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La Sombra Sin Dios - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - Capítulo 33: Capítulo XXXII— Sentencia.
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Capítulo 33: Capítulo XXXII— Sentencia.

Seraphine fue la última en ingresar a la nueva reunión de emergencia. El ambiente en la sala era sofocante; los rostros de todos reflejaban enojo, tensión… y una decisión ya tomada.

Aquello le cayó como anillo al dedo al viejo jefe del concejo.

—Ya que estamos todos, comenzaremos —dijo con voz firme—. No hay más tiempo que perder, así que seré breve con el motivo de esta reunión. Hemos dejado avanzar demasiado esta situación, y solo ha traído caos tanto en Aetheris como en Geheris.

El silencio se volvió pesado.

—El chico llamado Elior Blackwood será sentenciado por esta corte de forma anómala. Entiendo que muchos estarán en desacuerdo, pero primero debemos velar por la tranquilidad de los mundos… y ese chico representa un peligro.

Aquellos dichos cayeron como un golpe seco.

Aurora, Midas y Seraphine permanecían de pie, escuchando. Sabían que, dijeran lo que dijeran, no cambiaría nada.

El corazón de Seraphine latía desbocado. La ansiedad la devoraba por dentro; el sudor corría por sus manos, frías e inestables.

—La decisión se basará en si el chico será sellado o… —el jefe hizo una pausa— será sacado de la vida terrenal.

Algunos suspiraron aliviados. Otros fruncieron el ceño. Era una medida extrema.

De pronto, uno de los miembros del jurado se levantó de golpe.

—¿Quieren asesinar a un chico? ¿Por qué? ¿Porque desconocen su poder? ¡No pueden olvidar que, a pesar de todo, es una creación de nuestro Señor!

Las miradas de desprecio no tardaron en llegar. La sala se dividía en dos: unos exigían su muerte, otros preferían sellarlo.

—¡Entiende que el chico es una amenaza para todos! —gritó alguien desde el lado opuesto.

Las discusiones estallaron por toda la sala.

El jefe golpeó su bastón contra el suelo.

—¡Silencio!

El murmullo se apagó de inmediato.

—Entiendo todos sus puntos de vista, pero no hay otra alternativa. Elior Blackwood será sellado.

La decisión estaba tomada.

Los dientes del jefe crujían mientras apretaba los puños. Entonces, una voz firme rompió el silencio.

—¿Cómo es eso posible? —preguntó Midas, clavando la mirada en él—. Se suponía que esto sería una votación. ¿Desde cuándo tomas decisiones por tu cuenta?

—¡Insolente! —gritaron los cercanos al jefe.

Pero otros comenzaron a apoyarlo.

—No apoyo tu decisión —continuó Midas—. Es un chico que quizás obtuvo poderes que nunca quiso. ¿Van a sellarlo por eso en vez de ayudarlo? ¿Guiarlo? ¿A qué se debe realmente este miedo?

Se acercó al centro de la sala. Seraphine y Aurora lo miraban, sorprendidas. Jamás imaginaron a alguien tan recto como Midas enfrentándose así a un rango superior.

—No debo darte explicaciones —replicó el jefe—. Tú limítate a entrenar a los jóvenes.

—Ese es mi deber —respondió Midas—, enseñar. Como lo hizo una vez mi maestro, Kael. Y lo he cumplido durante años. Así que no se confunda. El concejo fue creado para decidir temas delicados de forma democrática. ¿Qué cambió ahora?

El enojo del jefe era evidente.

—¡Midas! Estás cruzando la línea.

—El concejo ya tomó su decisión —dijo finalmente el jefe—. Todos a mi mano derecha votaron antes de esta reunión.

Midas suspiró.

—No es la primera vez que haces esto a espaldas del pueblo de Aetheris…

Desabrochó el amuleto que sujetaba su capa y armadura. Todos lo observaron en silencio.

—Desde hoy —continuó— dejo de ser maestro de los jóvenes. Renuncio y declaro mi retiro como arcángel. Aetheris ha cambiado… y no volveré mientras gente como tú esté al mando. Geheris será mi hogar, como lo fue para mi maestro Kael.

