La Sombra Sin Dios - Capítulo 31
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Capítulo 31: Capítulo XXX — Alastor, El cuarto guerrero demoniaco
La habitación se estremecía por el aura que emitían ambos.
Sus miradas estaban ancladas una en la otra.
Alastor sonrió.
Fue lo último que vio Elior antes de que desapareciera.
Elior abrió los ojos, impactado, tensando todo su cuerpo.
Alastor apareció a su espalda y, sin darle tiempo a reaccionar, descargó un derechazo directo a su mandíbula.
Elior salió disparado, atravesando varias murallas del castillo, hasta quedar incrustado en una de ellas.
El polvo cubrió el lugar.
Elior escupió sangre.
—Mierda… —susurró.
Se levantó de inmediato.
La sangre corría por su brazo, pero la herida se cerró al instante.
Avanzó.
Alzó ambas manos hacia adelante.
Sus dagas regresaron volando… pero fueron desviadas por la espada de Alastor.
—No las necesitas —dijo el demonio con una sonrisa de oreja a oreja, lanzándose otra vez al ataque.
Elior cubrió sus costillas y tomó el pie del demonio, lanzándolo contra un pilar y rompiéndolo.
Alastor contraatacó con un espadazo.
Elior esquivó uno tras otro.
Con una combinación perfecta de golpes logró neutralizarlo los segundos justos para arrebatarle la espada.
La lanzó lejos y golpeó a Alastor de lleno en el rostro.
Desarmados, ambos se atacaron cuerpo a cuerpo.
Cada choque de puños cortaba el viento, provocando ondas expansivas lo suficientemente fuertes como para romper el suelo a su alrededor.
—Eres fuerte para ser humano… serías una buena criatura —dijo Alastor mientras tomaba a Elior y le asestaba tres golpes consecutivos: costillas, estómago y rostro.
Elior salió rodando por el suelo.
Se levantó rápido y volvió al ataque.
Tomó el brazo del demonio y lo rompió.
Pero recibió una patada en el pecho que lo lanzó hacia atrás.
El brazo de Alastor se regeneró casi de inmediato.
Elior lo observó con determinación.
Un segundo… para regenerar, pensó, registrando cada detalle.
Llamó a sus dagas y se lanzó.
Las arrojó contra Alastor.
El demonio las esquivó, pero Elior se deslizó por el suelo, llamándolas de regreso hacia él.
Saltó en el último instante para esquivarlas.
Las dagas se incrustaron de lleno en el pecho de Alastor.
—Bien jugado —dijo con una risa molesta.
Se las arrancó y las dejó caer.
—Muy bien juga—
No alcanzó a terminar.
Su cuerpo se paralizó.
—¿Qué…? —pensó—. ¿Qué acaba de pasar? No puedo moverme…
Alzó la mirada justo a tiempo para recibir una patada directa de Elior, que lo lanzó lejos, destrozando más murallas del castillo.
Alastor terminó cayendo en el jardín.
Elior salió entre los escombros.
—Es un veneno que introdujeron en mí —dijo con una sonrisa—. ¿Podrás aguantarlo?
Alastor comenzó a levantarse lentamente.
Si fuera un demonio normal, ya estaría muerto, pensó, apretando los colmillos.
—Maldito humano…
Se lanzó, tomando a Elior del cuello y estrellándolo contra todo a su paso.
Seis segundos para que el veneno actúe, pensaba Elior mientras intentaba apartar las manos del demonio.
No podía.
Intentó una llave, moviéndose hacia su cuello para romperlo.
Alastor lo tomó con fuerza y lo azotó contra el suelo.
El impacto fue brutal.
Elior quedó sin aire por unos segundos.
Saliva y sangre salieron de su boca.
El sabor metálico lo inundó.
Alastor levantó el pie para pisarlo.
Elior rodó y se alejó lo más posible.
—Sí que serás difícil de doblegar —dijo Alastor, observándolo mientras las heridas de Elior se cerraban—. Esto no es un simple humano en absoluto…
Lo miró con seriedad.
—En ese caso…
Apretó su cuerpo.
El aura del lugar se volvió aún más inmensa.
Su forma cambió.
Aquella estructura dominada por huesos se recubrió aún más de músculo y osamenta.
—Tendré que ponerme serio —gruñó—. Te golpearé lo suficiente para no matarte… pero tampoco saldrás como si nada.
Rió.
—Ya veo por qué buscaban tu sangre… quizá pueda usarla también.
Elior se incorporó a duras penas.
Seguía aturdido por el impacto.
Hizo sonar su cuello.
—Esto recién comienza…
Se sorprendió.
Alastor ahora era aún más rápido.
