La Sombra Sin Dios - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capítulo II — Una mañana cualquiera
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3: Capítulo II — Una mañana cualquiera…
3: Capítulo II — Una mañana cualquiera…
La brisa jugaba entre las hojas mientras el sol apenas asomaba.
Elior, de nueve años, caminaba junto a su padre por el sendero de tierra que conducía al pueblo.
Llevaba una cesta con pan horneado por su madre, destinado a la anciana del molino.
—Papá… —dijo Elior, mirando los árboles—.
¿Crees que los ángeles de verdad nos cuidan?
Elian sonrió, deteniéndose un instante para observarlo.
—Creo que hay más de lo que imaginamos.
Algunos dicen que incluso caminan entre nosotros.
—¿Cómo el señor Kael?
—preguntó Elior con curiosidad.
Elian rió con ganas.
—¿Por qué él?
—Porque es muy sabio… y fuerte.
Y su voz suena como si hablara con las montañas.
Elian arqueó una ceja, divertido.
—¿Hace cuánto conoces al tío Kael, hijo?
—¿Uh?
Desde que tengo memoria.
El padre sonrió, pero su mirada se perdió un momento en el horizonte.
—Yo lo conocí hace diez años… en una noche fría en el bosque.
.
10 AÑOS ATRÁS….
Elian cargaba un cesto de hierbas medicinales cuando lo vio.
Una figura encapuchada trataba de encender fuego con ramas húmedas.
—Es raro ver a alguien aquí a estas horas… —dijo Elian con voz cauta, pero amable—.
Más raro aún verte intentando hacer fuego con eso.
La figura se giró rápido, alerta.
—No buscaba compañía.
Solo un poco de calor antes de seguir.
Elian dejó el cesto en el suelo y sonrió.
—¿Vienes de la ciudad?
Tu acento no es de aquí.
—Sí —respondió el hombre, suspirando—.
Caminé durante días.
Necesitaba alejarme.
El mundo allá fuera está cansado… y yo con él.
Elian se sentó a su lado sin pedir permiso.
—Entonces tal vez este rincón olvidado sea justo lo que necesitas.
¿Cómo te llamas?
—Kael.
—Elian.
Vivo en Velmira, al sur, tras los campos.
Si quieres techo y una cena caliente, estás invitado.
Kael lo miró con desconfianza.
—¿Por qué ayudar a un desconocido?
—Porque una vez alguien me ayudó sin pedirme nada.
Y porque nadie merece enfrentar el frío solo.
Semanas después, Kael ya vivía en el pueblo.
Ayudaba en la huerta, enseñaba a los niños a respirar y defenderse con palos de madera.
—Pensé que estaría aquí solo unos días —dijo, sentado bajo un árbol junto a Elian—.
Y ya llevo más de una semana.
Elian sonrió.
—Velmira tiene ese efecto.
No pide que te quedes… pero tampoco te deja ir tan fácil.
Kael lo miró con cierta nostalgia.
—Hace años, creí que la guerra era el único camino.
Y mírame ahora, enseñando a niños a no perder el equilibrio.
—Eres la contradicción más curiosa que he visto, Kael —rió Elian.
Kael bajó la mirada.
—Tal vez este lugar me encontró antes de que me perdiera del todo.
—Y nosotros te encontramos a ti —respondió Elian, recostándose en la hierba—.
Velmira es un refugio para los que cargan demasiado y aún no se rinden.
Kael asintió en silencio.
—Tienes razón, Me quedaré.
—Padre, ¿estás bien?
—preguntó Elior al notar el silencio de su padre.
—Sí, hijo.
Perdón, estaba recordando… Vamos, compremos unas frutas.
Tu hermana quiere manzanas —dijo Elian, sonriendo.
—¿Después podemos pasar a ver al tío Kael?
—No ahora.
Debe estar ocupado con sus estudiantes en el templo.
Pero mañana iremos.
—¡Está bien, padre!
—respondió Elior con entusiasmo.
La mañana siguiente Kael entrenaba con jóvenes en el patio.
