La Sombra Sin Dios - Capítulo 19
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19: Capítulo XVIII — Rutina 19: Capítulo XVIII — Rutina El entrenamiento que los ancianos le crearon se había vuelto sofocante para Elior.
El aire en el dominio de las sombras parecía más denso a cada minuto que pasaba, como si se negara a entrar a sus pulmones.
Aun así, Elior se rehusaba a rendirse.
Su determinación era clara y absoluta: sería su cuerpo el que cedería primero, no su mente.
Con el paso del tiempo, la resistencia de su cuerpo comenzó a quebrarse.
Dejó de responder como debía.
Una sensación abrasadora recorría cada fibra de sus músculos, un calor antinatural que parecía emanar desde su interior.
Era tan intenso que terminó por sacarse la polera; el simple roce de la tela contra su piel le provocaba una desesperación insoportable.
Los músculos le temblaban de forma involuntaria.
El sudor caía por su espalda y su rostro sin detenerse, mientras su sombra trabajaba sin descanso, reparando fibras musculares rotas, regenerándolas una y otra vez, forzando al cuerpo a reconstruirse más rápido de lo normal… aunque cada vez ese proceso se volvía más lento.
Más pesado.
Más doloroso.
—Qué calor… —murmuró para sí mismo, jadeando, con la respiración entrecortada.
Fue en ese momento cuando Alice apareció.
Llevaba consigo un par de botellas de agua.
Se acercó sin hacer ruido y se las tendió.
—Bébelas con cuidado —le dijo con suavidad.
—Muchas gracias, Alice —respondió Elior, esbozando una sonrisa cansada mientras tomaba una de ellas—.
Estoy exhausto… —Me lo puedo imaginar —respondió ella, observándolo con atención—.
Estás completamente sudado, y tus músculos siguen temblando.
—Sí… —admitió él, soltando una pequeña risa—.
Supongo que me excedí un poco.
Jajaja.
Alice lo miró unos segundos más antes de preguntar: —¿Te quedarás hoy aquí?
—No, no puedo —negó Elior—.
Mañana debo volver a clases y tengo que preparar mis cosas.
Se agachó con algo de dificultad, tomó la polera del suelo y se la colocó.
Su cuerpo, poco a poco, comenzaba a enfriarse.
—Nos vemos mañana, Alice.
—Está bien, cuídate.
Y descansa —respondió ella.
Elior levantó la mano a modo de despedida, sonriendo.
Gracias al arduo entrenamiento, ya no necesitaba meditar como antes.
Bastaba con visualizar con claridad el lugar al que quería ir.
Y en un instante… Ya estaba en Geheris.
La casa estaba completamente a oscuras.
Dio un par de pasos… y chocó de frente contra la muralla.
—¡Auu!
—se quejó, llevándose la mano a la frente.
Encendió la luz, aún sobándose, y entonces miro el reloj.
Las 4 de la madrugada.
Su rostro quedó completamente inmóvil al ver la hora.
—…¿Qué?
Sabía que no había pasado tanto tiempo entrenando… pero era fácil olvidar que el flujo temporal entre el dominio de las sombras y Geheris era distinto.
Suspiró.
Puso agua a hervir para prepararse un café.
Ya no tenía sentido dormir: en una hora y media debía levantarse.
Mientras la cafetera trabajaba, comenzó a ordenar sus cosas para la escuela.
El silencio de la casa, roto solo por el sonido mecánico de la cafetera, se sentía más pesado de lo habitual.
Todo debía estar en orden.
Exactamente como él quería.
Limpiaba y acomodaba ciertos objetos una y otra vez, hasta cinco veces seguidas.
Revisaba su mochila… la cerraba… la volvía a abrir… y revisaba otra vez.
Necesitaba asegurarse de que todo estuviera ahí.
Mientras doblaba la ropa, notó que sus manos y brazos aún temblaban por el entrenamiento.
Y por otro lado ya no soportaba seguir usando la ropa con la que había entrenado.
Fue directo a la ducha.
El invierno se hacía notar con fuerza; el impacto del agua helada recorrió su cuerpo como una descarga, equilibrando el calor de sus músculos.
Al salir, lo primero que hizo fue tomar su celular.
—Por favor… por favor… por favor… que Hina no me haya hablado… —repetía en su mente.