Sus golpes no alcanzaban a tocarlo.
—Carajo… —pensó.
Aumentó la intensidad de su fuerza, pero apenas lograba bloquear los ataques.
La sangre se acumuló en su boca.
Por el dolor y la desesperación, escupió la sangre directo a los ojos del demonio.
Alastor quedó cegado unos segundos.
Elior aprovechó para romperle ambos brazos.
Pero no esperaba una regeneración aún más rápida.
Alastor apareció detrás de él con una espada.
Elior apenas logró esquivarla.
La hoja lo rozó.
—No podrás hacer nada contra mí —dijo el demonio—. Pero por respeto, humano… me quedaré con tus recuerdos.
Elior esquivaba enormes rocas que Alastor le lanzaba.
No entendía del todo lo que acababa de decir.
—¡Atrás de ti, idiota! —escuchó en su cabeza.
No alcanzó a girarse.
Una roca gigantesca lo golpeó de lleno en la espalda, clavándolo contra el suelo.
—Maldito… demonio… —susurró con dificultad.
¿Qué me pasa…?
Algo no estaba bien.
Se sentía lento.
Débil.
Abrumado.
—Mierda… deja de pensar —se dijo.
Se lanzó otra vez al combate.
A medida que su ira aumentaba, su velocidad también lo hacía.
Esquivaba golpes y castigaba brutalmente piernas y brazos de Alastor, que empezaba a perder el ritmo.
Elior enredó hilos por toda la zona, dejando trampas mínimas para ganar apenas unos segundos.
Se escondía entre los árboles, alejándose un poco del castillo.
Demonios aparecían por todos lados.
Elior los aniquilaba como si no fueran nada.
Pero uno lo sujetó el tiempo justo.
Alastor llegó corriendo, intentando atravesarlo con cuchillas.
Elior las detuvo con las palmas y las rompió.
Se liberó del demonio y pateó a Alastor.
Ambos quedaron separados nuevamente, a varios metros.
Se miraban con intención asesina.
Elior llamó de nuevo a sus dagas.
Respiraba entrecortado.
La adrenalina subía.
Se lanzó otra vez.
—Debo acabarlo… sea como sea…
Esquivó un espadazo e incrustó las dagas en las costillas de Alastor.
Hizo palanca, lo levantó y lo lanzó contra varios árboles.
—Hijo de perra… —gruñó Alastor.
Alastor sentía el agotamiento de aquella nueva forma.
—Debo acabarlo rápido…
Sus ojos se oscurecieron aún más.
En ellos apareció una pupila extraña, más grande de lo usual, horizontal y con un ligero rojo rodeandola .
Se lanzó con velocidad hacia Elior.
Elior lo esquivó.
Algo no estaba bien.
Lo supo en el instante en que vio el cambio en sus ojos.
Elior esquivaba cada agarre, cada golpe, y respondía con una fuerza brutal. El retumbar de los impactos resonaba por todo el lugar. El rostro esquelético del demonio se agrietaba cada vez más.
Elior endureció su cuerpo.
Las venas se hincharon, tornándose negras. Sus brazos se envolvieron en sombras; los residuos de estas destruían todo lo que tocaban.
Ya es hora de acabar con esto.
Ambos se lanzaron al ataque.
Elior bloqueó uno de los golpes, lo sujetó y lo lanzó contra un árbol. En un solo salto llegó hasta él y lo golpeó con la rodilla. El demonio rodó por el suelo. Elior corrió hacia él, esquivó los ataques, se deslizó hacia un costado y lo golpeó directamente en la mandíbula.
Alastor salió volando contra unas piedras.
La desesperación se marcó en el rostro esquelético del demonio.
—Maldito… maldito…
Alastor lo tomó y lo empujó contra las rocas. Iba a golpearlo nuevamente para dejarlo aún más incrustado, pero Elior esquivó el ataque y saltó a su espalda. Afirmó su cabeza y la estrelló contra la piedra, que se rompió por completo.
—Vamos… no eres un guerrero de no sé quién. Eres lamentable —dijo Elior.
Sus ojos brillaban.
La ira escapaba por cada poro de su cuerpo.
El demonio sonrió levemente.
Elior se volteó.
Las dos figuras de antes aparecieron. Sus colas puntiagudas, cubiertas de púas, atravesaron los brazos de Elior y lo atraparon. Los demonios gruñeron de dolor: la sombra los estaba quemando.
—No tengo mucho tiempo —dijo Alastor, mientras se levantaba y se acercaba.
Elior no podía mover los brazos. Las púas se clavaban dentro de sus músculos, provocando un dolor horripilante. Apretó los dientes con desesperación para no emitir ningún sonido.
