La Sombra Sin Dios - Capítulo 32
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Capítulo 32: Capítulo XXXI— Caos en los dominios
El terremoto ya había pasado, pero la ciudad celestial seguía en estado de alarma. Sentir un sismo de tal magnitud en un lugar donde no existían placas tectónicas era, sencillamente,casi imposible.
El Concejo Celestial se encontraba reunido de emergencia. Algo estaba absolutamente fuera de lugar. Todos los altos cargos habían sido convocados, incluyendo a Aurora y Seraphine.
—Necesito que alguien… cualquiera… pueda decirme cómo es posible lo que acaba de pasar —dijo el anciano que presidía la mesa.
Nadie respondió de inmediato. El silencio se rompió cuando comenzaron a surgir hipótesis.
—Quizás fue la Muerte con alguna de sus tonterías. Ya lo hizo hace unos milenios —comentó un ángel.
—Esa tontería de la muerte no se compara con lo que acabamos de sentir —respondió otro—. ¿Y qué tal ese chico, Elior? Jamás se llegó a nada con él.
—¿Y si fue ese chico quien ocasionó esto?
Todas las miradas se dirigieron de inmediato hacia Aurora y Seraphine.
—Sí… quizás fue él. ¿Dónde está ahora? —preguntó uno, mirando fijamente a Aurora.
—Aún no sabemos nada de él —respondió.
—¿Tres semanas y no saben nada? ¿Cómo es posible que una persona desaparezca así como así? —arremetió otro ángel.
Aurora contuvo su malestar antes de hablar.
—Es cierto que no sabemos dónde está Elior a estas alturas, pero Kael, Seraphine y yo estamos trabajando en ello. Y no pueden suponer que sea el chico quien ocasionó esto sin pruebas.
Seraphine apretó los puños. Si ellos lo habían sentido, en Geheris debió ser aún peor.
¿Cómo estarán Hina… los demás…?
Necesitaba ir a Geheris, pero fue sacada de sus pensamientos.
—¿Y tú, jovencita? —preguntó uno de los ancianos—. ¿Con tu poder no eres capaz de sentir dónde se encuentra el chico?
Seraphine lo miró fijamente. No respondió, solo negó con la cabeza.
—Aún no sé bien cómo funciona mi poder… lo siento —dijo finalmente.
—Tss, pues deberías entrenar más —gruñó uno de los ancianos, molesto.
Seraphine lo miró con evidente irritación.
—Y quizás tú deberías concentrarte en hacer bien tu trabajo y dejar de opinar sobre cómo manejar un poder que no posees.
intervino una voz.
Midas apareció, haciendo que el anciano sintiera su presencia. Seraphine sonrió levemente; su maestro estaba cubriéndole la espalda.
—Midas —dijo el jefe del Concejo—. Dime que has encontrado algo.
Midas suspiró y miró a Seraphine. Ella tragó saliva al cruzar su mirada con la de él. Sabía que no eran buenas noticias.
Moviendo apenas los labios, sin emitir sonido, Midas le dijo: Perdón.
Los ojos de Seraphine se abrieron.
—Sí… encontré algo —dijo finalmente.
El Concejo suspiró con cierto alivio.
—Entré en Gehenna.
Todos lo miraron sorprendidos. Nadie quería entrar en el territorio de los demonios, el mismo infierno.
—Es un caos por donde mires —relató—. Había grietas que llevaban a un lugar en particular que no reconocía. Nunca he estado allí, y por seguridad no entré. Pero el aire que provenía de esa grieta era capaz de congelar la zona donde se formaba.
—¿Estás diciendo que esa grieta congeló el suelo de Gehenna? —preguntó el anciano.
El único lugar así de helado era el Purgatorio.
—Los demonios están entrando al Purgatorio —susurró el viejo.
El silencio cayó de golpe.
—Se están alimentando de las almas —continuó.
Uno de los ancianos golpeó la mesa con furia.
—¡Debemos enviar arcángeles de inmediato!
Justo cuando el jefe iba a aceptar la petición, Midas intervino.
—No.
—¿Cómo que no? —exclamó uno.
—Es cierto que están entrando, pero hay algo más dentro… algo más.
—¿Qué quieres decir, Midas? Habla claro.
—El día que entré en Gehenna, una de las grietas expulsó demonios. Pero no estaban ilesos. Tenían heridas y quemaduras por todo el cuerpo.
—¿Quizás el hielo les provocó quemaduras? —propuso el jefe.