Sus movimientos eran suaves, precisos, casi danzantes.
Al ver a Elior, detuvo la práctica y lo alzó en brazos.
—¡Pequeño rayo de sol!
¿Vienes a aprender a romper piedras?
—¡No!
—rió Elior—.
Vine a invitarte a cenar.
Mamá hará su guiso de acelga.
Kael bajó la voz, como un conspirador.
—¿Ese que lleva papas?
Elior asintió.
Ambos rieron.
Elian se acercó y abrazó al viejo amigo.
—Siempre eres bienvenido, hermano.
Kael lo miró con gratitud.
—Gracias hermano , nos vemos a la noche entonces.
El día paso exageradamente rápido y mientras la noche ya hacia presencia La mesa estaba llena de comida y con ella risas.
Liora se subía a los bancos, intentando alcanzar el pan, mientras Kael la ayudaba y le hacía caras graciosas.
—¡Tío Kael, cuéntame la historia del árbol que camina!
—gritó la niña.
—Solo si me prometes que comerás todas tus verduras.
—¡Hecho!
Kael comenzó su relato, mientras Elior se recostaba en el regazo de su madre, jugando con una figura de madera que su padre le obsequió.
—Dicen que en lo profundo del bosque vive un árbol que camina cuando nadie lo mira.
Protege a quienes están perdidos… pero solo a los que tienen el corazón limpio y sin maldad.
—¿Y tú lo has visto?
—preguntó Elior curioso.
Kael sonrió con ternura.
—Tal vez.
Aunque a veces, uno ve cosas solo cuando deja de buscarlas.
Ya a media noche, tanto Elior y Liora estaban en su camas durmiendo.
Era turno de los adulto a ponerse al día acerca de la vida, Tanto Kael como Elian se sentaron en las bancas afuera de la casa frente a una fogata a conversar de lo rápido que pasa el tiempo, cuando llegó Elyra con una botella de vino y 3 vasos, uniéndose a la conversación , — Saben, los conozco hace ya bastantes años y nunca les he preguntado cómo se conocieron — dijo Kael riendo.
— Ahora que lo mencionas , es verdad — respondió Elian riendo levemente .
— ¿Lo cuentas tú o lo cuento yo, cariño?
— dijo Elyra con voz coqueta.
—Cuéntalo tú, cariño….
— respondió Elian tartamudeando y mirando el suelo, sonrojado.
—Está bien, yo la contaré….Nos conocimos cuando aún éramos unos niños.
En aquel entonces, todos los del pueblo solíamos jugar juntos, ya fuera en los senderos del bosque, en los riachuelos o persiguiendo luciérnagas al atardecer.
Él siempre fue más callado que los demás, pero sus ojos hablaban.
Había algo en él que me hacía sentir segura, incluso sin palabras.
Mi familia tenía muy pocos recursos.
Mis padres enfermaban con frecuencia y, desde pequeña, me tocó cargar responsabilidades que no eran de mi edad.
Yo iba al bosque a buscar leña, aprendí a cosechar, a encender el fuego, a cocinar sin sal cuando no quedaba nada… Hubo noches en las que pensé que no íbamos a soportar otro invierno.
Pero entonces, algo extraño empezó a pasar.
Cada cierto tiempo, al volver del trabajo o de la escuela, encontraba leña ya cortada junto al camino, justo al borde del claro donde solía dejar mis cosas.
O a veces, pequeños canastos con frutas, huevos, incluso pescado envuelto en hojas frescas.
Nunca veía a nadie.
Al principio pensé que era una vecina compasiva, luego quise creer que era obra de Dios.
Pero un día, lo vi.
Estaba ahí, frente al árbol donde siempre aparecían las cosas.
Respiraba agitado, cubierto de aserrín y con una cesta entre las manos.
Tenía la ropa sucia y una herida en el brazo, pero aun así estaba dejando su ayuda en silencio, sin esperar que nadie lo notara.
Me quedé quieta, sin saber qué decirle.
Solo pude llorar.
Pero no era tristeza.
Era la certeza de que no estaba sola.
