La Sombra Sin Dios - Capítulo 29
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Capítulo 29: Capítulo XXVIII — Cazando al cazador.
Elior volvió a colocarse su abrigo.
No sentía frío, pero aquel abrigo era lo único que le brindaba confort. Alice lo había solicitado con extrema precaución, cuidando cada detalle.
Mientras que el dolor de los problemas del día anterior ya había pasado. Regresaban a veces, ya no eran de suma importancia. Elior sabía que debía seguir el camino… y hacerlo con más cuidado. Aquel que lo había lastimado podía seguir cerca.
Y no podía tener más razón.
Mientras avanzaba por aquel camino rocoso, pisó una trampa perfectamente mortal. Dagas salieron disparadas directo hacia su rostro.
Elior reaccionó al instante: giró levemente el cuerpo y, con el antebrazo, golpeó los mangos de las tres dagas en un movimiento casi imposible de percibir a simple vista.
Solo el hecho de ver esa trampa hizo hervir su sangre.
—Tss… —chasqueó, apretando los dientes.
Su sombra vibró, respondiendo a esa ira.
—Ya te encontraré… —dijo Elior, decidido, antes de continuar el camino.
La presión del ambiente era excesivamente intensa. Ya no había animales cerca del área.
—Supongo que estoy bien encaminado… —murmuró, al percibir aquel olor desagradable y la presión que se acumulaba en el ambiente.
Por precaución, sacó ambas dagas y las mantuvo a mano, preparado para cualquier sorpresa.
El olor se intensificó..
Una pequeña horda de demonios apareció de pronto. Esta vez eran más pequeños, con garras afiladas y ojos similares a los de un felino cazando. Una intensa luz naranja brillaba en sus miradas, iluminando todo a su alrededor. Aquellos ojos dejaban claro que lo desgarrarían sin dudarlo.
Pero la presión que emanaba de Elior era imposible de ignorar.
Los demonios giraron la cabeza hacia él al mismo tiempo y se lanzaron como seres hambrientos.
Elior apretó los puños y dio un solo paso al frente.
La presión fue aplastante.
Los demonios frenaron en seco. Solo gruñían, incapaces de avanzar.
Elior los observó con desprecio.
—Insectos… —soltó.
Se lanzó al ataque, cortando cabezas y brazos sin resistencia. Aquellos demonios, incluso mientras eran atacados, no se movían. Habían aceptado su final.
Sin embargo, a lo lejos, ocultando su presencia en la cima de una montaña, alguien observaba.
—Jajajaja… —rió aquel demonio—. Vaya monstruo…
Su lengua recorrió lentamente sus labios, saboreando la escena.
—Jugaré harto contigo, mi preciosa presa…
Dicho eso, se retiró.
Elior sintió esa ligera presencia de inmediato. Desvió la mirada hacia la montaña, sin lograr ver nada.
—Debe estar cerca… —susurró.
Volvió la vista hacia la docena de demonios asesinados y se encaminó hacia la montaña. Allí no había rastro de ninguna persona, pero sí algo característico.
Elior cerró los ojos y agudizó sus sentidos.
Ese olor.
El mismo olor que percibió antes de ser apuñalado.
—Estuviste aquí… —dijo, apretando los puños.
—Cacémoslo… —susurró una voz en su cabeza—. Tenemos que vengarnos. Acabémoslo…
Elior negó con la cabeza.
—Silencio —ordenó con firmeza, gritándolo al viento—. Todo a su tiempo.
Podía esconder completamente su presencia. Era rápido.
Aquel demonio seguía siendo un misterio, y alguien capaz de ocultarse así era extremadamente peligroso. Un solo error podía significar su fin.
Se detuvo bajo un árbol que parecía ofrecerle refugio. Sentado, comenzó a dibujar un mapa, marcando cada ruta recorrida.
Entonces recordó algo.
Sacó una llave de una pequeña cartuchera atada a su cinturón, junto a las dagas. Al verla, recordó las palabras de la Muerte: había varias puertas para salir del Purgatorio, pero solo podría hacerlo con esa llave.
—No me sirve de mucho si no sé cómo es esa puerta… —susurró—. Debo buscar también una salida… debí hacerlo antes. Carajo…
Se dio un leve golpe en la cabeza, guardó la llave y se levantó.
No descansaría. Ya estaba decidido.