—Eres mío —susurró Alastor.
Acercó su rostro al de Elior y entró en su mente para absorber sus recuerdos.
Oscuridad.
—¿Qué es esto…?
No había nada claro. Todo estaba cubierto por una negrura absoluta. Entonces, de golpe, aparecieron los recuerdos de Elior, completamente difusos. Aun así, la angustia del lugar era palpable.
En uno de ellos, Elior estaba sentado en su cama, observando fijamente una soga.
El demonio avanzó.
Encontró un recuerdo que emitía una fuerza increíble, digna de fortalecerlo. Sonrió.
Elior jugando con Lia, Aramis, Hina.
Intentó absorberlo.
La sombra lo cubrió todo.
Vio cómo todos se fundían con la oscuridad.
—¿Qué demonios pasa…? —se preguntó.
Al darse vuelta, la vio.
La jaula.
Dentro de ella, una versión de Elior.
De allí provenía la mayor cantidad de poder.
Se acercó.
Aquel Elior levantó la cabeza y se encontró frente a frente con el demonio. Estaba encadenado, rebosante de fuerza, pero prisionero.
—No sé cómo entraste aquí… —dijo—. Pero será mejor que te vayas, maldito demonio.
Todo se cubrió de sombras.
Un ligero siseo recorrió el lugar.
—Te lo advertí.
Alastor intentó absorberlo.
Fue lanzado lejos.
Cadenas emergieron de la oscuridad y se estrellaron contra su rostro. Alastor quedó perplejo al ver cómo, desde lo más profundo, unas manos envueltas en luz blanca se acercaban. Cabello plateado y castaño.
La luz quemó gran parte de sus manos.
Cada paso de aquel Elior resonaba, y con él aumentaba el calor del lugar.
Alastor supo que su plan había fracasado.
Regresó al mundo real, alejándose instintivamente de Elior.
Las venas de Elior se hincharon aún más. Rompió las colas de los demonios y, impulsándose, golpeó el pecho de Alastor con ambos pies. Se subió encima de él y comenzó a golpearlo sin parar, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Así que este es tu cuerno… ya no existe.
Lo arrancó.
El demonio gritó con desesperación.
Con su otra mano, Alastor empujó a Elior para alejarlo. Los demonios se lanzaron nuevamente, pero los brazos de Elior volvieron a cubrirse de sombras. Se giró y afirmó las enormes cabezas de ambos.
Sus sombras los pulverizaron.
No pudieron escapar.
Poco a poco, se desintegraron.
—¡Maldito monstruo! —gritó Alastor, escupiendo sangre verde.
Se alejaba lentamente, esperando regenerarse.
Elior tomó sus dagas y le cortó los brazos.
El demonio se arrastró por el suelo, sin dejar de mirar a Elior.
Elior caminó hacia él.
Con odio.
Cada tormento.
Cada dolor.
Cada angustia.
Cada falta de aire.
Cada momento de soledad que había pasado…
—Todo eso es mi culpa —dijo Elior.
El lugar temblaba.
—Pero también es por ustedes… malditos demonios.
Las sombras comenzaron a consumirlo. La ira gritaba con más fuerza, elevando un calor imposible en el entorno. Aquella sombra que lo recubría era como llamas negras, capaces de reducir a cenizas todo lo que él quisiera.
—Y tú serás el primero en observar el dolor que cargo —continuó, sonriendo—. Me desquitaré contigo, Alastor.
Alastor, sin miedo y con las pocas fuerzas que le quedaban, se levantó de golpe y lo golpeó.
Elior no se movió ni un milímetro.
Su cuerpo era más duro que una montaña.
—Eres débil…
El demonio se lanzó nuevamente, usando toda su fuerza. Por un instante, todo se detuvo: hojas, polvo, incluso las sombras de Elior. La velocidad del demonio superó lo imaginable y logró golpearlo, lanzándolo hacia atrás.
Elior rió mientras se reincorporaba.
Alastor tomó su espada.
—¡Eres un maldito fenómeno!
Por fuera, todo era odio y venganza.
Por dentro, la angustia crecía sin control.
Todo pesaba mil veces más.
La respiración de Elior se desordenó, respondiendo a esa ira y angustia. Su fortaleza comenzaba a disminuir. Lo sabía. La razón por la que se sentía débil era su falta de estabilidad.
Todo duele…
El pensamiento se repetía una y otra vez mientras avanzaba hacia el demonio.
De pronto, su cuerpo comenzó a irradiar aún más calor. La sombra ya no era negra absoluta; de ella brotaban llamas blancas. Uno de sus ojos se tornó de un plateado intenso, borrando por completo la pupila.