Desde entonces, él ya no escondió su ayuda.
Íbamos juntos a buscar leña, a cosechar, a pescar.
Compartíamos silencios y risas pequeñas, hasta que un día, con los ojos nerviosos pero firmes, me pidió que fuéramos algo más… que fuéramos “nosotros”.
No pude negarme.
Desde ese día supe que había encontrado algo más fuerte que el hambre, el frío o el miedo: un compañero.
Un hombre que creía en mí cuando yo apenas podía creer en mí misma.
Me enseñó que el amor no siempre grita; a veces se construye con manos callosas, madrugadas compartidas y promesas silenciosas.
Hoy, no hay un solo día en que no me enamore más del hombre que tengo a mi lado.
Porque si el fin del mundo llegará mañana, él seguiría ahí, cortando leña para mí… aunque nadie lo viera.
—Es que como no enamorarse de esos ojos castaños y esos maravillosos rizos oscuros — dijo Elyra con voz coqueta y completamente sonrojada.
—Es una muy maravillosa historia — dijo Kael con una voz melancólica —¿Qué hay de ti, Kael, te has enamorado?
—pregunto Elian — Si….
pero ya hace muchísimos años — No es una historia tan maravillosa como la vuestra — dijo mientras tomaba una copa de vino.
—Al igual que ustedes, nos conocimos cuando apenas éramos niños.
Solo que, a diferencia de ustedes, nuestras familias venían de mundos opuestos.
No por distancia, sino por ideas… por creencias arraigadas como raíces viejas, de esas que nadie se atreve a arrancar.
Amarnos era casi una ofensa para nuestras casas.
Pero eso no impidió que ocurriera.
Ella… tenía el cabello blanco como la primera nevada del año, esos ojos que te atrapaban y te hacían olvidar por un momento el caos, y una sonrisa que, si no fuera real, juraría que era obra divina.
Estuvimos juntos durante años, a escondidas.
Construimos un mundo propio en la penumbra, hecho de promesas suaves, de cartas escondidas, de escapadas al bosque donde el silencio era nuestro único testigo.
Hasta que un día dijimos: Ya basta de escondernos.
Decidimos enfrentarnos a nuestras familias.
Pensábamos que nuestro amor sería suficiente para romper viejos odios.
Qué ingenuo fui.
Nos miraron como traidores, como necios.
Ella resistió un tiempo, con la fuerza que solo da el amor… pero luego… luego cambió.
Con el tiempo, ella comenzó a entender —o al menos a aceptar— las ideologías de su familia.
Lo que antes repudiaba, ahora lo defendía.
Yo ya no era parte de su mundo.
Y entonces, se fue.
Me dejó.
Para ese entonces yo ya estaba desgastado.
La carga del lugar del que provengo, la guerra, las dudas, los silencios, los secretos…
sumado a esa pérdida, me rompieron.
No podía quedarme.
Así que partí.
Juré que jamás volvería.
Viajé por desiertos abrasadores, por selvas húmedas, por tierras tan frías que el aire dolía al respirar.
Conocí gente increíble y otra que…
bueno, me enseñó que el mundo puede ser cruel, incluso cuando tú no lo eres.
Aprendí sobre culturas, sobre lenguajes, sobre formas de vivir y también de sobrevivir.
Viví muchas vidas en una.
Pero nunca conocí a nadie como ella.
No porque fuese perfecta, sino porque marcó mi alma en una edad donde aún estaba por escribirse.
Con los años, la herida dejó de sangrar.
El amor no se volvió odio, solo se volvió recuerdo.
A veces pienso que ambos solo hicimos lo que pudimos.
Éramos jóvenes… y quizás, demasiado humanos.
—Lamento escuchar que no funcionó, querido amigo — dijo Elian con una voz amable —No te preocupes, ya es historia pasada….
Ya es hora de marcharme amigos , se ha hecho muy tarde y debo dar clases temprano — dijo Kael riendo — ¿No quieres quedarte con nosotros esta noche ?