La noche cayó casi de inmediato. Apenas se veía algo sin la antorcha casi destruida que llevaba consigo. Todo parecía extrañamente tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Elior se detuvo. Algo no estaba bien.
Alumbró con la antorcha a su alrededor y aquel olor que había sentido no provenía de uno… sino de muchos demonios.
Sacó una daga de inmediato.
Solo los ojos brillaban en la oscuridad.
Los demonios, dominados por el miedo, se lanzaron contra él. Elior solo tenía una mano libre; la otra debía proteger la antorcha. Corrió contra uno, chocando su cuerpo y lanzándolo al suelo, rematándolo con la daga.
Otro demonio atacó con una espada. Elior esquivó con precisión, provocando que el arma quedara clavada en otro demonio. Giró y pateó con fuerza el brazo del atacante, arrancándoselo.
Cada movimiento de Elior era letal. En un solo segundo podía aniquilar a cuatro demonios. Pero esa velocidad lo desgastaba.
El combate continuó. El frío de la noche congelaba el ambiente, y los cadáveres comenzaban a endurecerse en minutos. El olor a sangre y polvo lo cubría todo.
Lanzó sus dagas por última vez, clavándolas en la cabeza de un demonio contra un árbol. No tuvo tiempo de atraerlas de vuelta. Otro demonio se lanzó con ferocidad.
Instintivamente, la sombra de su brazo emergió como una cobertura, disparando agujas oscuras que atravesaron la cabeza del demonio y la desintegraron en segundos.
La sombra volvió a ocultarse.
—Mierda… —murmuró Elior, sacudiendo el brazo.
Solo quedaba un demonio. Se arrastraba por el suelo, sin dejar de mirarlo. Su expresión era exagerada, consumida por el miedo. Chocó contra un árbol cuando Elior se acercó.
Sin decir nada, Elior alzó una mano. La daga llegó a ella de inmediato. Con la otra mano iluminó al demonio.
Fue entonces cuando lo vio.
El reflejo en los ojos del demonio.
No era él.
Aquello no era Elior.
Era una sombra, lo suficientemente oscura como para aterrorizar a cualquiera. Su rostro y su cuerpo ya no existían… al menos para los ojos del demonio.
El corazón de Elior se aceleró. Su respiración se detuvo por segundos.
—Quizás… sí soy un monstruo… —susurró, mordiéndose el labio.
Desvió la mirada y apretó el puño.
—¡Aaaahhhhg! —gritó, golpeando al demonio en el pecho.
El cuerpo cayó con un agujero abierto, la sangre esparciéndose por el suelo. Elior observó su mano manchada mientras respiraba agitadamente.
—Vuelve en ti… —susurró una voz ligera en su mente—. Tú puedes…
—Asesínalos a todos… —insistieron otras voces.
Una risa lejana resonó, acompañada por el sonido pesado de cadenas.
Elior llevó una mano a su estómago y cayó de rodillas. La presión era insoportable. La respiración se entrecortó; el aire no llegaba a sus pulmones.
—Cálmate… cálmate… —se repetía, mirando sus manos cubiertas de sangre.
La antorcha cayó y se rompió. La luz duró solo unos segundos antes de desaparecer por completo.
La oscuridad lo envolvió.
—Por favor… concéntrate… respira… —se decía Elior, perdido en aquella negrura absoluta.
Sacó una de sus manos del estómago y la llevó rápidamente a la boca.
Estaba a punto de vomitar… o al menos esa era la sensación.
—Cálmate… tú puedes —se dijo.
Su cuerpo comenzó a sobrecalentarse de más, de forma antinatural.
—Ya que no puedes… solo te salvaré esta vez.
La ira que emergió dentro de Elior fue abrumadora.
Todas las venas de su cuerpo se inflamaron de forma repentina, mientras que sus ojos brillaron, casi como un farol en la oscuridad.
Desde lo más profundo de su interior emergió una energía completamente oscura.
Evaporó todo a su alrededor.
Un entorno de cerca de cien metros cuadrados fue devastado por aquel impulso que brotó de Elior, aniquilando árboles y demonios por igual.
El cuerpo no resistió.
Elior cayó inconsciente.
Aquel ser que vivía dentro de él expulsó todo su poder en apenas segundos, obligándolo a calmarse a la fuerza… y así mantenerlo inconsciente. Seguro.
No fue hasta la mañana siguiente que Elior despertó.