Revisó los mensajes.
Solo uno.
“Me quedaré con Seraphine.
Nos vemos mañana en la escuela.” Elior soltó un suspiro de alivio.
Mientras seguía con el celular en la mano, vio las publicaciones: Hina y Seraphine compartiendo una comida, sonriendo, disfrutando juntas.
No pudo apartar la mirada de la foto y se quedó observando a Seraphine más de lo que esperaba.
Una parte de él se alegraba genuinamente de que ambas se llevaran bien, de que hubieran formado una amistad tan linda.
Pero él no se incluía ahí.
Había algo que tenía claro desde hace tiempo: ese tipo de días tranquilos y relajados no le pertenecían.
Se puso el pijama y, ya decidido a no dormir, tomó uno de sus libros sobre mitos del mundo.
Con el café en la mano, comenzó a leer, esperando a que sonara la alarma.
Una hora pasó demasiado rápido.
Cuando el sonido de la alarma lo sacó de la lectura, Elior se vistió, tomó desayuno y salió de casa.
Fue directo a buscar a Hina y a Seraphine, sabiendo que llegarían tarde.
Especialmente por Hina.
Después de todo, odiaba levantarse temprano los días de semana.
La mañana era helada.
Más fría de lo normal.
Elior caminaba con las manos dentro de los bolsillos de su abrigo mientras observaba a la gente avanzar rumbo a sus trabajos y escuelas.
Todos parecían tener algo que los empujaba a levantarse cada día y seguir adelante.
Un motivo.
Un propósito.
Cuando intentó pensar en el suyo, la respuesta fue clara… y dolorosa a la vez.
No era él mismo.
Eran las personas que quería.
El mundo que deseaba dejarles.
Un lugar sereno, dentro de lo posible.
Un mundo lejos de demonios… y de ángeles insensibles, capaces de ver a los humanos como algo inferior.
No tardó mucho en llegar a la casa de Seraphine, tomando el tren como de costumbre.
Al estar frente a la puerta, se detuvo unos segundos antes de golpear.
Dudó y los nervios de la situación se apoderaban de él.
Ella no sabía que él vendría.
¿Y si las incomodaba?
¿Y si no querían verlo tan temprano?
Su corazón comenzó a latir con fuerza, pero al final se decidió.
Toc toc.
Dos golpes bastaron.
La puerta se abrió casi de inmediato.
—¿Elior…?
—dijo Seraphine, con el cabello aún mojado, como si acabara de salir de la ducha—.
¿Qué haces aquí tan temprano?
Entra, hace mucho frío afuera.
—D-disculpa por llegar sin avisar —respondió él—.
No podía dormir… y pensé que quizá podrías necesitar ayuda para despertar a esa dormilona.
—La verdad es que sí, dijo que se levantaría hace veinte minutos —rió Seraphine—.
Por favor, ayúdame.
No puedo llegar tarde porque tenemos un examen en la primera clase.
—Será un placer —dijo Elior, quitándose el abrigo.
—Está en mi habitación.
—Perfecto, con permiso.
Elior avanzó hacia la habitación de Seraphine.
En el suelo, sobre una colchoneta grande, Hina dormía profundamente.
Babeando ligeramente, completamente entregada al sueño.
Elior se agachó con cuidado y le sacó una foto al rostro.
Se tapó la boca para no hacer ruido al reír… hasta que recordó el verdadero objetivo del porqué estaba ahí..
Metió una de sus manos en el bolsillo, colocó su pierna izquierda bajo la colchoneta y, con una facilidad sorprendente, la dio vuelta.
—¡¿Eh?!
Hina despertó al caer al suelo.
La colchoneta estaba al otro lado, completamente volteada.
Miró alrededor, confundida… hasta que sus ojos se posaron en Elior, que no podía contener la risa.
—¡¡ELIOR!!
—gritó.
—Vamos, dormilona —respondió él—.
Levántate.
Hay clases.
Recuerda que hoy tienes examen.
No te conviene llegar tarde.
—Te perdonaré esta vez… solo esta vez —gruñó Hina, levantándose de inmediato al darse cuenta de la hora.
Corrió al baño.
Elior iba de regresó al salón y vio a Seraphine frente al espejo, peinándose de forma delicada.
No entendía por qué siempre terminaba observándola.
