La Sombra Sin Dios - Capítulo 34
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Capítulo 34: Capítulo XXXIII — Castillo del dolor.
La batalla había acabado hacía horas.
En aquel escenario sangriento, cubierto de desolación, Elior yacía recostado en el suelo, mirando el cielo poco luminoso, donde algunas almas caían lentamente.
Su mirada estaba perdida.
Las ojeras marcaban profundamente su rostro pálido.
Movió su mano con dificultad hasta encontrar sus dagas. Tomó una y la sostuvo frente a su rostro.
La hoja estaba trizada.
Ya no duraría mucho.
Observó su reflejo opaco en el metal agrietado.
Su rostro aparecía dividido en múltiples fragmentos por las pequeñas fisuras.
Como si él mismo estuviera roto.
Suspiró.
Con esfuerzo, se incorporó hasta quedar sentado. Su cuerpo pesaba como si hubiera cargado toneladas.
—Vamos… hay que seguir… —se repitió—. Aún quedan tres.
Se puso de pie y caminó agotado de regreso al castillo.
Necesitaba refugio. Descansar apropiadamente.
Las heridas superficiales habían sanado, pero las internas seguían presionando. Su estabilidad mental pendía de un hilo.
Bastó un paso dentro del castillo para que, como en el anterior, las luces se encendieran a su paso.
Las grietas comenzaron a expandirse lentamente por las paredes.
Llegó al salón principal.
El trono estaba en lo alto, por encima de todos los demás asientos.
Ese lugar parecía más estable. Las grietas no avanzaban tanto allí.
Había miles de cuadros rasgados, irreconocibles.
Elior levantó mesas y sillas, partiéndolas.
Necesitaba fuego.
Pero su mirada volvía una y otra vez hacia el trono.
Como si lo llamara.
Sacudió la cabeza.
No.
Se acercó al fuego improvisado y comenzó a quitarse la ropa.
El abrigo estaba destrozado.
Al quitarse la polera, el panorama era peor de lo que esperaba.
Todo su torso estaba cubierto de enormes moretones.
Tomó el agua fría de su cantimplora y la vertió sobre su piel.
Sus poderes regeneraban, sí… pero no hacían milagros en un cuerpo anclado a la mortalidad.
Tocó uno de los moretones.
El dolor lo obligó a retirar la mano de inmediato.
Ahora que era consciente, todo dolía más.
Juntó sus rodillas y apoyó la cabeza sobre ellas.
Respiró lento.
—Debes calmarte… —susurró.
Su voz se quebraba, pero su rostro no mostraba lágrimas.
Su mente bloqueaba el dolor.
Mañana seguiré. un objetivo más.
Se recostó en el suelo, usando el abrigo como almohada.
Aunque su cuerpo seguía en alerta, cayó inconsciente apenas cerró los ojos.
—¿Qué… pasa?
Despertó desesperado.
Estaba cayendo al vacío.
Intentó aferrarse a algo.
Nada.
Impactó contra el fondo.
No dolió.
Respiraba agitado.
Se levantó.
Estaba en un lugar parecido al reino de las sombras donde entrenó.
Oscuridad absoluta.
Comenzó a caminar sin control de su cuerpo. Solo sus ojos obedecían.
El escenario cambió.
Un campo floral hermoso.
El sol comenzaba a salir.
La luz lo cegó.
Se cubrió con el brazo y pestañeó varias veces.
Una voz.
Conocida… y desconocida a la vez.
Lo llamaba desde el fondo.
Caminó hacia ella instintivamente.
Las flores comenzaron a morir a su paso.
La luz de un momento a otro desapareció.
Todo quedó cubierto por la oscuridad.
Aunque a diferencia de antes ahora podía ver un poco más allá.
—Abraza tu destino…
La voz era ronca.
Imágenes atravesaron sus ojos en milisegundos.
Hasta detenerse en una escena.
—Kael… el chico ya lleva mucho tiempo sin decir una sola palabra —dijo la señora María.
La mujer del pueblo que siempre les regalaba pan a Elior y Liora.
Kael frunció el ceño.
—Sigue en shock. Intento que me hable, pero no logro nada.
—Quizás un especialista en la ciudad pueda ayudarlo… mi hermana dice que hay muchos especialistas que podrían ayudarlo.
Kael miró a Elior, sentado en la habitación oscura.
Perdido en sus propios pensamientos.
Elior se acercó a su versión pasada.
Recordando aquel momento.
Después de la tragedia.
Reviviendo una y otra vez el rostro del arcángel.
La presión en su pecho.
El nudo en el estómago que jamás desapareció.
—Elior… hijo —dijo Kael entrando a la habitación—. Quizás debamos ir a la ciudad un tiempo.
Silencio.
La herida en su brazo se regeneraba lentamente aunque más rápido que un humano.
—Descansa. Mañana partiremos temprano.
Kael lo ayudó a recostarse.
Pero Elior no quería cerrar los ojos.
Cerrarlos significaba volver a esa escena.
En mitad de la noche—
—¡No! ¡No, no, no!
Kael entró corriendo.