Lanzó su armadura y armas frente al jefe.

—Seguiré su camino.

Seraphine quiso hablar, pero su cuerpo no respondía.

—Midas… —susurró el jefe.

—¡Midas! —gritó—. Si cruzas esa puerta, no serás bienvenido nunca más en Aetheris.

—No te preocupes —respondió él sin voltearse—. Volveré cuando tú ya no estés.

—¡Guardias! ¡Arréstenlo!

Los guardias se lanzaron al instante, espadas en mano.

Todo ocurrió en un parpadeo.

En apenas 2,3 segundos, Midas desarmó e inutilizó a cinco guardias usando solo dos dedos. El tiempo pareció ralentizarse.

Tomó una de las espadas que caían del aire y la clavó con fuerza en el suelo.

Antes de irse, lanzó una mirada despiadada al concejo.

Nadie entendía lo que acababa de pasar.

Cuando se cerraron las puertas, la presión aumentó aún más.

—Como ya fue dicho —continuó el jefe—, Elior será sellado por el bien de todos los dominios.

—¿Y cómo planeas hacerlo? —intervino Aurora—. Tus guardias no pudieron detener a Midas, y acabas de perder a uno de tus mejores arcángeles.

El viejo sonrió.

—No te preocupes. Ya tengo un equipo listo.

—Naor— susurro.

Las puertas se abrieron de par en par.

Cinco ángeles entraron, liderados por Naor, uno de los mejores estudiantes, a la par de Seraphine. No poseía un poder especial, pero sí un talento excepcional para adaptarse en segundos y habilidades excepcionales en combate.

Caminó al centro con evidente narcisismo, moviendo lentamente su largo cabello gris, símbolo —según las profecías— de guerreros destinados a la grandeza.

—Ellos se encargarán de capturar y retener a Elior Blackwood —dijo el jefe—. Luego, nosotros lo sellaremos.

—Jefe —susurró Naor—. Me gustaría que Seraphine se uniera a mi equipo.Con su poder sería más fácil capturar al objetivo.

Los ojos de Seraphine se abrieron de par en par.

—Perfecto —respondió el jefe—. Seraphine, acércate.

—No lo haré.

El silencio fue absoluto.

—No seré parte de algo así. No hubo votación. Por ende.No me uniré a su equipo.

Naor se giró hacia ella.

—¿Eres una traidora como nuestro ex maestro?

—Cuida tus palabras —respondió Seraphine, dando un paso al frente.

—Estarás en mi equipo quieras o no.

—¿Seguro? —preguntó ella, con la ira brillando en sus ojos.

Las luces temblaron. El viento se concentró alrededor de Naor, tan denso que era imposible respirar.

Naor sonrió… y con un solo movimiento rompió la presión.

—¡Basta! —ordenó Aurora—. Naor, vuelve a tu lugar. Seraphine, tú también.

Seraphine apoyó la mano en una silla antes de salir de la sala del concejo. La silla comenzó a deshacerse lentamente.

Naor miraba la silla detenidamente, hasta que comprendió que, de haberla tocado, habría salido herido.

Seraphine, rápidamente voló hasta su departamento en Geheris encerrándose en él. La rabia la consumía.

—¿Qué es lo que haré…? —susurró, arrodillándose.

Apretó su dientes, y cargó su cuerpo con fuerza, liberándose de él una concentración ligera de poder que sacó todo a su alrededor volando un par de centímetros.

Su celular vibró.

—¡Seraaaaa! —gritó Hina al otro lado—. ¿Sigues con tu madre?

—Hina… —respondió ella, ocultando su voz temblorosa.

—¿Estás lista para un viaje?

—¿Un viaje?

—Sí. Estoy en casa de mi abuela. Ven si quieres… me haces falta.

Seraphine sonrió débilmente.

—No suena mal… la verdad necesito cambiar de aire.

—Entonces ven. Hablaremos de miles de cosas, para ponernos al día.

—Está bien, Hina. Envíame los detalles.