—No. Cuando los asesiné, las heridas eran de dagas. Algunos tenían claros signos de tortura. Otros tenían sombras comiéndose su carne… sombras que desaparecían al tocar el calor de mis manos.
—¿Sombras…?
El silencio volvió a imponerse.
—Quizás la desaparición de Elior y la entrada de los demonios al Purgatorio estén conectadas —continuó—. Quizás el chico esté de cacería.
La presión sobre Seraphine aumentó. Quizás por eso le costaba tanto concentrarse. Tal vez la marca que había puesto en Elior sin querer le estaba advirtiendo del peligro que él atravesaba.
Aurora comenzó a unir las piezas: la desaparición del chico, lo que Kael le había contado… la Muerte pidiéndole un favor al chico.
Apretó el puño, dejando ver su enojo.
Seraphine se levantó de la silla.
—Yo ir—
No terminó la frase.
Una risa resonó por toda la sala. Una risa divertida, contagiosa.
Sobre un pilar estaba ella.
Azriel.
Cabello negro perfectamente recogido, maquillaje resaltando sus ojos esmeralda. Todos la miraron sorprendidos, incluida Seraphine, que apretó los puños.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó el jefe.
—Ay, qué aguafiestas eres… me estaba divirtiendo escuchándolos. Son más inteligentes de lo que parecen.
Desapareció y apareció frente a Seraphine, inclinándose hacia su oído.
—Qué bello poder tienes, jovencita…
Seraphine quedó paralizada. Aurora reaccionó de inmediato, pero Azriel ya había desaparecido, reapareciendo en el centro de la sala, caminando con sus tacones.
—Sí. Al chico lo tengo yo.
Todos quedaron atónitos.
—¡Falacias! —gritó el jefe—. ¡Jamás te has llevado a alguien así como así!
—Es cierto —respondió con indiferencia—, pero me encanta ese chico. Me divierte. Además, quiere ser fuerte y le ofrecí la oportunidad.
—¿Fuerte? —se exaltaron varios—. ¡Estás creando un monstruo!
—Vaya… no esperaba que unos ángeles lo trataran así. A una creación de su Dios… bueno, no es que me importe.
Se estiró con pereza.
—Mis disculpas por no cubrir bien los dominios. Geheris y esta ciudad rarita sufrieron las consecuencias.
—¿Estás diciendo que el terremoto fue por el chico? —preguntó Midas.
—Ohhh, Midas…
Apareció frente a él y lo abrazó con fuerza.
—Tan precioso como siempre. Si tuvieras cien años más, quizás te habría hecho mi prometido.
Midas no reaccionó.
—Te hice una pregunta.
Azriel suspiró y se alejó.
—Sí, digamos que su cuerpo se sobrecargó demasiado. Si antes era fuerte, deberían verlo ahora. Me fui un tiempo y cuando volví ya había eliminado a gran parte de los demonios que entraron. Los demás ya no se atreven a cruzar.
Sonrió.
—Es un verdadero monstruo, como le dicen ustedes.
Se mordió el labio provocativamente, mirando a Seraphine.
—Pero no te preocupes, jovencita… aún conserva parte de su humanidad.
Seraphine sintió su voz dentro de la cabeza. Tenía demasiadas preguntas.
—Llévame con él —dijo finalmente.
Aurora se giró, sorprendida.
—Quizás pueda ser de ayuda…
Azriel se llevó la mano al pecho.
—Ohhh, eres muy dulce… pero no. Ya se me colaron otras personas. No dejaré entrar a nadie más.
¿Otras personas…? pensó Seraphine.
—Bueno, me largo. Ya me aburrieron.
Nadie se atrevió a responder. Conocían el temperamento de la Muerte.
—Hasta pronto, Midas.
Le guiñó un ojo y desapareció.
El Concejo volvió lentamente a la normalidad. Algunos pensaban que debieron aniquilar al chico; otros, que debieron sellarlo.
Seraphine salió rápidamente de la sala. Ya no era necesaria allí.
Alzó vuelo rumbo a Geheris.
Rezando para que todos estuvieran bien.
En la cúspide del cielo, solo ella podía tener una visión clara de todo el panorama. Edificios a punto de derrumbarse, pero sin gente a los alrededores.
Seraphine voló lo más rápido que pudo hacia el continente asiático, el lugar donde Hina se encontraba de vacaciones con su familia. Intentó localizarla, logrando rastrearla gracias a la conexión que había enlazado con su alma.
Lejos de la vista de ella y de cualquier humano, solo observaba.