No podía apartar la mirada de ella.
Buscó dentro de sí algún sentimiento romántico… pero no lo encontraba.
Tal vez era solo atracción.
Algo superficial.
Algo que no estaba dispuesto a permitirse.
Su camino debía recorrerlo solo, sin ese tipo de vínculos.
Aunque, muy en el fondo, le hubiera gustado tener un amor como el de sus padres.
Pero él había tomado un camino diferente.
—Elior… —dijo Seraphine—.
¿Elior?
No respondía.
Estaba completamente perdido en sus pensamientos.
Sacudió la cabeza.
—¿Te apetece un café?
—preguntó ella.
—La verdad… sí.
Por favor.
—Ven, siéntate conmigo.
Esperemos a Hina.
La conversación fue trivial, sin importancia real… pero ambos se perdían en la mirada del otro.
Seraphine quería conocerlo más, protegerlo.
Elior, en cambio, intentaba comprender qué era exactamente lo que lo atraía hacia ella.
Aun así, disfrutaba el momento.
—¡Listo!
—dijo Hina, apareciendo de pronto.
Sin avisar, tomó el café de Elior… y se lo bebió entero en segundos.
Elior solo suspiró.
—Bien… ¿nos vamos entonces?
El camino a la escuela era frío, pero iban riendo.
Hina y Seraphine contaban sus aventuras del día anterior.
—Sí que se motivaron —rió Elior— Pero de corazón, ¿Están locas?, ¿Cómo pueden recorrer toda la ciudad y no comprar nada?
—Como me vuelvas a llamar loca, te corto lo de abajo —respondió Hina con una sonrisa amenazante.
—Entendido.
Jamás lo volveré a mencionar.
Me retracto de todo lo que acabo de decir.
Seraphine no dejaba de reír.
En Aetheris nunca se divertía así.
Allá todo era seriedad y reglas, para divertirse había poco y nada.
Al llegar a la entrada de la escuela, todos notaron la presencia de Elior tras semanas de ausencia.
—Esto es incómodo… —susurró él.
—Deberás acostumbrarte —dijo Seraphine—.
Ya se les pasará.
Ella notó los movimientos involuntarios de la mano de Elior.
Sin pensarlo, se acercó y apoyó su mano sobre su brazo.
—Tranquilo.
Estarás bien.
Elior la miró… y le devolvió una sonrisa.
—Nos vemos en el recreo —dijo Hina, alejándose con Seraphine.
Elior caminó hacia su sala, pero fue interceptado por múltiples voces.
—¡Elior!
—¿Cómo estás?
—¿Ya estás mejor?
Sonrió, agradeció la preocupación… pero las preguntas no cesaban.
—Por favor, chicos —intervino Emily—.
Déjenlo sentarse.
No es cómodo llenarlo de preguntas cuando apenas está llegando..
Elior llegó a su asiento un tanto agobiado por la presión.
—Me alegra que hayas vuelto, Elior —dijo Emily—.
Si necesitas ayuda para ponerte al día, solo dime.
Él sabía que, si alguien podía ayudarlo a ponerse al día, era ella.
—Gracias, Emily.
Las clases de la mañana transcurrieron con normalidad.
Al final de estas clases, le dieron una semana para entregar trabajos y rendir exámenes pendientes.
Resignado, salió de la sala de profesores y buscó a Emily.
Encontrandola en el patio, bajo un gran árbol, leyendo el mismo libro que él había leído horas antes.
—No sabía que te gustaban ese tipo de libros.
Emily levantó la vista, sorprendida.
El libro cayó de sus manos.
—Eh… sí.
Mi padre es historiador.
Desde niña me gustan este tipo de libros.
—Es interesante —dijo Elior—.
Aunque… sinceramente hay mejores.
—Bueno, eso es verdad —dijo Emily con una sonrisa.
—¿Puedo sentarme?
—Ah… no —respondió ella nerviosa—.
Iba a la cafetería.
¿Quieres un café?
—Me parece perfecto.
Hina se tomó el mío en la mañana.
Mientras caminaban, Emily preguntó: —Te escribí estas semanas… pero nunca respondiste.
—¿En serio?
—Elior revisó su celular—.
Perdón.
No lo vi.
hay veces que se me olvida completamente que tengo celular.