— preguntó Elyra —No, muchas gracias , pero es mejor que me vaya al templo — Tengo una pequeña pregunta… ¿Qué le gusta a Elior?
ya que su cumpleaños se acerca y me gustaría sorprenderlo —dijo Kael —Podrías regalarle algún libro, le gusta leer sobre cualquier cosa —dijo Elyra —¡Muchas gracias!, lo tendré en cuenta, que tengan muy buenas noches.
—Buenas noches amigo , ve con cuidado —dijo Elian.
En la mañana donde el sol apenas subía Elior y su padre ayudaban a cargar sacos de grano en la carreta del panadero.
El sudor perlaba la frente de Elian, pero su sonrisa seguía intacta.
—Tu hijo será más fuerte que tú, Elian —dijo el panadero entre risas.
—¡Y más guapo también!
—añadió María con una risita traviesa.
Las carcajadas se mezclaron con el bullicio de la plaza.
Una mujer se acercó con un ramo pequeño, perfumado.
—Para tu madre, Elior.
Dale las gracias de mi parte, todavía recuerdo cómo me cuidó cuando estuve enferma —dijo la señora Agatha.
Elior recibió las flores con cuidado.
—Se lo diré, señora Agatha.
¡Gracias!
En ese momento apareció Liora corriendo, con una corona de flores torcida sobre la cabeza.
—¡Mira, Eli!
La hice yo.
La corona estaba desarmada, los pétalos a punto de caer.
Elior se agachó y, con paciencia, la arregló con sus dedos hábiles.
—Así queda mejor.
Liora le tiró del brazo.
—¡Vamos a la fuente!
Quiero tocar el agua con los pies.
Elior rió.
—Solo si prometes no lanzarte vestida como la otra vez.
—¡Eso fue un accidente!
—dijo la niña, inflando las mejillas.
Elian observaba con ternura.
Su hijo mayor ayudó a la pequeña a quitarse los zapatos, y juntos se sentaron al borde de la fuente de piedra en el centro del pueblo.
—Siempre los miro y pienso… ¿Cómo algo tan simple puede ser tan perfecto?
—murmuró Elian, más para sí mismo que para los demás.
—¡Elian!
—llamó la señora María desde un puesto cercano—.
¡Tu hijo es un santo!
El otro día ayudó a un vecino que tenía problemas en la pierna.
Le llevó sus canastos de fruta sin que nadie se lo pidiera.
Elian se irguió con orgullo.
—Tiene buen corazón.
Como su madre.
Elior levantó una flor desde la fuente.
—¡Papá!
¿Esta flor es jazmín?
Elian se acercó.
—Casi.
Es madreselva.
A tu madre le encantan.
Fue entonces cuando Kael apareció desde el templo.
Vestía una túnica sencilla, abierta por el calor del verano, y cargaba una cesta llena de frutas.
—Buenas tardes, mis niños.
Traje mandarinas.
Recién caídas del árbol.
—¡Tío Kael!
—gritó Liora, saltando a su cuello.
Él rió, alzándola con facilidad.
—¡Mi pequeña centella!
Estás creciendo tan rápido que pronto serás tú quien me levante a mí.
Elior miró las frutas con cierta curiosidad.
—¿De verdad crees que las mandarinas tienen más magia cuando las trae alguien especial?
Kael sonrió con esa calma que lo caracterizaba.
—Lo mágico no está en el fruto, Elior… sino en la intención de quien lo entrega.
El niño ladeó la cabeza, sin comprender del todo.
El la tarde el clima cambió sin previo aviso.
En pleno verano, la lluvia comenzó a caer.
Las gotas golpeaban suavemente el techo de la casa, mientras el fuego crepitaba en la chimenea.
Toda la familia se reunió en la sala.
Elior, con un libro en manos, leía en voz alta un viejo cuento de ángeles y demonios.
Elyra bordaba en silencio, Liora se recostaba en sus piernas, y Kael bebía té con expresión tranquila.
—“…y entonces el ángel exiliado decidió vivir entre los hombres, aprendiendo sus costumbres, sus miedos… y su capacidad de amar.” —leyó Elior.