Estaba acostado sobre una pila de demonios congelados, mutilados, sin extremidades.
—¿Qué carajos pasó acá…? —murmuró mientras llevaba una mano a su cabeza.
El dolor era insoportable.
Cerró los ojos e intentó ponerse de pie, pero resbaló sobre uno de los cuerpos congelados y rodó hasta caer al suelo.
Se incorporó con dificultad.
No había nada alrededor.
Solo él… y esos demonios.
Todo parecía incinerado.
—No… no… no… —se repetía una y otra vez.
—¿Qué hiciste…? —susurró, dirigiéndose a aquella voz en su cabeza.
—Cerdo malagradecido. Solo te salvé.
Elior apretó los dientes con fuerza.
Ser tan débil lo desesperaba.
Recordó cómo había perdido el control durante aquella crisis.
Se puso de pie, tomó sus dagas y bebió lo último de agua que le quedaba.
No entendía qué le estaba pasando.
Ya no se sentía igual.
La soledad.
La rabia.
La culpa.
El estar solo.
Todo lo estaba consumiendo.
Por más que intentaba mantenerse firme y seguir su camino, ya no sentía ganas de continuar.
—¿Qué estás pensando…? —se gritó mientras se golpeaba el brazo—. No pierdas el rumbo. Debes volver…
Necesitaba sentir algo.
Eso lo estaba volviendo loco.
De forma desesperada, sacó una de sus dagas y se hizo un ligero corte en el brazo derecho.
La sangre comenzó a correr lentamente.
Ese dolor le dio un respiro.
Como si realmente lo necesitara.
—Debo volver… debo volver… pero primero…
Sus ojos se endurecieron.
—Asesinar a todos. Partiendo por aquel infeliz.
Recordó a ese demonio, su sonrisa retorcida mientras lo apuñalaba.
Llevó la mano a la cicatriz y caminó decidido.
Los objetivos habían cambiado repentinamente.
La primera víctima sería aquel demonio de cabello largo.
Pero eso… solo lo sabía Elior.
Para distraerlo, se dispuso a ir hacia su objetivo anterior.
Ignoró todas las trampas.
No pisó ninguna, no activó ninguna.
Era evidente que ya sabía dónde estaban… y que no le importaban.
Aquel demonio seguía observándolo.
Siguiéndolo.
Pero antes, Elior debía sacarlo de su escondite.
Cerró los ojos un momento y agudizó todos sus sentidos al máximo.
Sintió varias presencias demoníacas… y una más, ligera, a cientos de metros.
Sonrió
Corrió hacia los demonios.
Comenzó a asesinarlos uno por uno, sin usar sus dagas.
Solo con los puños.
Diez demonios quedaron irreconocibles en el suelo.
En ese breve instante de relajación, una flecha llegó con una velocidad increíble desde lejos.
Sin siquiera voltearse, Elior atrapó la flecha con el puño.
Luego giró la cabeza hacia la dirección de donde provenía, sonriendo.
Apretó el puño y destruyó la flecha.
Se dio media vuelta y se retiró del lugar.
Desde la distancia, aquella sonrisa del demonio comenzó a borrarse poco a poco.
Se acercaba un poco más.
Elior continuó su camino, asesinando a todo aquel que se cruzara.
Ya quedaba poco para llegar.
La presión del ambiente se volvía casi intolerable.
El hedor cubría toda la zona.
Al atardecer, al final del camino, vio un nuevo castillo.
Esta vez, completamente distinto al primero.
Desde su interior emanaba un aura alarmante.
Estaba rodeado por cientos de demonios.
Elior observó en silencio, antes de que la noche alcanzara su cúspide.
—Nunca había visto tantos demonios… —susurró—. Debo idear un plan… o no podré pasar.
Dio media vuelta y comenzó a buscar refugio.
Pero entre tantas presencias, había una que intentaba ocultarse… sin mucho éxito.
Elior sonrió levemente.
Ese demonio ya no podía esconderse de él.
Miró ligeramente hacia atrás, sin girarse, y siguió caminando.
Al final del bosque, se detuvo.
Se quitó el abrigo y lo dejó caer, mostrando su espalda descubierta y el cinturón con sus dos dagas.
Levantó ligeramente la cabeza.
—No pienses que puedes ocultarte esta vez…
Una risa egocéntrica resonó entre las ramas.