—¡Eres la mejor! ¡Nos vemos! ¡Nos vemos! ¡Nos vemooooos!.

Con aquella llamada e invitación, Seraphine tuvo el escape perfecto.

Quizás el viaje la ayudaría a concentrarse… a pensar con claridad qué hacer y sobre todo qué camino tomar.

Se sentó en la cama, mirando la maleta y las cosas listas, esperando el mensaje de Hina.

No tardó en llegar.

—Tomaré el avión… o vuelo hasta allá… —se susurraba a sí misma.

Mejor compraré el boleto.

Se levantó del piso.

—No tengo energía para volar más…

Su mente seguía atrapada en la decisión del concejo.

Mientras tanto, la reunión en Aetheris había terminado.

Naor y su equipo salían de la sala.

—Naor… —susurró el jefe.

Naor se detuvo de inmediato y pidió a su grupo que lo esperara en la sala contigua para idealizar el plan. Sus compañeros asintieron y se marcharon.

Se acercó al jefe.

—Dígame. ¿En qué puedo ayudar?

—Llevamos tiempo ideando esto —continuó el jefe—, pero el chico es más fuerte ahora. Debes preparar bien a tu equipo. Neutralícenlo lo más rápido posible.

—Sí, señor. Barajaré todas las opciones… pero tengo algunas inquietudes.

—Dímelas.

Naor sostuvo la mirada.

—Según tengo entendido, nadie sabe dónde está. Ni siquiera Seraphine puede localizarlo. Nuestros rastreadores tampoco han podido hacerlo. ¿Cómo lo encontraremos?

El jefe quedó pensativo.

—Si la muerte lo tiene… debemos encontrar la forma de sacarlo de donde esté ahora.

Naor frunció el ceño.

—Tiene un gran apego a los humanos —continuó el viejo.

Naor no entendía a qué se refería.

—Bien… lo que haremos es lo siguiente…

Mientras escuchaba el plan, el rostro de Naor se endureció. Una mueca de desagrado cruzó su expresión.

—Pero, señor… no podemos hacer eso.

—¿Cómo has dicho, Naor? —preguntó el viejo, desafiante.

Naor tragó amargura.

—No he dicho nada. Lo lamento.

No puedo hacer eso…

No podemos hacer eso…

La frase se repetía en su mente mientras escuchaba cada detalle.

—Te informaré cuando esté todo listo. Prepara tu equipo.

Naor no respondió. Observó cómo el viejo se alejaba.

—Tss… —chasqueó con frustración.

Se dio media vuelta y regresó con su equipo.

Al entrar en la sala, todos lo miraron. La frustración se notaba a kilómetros.

—Naor… ¿estás bien? ¿Qué sucedió? —preguntó Mia, la segunda al mando.

Su uso del arco era abismal. Nadie en Aetheris podía compararse a ella. A su corta edad, vencía a guerreros con siglos de experiencia. Además, su capacidad para planear con precisión era excepcional.

Naor alzó la mirada para encontrarse con aquellos ojos celestes como el cielo y la piel pálida como la nieve. Si había alguien que podía tranquilizarlo, era ella.

—Nada.

—Naor, ya hablamos de esto —dijo Mia mientras se recogía su cabello castaño oscuro con un broche en forma de flecha—. Si no me dices lo que sucede, no puedo ajustar el plan. No podemos omitir información.

—Los dejamos solos un momento —dijeron los demás—. Iremos por algunos artefactos.

—Está bien —respondió Naor.

Se levantó y se quitó la armadura, quedando solo con su ropa de combate.

—Ven aquí —ordenó Mia.

Naor obedeció sin objeción y se sentó frente a ella, dándole la espalda.

Mia ajustó su cabello con cuidado, dejándolo perfectamente amarrado. Luego apoyó las manos en su cuello y movió ligeramente su cabeza hacia atrás para que la mirara.

—Vamos… dime.

Naor suspiró, rindiéndose.

Le contó el plan del jefe.

Mia lo soltó de inmediato.