—Lo supuse.
Nunca usas el celular.
—Supongo que tienes razón— afirmó Elior —¿Y qué hiciste todo este tiempo?
—Leer y descansar.
Nada interesante.
—Leer hoy en día ya es espectacular Elior, ¿Sabes lo caro que están los libros?.
La conversación era casi como un guión, los nervios de Emily eran evidentes al igual que los de Elior que le costaba demasiado pedir ayuda.
—Oye… Perdón por cambiar de tema abruptamente pero si no lo hago ahora no lo haré después.
¿Me prestarías tus apuntes de las clases?
—Claro—dijo Emily mostrando una gran sonrisa —Vamos por el café y te los paso.
Desde lejos, Hina y Seraphine los vieron juntos.
Las compañeras rápidamente comenzaron a murmurar.
—¿No son Elior y Emily?
¿Estarán saliendo juntos?
Seraphine no lograba apartar la mirada.
—Deben estar hablando de clases —dijo Hina rápidamente.
mientras golpeaba disimuladamente el hombro de su compañera señalando a Seraphine.
Seraphine no respondió.
—Listo —dijo Elior—.
Gracias por los apuntes.
—¿Ya los leíste… y entendiste todo, tan rápido’?
—Sip, supongo que es una de mis maldiciones— dijo Elior riendo.
—Eres impresionante.
—No es para tanto.
Suspiró.
De camino a clases, parecían una pareja perfecta caminando por los pasillos de la escuela.
En la puerta, Elior vio pasar a Hina y Seraphine.
Las saludó… pero solo Hina respondió.
Seraphine parecía molesta y Hina se había percatado de eso —¿Estás bien?
—preguntó Hina más tarde.
—Sí… solo estoy algo estresada.
—Sera….
¿Te molestó ver a Elior con Emily?
—¡No!
—respondió Seraphine—.
Somos amigos, nada más.
—Sera… amiga, es obvio que sientes algo por Elior.
—No tiene sentido… Nada tiene sentido.
¿por qué?, ¿por qué él?, con suerte nos conocemos… —A veces no necesitamos conocer del todo a alguien para sentir algo —dijo Hina con suavidad—.
Creeme te lo digo por experiencia, Pero, debes tener en cuenta algo Sera, Elior no acepta ese tipo de sentimientos.
Seraphine guardó silencio.
—Como amiga —continuó Hina—, lo mejor que puedes hacer… es olvidar lo que sientes por Elior.
No quiero que salgas lastimada.
El transcurso de las clases corrío sin ningún tipo de apuro.
Todo era calma… por lo menos para algunos.
Elior ya se disponía a retirarse de clases e ir a su casa cuando se topó con Seraphine y Hina en el pasillo.
—Holaaa —dijo Elior—, ¿nos vamos juntos?
—¡Por supuesto!
—respondió Hina sin pensarlo dos veces.
Seraphine, en cambio, ni siquiera miró a Elior y él no se percató de ello.
—Emm… no creo —respondió Seraphine—.
Iré a otra parte.
Quedé de juntarme con una amiga.
Las palabras de Hina seguían retumbando en la mente de Seraphine, quien sabía que Elior no aceptaría esos sentimientos.
—Oh… está bien —dijo Elior—.
Pues espero que te diviertas, Sera.
Hina observaba la situación en silencio.
Sabía que Seraphine no saldría a ningún lado; ella misma se lo había dicho.
Pero, al parecer, Sera seguía un poco molesta por la situación anterior.
—Entonces nos vemos después —dijo Hina para cortar el silencio incómodo.
—Claro —respondió Seraphine con una sonrisa, mientras se retiraba sin despedirse de Elior.
Fue en ese momento cuando Elior notó que algo en el ambiente estaba raro.
—¿Sera se siente bien?
—preguntó a Hina.
—Sí, sí —respondió ella de inmediato, tomando del brazo a Elior para comenzar a caminar—.
Solo debe estar estresada por los finales de año.
—Mmm… sí, quizás —respondió Elior—.
Pero le iba bien en clases, ¿no?
No debería estar tan preocupada.
—Bueno, algunos nos preocupamos de más, Elior.
Así somos —dijo Hina con un tono burlesco—.
No todos tenemos ese cerebro tuyo.
