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La Sombra Sin Dios - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Capítulo I — La Luz que No Llora
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2: Capítulo I — La Luz que No Llora 2: Capítulo I — La Luz que No Llora  La tormenta caía suave aquella noche en que nació el niño de la familia Blackwood.

Las parteras se inquietaban: no lloraba, no pataleaba, no hacía ruido alguno.

Solo observaba.

—No… no llora… —susurró su madre, con la voz temblorosa y los ojos húmedos.

—¿Está bien?

—preguntó su padre, mirando al partero.

El bebé, envuelto en telas suaves, los miraba con una calma imposible.

Sus ojos, de un gris plateado, parecían neblina iluminada por la luna.

El partero asintió, aunque todavía sorprendido.

—No tiene nada de qué preocuparse, señora Elyra.

Su corazón late fuerte.

Es como si no tuviera miedo… como si ya hubiera visto este mundo antes.

Elyra, pálida pero sonriente, lo tomó en brazos.

Elian se arrodilló junto a ella, murmurando una oración entre lágrimas.

—Es como si trajera calma en lugar de llanto —dijo una de las mujeres del pueblo, persignándose.

El silencio llenó la habitación.

No era miedo.

Era reverencia.

El recién nacido parecía haber llegado con una luz antigua en la mirada.

Elian lo sostuvo en brazos.

La voz le temblaba, aunque no entendía por qué.

—Si tú eres un regalo… entonces tu nombre será Elior.

—Apretó los ojos y sonrió con lágrimas contenidas—.

Significa “Dios es mi luz”.

Porque incluso si Dios calla, este niño será la luz que no se apaga.

Las nubes se abrieron un instante y la luna iluminó la humilde casa.

El brillo plateado en los ojos del bebé resplandeció como si respondiera a las palabras de su padre.

La aldea de Velmira no tenía más de cien almas, pero parecía guardar un mundo entero.

Rodeada de campos dorados y ríos cristalinos, era un rincón de Geheris donde el tiempo avanzaba lento, como en una plegaria eterna.

Allí creció Elior Blackwood.

Cabello castaño oscuro, ojos de plata antigua.

Silencioso, pero no frío.

Sonreía con facilidad, encontraba felicidad en lo más mínimo, y pasaba los días ayudando a su padre en la carpintería o acompañando a su madre al templo, donde las velas nunca se apagaban.

Todo cambió el día en que nació Liora.

Ella tenía la sonrisa y los ojos esmeralda de su madre, junto con los rizos oscuros de su padre.

Cuando Elior la sostuvo por primera vez, algo dentro de él se quebró suavemente… como un muro que caía sin ruido.

Desde ese instante, nunca se separó de su hermana menor.

Se prometió a sí mismo que haría lo que fuera para que jamás perdiera ese brillo resplandeciente en sus ojos.

El tiempo pasó volando.

Cada tarde, después de la escuela, Elior corría a jugar con Liora.

Entre girasoles, en columpios improvisados, o cargándola a la espalda cuando se cansaba.

—¡Vuela, Liora!

—reía mientras la levantaba al aire.

—¡Más alto, Eli!

¡Quiero tocar el cielo!

—Solo si prometes no quedarte allá —respondía sonriendo.

Ella reía a carcajadas.

Y él reía con ella.

Los Blackwood eran queridos por todos.

Elyra siempre tenía un caldo listo para los enfermos.

Elian tallaba símbolos de fe para consolar a los que sufrían.

Incluso los ancianos decían que aquella familia era una bendición enviada para recordarles que Dios aún estaba allí.

Una tarde, mientras Liora dormía abrazada a su oso de trapo y su madre cocinaba, Elian observó a su hijo.

Elior trabajaba concentrado en un dragón de madera para su hermana.

—Hijo… ¿sabes?

—dijo el padre en voz baja—.

A veces creo que escuchas al Cielo.

Elior lo miró con extrañeza.

—¿Por qué dices eso, papá?

Elian sonrió.

—Porque tus ojos no miran solo lo que está… miran más allá.

—Yo solo veo lo que esta —respondió Elior, sin levantar la vista.

El padre rió suavemente.

—No, hijo… ves lo que aún no viene.

Y eso ni los profetas pueden hacerlo.

Elior no entendió del todo.

Solo bajó la cabeza y continuó con su dragón.

No creía en cuentos.

Pero creía en su hermana.

Y eso, para él, era más que suficiente

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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