—No podemos hacer eso, Naor. Es una locura.

—Lo sé.

—Supongo que dijiste que no lo haríamos. Que buscaríamos otra forma.

Naor guardó silencio.

—No…

Mia lo miró con decepción.

Naor era el líder. Y tenía un terrible afán por seguir órdenes.

—Olvídalo —dijo Mia, tomando su arco y marchándose.

—Mia… —susurró él.

Ella se detuvo.

—Debemos entrenar. Si lo que dicen de ese chico es cierto… necesitamos esforzarnos más.

Naor asintió sin ánimos. Tomó su espada y salió tras ella.

Aetheris seguía en caos.

Aurora estaba en la casa de Midas. Él ya se había marchado.

Conversaba con sus padres, quienes tenían listo el contenedor para la flor.

—Aurora, por favor dile a Kael que tenga cuidado. No sabemos si resistirá del todo.

—Se lo diré.

Miró los ojos tristes de la mujer.

—También le diré que vea a Midas.

—No te preocupes. Estará bien.

—Te lo agradezco. Si mi hijo decidió marcharse, debe tener buenas razones —dijo el padre entrando a la habitación—. Y si lo que dicen del chico es verdad… el equipo de Naor no la tendrá fácil. Les falta experiencia. Quizás deberíamos seguir los pasos de nuestro hijo. Aetheris ya no es lo que era.

Aurora sonrió levemente.

—El extremismo que llevan es frustrante. Este no es el lugar que nuestro Padre nos dio. Aetheris perdió el rumbo hace milenios… y hoy alcanzó su quiebre máximo.

—Supongo que tienes razón.

Aurora observó el contenedor de cristal. Ligero y pesado a la vez. Frágil en apariencia.

Pero sabía que era el mejor para guardar la flor de la vida.

—Debo marcharme.

—Ve con cuidado. Y saluda a Kael.

—Lo haré. y gracias de nuevo por este gran favor.

Abrió un portal hacia Geheris.

Caminó por el bosque hasta llegar a Velmira. Los habitantes la miraban y saludaban sin saber quién era. Pero la calma que transmitía los llenaba de paz.

Era uno de sus dones.

Llegó al templo.

Kael entrenaba a Aramis y Lia.

Sus miradas se cruzaron y se entendieron sin palabras.

—Sigan ustedes —dijo Kael.

Caminó hacia Aurora.

—No traigo buenas noticias.

—¿Qué sucedió ahora?.

Ambos caminaron hasta una habitación del templo.

—Primero, toma.

Le entregó el contenedor de cristal.

—No saben si resistirá, pero confío en ellos.

Kael juntó las manos. Entre sus palmas apareció la flor flotando. La colocó dentro del contenedor.

Este se volvió más pesado y comenzó a vibrar de forma exagerada, como queriendo escapar..

—Sosténlo —dijo Aurora.

—Lo tengo…

La vibración se detuvo.

La flor flotaba dentro, iluminando todo el interior.

Kael la guardó en la repisa más segura del templo.

—Bien… —susurró—. Ahora dime qué sucedió. No tienes buena cara.

La batalla había acabado hacía horas.

En aquel escenario sangriento, cubierto de desolación, Elior yacía recostado en el suelo, mirando el cielo poco luminoso, donde algunas almas caían lentamente.

Su mirada estaba perdida.

Las ojeras marcaban profundamente su rostro pálido.

Movió su mano con dificultad hasta encontrar sus dagas. Tomó una y la sostuvo frente a su rostro.

La hoja estaba trizada.

Ya no duraría mucho.

Observó su reflejo opaco en el metal agrietado.

Su rostro aparecía dividido en múltiples fragmentos por las pequeñas fisuras.

Como si él mismo estuviera roto.

Suspiró.

Con esfuerzo, se incorporó hasta quedar sentado. Su cuerpo pesaba como si hubiera cargado toneladas.

—Vamos… hay que seguir… —se repitió—. Aún quedan tres.

Se puso de pie y caminó agotado de regreso al castillo.

Necesitaba refugio. Descansar apropiadamente.

