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La Sombra Sin Dios - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - Capítulo 25: Capítulo XXIV — Hina Takakura
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Capítulo 25: Capítulo XXIV — Hina Takakura

—Elior… —susurró Hina mientras apenas abría los ojos.

La casa estaba completamente desordenada. Hina llevó una mano a su cuello, sintiendo un ligero dolor, recordando con rapidez la causa del dolor.

—¡Elior! —dijo de forma acelerada mientras se ponía de pie, tan rápido que sintió un leve mareo.

Los recuerdos volvieron de golpe: el momento en que Elior se fue, su rostro decidido, y las palabras que ella le dijo antes de desaparecer.

Sin saber qué hacer y en medio de la desesperación, se sentó a los pies del sofá, ocultando la cabeza entre sus piernas y brazos, mientras las lágrimas caían sin control.

—No debí decir eso… —se repetía una y otra vez, mientras más y más lágrimas caían.

La noche terminó con el frío del invierno azotando la casa y Hina sentada allí, angustiada, esperando a que Elior volviera.

Despertó temprano a la mañana siguiente por las llamadas desesperadas de Seraphine y Emily. Hina solo miró el celular. No estaba dispuesta a contestar.

Se limitó a enviarle un mensaje a su madre diciéndole que estaba en casa de Elior, que se había quedado ahí. Luego de cortar, se levantó y fue a tomar una ducha en el silencio absoluto de la casa, donde ni siquiera ella, estando sola, se atrevía a hablar.

—¿Por qué siempre haces estas estupideces, Elior…? —susurró Hina mientras el agua de la ducha recorría su rostro.

No éramos como hermanos…

Los pensamientos se volvieron cada vez más extremos, hasta que recordó lo que Elior le había entregado: la flor que había traído del purgatorio.

Pero ella no podía ver esa flor.

—¿Cómo fue que Elior sacó la flor…? —murmuró, intentando recordar.

Realizó un ligero gesto con ambas manos, haciendo aparecer la flor. Sus pétalos aún brillaban con intensidad, capaces de iluminar la habitación entera.

Esta flor me indicará que Elior sigue con vida… pensó Hina.

Se vistió de forma apresurada. Si algo tenía claro, era que Kael debía enterarse de lo que pasó. Quizás él sabría mejor que ella cómo guardar aquella flor.

Se dispuso a salir de la casa.

Abrió la puerta… y se topó con Seraphine de frente.

—¿Sera…? —preguntó Hina, desconcertada.

—Te estaba buscando —dijo Seraphine—. Tu mamá me dijo que te quedaste acá… aunque no sabía si venir. ¿Está Elior adentro? —preguntó con un tono nervioso.

—No… —respondió Hina con tristeza.

—¿Está todo bien? —preguntó rápido Seraphine, al notar el rostro pálido de Hina.

Suspiró.

—Elior se fue…

Seraphine la miró sin entender.

—¿Cómo que se fue? ¿A dónde? —preguntó.

—No lo sé, Seraphine… no lo sé. Solo cruzó una especie de portal y se fue.

Seraphine se llevó la mano al pecho. Todo comenzaba a tener sentido. El clima de la noche anterior, la presión del ambiente que se calmó de un momento a otro… quizás se debía a la ausencia de Elior.

Si yo lo sentí… tal vez el consejo de Aetheris también… pensó.

—Tranquila, Hina, seguro estará bien —dijo Seraphine, tomando el brazo de Hina para consolarla.

Pero ni siquiera ella estaba bien con esa noticia. ¿A dónde se había ido Elior? ¿Por qué? ¿Qué había pasado?

Eran demasiadas preguntas sin respuesta.

Debo hablar con mi madre… ahora…

—Sera… —dijo Hina—. Debo ir a casa. Iré a Velmira, antes de volver a mi país.

—Oh… está bien. Ve con cuidado.

—Perdóname por no tener tiempo —dijo Hina.

—No, no te preocupes, Hina. Ya sabía que debías ir de viaje.

Ambas estaban apuradas, pero ninguna dijo la razón exacta.

Horas después, y ya con el permiso de sus padres, Hina estaba en el tren rumbo a Velmira. Intentó llamar varias veces a Kael, pero al igual que Elior, jamás respondía.

—Estos dos son iguales… —murmuró, molesta y desesperada.

