La Sombra Sin Dios - Capítulo 20
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20: Capítulo XIX — Ya esta decidido.
20: Capítulo XIX — Ya esta decidido.
La tarde y la posterior noche después de la sesión con la psicóloga habían vuelto un lío la cabeza de Elior.
Una parte de él sabía que debía ser consciente de lo que estaba diciendo y haciendo, pero la otra se negaba por completo.
Elior debía sacrificarlo todo para lograr sus objetivos.
Tenían que aceptarlo.
Tenía que cumplir el favor que le debía a la Muerte si realmente quería hacerse más fuerte.
Sentado a la orilla de la salida al patio de la casa, tomaba un café que, por la amargura del momento, no tenía sabor alguno.
—Qué desperdicio de un buen café… —susurró Elior para sí mismo.
Dejó la taza a un costado y cubrió su cabeza con ambas manos, intentando concentrarse, buscando decidir qué hacer a continuación.
Pero el agobio terminó por apoderarse de él.
Así que, sin pensarlo más, se levantó decidido: lo mejor sería entrenar.
Vaciar la mente.
No pensar.
Se vistió para la ocasión y se movió en dirección a su propio reino, su dominio.
Debía entrenar.
Debía arrancar cualquier pensamiento de su cabeza.
Se concentró, visualizó el lugar.
Su sombra y las sombras a su alrededor hicieron el resto, transportándolo al Dominio de las Sombras.
Tenía que hablar con Alice, y posteriormente con los ancianos, para aumentar la intensidad de los entrenamientos.
Caminaba por su residencia mientras los demás lo observaban y hacían una leve reverencia.
—Buenas, ¿cómo están?
—dijo Elior con una sonrisa a unos niños—.
¿De casualidad han visto a Alice por aquí?
Los niños asintieron y lo guiaron hacia ella.
Alice se encontraba en la cima de una montaña cercana a la residencia de Elior.
El lugar era una pradera divina, por no decir menos: un árbol enorme cubría gran parte del sitio, y luciérnagas de un brillo blanquecino flotaban por todo el lugar.
Elior, al llegar, jugó un momento con ellas.
—Alice… —susurró.
Alice se dio vuelta, dejando de observar el reino desde lo alto.
—¡ELIOR!
¿Qué haces por acá?
¿Está todo bien?
Elior no respondió.
Solo se acercó hasta quedar a su lado.
Al llegar, suspiró.
—Tengo algo que contarte… y sé que no te gustará.
Pero ya está decidido.
Dijo eso colocando sus manos detrás de la espalda.
—Si ya está decidido… ¿cuál es la necesidad de decírmelo, Elior?
—respondió Alice.
—Porque sé que te preocuparás si desaparezco así como así.
Prefiero que sepas dónde estaré… Alice desvió la mirada y luego volvió a fijarla en él.
—¿De qué estás hablando?
—Tengo asuntos con la Muerte… y un favor que le debo.
—¿Un favor?
—interrumpió ella—.
Elior… no le debes nada a ella.
—Lo sé, Alice.
Bueno… en parte.
Pero tampoco es solo por el favor.
Es por lo que ganaría con hacerlo.
Más fuerza.
Más poder.
Lo necesario para avanzar hacia mi objetivo.
—Ahh, Elior… —dijo Alice negando con la cabeza—.
Me gustaría que lo pensaras un poco más, por favor.
Sé que eres terco, pero analízalo mejor, con la muerte jamás se sabe lo que pasará..
—Llevo días dándole vueltas, Alice.
Está decidido.
Partiré en unas semanas… Alice guardó silencio unos segundos.
—Está bien… —dijo finalmente, resignada—.
Te buscaré un equipamiento útil para lo que sea que enfrentes.
No confío en ella, y dudo que sea algo fácil.
Me sentiré más tranquila si llevas un equipo hecho por nosotros.
Al menos prométeme eso.
Dime que lo aceptarás.
Elior sonrió suavemente y la miró.
—Está bien, Alice.
Lo haré.
—¿Cómo lo haremos?
—preguntó él—.