—Está bien, está bien —respondió Elior sonriendo mientras caminaba a la par de Hina.
Mientras avanzaban rumbo a la casa de Hina, ella volvió a hablar.
—A todo esto, Elior… ¿qué pasa con Emily, tu compañera?
—preguntó mientras le daba unos golpecitos en el brazo.
—¿Con Emily?
—repitió Elior—.
Absolutamente nada.
¿Por qué preguntas?
—Ah… es que todos los vieron juntos en el recreo, riendo —dijo Hina—.
La mayoría pensaba que estaban saliendo.
—¡Qué!, ¿Me estás diciendo que la gente saca conclusiones solo por ver a dos personas reír y caminar juntas?
—respondió Elior—.
Bueno, al parecer ellos necesitan más ayuda psicológica que yo.
Hina soltó una risa, pero luego se puso seria.
—Pero hablando en serio… ¿no sientes nada por ella?
¿O por alguien?
La mayoría de nosotros, por lo menos, siente alguna atracción hacia alguien.
Las hormonas se vuelven locas.
—Mmm… no lo sé, la verdad —dijo Elior frunciendo el ceño mientras pensaba—.
Sé que no me gusta nadie.
O sea… Emily es muy bella, eso no lo puedo negar.
Pero de ahí a sentir algo… pues no.
—¿Y qué tal Seraphine?
—preguntó Hina rápidamente.
—¿Sera…?
—repitió Elior.
De pronto, su mente se llenó de pequeños momentos compartidos con ella.
Instantes en los que no lograba controlar del todo su cuerpo.
Suspiró y respondió rápido para salir del embrollo.
Soltó una ligera sonrisa.
—Sera es un tanto especial.
Me agrada estar con ella, y es preciosa… pero no la conozco tanto.
Y tampoco es que sienta algo por ella., Aunque siento que siempre está ocultando algo.
Un leve malestar se instaló en su pecho.
—Mmm… ya veo —dijo Hina—.
Pero te diré esto de corazón, Elior.
Sé que para ti es difícil este tipo de cosas, pero no te cierres a conocer más acerca de esos sentimientos.
—Quiz… —no lo sé, Hina —interrumpió Elior—.
Tengo miles de cosas más relevantes de las que preocuparme que del sentimentalismo.
Hina suspiró, resignada.
Sabía la respuesta, pero aun así había querido intentarlo.
Sin embargo, también sintió algo de alivio y curiosidad al notar que, al mencionar a Sera, Elior había dicho que no la conocía mucho y esa sonrisa había delatado algo.
Eso ya era suficiente por el momento..
—Bueno, no seguiré con el tema —dijo Hina.
—No, no.
¿Por qué lo cambiarías?
—respondió Elior—.
¿Qué hay de ti?
—Eso ya es privado —respondió Hina mientras seguía caminando.
—Oyeee, aquí ambos nos contamos cosas —insistió Elior—.
¿Ya estás saliendo con alguien?
—¡Ehh!
¡No, no!
Para nada —dijo Hina, poniéndose roja como tomate.
—Antes, cuando éramos niños, me contabas todo —continuó Elior—.
Ahora algunas cosas las omitirás, ¿eh?
—¡¿Cómo?!
—respondió Hina.
—Okey, mejor no.
No quiero detalles de eso —dijo Elior riendo—.
Pero por lo menos, y por favor, cuídate.
En todos los sentidos… porque no me apetece ser tío.
—¡Idiota!
—gritó Hina mientras le daba un golpe en la cabeza.
La risa de Elior solo aumentó.
Quién lo diría… estás avanzando muy rápido, susurro.
—¡Elior!
—susurró Hina—.
Ya cállate o te golpearé.
—Está bien, está bien —respondió él aún riendo.
Pero, de pronto, el humor de Elior cambió.
En la caminata, no pudo evitar notar cómo unos tipos estaban molestando a un grupo de chicos.
—Ven, Hina —dijo Elior, tomando su mano mientras se acercaban.
—Quizás deberías quitarte esas ridículas zapatillas, mocoso —dijo uno de los acosadores—.
O deberías cortarte el pelo.
Las risas resonaron alrededor.
El chico apartó la mano del acosador que se burlaba de su hermano pequeño.
—Vamos —dijo uno de los matones—.
Son solo cinco mocosos.