Serían tres largas horas hasta Velmira. Hina no dejaba de mirar la flor. La preocupación por Elior la hacía revisar cada pocos minutos.

Se mordía las uñas mientras esperaba que el tren llegara a la estación.

Al frenar, tomó su maleta y corrió a toda velocidad hasta la casa de Kael. La gente la saludaba mientras pasaba, pero su vista solo estaba puesta en esa casa.

Entró… no había nadie.

—El templo… —pensó.

Soltó la maleta y corrió hacia allí.

Kael estaba meditando. Abrió los ojos al escuchar los pasos. Al ver a Hina y su estado, supo de inmediato que algo malo había ocurrido.

Ambos se miraron en silencio.

—Vamos adentro —dijo Kael.

Hina asintió.

Le contó absolutamente todo: lo que Elior dijo, lo que hizo, su decisión de irse a cumplir el favor de la Muerte.

Kael suspiró, llevándose las manos al rostro.

—Elior… —dijo con molestia—. ¿Por qué siempre eres tan temerario…?

—Kael… —dijo Hina—. Elior me entregó esto. Me dijo que lo cuidara… o que te lo entregara.

—¿Qué cosa? —preguntó Kael.

Hina volvió a hacer el gesto con ambas manos. El brillo iluminó el rostro de ambos.

—La flor… —susurró Kael.

Suspiró.

—Fue tonto de su parte entregártela…

—¿Por qué lo dices? —preguntó Hina, consternada.

—Esta flor la buscan otros seres, Hina. Al entregártela, te puso en peligro.

Hina abrió los ojos, sin entender.

—Que te la haya entregado fue algo completamente impulsivo e imprudente. Quizás no contaba con que llegarías ni sabía cómo calmarte… Lo mejor es que la flor quede aquí. Buscaré cómo guardarla.

Kael sabía de la existencia de contenedores de cristal para flores poderosas, pero no estaba seguro de sí servirían para esta. Debía hablar con Aurora de forma urgente.

Hina acercó la flor. Kael la recibió con cuidado. Al juntar sus manos, la flor comenzó a desaparecer.

La flor se refugiaba en el alma de las personas.

—Hina… —dijo Kael—. Hablaremos de esto, pero primero necesito pedirte un favor mientras busco dónde guardar la flor.

—Sí, dime, Kael. Lo que quieras.

—Necesito que cuides de Aramis y Lia por una hora. Sé que vienes cansada, pero no tardaré.

—No te preocupes —dijo Hina—. Yo los veo. Me hará bien estar con ellos.

—Gracias, hija —respondió Kael, colocando una mano en su hombro antes de marcharse.

Hina quedó sola en el centro del templo. Caminó lentamente, suspiró y miró al cielo.

Rezando para que Dios cuidara a Elior…

Kael se adentró lo más posible en el bosque. Sabía que, si se alejaba lo suficiente, Aurora iría. Ya todos en Aetheris debían saber la situación de Elior.

—Aurora… —susurró Kael.

Rápidamente, Aurora cayó al lado de él, guardando sus alas angelicales.

—Kael… dime que lo que me acaba de contar Seraphine no es cierto…

—¿Qué fue lo que te contó? —preguntó Kael.

Al escucharla, se percató de que a Aurora le faltaba información, la cual Kael compartió.

—Esto es terrible… en especial para ti, Kael. Si solo hubiera una forma de contactar con la Muerte, lo haría sin pensarlo para ayudarte.

Kael desvió la mirada. Luego habló.

—Sé que no puedo hacer nada por Elior por ahora, hasta entender bien y saber en dónde está… pero me urge otra cosa.

Aurora lo miró fijamente.

—¿Qué cosa?

—Elior le entregó la Flor de la Vida a Hina —dijo Kael.

—¿Hina Takakura? —preguntó Aurora.

Kael asintió.

—Ahora la flor está en mi poder, pero debe haber una forma de contener su poder y evitar que vengan por ella mientras su portador no está. Hay contenedores…

—Hay contenedores, Kael —respondió Aurora—, pero no sé si funcionarán.

