Estaba a punto de replicar cuando miró a Mia.
Entonces lo entendió.
—Ustedes ya vieron el futuro del chico… ¿verdad?
Mia no respondió.
Aros sí.
—Sí.
—Entonces, si deciden no eliminarlo… —Teo tragó saliva— es porque tiene un propósito.
—Sí —respondió Aros—.
Pero es un propósito horrible para un chico.
Hizo una pausa.
—En la ausencia de su dios… quizás la propia energía del universo le otorgó poder.
Para sostener tanto el mal como el bien.
Para lograr un equilibrio dentro de sí mismo.
Teo frunció el ceño.
—¿Eso significa…?
—En términos simples —continuó Aros—, este chico, Elior… está maldecido por su propio mundo.
—¿Maldecido?
—repitió Teo—.
No comprendo a lo que vas Aros.
—Como dijo Mia —intervino Aros—, el chico es un anclaje.
Carga el sufrimiento ajeno.
El mundo alimenta su ira y su enojo.
Suspiró.
—Lo dejaré vivir en paz lo que le quede de vida.
Teo abrió los ojos.
—¿Y qué pasará?
—Lo más probable es que pierda todo lo que tiene… incluso a sí mismo.
Teo giró la mirada hacia Elior.
La decisión estaba tomada.
No intervendrían.
Solo la Muerte lo usaría para sus propios planes.
Teo bajó la mirada con desagrado.
—Hasta la propia esencia del mundo se ha corrompido en este universo… Nos iremos.
Ya vi suficiente.
Miró a Azriel.
—Devuelve al chico donde pertenece.
Necesita sanar su cuerpo.
—Sí, sí, lo que digas, viejo —respondió Azriel, echada en el suelo descansando.
Antes de irse, Mia se acercó al cuerpo inconsciente del chico.
Conmovida, colocó su mano en su mejilla.
—Espero que algún día nos volvamos a ver… —susurró—.
Sé que puedes ayudar a los demás sin perderte a ti mismo.
Desvió la mirada.
—Aunque no me guste admitirlo… el destino a veces puede cambiar.
Especialmente en este universo.
—Mia —llamó Aros—.
Es hora.
Los tres seres se dispusieron a marcharse.
—Avísame de cualquier anomalía, Azriel —ordenó Aros—.
Y que sea de inmediato.
No tardes como esta vez.
Azriel no respondió.
Solo les hizo el signo de paz.
Cuando los seres se fueron, Azriel comenzó a caminar hacia Elior.
Con cada paso, su dominio volvía lentamente a la normalidad: la casa rodeada de plantas hermosas, el cielo estable… y Elior tirado en el suelo del patio.
—Ok… hora de despertar al mocoso.
Se acercó y empezó a empujarlo con el pie.
—Ey.
Ey, mocoso.
Elior reaccionó poco a poco, mientras el poder de Mia desaparecía y su sombra terminaba de restaurar músculos y huesos.
—Ah… no… otra vez tú… —murmuró Elior, abriendo los ojos con dificultad.
—¿Cómo que “otra vez yo”?
—gruñó Azriel, golpeándolo con más fuerza y mandándolo a estrellarse contra un árbol.
—¡Aahhh!
¿Qué te pasa, loca?
—gritó Elior, adolorido.
—Estás en mis dominios —dijo Azriel con frialdad—.
No vuelvas a hablarme así.
Se cruzó de brazos.
—Si ya estás sano, lárgate.
Elior se levantó lentamente.
—Ya me iré… aunque no entiendo nada de lo que acaba de pasar—dijo—.
Ya da igual.
No me apetece ver tu fea y esquelética cara.
—¿Cómo me has dicho?
—gritó la Muerte.
Azriel cambió de forma, adoptando una apariencia física de belleza abrumadora.
Su cabello negro brillaba intensamente, y sus ojos verdes tenían una profundidad capaz de enamorar a cualquiera.
Elior la miró… y encogió los hombros.
—Sigo pensando lo mismo.
Azriel apretó los puños.
—Maldito mocoso… —Ah, espera —dijo Elior—.
No recuerdo cómo salir de acá.
¿Me podrías por lo menos ayudar?
Azriel suspiró.
—Eres un mocoso torpe.
Abrió un portal y lo lanzó dentro sin cuidado, entrando después.
Elior rodó por el suelo de su propio dominio, el Reino de las Sombras.
Suspiró mientras se levantaba y se sacudía la ropa.
—¡Elior!
—dijo Alice, acercándose preocupada.
—Hola —respondió él.
—¿Estás bien?
—preguntó ella, revisándolo.
—Sí, tranquila.
—Por favor, Alice —intervino la Muerte, saliendo del portal—.
Si quisiera lastimarlo, ya lo habría hecho.
—Tu silencio —dijo Alice con enojo.
—Ay, no puedo más con ustedes —bufó Azriel—.
Son todos unos irrespetuosos.
Se dio media vuelta.
—Y tú, mocoso… por la ayuda me debes un café y tres pie de limón.
—¿Qué ayuda?
—respondió Elior—.
Si no hiciste absolutamente nada.
—Eso crees tú —dijo Azriel—.
Ve ahorrando.
Y se marchó.
—¡Al fin!
—exclamó Elior—.
Vámonos, Alice.
Necesito volver a entrenar.
—¿Estás seguro?
—preguntó ella—.
Deberías descansar.
—Nah.
Estoy bien.
Solo algo confundido, no recuerdo mucho de lo que pasó hace un rato.
En su dominio, Azriel cerró una barrera tras eliminar a una bestia monstruosa.
—Malditos animales… avanzan demasiado rápido.
Suspiró.
—Qué asco.
Ya en su residencia, no quiso admitirlo… pero había algo en ese chico que le hacía sentir bien.
—Pobre mocoso… —murmuró—.
Estás condenado.
Cerró los ojos.
—Ya está maldito, según Aros… no hay nada que hacer por ti.
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