Colguémoslos de un árbol.
—Sí, sí, buena idea —dijeron los otros tres.
Justo cuando iban a agarrar al niño, Elior tomó bruscamente la mano del acosador.
—Ya se acabó el chiste.
—¡Suéltame, infeliz!
—gritó el acosador, dándose cuenta de que no podía mover el brazo.
—Quizás deba romperte la mano para que tú y tus amigos aprendan a no molestar a los chicos… ni a nadie.
—Hina —dijo Elior sin apartar la mirada—, ¿puedes alejar a los niños de aquí, por favor?
Por alguna razón, los demás acosadores estaban quietos.
Sus cuerpos no se movían.
Inconscientemente, Elior había enganchado sus sombras a la suya, impidiéndoles moverse.
—Está bien —dijo Hina—.
Vamos, chicos, aléjense un poco.
El niño no podía dejar de mirar a Elior, viendo cómo los defendía, plantado frente a cuatro matones sin miedo alguno.
Elior apretó un poco más su mano.
El acosador se quejó de dolor.
—¡¡AAHHG, BASTARDO!!—gritó el acosador —¿Qué?, ¿acaso te duele el brazo?
Hina se percató que Elior se estaba excediendo en su fuerza.
—Elior, suficiente —intervino Hina.
Elior volvió en sí, soltó al tipo y lo empujó al suelo.
—Dime, ¿es chistoso burlarse de los que no pueden defenderse?
El sujeto lo miraba con terror.
Algo en su instinto le gritaba que Elior era peligroso.
Comenzó a retroceder, pero Elior avanzaba hacia él.
Los otros, aun con ese miedo instintivo, corrieron hacia él.
Elior bloqueaba y esquivaba los débiles golpes con facilidad, hasta que golpeó a uno en el estómago, dejándolo sin aire e inconsciente.
Uno corrió lejos.
Otro siguió atacando.
—Cuidado, debilucho —dijo Elior mientras esquivaba—.
No te me vayas a cansar.
Sonrió con burla.
Se aburrió.
Tomó el brazo del tipo y golpeó su codo, fracturándo todo el brazo del acosador.
En ese momento, el que había huido regresó con un fierro grueso y atacó por la espalda.
El golpe fue detenido por Hina, quien tackleó al sujeto, lanzándolo al suelo.
—¿En serio atacarías por la espalda?
—dijo Hina—.
Qué valiente eres… Hina no se quedaría fuera, tampoco le gustaban los tipos que abusaban de su fuerza contra los más débiles., asi que mientras el sujeto se levantaba , Hina esquivaba los golpes e insertaba golpes seguido en el cuerpo del acosador , dejandolo rápidamente inmovil Elior desvió la mirada, impresionado por lo bien que peleaba Hina.
Él solo le había enseñado lo básico; al parecer, entrenaba por su cuenta.
Sabiendo que no debía preocuparse por ella, Elior tomó al otro sujeto por la nuca, lo levantó y lo arrastró.
—Ahora te vas a disculpar con los niños.
Hina arrojó el fierro lejos.
Ya había terminado con el otro.
—¡Ay nooo!
—gritó Hina.
—¿Qué pasa?
—preguntó Elior.
—¡Rompí el uniforme!
—gritó ella—.
¡Mi madre me castigará!
Golpeó con su pie al sujeto en el estómago en reiteradas ocasiones.
—¡Todo es por tu culpa, cabrón!
Elior volvió al frente.
—Ahora tú.
Discúlpate.
—Diii… disculpen… —dijo el acosador.
Los niños lo miraban con enojo.
Uno de los chicos se acercó y le dio un puñetazo en el rostro.
Elior lo miró sorprendido.
El niño proyectaba casi la misma energía que Hina, lo que lo hizo sonreír.
Elior tomó al sujeto por la ropa.
—Si te vuelvo a ver molestando a alguien, no seré gentil en lo absoluto.
¿Entendido?
—¡Sí, sí!
¡Por favor, déjame ir!
Elior lo lanzó al suelo.
—Vete.
Luego se agachó frente a los niños.
—Lo hicieron muy bien.
Jamás deben temer a los más grandes.
Hicieron bien en defenderse entre ustedes.
Ahora vayan… no preocupen a sus padres y diganle lo que pasó.