—Sé que existen esos contenedores, pero esa era mi duda…

—Mmm… —Aurora pensó unos segundos—. Quizás pueda hablar con Midas y preguntarle más. En su familia conocen estos artefactos. Quizás puedan hacerle algunas modificaciones para que puedan contener ese poder…

—Me harías un gran favor —dijo Kael, mirándola con una ligera sonrisa fingida.

—Iré de inmediato, Kael. Apenas tenga alguna noticia acerca de la Muerte o del contenedor, vendré. No te preocupes. Estoy segura de que el muchacho estará bien —dijo Aurora, sonriendo, mientras colocaba sus manos en los hombros de Kael—. Debo marcharme…

—Yo igual —respondió Kael.

Ambos se despidieron con un abrazo.

Kael volvió caminando, pensando en todas las alternativas para llegar hasta Elior. Sin darse cuenta, ya había recorrido todo el camino hacia la casa.

Hina estaba jugando, a duras penas, con Lia y Aramis. Kael los interrumpió rápidamente.

—Ya, chicos —dijo con una sonrisa—. Dejen descansar a Hina, debe estar exhausta.

Los niños se detuvieron, no sin antes quejarse. Hina sonrió débilmente, lo suficiente para no preocuparlos.

—Hina, hija —dijo Kael—. Ve a la habitación de Elior y descansa. Te llevaré algo para calentar tu cuerpo y que te alimentes. No te ves muy bien… quizás te resfríes.

—Está bien —respondió Hina sin protestar.

El cansancio la vencía por completo.

Cayó rendida en la cama de Elior. Aún lograba sentir su olor en las sábanas. Eso la tranquilizaba un poco, pero no por mucho.

Mientras dormía, inconscientemente entró en un sueño profundo.

No lograba ver sus manos. No sabía dónde estaba.

Hasta que vio a alguien encapuchado pasar a lo lejos, en un lugar desolado.

El sitio estaba repleto de almas, que miraban a Hina pidiendo ayuda. Almas que eran devoradas por demonios, horrorizándola.

Su corazón latía con fuerza. Sus manos temblaban por lo que veía.

Dio pasos hacia atrás de forma instintiva.

Pero aquellos demonios eran rápidamente degollados y asesinados de la forma más brutal por una persona encapuchada.

Tomó a uno de los demonios por el cuello, como si fuera un peluche.

—¿Cómo entraron y con quién vinieron?

Hina seguía temblando.

Comenzó a moverse sola en el supuesto sueño, acercándose al demonio y a aquel individuo.

Antes de que Hina pudiera acercarse más, el joven arrancó la cabeza del demonio con las manos, salpicando sangre por todos lados.

El joven suspiró, con la respiración entrecortada, notándose la adrenalina.

—Estos demonios no servían… —dijo molesto.

Se quitó la capucha.

Revelando su rostro.

—Elior… —susurró Hina, llevándose las manos a la boca.

Horrorizada por lo que veía, intentó alcanzarlo, pero no podía avanzar.

—¡Elior! ¡Elior, escúchame! ¡Elior! —gritaba Hina, intentando que la viera.

Pero él siguió su camino, colocándose la capucha nuevamente.

Hina solo vio a Elior alejarse, mientras la sombra detrás de él se hacía cada vez más grande.

Hina despertó de golpe, asustada.

Pero pudo calmarse enseguida por una visita inesperada, era Lia, quien se había acostado con ella en medio de la noche.

El corazón latía con mucha fuerza.

—Lia… —dijo Hina, abriendo más los ojos.

Lia la abrazó como si se aferrara a un pilar.

Hina, aún pensando en lo que vio en su sueño, acariciaba su cabello.

—Necesito ayudarlo… —se repetía—. Debo ser más fuerte…

Lo dijo con la mirada decidida, observando la luna.

Al despertar, solo tenía en mente una cosa.

Debía hacerse fuerte.

Lo más fuerte que pudiera.

No solo para poder ayudar a Elior…

sino para que él no tuviera que preocuparse tanto en protegerla.

Decidida, fue en busca de Kael.

—Kael —dijo Hina, acercándose a él—. Por favor… necesito que me ayudes a entrenar.

—¿Entrenar? —repitió Kael, sorprendido—. ¿Por qué quieres hacer eso?

—Kael… sabes por qué lo quiero hacer —respondió ella, sin bajar la mirada—. Por favor, ayúdame. Te haré caso en todo lo que digas.