Las heridas superficiales habían sanado, pero las internas seguían presionando. Su estabilidad mental pendía de un hilo.

Bastó un paso dentro del castillo para que, como en el anterior, las luces se encendieran a su paso.

Las grietas comenzaron a expandirse lentamente por las paredes.

Llegó al salón principal.

El trono estaba en lo alto, por encima de todos los demás asientos.

Ese lugar parecía más estable. Las grietas no avanzaban tanto allí.

Había miles de cuadros rasgados, irreconocibles.

Elior levantó mesas y sillas, partiéndolas.

Necesitaba fuego.

Pero su mirada volvía una y otra vez hacia el trono.

Como si lo llamara.

Sacudió la cabeza.

No.

Se acercó al fuego improvisado y comenzó a quitarse la ropa.

El abrigo estaba destrozado.

Al quitarse la polera, el panorama era peor de lo que esperaba.

Todo su torso estaba cubierto de enormes moretones.

Tomó el agua fría de su cantimplora y la vertió sobre su piel.

Sus poderes regeneraban, sí… pero no hacían milagros en un cuerpo anclado a la mortalidad.

Tocó uno de los moretones.

El dolor lo obligó a retirar la mano de inmediato.

Ahora que era consciente, todo dolía más.

Juntó sus rodillas y apoyó la cabeza sobre ellas.

Respiró lento.

—Debes calmarte… —susurró.

Su voz se quebraba, pero su rostro no mostraba lágrimas.

Su mente bloqueaba el dolor.

Mañana seguiré. un objetivo más.

Se recostó en el suelo, usando el abrigo como almohada.

Aunque su cuerpo seguía en alerta, cayó inconsciente apenas cerró los ojos.

—¿Qué… pasa?

Despertó desesperado.

Estaba cayendo al vacío.

Intentó aferrarse a algo.

Nada.

Impactó contra el fondo.

No dolió.

Respiraba agitado.

Se levantó.

Estaba en un lugar parecido al reino de las sombras donde entrenó.

Oscuridad absoluta.

Comenzó a caminar sin control de su cuerpo. Solo sus ojos obedecían.

El escenario cambió.

Un campo floral hermoso.

El sol comenzaba a salir.

La luz lo cegó.

Se cubrió con el brazo y pestañeó varias veces.

Una voz.

Conocida… y desconocida a la vez.

Lo llamaba desde el fondo.

Caminó hacia ella instintivamente.

Las flores comenzaron a morir a su paso.

La luz de un momento a otro desapareció.

Todo quedó cubierto por la oscuridad.

Aunque a diferencia de antes ahora podía ver un poco más allá.

—Abraza tu destino…

La voz era ronca.

Imágenes atravesaron sus ojos en milisegundos.

Hasta detenerse en una escena.

—Kael… el chico ya lleva mucho tiempo sin decir una sola palabra —dijo la señora María.

La mujer del pueblo que siempre les regalaba pan a Elior y Liora.

Kael frunció el ceño.

—Sigue en shock. Intento que me hable, pero no logro nada.

—Quizás un especialista en la ciudad pueda ayudarlo… mi hermana dice que hay muchos especialistas que podrían ayudarlo.

Kael miró a Elior, sentado en la habitación oscura.

Perdido en sus propios pensamientos.

Elior se acercó a su versión pasada.

Recordando aquel momento.

Después de la tragedia.

Reviviendo una y otra vez el rostro del arcángel.

La presión en su pecho.

El nudo en el estómago que jamás desapareció.

—Elior… hijo —dijo Kael entrando a la habitación—. Quizás debamos ir a la ciudad un tiempo.

Silencio.

La herida en su brazo se regeneraba lentamente aunque más rápido que un humano.

—Descansa. Mañana partiremos temprano.

Kael lo ayudó a recostarse.

Pero Elior no quería cerrar los ojos.

Cerrarlos significaba volver a esa escena.

En mitad de la noche—

—¡No! ¡No, no, no!

Kael entró corriendo.

Lo sostuvo contra su pecho.

El chico ardía en fiebre.