¿Te doy mis medidas o…?
—No es necesario —respondió ella, alejándose—.
Conozco tus medidas a la perfección.
Elior sonrió una vez más.
Luego de contemplar las vistas un rato se dirigió hacia donde los ancianos ya lo esperaban.
—¿Cómo están?
—dijo Elior al llegar frente a ellos.
Ninguno respondió.
Bastó una leve reverencia hacia quien era su rey.
—Me gustaría informarles algunas cosas.
—Adelante, mi señor —dijo Hope.
—Primero… me iré un tiempo.
Emprenderé un pequeño viaje, haciendo un favor a la Muerte.
No sé cuánto tardaré.
Quizás sean solo dos días… o más.
no está del todo claro..
Los ancianos intercambiaron miradas.
—Y segundo —continuó Elior—, por lo mismo que acabo de mencionar, necesito hacerme aún más fuerte físicamente.
¿Cuánto creen que pueda mejorar en dos semanas?
Los ancianos se miraron unos a otros hasta que Lint, el de mayor edad, habló: —Dos semanas son más que suficientes para crear una mejor versión de usted, mi señor.
Pero si desea eso, debo advertirle: será un entrenamiento bestial.
Tiene suerte de contar con su sombra regenerando constantemente sus músculos; de lo contrario, no lo soportaría.
Usted diga cuándo comenzar, y haremos el entrenamiento más duro que hayamos realizado jamás, fortaleciendo su cuerpo y sus habilidades.
—Me gustaría priorizar el combate cuerpo a cuerpo y las dagas —interrumpió Elior—.
Cómo usarlas, arrojarlas, bloquear… ese tipo de situaciones.
—Perfecto, mi señor —respondió Lint—.
Comenzaré a preparar todo cuando usted lo indique.
—Si es posible, me gustaría comenzar ahora mismo.
—Todo es posible —dijo Lint—.
Por favor, diríjase a la sala de entrenamiento y espérenos allí.
Elior asintió, como alguien que sigue órdenes de un superior.
De un maestro.
Los ancianos de forma inmediata comenzaron con los preparativos.
El entrenamiento estaba por comenzar.
Y esas dos semanas restantes serían un auténtico caos para el cuerpo de Elior.
Las dos semanas siguientes pasaron sin que Elior pudiera distinguir con claridad cuándo terminaba un día y comenzaba el siguiente.
Las mañanas pertenecían a Geheris.
Las noches… ya no.
En la escuela, Elior se sentaba en su puesto como siempre.
La espalda recta, la mirada al frente, los cuadernos ordenados con una precisión casi enfermiza.
Para cualquier otro estudiante parecía concentrado.
Para quienes lo conocían bien, algo estaba fuera de lugar.
Sus ojos no estaban ahí.
Mientras el profesor hablaba, la mente de Elior repasaba movimientos una y otra vez.
Un paso lateral.
Una torsión de muñeca.
El ángulo exacto para lanzar una daga sin perder dirección y fuerza.
A veces parpadeaba y no recordaba qué se había dicho en los últimos minutos.
Otras, copiaba la materia de forma automática, sin entenderla realmente.
Su cuerpo estaba en clase.
Su mente seguía atrapada en el dominio de las sombras repasando todo lo del entrenamiento.
En los recreos ya no conversaba demasiado, ni con Hina o Seraphine.
Se sentaba con un libro entre las manos, pero no eran novelas ni textos escolares.
Eran libros de estrategia militar, tratados antiguos sobre guerras que jamás debieron ganarse… y aun así lo fueron.
Leía sobre generales que sacrificaron miles para salvar a millones.
Sobre ejércitos que resistieron sin esperanza de ganar.
Sobre victorias que solo existieron porque alguien decidió no rendirse.
No buscaba inspiración.
Buscaba comprensión.
necesitaba tener idea de lo que podría enfrentar en un ambiente desconocido y cómo actuar en base a eso.
Alice lo observaba desde la distancia en los entrenamientos.
Cada día, el cambio en Elior se hacía más evidente.
No solo estaba más cansado.
Su presencia había cambiado.