De la nada, aquel demonio apareció sentado sobre ellas.
—Veo que mejoraste demasiado.
Saltó del árbol, cayendo frente a Elior.
Unos pocos metros los separaban.
Ambos comenzaron a caminar en círculos, rodeándose, sin apartar la mirada.
—Me pagarás lo que me hiciste —dijo Elior, con la mirada clavada en él.
—Ojalá esa fuera la primera vez que escucho eso de mis presas —respondió el demonio, pasando la lengua por su labio.
—Quizás no sea la primera… pero sí la última.
Elior se lanzó al ataque.
En un solo paso, fue como si el tiempo se detuviera.
Apareció frente al demonio, que lo esquivó con facilidad.
—Eres rápido —rió.
Elior lanzó miles de golpes.
El demonio los esquivaba o bloqueaba.
Le sujetó las manos y le dio una patada en el estómago que lo hizo retroceder.
Una flecha llegó por la espalda de Elior.
La atrapó y la destruyó.
Al girar… el demonio no estaba.
—Atrás de ti.
El golpe impactó en su rostro.
Elior respondió, pero el demonio le sujetó el brazo y comenzó a golpearlo sin descanso en rostro, costillas y estómago.
Lo lanzó contra un árbol, destruyéndolo todo a su paso.
Elior se levantó y limpió la sangre de su rostro.
—Por favor… ya estás sangrando —dijo el demonio, sonriendo con los ojos encendidos.
Elior estiró el cuello y caminó hacia él.
Desapareció.
El demonio abrió los ojos, sin entender.
Elior apareció a su lado y lo golpeó en las costillas.
Cuatro de ellas se pulverizaron.
Salió disparado hacia unas rocas.
El demonio escupió sangre verde.
—Velocidad y fuerza anormal… —pensó—. Debo tener cuidado.
—¿Ya estás herido? —preguntó Elior con desprecio.
El demonio rugió y se lanzó, perdiendo el control.
Se golpearon sin cesar.
Elior cambiaba de postura constantemente, todos los estilos de pelea que aprendió lo volvían imposible de leer.
El combate cuerpo a cuerpo lo volvía letal.
Especialmente su jiu-jitsu.
Desesperado, el demonio activó hilos ocultos.
Flechas volaron.
Fallaron, pero le dieron tiempo para huir.
Elior caminó tranquilo, siguiendo el rastro de sangre.
El demonio creyó estar a salvo.
Giró la cabeza… y vio el puño de Elior.
Saltó.
El árbol donde se ocultaba se destruyó.
—Maldito fenómeno…
Activó trampas, pero Elior no las miraba.
Solo caminaba hacia él.
—¿Por qué corres? —gritó Elior.
Aquella pregunta resonó por todo el bosque.
El demonio corría a duras penas, hasta que cayó en una trampa cubierta por el abrigo de Elior, colocada desde el inicio.
Hilos se tensaron.
Rocas y árboles lo atraparon.
El demonio en un movimiento desesperado , con sus garras intentó cortar los hilos, pero justo al mirar hacia adelante.
Elior le clavó las dagas en el abdomen.
—Dime… ¿qué se siente? —sonrió—. Supongo que una dosis de tu veneno no será peligrosa para ti, ¿no?
El demonio comenzó a quejarse y gruñir del dolor.
Se acercó a elior para intentar morder el rostro.
comenzó a reír.
—Aunque me mates… no te servirá de nada.
Elior lo observó en silencio.
—Él ya tiene tu sangre.
Elior lo tomó del cabello y acercó su rostro.
—¿Quién tiene mi sangre?
No respondió.
—Es suficiente… acabemos con esto.
Elior lo azotó contra el suelo.
Golpeó su rostro una y otra vez.
Incluso muerto… siguió golpeándolo.
La adrenalina lo dominaba.
—Tu única fortaleza era esconderte… patético de mierda..
Se dio media vuelta, mientras calmaba su respiración y se alejó.
Debía refugiarse.Los demonios vendrían y
No tenía energía para enfrentar a tantos.
—Así que tienen mi sangre…
Quizás por eso me apuñaló y desapareció.
—¿Para qué la querrán…?
La dudas llenaban su cabeza, pero lo primero era buscar refugio e idear un plan para lidiar con esa cantidad excesiva de demonios.
Mañana sería un día complejo.
Debía prepararse bien.
Y asi acabar con su primer objetivo.
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