La sangre del arcángel y del demonio luchaban dentro de él.

Pero ninguna venció.

La sangre de Elior absorbió ambas.

Las combinó.

Aquella anormalidad sería su maldición.

El sufrimiento que lo acompañaría toda su vida.

Elior no entendía por qué veía esto.

Giró.

Entró en otra habitación.

La ciudad.

El primer momento en que perdió el control.

Golpeó a un compañero.

Los castigos.

Los reproches constantes de Kael.

Aprendió rápido.

A no mostrar.

A no reaccionar.

A actuar como los demás querían.

La mejor receta:

No mostrar nada más de lo que los demás desean ver.

—Eres alguien totalmente falso…

La voz volvió a resonar.

Ronca.

Profunda.

Y ahora… más cerca.

De un momento a otro, miles de voces y gritos llenaron la cabeza de Elior. Un sinfín de ruido insoportable, intolerable.

Elior se cubrió los oídos, pero no servía de nada.

—¡Ya basta! —gritó de forma desesperada a aquellas voces inentendibles.

Mientras tanto, en la realidad, el castillo se agrietaba cada vez más, provocado por un ligero temblor.

Cayendo de rodillas, apareció en otra escena.

—¡Vamos, Elior, corre! ¡Se irá el señor de los helados!

—¡Ya voy, ya voy! —decía mientras corría detrás de aquella niña pelirroja.

Las voces cesaron al mirar hacia aquellos niños. Recordaba esa escena también.

—Hola, señor —dijo la niña—. ¿Nos daría dos helados de chocolate, por favor? El mío con cuatro bolitas de chocolate… y el de él con tres.

—¿Con cuatro bolitas? Eso es mucho para una niña —dijo el señor con una risa, pero entregándoles los helados.

—Muchas gracias, señor —dijo Elior mientras la niña corría de vuelta a los juegos—. ¡Espérameee! ¡No vayas tan rápido!

Mientras ambos niños compartían aquel helado…

—Me alegra que estés conmigo, Elior —dijo la niña con una sonrisa de oreja a oreja.

Elior la miraba, sin evitar sonreír de manera genuina tras unos años de sufrimiento.

—Me alegra estar contigo, Hina…

Elior bajó la cabeza, porque sabía lo que sintió en aquella escena.

El tiempo pasó, y Hina fue recogida por sus padres. Aquella imagen de Hina tomada de la mano con ellos hizo que, por primera y única vez, Elior sintiera celos.

Él también quería sentir eso otra vez.

La calidez de las manos de su madre.

La sensación de la mano dura de su padre por el trabajo.

Aquel niño botó el resto del helado mientras su corazón volvía a cerrarse en la amargura del momento.

Elior solo miró hacia otro lado mientras se sacudía la ropa… para volver a aterrizar en otra escena.

—Ellos mataron a mi familia, tío Kael… fueron ellos. ¿Por qué nadie me cree? —gritó aquel chico con lágrimas en los ojos.

—Yo te creo, hijo… —dijo Kael mientras se acercaba.

—Mentira —dijo Elior molesto—. Tú y los demás no me creen. Creen que imaginé todo. Pero ya verán… verán que es verdad cuando acabe con todos los demonios y los ángeles.

Aquella escena fue cubierta por una oscuridad enseguida.

—¿Este eres realmente tú? —dijo aquella voz.

La oscuridad rodeó a Elior, y él giraba en ella intentando buscar una apertura.

—Eres aquel asesino de demonios… acaba con todos. Libérate de tu dolor y provoca dolor a otros…

Elior sentía cómo una presión en el pecho intentaba salir de él.

“Tus ojos no miran solo lo que está… miran más allá.”

“Ves lo que aún no viene.”

“A veces creo que escuchas al cielo.”

Las palabras de su padre resonaban en su cabeza.

Al escucharlas, comenzó a recuperar el control. Aquella voz ronca se escuchaba cada vez menos.

Ahora todas las escenas pasaban en cámara lenta. Cada momento en que Elior simplemente eligió aceptar el dolor y guardarlo. Aquel dolor de años que lo estaba consumiendo por dentro.