Sus movimientos eran más silenciosos.
Más contenidos.
Como si cada gesto estuviera calculado incluso cuando no entrenaba.
Y su cuerpo… Su cuerpo ya no era el mismo.
Los entrenamientos comenzaban apenas cruzaba el umbral de su dominio.
Los primeros días fueron brutales, pero previsibles.
Golpes, caídas, combates constantes.
Elior caía, se levantaba y volvía a caer.
La sombra reparaba lo que podía, pero incluso ella comenzaba a quedarse atrás tras la intensidad y rapidez de los daños que recibía Elior.
Para el cuarto día, los ancianos decidieron avanzar en algo un poco más letal.
Ese fue el día del verdadero dolor.
Sin ceremonias, sin advertencias, inmovilizaron a Elior.
Agujas negras, delgadas como espinas, se hundieron en su piel.
Una.
Dos.
Cinco.
Diez.
Venenos diseñados para debilitar, paralizar, corroer desde dentro.
El cuerpo de Elior reaccionó con violencia.
Espasmos.
Náuseas.
Fiebre.
La respiración descontrolada.
Sus músculos se tensaron hasta el límite, como si fueran a romperse desde dentro.
El cuerpo luchaba por neutralizar las toxinas, pero cada una estaba hecha para adaptarse, para cambiar, para resistir.
—No las expulses —ordenó uno de los ancianos—.
Déjalas quedarse.
Elior no gritó.
No rogó.
Apretó los dientes hasta sentir el sabor metálico de la sangre y como todos sus organos ardían por la cantidad de venenos.
Día tras día, repitieron el proceso.
Nuevas toxinas.
Nuevas combinaciones.
El cuerpo de Elior comenzó a cambiar su forma de reaccionar.
Ya no rechazaba el veneno de inmediato.
Lo absorbía.
Lo analizaba.
Lo adapta a su cuerpo.
Al final de la semana, aquello que habría matado a cualquier otro… apenas lograba ralentizarlo.
Luego vino la prueba de agilidad.
Los entrenamientos cambiaron de ritmo.
Ya no se trataba de resistir, sino de moverse con la mayor velocidad posible.
Dagas lanzadas desde ángulos ciegos.
Flechas disparadas sin aviso.
Trampas activadas bajo sus pies.
Elior cayó muchas veces.
Se golpeó contra muros, rodó por el suelo, chocó contra estructuras creadas para quebrar sus huesos.
Pero aprendió de todas sus fallas..
Aprendió a usar cada superficie como apoyo.
Cada pared como impulso.
Cada error como corrección inmediata.
Su cuerpo se volvió más liviano.
Preciso, rápido.
Anticipaba el peligro antes de que este se manifestara por completo.
Saltaba, rodaba, se impulsaba, esquivaba por centímetros.
Usando el parkour no sólo como técnica… sino como una parte más de su instinto.
Al final de la segunda semana, los ancianos se reunieron en silencio mientras Elior entrenaba solo en la sala central.
Su respiración era controlada.
Su postura firme.
Sus movimientos, fluidos como una danza letal.
—No solo hemos fortalecido a nuestro rey —dijo uno de ellos en voz baja—.
—Hemos creado algo más —respondió otro—.
Algo que, si no fuera humano… —Dominaría absolutamente todo.
Alice cerró los puños al escucharlos.
Ella sabía la verdad que los ancianos apenas se atrevían a decir.
La mayor fortaleza de Elior… Y también su mayor debilidad… Era su humanidad.
Esa atadura invisible que lo hacía dudar.
Que lo hacía sufrir.
Que lo mantenía anclado a un mundo que ya no podía ofrecerle descanso.
Y aun así… Era lo único que evitaba que se convirtiera en algo irreparable.
Cuando Elior salió de la sala de entrenamiento aquella última noche, su cuerpo estaba cubierto de heridas recientes y antiguas.
Su mirada, cansada.
Su mente, más clara que nunca.
Estaba exhausto.
Pero estaba también listo.
Y en algún lugar, más allá del dominio de las sombras, los peligros lo esperaban.
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