Hina estaba ayudando a la gente que tenía dificultades para caminar. Solo presentaba heridas menores.
Seraphine suspiró aliviada.
Pero todo cambió.
Una gran presión comenzó a sentirse en varias partes de Geheris. El olor a putrefacción era leve, pero perceptible, proveniente de distintos puntos de los continentes.
Seraphine voló a toda prisa hacia la mayor concentración de esa presión, llegando, como siempre, al mismo lugar.
El pueblo de Velmira.
Varias grietas se abrieron, provocando que demonios emergieran con hambre. Sin dudarlo, se lanzó hacia ellos, desenvainando su espada.
Cayó frente a los demonios y cortó cabezas lo más rápido que pudo, de forma elegante y precisa, sin causar daño innecesario. Cortes limpios.
Los demonios comenzaron a acorralarla, convirtiéndola en su punto de atención.
Bloquearon su espada.
Con una voltereta, golpeó a un demonio en el pecho, lanzándolo lejos y usando ese impulso para alejarse un poco. Se puso en guardia, lista para pelear.
Se lanzó nuevamente al ataque, apuntando a los puntos vitales. Uno intentó agarrarla; Seraphine lo tomó del brazo y, con un solo golpe, se lo rompió en varias partes. Aplicó una llave al cuello y lo quebró sin dificultad.
Sus golpes eran precisos. Letales.
Un solo ataque bastaba para aniquilar a un demonio, pero no podía usar toda su fuerza. El pueblo estaba demasiado cerca.
Llegaron más demonios.
Suspiró con la respiración entrecortada, el cabello molestándole el rostro. Tomó su espada con firmeza.
—Espero que sepan lo que hacen —dijo, mirando a los demonios.
Estos solo gruñeron.
Espada contra espada.
Seraphine mantenía el control. Eran demonios débiles, y los aniquiló con rapidez. Alrededor de quince cayeron antes de que uno intentara atacarla por la espalda, camuflándose con el entorno.
Seraphine usó su brazo para bloquear el espadazo. Este se iluminó con una luz anaranjada y cálida que quemó por completo al demonio, reduciéndolo a cenizas.
De la nada, diez demonios saltaron sobre ella, lanzándola contra el suelo. Usó una gran cantidad de fuerza y, con un golpe, destrozó la cabeza de uno, dejándola irreconocible. La sangre salpicó su rostro.
Otro demonio atacó. Giró por el suelo, deslizándose por la espalda del enemigo y atravesándolo con la espada. La retiró rápidamente, subiéndola hasta su cabeza y partiéndolo en dos. Lanzó la espada contra otro demonio, clavándolo a un árbol.
Corrió hacia la grieta, colocó su mano sobre ella y recitó palabras en su lengua, provocando que se cerrara.
Pero aún había más olor a putrefacción.
Debía ir a las otras grietas.
No podía usar sus alas; alguien podría verla volar a esa altura. Corrió a una velocidad digna de un ángel, llegando en segundos a la siguiente grieta.
Allí se encontró con Kael.
Estaba cubierto de sangre, rodeado por una pila de demonios caídos.
—Corre al norte, otra se abrió allá. Yo iré al oeste —dijo Kael sin mirarla.
—Entendido —respondió Seraphine.
Kael usó su velocidad y llegó en segundos al siguiente punto. Sus dagas y vestimenta estaban cubiertas de sangre demoníaca. Otros demonios lo esperaban.
Suspiró.
—Debo terminar rápido…
Desenvainó sus dagas y se lanzó. Un segundo bastó para aniquilar a seis demonios, que quedaron sin extremidades. Los restos se esparcieron por el lugar.
No era suficiente.
Llegaban más.
Jugó con el mango de sus dagas y atacó nuevamente. Bloqueó un espadazo con la pierna, giró sobre la espalda del demonio, lo degolló y lanzó sus dagas a otros dos que corrían hacia él.
Rompió huesos, bloqueó golpes y repartió cientos de ataques certeros. Lanzó a un demonio contra un árbol y siguió con el siguiente.
Se movía a una velocidad casi imposible de seguir.
Los demonios no tenían oportunidad. Kael tenía experiencia de sobra.
Corrió por los árboles, camuflándose con el entorno, cayendo sobre los demonios y partiéndoles el cuello. Uno lo golpeó en el rostro, pero Kael ni se inmutó.
Lo miró a los ojos.
El demonio sintió la diferencia de poder.