Elior respiró profundamente.

Abrió los ojos.

Con aquel brillo anormal, disipó la oscuridad, encontrándose frente a aquel espectro que hablaba.

Se acercó lentamente hacia él, mientras este solo lo observaba.

Supongo que esto es como el otro castillo…

¿Cuál era el anterior? ¿El de la ira?

Supongo que este sería lo más cercano al dolor.

Bueno… supongo que no fue tan terrible. Siempre he sentido dolor.

El espectro rio.

—Oh, chico… no estás ni cerca de lo que es el verdadero dolor. Recién estamos comenzando.

Se acercó rápidamente, clavando sus dedos en la cabeza de Elior, conectándose con él.

Elior cayó de rodillas como si lo estuvieran quemando por dentro.

—Todos los que están cerca tuyo sufrirán… porque eso es lo que tu ser es. Si no hay nada, no hay dolor. Debes acabar con aquella versión de ti y volver a resurgir a través de todo tu dolor. ¿Crees que es justo que todo lo que sufriste… ellos estén como si nada? Ángeles, demonios, humanos… todos son seres insignificantes alrededor del universo.

Las palabras seguían entrando como cuchillas.

—Recuerda cuántas veces nadie te creyó sobre cómo murió tu familia. Cuántas veces estuviste solo y se burlaban de ti. Cómo aquellos demonios siempre iban a devorar gente. Cómo arrasaron varios pueblos. Cómo los ángeles no hicieron nada para ayudar… solo destruyeron más y más…

Elior escuchaba cada palabra.

Aunque no quería admitirlo… aquel ser tenía razón en cierto modo.

—Acaba con todos. Tienes el poder para hacerlo. Reniega de esa parte humana… y sé el monstruo que ellos creen que eres.

Elior bajó la cabeza.

Todos sus ideales estaban siendo refregados en su propia cara.

Los humanos son seres capaces de aniquilarse a sí mismos con sus artefactos nucleares…

Mejor imparte justicia a todo ser del universo por igual…

—Sí… —susurró Elior, dejándose llevar por los dichos del espectro.

Entonces, su cabeza se llenó de otros recuerdos.

Una contraparte necesaria.

—Hermano… —se escuchó a lo lejos.

Elior abrió los ojos de golpe y se levantó.

Reconocía esa voz.

—Liora…

Miraba desesperado por todos lados.

—¡Liora! ¿Dónde estás? ¡Lioraaa!

“¡Más alto, Eli! ¡Quiero tocar el cielo!”

”Solo si prometes no quedarte allá…”

Elior sonrió al recordar aquel momento hermoso en que jugaba con su hermana. Su voz y respiración se rompían… pero las lágrimas no brotaban.

—Protégela… —se escuchó nuevamente—. Ella te necesitará, hermanito… protege a Lia…

—¿Liora? ¿Dónde estás?

De pronto se alarmó.

¿De qué debo proteger a Lia?

La desesperación de perder a otra hermana activó su cuerpo y su mente, devolviendo a la cordura.

Yo soy un humano.

Mi venganza es solo con los demonios y los ángeles.

Mi deber es defender a los humanos…

Y eso es lo que haré.

El espectro reía.

—Ya veo por qué fuiste elegido…por el rey —dijo mientras desaparecía—. Buena suerte, chico. Y recuerda… libérate del dolor. No dejes que te consuma.

Elior despertó del trance.

Estaba sentado en aquel trono.

Se levantó con la adrenalina de la supuesta advertencia de Liora.

Lia está en peligro…

¿Pero de qué?

Se lo repetía una y otra vez.

¿Esa era Liora?

Debe serlo.

Carajo… solo debo moverme.

Mientras recogía sus cosas, recordó las palabras de su padre.

—Lo siento, padre… pero lo único que escucharé del cielo serán sus lamentos cuando vaya a cobrar mi venganza.

Tras la salida de Elior, aquel castillo comenzó a agrietarse cada vez más… junto con la mente del chico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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