—¿Existen ángeles así, mamá?
—preguntó Liora con los ojos grandes.
Elyra acarició su cabello.
—Tal vez.
Algunos nacen con alas, y otros las forman con sus actos.
Kael clavó su mirada en Elior.
—Ese ángel… ¿Qué crees que sintió al ver la humanidad tan rota?
Elior cerró el libro un instante.
—Creo que… compasión y rabia.
Porque no podía proteger a todos.
Kael asintió lentamente.
—Una respuesta muy madura.
Aunque a veces la compasión debe aprender a elegir a quién salvar primero.
Elian sonrió, cambiando el tono.
—Esta casa es como ese ángel.
Aquí no salvamos al mundo, pero cuidamos lo que tenemos.
—Y eso basta —susurró Elyra, acariciando a Liora—.
Siempre bastará.
Kael miró el fuego, pensativo.
Un destello de duda cruzó su rostro.
Él ya lo sabía: más allá del horizonte, algo se estaba moviendo.
Pero no dijo nada.
Solo puso más leña en la chimenea.
—Solo unos días más… —murmuró en voz baja—.
Por favor, solo un poco más.
Tres noches atrás… Kael meditaba en el templo cuando una sensación lo desgarró por dentro.
Un presentimiento antiguo, demasiado conocido.
El peligro estaba aquí.
Se levantó de golpe.
—¿Dónde dejé la katana?
¡Maldita sea!
No tengo tiempo… Revolvió rincones con una ansiedad impropia de él.
Al fin la encontró.
Con un movimiento rápido se colgó el cinturón y salió disparado hacia la montaña.
Sus pies apenas tocaban el suelo.
Su túnica negra —guardada en secreto desde hacía años— se agitaba como si fuera parte del viento.
El olor llegó primero.
Espeso.
Putrefacto.
Profano.
En la cima vio la herida: una fisura oscura se abría entre las rocas.
Y de ella se deslizaban decenas de demonios de bajo rango.
Eran como humanos deformes con extremidades de bestias.
Kael no dudó.
Desenvainó la katana.
El sonido limpio y cortante rasgó la noche.
En un parpadeo, tres demonios cayeron, evaporándose bajo la luz purificadora de la hoja.
No era una espada común.
Brillaba con un fulgor blanco, una llama sagrada que respondía al verdadero ser de su portador.
Los movimientos de Kael ya no eran humanos.
Cada tajo, cada giro, era una danza precisa.
Sus ojos azules se tornaron completamente blancos, como lunas llenas.
Su cabello comenzó a desteñirse en mechones plateados con cada liberación de poder.
Los demonios eran muchos, rabiosos, salvajes.
Pero Kael era un vendaval de luz entre las sombras.
El filo purgaba con cada tajo siglos de odio.
La batalla duró veinte minutos que parecieron eternos.
Finalmente, jadeante y herido, Kael vio una abertura.
Juntó las manos sobre la hoja, murmurando un rezo en lengua antigua.
El suelo vibró.
Un sello de luz descendió como lanza divina, cerrando la grieta con un estruendo.
Silencio.
Kael cayó de rodillas, agotado, la espada clavada a su lado, las manos ensangrentadas.
Entonces la vio.
Una figura flotaba entre los árboles, seguida de tres más.
Cabello blanco.
Rostro sereno.
Ojos radiantes.
Su antiguo amor.
Kael se levantó con esfuerzo, sin apartar la mirada.
—Llegan bastante tarde —dijo con una sonrisa áspera.
Ella respondió con suavidad.
—Llegamos justo a tiempo.
Pero tú ya lo habías resuelto.
me alegra saber que aun sigues igual de hábil.
Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas visible.
Luego, junto a los demás, desplegó alas blancas, inmaculadas.
Y ascendieron al cielo en silencio.
Kael los observó hasta que se perdieron entre las nubes.
Sólo entonces dejó que el temblor lo venciera.
El eco de la batalla y el fantasma del pasado se clavaban en su pecho como una flecha invisible.
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