—Gracias, señor —dijo uno de los niños.
La cara de Elior palideció.
—¿Señor…?
¿Cómo que señor?
—dijo—.
No soy tan viejo… Suspiró.
—¡Elior!
—gritó Hina—.
¿Por favor puedes coserme la falda del uniforme?
¡Te lo ruego!
—Mmm… nop —respondió Elior, dándose la vuelta.
—¡Elior, por favor!
Mi madre me castigará.
¡Y todo es por tu culpa!
Me metí a la pelea para ayudarte.
—Pues no te pedí ayuda —respondió él—.
Debiste dejar que me golpearan con el fierro.
—¡Payasoooo!
—gritó Hina.
Luego cambió de táctica.
—Okey, hagamos esto.
Si me arreglas la falda, te compraré hamburguesas, ¡NO!, mejor te compraré ese pollo… del que te gusta.
Elior se detuvo en seco.
El pollo crujiente del local cerca de su casa era su mayor debilidad.
—Mmm… hecho —dijo sin pensarlo dos veces—.
Vamos a mi casa y te cambias.
—Pero no tengo ropa ahí… —Te pones algo mío.
Como siempre.
—¡Esoooo!
—gritó feliz Hina, caminando junto a él.
Todo ya estaba tranquilo.
Hina ya se había cambiado, y Elior le había arreglado la falda del uniforme, dejándola como nueva.
Ella ya se encontraba en su casa, mientras que Elior aún tenía una última parada antes de poder ser libre para entrenar.
Había prometido no faltar a sus sesiones.
Así que, aunque no quisiera, se dispuso a ir.
Había algo que las sesiones con la psicóloga provocaban en él.
Una ansiedad casi incontrolable.
Elior sabía que ella no lo juzgaría por nada, pero aun así no podía enfrentar la verdad acerca de lo que realmente era su mundo.
Por ende, sentía que las terapias no eran efectivas en él.
En camino a la consulta, no pudo evitar mirar a las pocas familias que se cruzaban frente a él.
Niños riendo junto a sus padres.
Era una escena hermosa… por no decir menos.
Pero para Elior era un insulto.
Como si el mismo mundo se encargara de restregarle en la cara todo lo que había perdido.
Y aunque sabía que esos niños no tenían la culpa, no podía evitar sentir celos.
Desear estar en su lugar.
Tener algo tan simple y tan inalcanzable para él.
Perdido en sus pensamientos, caminó casi en piloto automático hacia la consulta.
La disociación era gran parte de su día a día.
Cuando volvió en sí, ya estaba sentado en el sillón de la consulta, con la psicóloga frente a él.
Estaban conversando… pero Elior no sabía de qué hablaban.
Solo respondía.
No entendía el tema.
No sabía cuándo había comenzado ni cómo había llegado ahí.
—Dime, Elior —preguntó la psicóloga con voz suave—.
¿Cómo ha sido tu vuelta a la escuela?
Hoy volviste, ¿no?
—Sí… hoy volví —respondió él—.
Todo ha ido bien.
O sea, lo mismo de siempre, así que nada especial.
Debo ponerme al día con los trabajos y exámenes que tengo pendientes… pero eso es todo.
Respondía tranquilo, pero sus manos lo traicionaban.
Jugaba desesperadamente con sus dedos.
—Mmm… comprendo —dijo la psicóloga—.
¿Y esos trabajos y exámenes te provocan algún tipo de estrés o ansiedad?
¿Te sientes preparado para hacerlos?
—La verdad es que sí —respondió Elior—.
No generan un problema en mí.
En lo absoluto.
No es complicado.
Mientras hablaba, estiró su mano para acomodar por octava vez la caja de pañuelos.
Al notar la mirada de la psicóloga, se acomodó en el sillón.
—Perdón… —No te preocupes por ello, Elior —respondió ella—.
Dime… ha pasado un tiempo desde que no nos vemos.
¿Hay algo en específico, algo de lo que te urja hablar?
Elior necesitaba soltar miles de cosas.
Pero, al mismo tiempo, no podía.
Su boca se cerraba, negándose a pronunciar siquiera la más mínima palabra sobre lo que estaba viviendo.
—La verdad… es que no —dijo—.
No hay nada que sienta que no pueda controlar.
—Comprendo —asintió la psicóloga—.