Kael colocó su puño en el pecho del demonio, creando un hoyo que destruyó su corazón. La sangre recorrió su boca antes de caer muerto.
Kael bajó las manos, y sus dagas regresaron a sus palmas. Se quitó la parte superior de su traje, quedando solo con la polera, dejando ver sus brazos marcados por cicatrices de guerra, pero también su físico fornido de quien fue uno de los arcángeles más fuertes.
Caminó hacia la grieta y la cerró.
Seraphine seguía peleando en otras zonas. Todo era una carnicería. Los demonios no se detenían hasta que ya no podían moverse, obligando a los ángeles a cortarles todas las extremidades posibles.
Seraphine se amarró el cabello nuevamente y se quitó la armadura empapada de sangre, quedándose con su ropa de combate. Su agilidad era inigualable; sus ataques con las piernas eran su mayor fortaleza.
Giró sobre su eje, bajó su centro de gravedad y lanzó una patada que partió a un demonio en dos.
Bloqueaba, contraatacaba, dominaba.
Cuando todo terminó, se reunió con Kael.
—¡Kael! —gritó Hina al verlo para que no siguiera avanzando.
—Bien… si estás aquí, pudiste cerrar las grietas —dijo Kael.
Seraphine intentaba recuperar el aliento.
—Kael… el terremoto… fue Elior.
Kael se tensó.
—¿Elior? ¿Estás segura?
—Sí. La Muerte se presentó en el concejo. Dijo que fue Elior quien desató todo esto.
Kael apretó los dientes.
—Lo suponía… pero esperaba que no fuera tan grave.
—Ella dijo que se lo llevó porque quería ser más fuerte.
—Elior… —murmuró Kael, molesto—. ¿Dijo cuándo lo traerá de vuelta?
—No.
Kael suspiró.
—Gracias, hija. Ahora ve a cambiarte. Y dile a tu madre que venga lo antes posible… Necesito el contenedor.
Seraphine desplegó sus alas blancas y desapareció en milisegundos.
Al regresar a Aetheris, se encontró con una escena desoladora: miles de demonios calcinados y arcángeles cubiertos de sangre.
Midas se percató de la presencia de Seraphine.
—¿Estás bien? —preguntó Midas.
—Sí… supongo que pasó lo mismo aquí.
—Bien hecho. Esto fue solo un entrenamiento —dijo con una sonrisa —Al ser demonios débiles, con solo toca este terreno mueren calcinados, son pocos los que pueden caminar con cierta dificultad.
—Bueno ahora ya que se supone que termino…ve a cambiarte, esa ropa no durará más y tu olor es un poco repugnante —dijo con una sonrisa molesta
—JA JA JA, que gracioso —respondió Seraphine con sarcasmo
Seraphine se retiró, pero el concejo ya se reunía de emergencia.
Todos querían sellar o eliminar a Elior. Que entrarán demonios a Aetheris fue la gota que rebalsó el vaso.
Mientras Seraphine tomaba una ducha, la sangre recorría su cuerpo arrastrada por el agua caliente. El vapor llenaba el baño, pero no lograba despejar su mente.
Estaba atrapada en sus pensamientos.
El sonido del agua golpeando el suelo era constante, casi hipnótico, hasta que fue interrumpido por una voz al otro lado de la puerta.
—Hija, debes apurarte. Fuimos citadas otra vez al concejo.
Al escuchar esas palabras, Seraphine apoyó lentamente la cabeza contra la muralla fría. El agua continuaba cayendo sobre ella, recorriendo su espalda sin que pudiera reaccionar.
Lo sabía.
Sabía lo que decidirían.
El concejo solo quería deshacerse de Elior.
Cerró los ojos y apretó los puños con fuerza, las uñas clavándose en la palma de sus manos. Ya no sabía qué hacer.
Elegir a Elior y ayudarlo a sanar significaba enfrentarse al concejo… y ser desterrada.
Ponerse en contra de Elior implicaba que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a él… y también ponerse en contra de su mejor amiga, Hina, quien sin duda estaría de su lado.
—Quizás… si convenzo a Hina de que lo que está haciendo Elior es un poco… —murmuró, sin terminar la frase.
Suspiró.
Pero eso implicaba decirle quién era realmente.
¿Y si no la perdonaba?
¿Y si Elior se enteraba?
Golpeó la muralla con frustración y salió de la ducha de golpe. El agua seguía corriendo mientras su respiración se volvía inestable.
La ansiedad la consumía.
Se venían tiempos difíciles tanto para ella como para Elior.
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