El demonio sintió el aura abrumadora.
Miedo.
Aquello no podía provenir de un humano.
Todo el Purgatorio tembló. El poco aire existente se detuvo. Las hojas de los árboles dejaron de caer. Todo alrededor de Elior comenzó a carbonizarse.
—Entiendo cuál es mi objetivo —dijo—. Acabaré con cada uno de ustedes.
Las venas de su rostro se inflamaron.
—Y cuando termine con ustedes… seguirán los malditos ángeles.
El demonio lanzó su espada con fuerza, pero esta se desintegró al tocar las sombras blancas y negras que se fusionaban alrededor de Elior.
—Imposible… —murmuró, retrocediendo.
Elior estiró la mano.
El demonio intentó correr. No pudo mover su cuerpo. La sombra de Elior se conectó con la suya, paralizándolo.
Los ojos de Elior comenzaron a sangrar.
Manipuló los movimientos de Alastor, que empezó a flotar. El calor lo envolvió por completo, quemando célula por célula. El demonio gritaba de dolor.
—¡Mi hermano te asesinará, maldito humano! —gritó, retorciéndose.
—Lo asesinaré a él también. Y a todos —respondió Elior con una mirada fría—. Ahora muere.
Los brazos y las piernas del demonio se separaron de su cuerpo. La sangre verde cayó como una cascada. El grito resonó por toda la zona.
—Barak… herm—
No terminó la frase.
La cabeza y el cuerpo del demonio explotaron. La sangre se esparció por todo el lugar, dejando una escena digna de un matadero.
La sobrecarga de poder de Elior sonó como una advertencia en todo el Purgatorio.
Pero no terminó allí.
En Geheris, varios continentes sufrieron un fuerte terremoto.
En Aetheris ocurrió lo mismo. La ciudad celestial, flotando lejos de la vista humana, tembló con una furia jamás vista. Los ángeles, sin comprender la causa, solo pudieron sentir aquel aura aterradora como una amenaza.
—Elior… —susurró Seraphine, mientras varios monumentos se agrietaban.
—¡Papá! —gritaron Lia y Aramis, corriendo hacia Kael.
Kael los tomó y los llevó a un lugar seguro. Miró la flor que llevaba consigo. Aún tenía los siete pétalos faltantes.
—¿Qué es todo esto…? —susurró—. Ese poder no proviene de la flor…
El Reino de las Sombras también sufrió las consecuencias. Alice y los ancianos se miraban entre sí mientras caminaban por la residencia de Elior. Una tormenta de oscuridad mezclada con negro y blanco atravesó todo el reino.
—Elior… —dijo Alice, preocupada.
Los ancianos se miraron en silencio.
Si esa era el aura de Elior, su fuerza ahora sería cada vez más abrumadora.
En el purgatorio.
Elior cayó de rodillas.
La angustia lo devoró. No podía controlarla. Cayó de costado mientras toda sombra regresaba a su interior. La respiración se volvió entrecortada. Un fuerte cosquilleo recorrió sus manos y piernas. Un nudo en el estómago subió hasta la garganta.
Pensamientos obsesivos y dañinos inundaron su mente.
Se puso en posición fetal, sin poder respirar. Sus ojos ardían y sangraban. Un ataque de pánico mezclado con ansiedad extrema se apoderó de él. Su corazón corría como si estuviera en una maratón.
El lugar, cubierto de sangre.
Rabia.
Miedo.
Soledad.
Pero un objetivo menos.
Un paso más hacia su inestabilidad.
El viento del Purgatorio sopló con fuerza, como si el mismo lugar le ofreciera aire para sobrevivir.
A cientos de kilómetros, tres presencias sintieron la muerte de uno de los suyos y el aura que provenía.
Barak, el más fuerte de los cuatro guerreros de Belion, apretó los colmillos. Su aura destruyó todo a su alrededor. Los otros guerreros lo observaban en silencio.
—No pierdas tu temple, Barak —dijo uno de ellos.
Barak levantó la mirada. Sus ojos escarlata, con pupilas horizontales y verticales, transmitían miedo. Eran los ojos de un cazador, de alguien capaz de adaptarse a cualquier entorno.
—Ustedes… —dijo con voz grave, resonando como un eco—. Muévanse. Busquen al culpable de la muerte de mi hermano. Tráiganlo ante mí.
—Está bien, Barak —respondió uno—. Pero no olvides el verdadero objetivo.
Los demonios se dieron la vuelta. haciendo el mandado que Balak les ordeno.
Y partieron.
Hacia aquel asesino.
Hacia aquella aura abrumadora.
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