Aramis, que había estado observando en silencio, interrumpió de inmediato.

—Yo también quiero entrenar —dijo.

Kael desvió la mirada hacia Aramis, y luego hacia Lia, que se había acercado sin hacer ruido.

Los tres querían entrenar.

Ante la presión, Kael no pudo decir que no.

—Me harán caso en todo —dijo finalmente—. Y lo otro… Hina, tu entrenamiento será más duro que el de ellos. No aceptaré que me digas que estás cansada, ni mucho menos.

La miró con seriedad.

—¿Estás segura de esto?

—Sí —respondió Hina, sin dudar—. Estoy muy segura. Por favor… ayúdame.

Los días subsiguientes fueron un caos para Hina.

Jamás había llevado su cuerpo al límite, pero aun así estaba decidida a entrenar y hacerse más fuerte.

Kael admiraba su decisión. Su determinación.

—Hina, no te sobreexijas —le advertía—. A diferencia de Elior, tu cuerpo no se recuperará tan rápido. Debes ir a tu ritmo. Descansar también es entrenamiento.

Con las semanas, la resistencia de Hina y Aramis se volvió notable.

Lia, al ser más pequeña, seguía otro ritmo, pero los tres aprendían rápido.

Kael, mientras investigaba sobre Elior y cómo ayudarlo, entrenaba a los chicos día tras día.

En especial a Hina.

Golpiza tras golpiza.

Ella ya dominaba el combate cuerpo a cuerpo. Elior le había enseñado antes, así que no le costaba tanto adaptarse.

Las espadas de madera eran su perdición. Golpe tras golpe, sus manos estaban callosas, llenas de heridas.

—Yo puedo… yo puedo… —se repetía cada vez que caía al suelo.

Cada entrenamiento era más duro que el anterior.

Muchas veces, Hina terminaba en el suelo… o vomitando.

Los combates entre Hina y Aramis eran dignos de ver.

Ambos chocaban los palos, bloqueando cada ataque, paso a paso. Pero había algo en lo que Hina lo superaba: fuerza y rapidez mental. Ganaba la mayoría de los encuentros.

Por otra parte, Lia, al no seguir su ritmo, se dedicaba a otra cosa.

Armas más pequeñas.

Kael no le prestaba mucha atención por ser la más pequeña. Lia lo sabía.

Por eso se apartaba un poco de ellos.

Pero todo cambio cuando encontró las antiguas dagas de madera que alguna vez utilizó Elior para entrenar.

Algo en ella despertó.

Si iba a usar un arma, sería como las que usaba su hermano mayor.

Poco a poco aprendió a tomarlas, a lanzarlas, a bloquear.

La elasticidad de Lia era espectacular. Su inteligencia también. Metódica, para alguien de su edad… muy parecida a la de Elior.

Ganó una batalla contra Aramis apenas comenzó.

Hina y Kael quedaron impresionados. Aramis también.

Esa chica era especial.

Las dagas se volvieron parte de ella.

En cada entrenamiento sabía cómo usarlas mejor.

Pero con el pasar de las semanas, los entrenamientos debían terminar.

Hina debía volver.

Debía viajar a su país con su madre y su padre. Lo había prometido.

Las despedidas eran lo que más odiaban los chicos.

Aun así, abrazaron a Hina con fuerza, agradecidos por todo lo que había hecho por ellos.

No tuvieron tiempo de preguntar por Elior.

Hina siempre les decía que hablaba con él, que les mandaba saludos… que donde estaba apenas tenía cobertura.

—Mándale saludos a mi hermano y dile que nos llame —dijo Aramis antes de que se fuera.

—Lo haré, Aramis. No te preocupes —respondió Hina, agachándose para abrazarlo.

—Gracias por todo, Kael. De verdad —dijo ella, abrazándolo con fuerza.

—Siempre es un placer, hija —respondió Kael—. Pero recuerda…

—Sí, lo sé —dijo Hina, sonriendo—. Jamás pelearás con arrogancia y siempre pelearás con precaución.

El viaje a la ciudad sería largo.

Pero ya no era la misma chica que había llegado.

El cambio físico era evidente en esas pocas semanas.

Y más aún el cambio en su personalidad.

Aquella chica angustiada y asustada comenzaba a desaparecer…

poco a poco.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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