¿Y qué tal si hablamos de la discusión que tuviste hace un rato con unos sujetos que terminó en una pelea?
La pregunta provocó una reacción inmediata.
El pánico.
Los dedos de Elior comenzaron a moverse con más fuerza, apretándose unos contra otros.
Su pierna izquierda se movía de manera involuntaria, delatando su estado.
—Ellos fueron los que empezaron —respondió rápido, casi justificándose—.
Estaban molestando a unos niños.
La psicóloga lo escuchaba con atención.
—Comprendo, Elior.
Dime… ¿les diste una oportunidad de que entendieran que estaban haciendo algo mal?
Elior desvió la mirada.
Evitó responder.
—Vi esa pelea —continuó ella—.
Y desde mi punto de vista, aunque puedo estar equivocada, parecías disfrutar aquella pelea.
Por eso prefiero preguntarte a ti… ¿cómo te sentías durante ese momento?
¿Qué es lo que recuerdas?
¿Qué sentimiento prevalecía en ese instante?
Elior miró sus manos.
No sabía qué responder.
—No lo disfrutaba… —dijo finalmente—.
No puedo disfrutar golpeando a sujetos tan débiles.
Pero no negaré que me gustó verlos en el suelo.
Respiró hondo.
—Lo que hicieron estaba mal.
Odio a los que se aprovechan de los demás.
Alguien debía frenarlos, mientras se podía.
Su voz comenzó a subir.
—La gente pasaba al lado… y solo miraban.
O grababan con sus celulares.
La sociedad me enferma.
Apretó los puños.
—Comienzan a creer que cualquier acto es digno de grabar en vez de prestar ayuda a quien lo necesita.
Se quedan esperando que alguien más ayude… Levantó la cabeza.
—No me sorprende que los demás nos vean como los débiles.
La psicóloga lo miró conmovida.
—¿A qué te refieres exactamente con eso?
—preguntó.
Era la primera vez que veía una versión de Elior tan enojada.
Elior levantó la mirada y la sostuvo fijamente.
—Algún día el mundo conocerá realmente dónde vivimos.
Solo espero que no sea tarde.
Hubo un silencio.
—Algún día soltaré todo lo que tengo dentro —continuó—.
Pero no es el momento.
Y de verdad aprecio que quiera ayudarme… pero estoy maldito.
No puedo… ni quiero ser salvado.
Respiró con dificultad.
—Solo anhelo llegar al día en el que pueda encontrarme con mi familia y, al fin, descansar.
Pero todo será a su tiempo.
Aún tengo cosas que hacer.
—Así que, por favor, no me malentienda —añadió—.
No estoy diciendo que me suicidaré.
Tengo cosas por las que seguir… y aún hay cosas de las que debo sanar.
Lo sé.
La psicóloga tomó la palabra después de escucharlo.
—Es bueno que, por primera vez en todos estos años, hayas soltado parte de la ira que tienes por dentro, Elior.
Es un gran avance.
Luego preguntó: —Pero dime… ¿qué es eso que el mundo realmente conocerá?
No he entendido esa parte.
Elior sonrió levemente.
—Los cimientos del mundo como tal son una farsa —dijo—.
Solo espero que el mundo no llegue a conocer todo lo que yo sé.
Estarían mejor así.
La psicóloga tomaba notas mientras él hablaba.
—Sé que hace un tiempo, en una de nuestras sesiones, vimos que las emociones no son malas.
Que deben aceptarse tal como son.
Que cumplen un papel en nosotros.
Hizo una pausa.
—Pero no puedo acceder a otras, por más que lo intento.
Me siento entumecido por dentro.
Y cuando logro sentir algo… es pura rabia o tristeza.
Cerró los ojos.
—Pero quizás es para lo que nací.
Sentir eso me hará crecer… como lo he hecho hasta ahora.
La sesión terminó posterior a esa conversación en un ambiente tenso.
Elior pidió disculpas si había dicho cosas fuera de lugar, pero afirmó que así era el mundo que los rodeaba.
Nada tenía sentido.
Se retiró.
Entendiendo que, si quería paz, debía luchar hasta encontrarla.
Cumplir sus objetivos.
Resistir.
Sería difícil.
Pero estaba claro.
Cumpliría el favor que le debía a la Muerte.
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