Lo sostuvo contra su pecho.
El chico ardía en fiebre.
La sangre del arcángel y del demonio luchaban dentro de él.
Pero ninguna venció.
La sangre de Elior absorbió ambas.
Las combinó.
Aquella anormalidad sería su maldición.
El sufrimiento que lo acompañaría toda su vida.
Elior no entendía por qué veía esto.
Giró.
Entró en otra habitación.
La ciudad.
El primer momento en que perdió el control.
Golpeó a un compañero.
Los castigos.
Los reproches constantes de Kael.
Aprendió rápido.
A no mostrar.
A no reaccionar.
A actuar como los demás querían.
La mejor receta:
No mostrar nada más de lo que los demás desean ver.
—Eres alguien totalmente falso…
La voz volvió a resonar.
Ronca.
Profunda.
Y ahora… más cerca.
De un momento a otro, miles de voces y gritos llenaron la cabeza de Elior. Un sinfín de ruido insoportable, intolerable.
Elior se cubrió los oídos, pero no servía de nada.
—¡Ya basta! —gritó de forma desesperada a aquellas voces inentendibles.
Mientras tanto, en la realidad, el castillo se agrietaba cada vez más, provocado por un ligero temblor.
Cayendo de rodillas, apareció en otra escena.
—¡Vamos, Elior, corre! ¡Se irá el señor de los helados!
—¡Ya voy, ya voy! —decía mientras corría detrás de aquella niña pelirroja.
Las voces cesaron al mirar hacia aquellos niños. Recordaba esa escena también.
—Hola, señor —dijo la niña—. ¿Nos daría dos helados de chocolate, por favor? El mío con cuatro bolitas de chocolate… y el de él con tres.
—¿Con cuatro bolitas? Eso es mucho para una niña —dijo el señor con una risa, pero entregándoles los helados.
—Muchas gracias, señor —dijo Elior mientras la niña corría de vuelta a los juegos—. ¡Espérameee! ¡No vayas tan rápido!
Mientras ambos niños compartían aquel helado…
—Me alegra que estés conmigo, Elior —dijo la niña con una sonrisa de oreja a oreja.
Elior la miraba, sin evitar sonreír de manera genuina tras unos años de sufrimiento.
—Me alegra estar contigo, Hina…
Elior bajó la cabeza, porque sabía lo que sintió en aquella escena.
El tiempo pasó, y Hina fue recogida por sus padres. Aquella imagen de Hina tomada de la mano con ellos hizo que, por primera y única vez, Elior sintiera celos.
Él también quería sentir eso otra vez.
La calidez de las manos de su madre.
La sensación de la mano dura de su padre por el trabajo.
Aquel niño botó el resto del helado mientras su corazón volvía a cerrarse en la amargura del momento.
Elior solo miró hacia otro lado mientras se sacudía la ropa… para volver a aterrizar en otra escena.
—Ellos mataron a mi familia, tío Kael… fueron ellos. ¿Por qué nadie me cree? —gritó aquel chico con lágrimas en los ojos.
—Yo te creo, hijo… —dijo Kael mientras se acercaba.
—Mentira —dijo Elior molesto—. Tú y los demás no me creen. Creen que imaginé todo. Pero ya verán… verán que es verdad cuando acabe con todos los demonios y los ángeles.
Aquella escena fue cubierta por una oscuridad enseguida.
—¿Este eres realmente tú? —dijo aquella voz.
La oscuridad rodeó a Elior, y él giraba en ella intentando buscar una apertura.
—Eres aquel asesino de demonios… acaba con todos. Libérate de tu dolor y provoca dolor a otros…
Elior sentía cómo una presión en el pecho intentaba salir de él.
“Tus ojos no miran solo lo que está… miran más allá.”
“Ves lo que aún no viene.”
“A veces creo que escuchas al cielo.”
Las palabras de su padre resonaban en su cabeza.
Al escucharlas, comenzó a recuperar el control. Aquella voz ronca se escuchaba cada vez menos.
Ahora todas las escenas pasaban en cámara lenta. Cada momento en que Elior simplemente eligió aceptar el dolor y guardarlo. Aquel dolor de años que lo estaba consumiendo por dentro.
Elior respiró profundamente.
Abrió los ojos.
Con aquel brillo anormal, disipó la oscuridad, encontrándose frente a aquel espectro que hablaba.
Se acercó lentamente hacia él, mientras este solo lo observaba.
Supongo que esto es como el otro castillo…
¿Cuál era el anterior? ¿El de la ira?
Supongo que este sería lo más cercano al dolor.
Bueno… supongo que no fue tan terrible. Siempre he sentido dolor.
El espectro rio.
—Oh, chico… no estás ni cerca de lo que es el verdadero dolor. Recién estamos comenzando.
Se acercó rápidamente, clavando sus dedos en la cabeza de Elior, conectándose con él.
Elior cayó de rodillas como si lo estuvieran quemando por dentro.
—Todos los que están cerca tuyo sufrirán… porque eso es lo que tu ser es. Si no hay nada, no hay dolor. Debes acabar con aquella versión de ti y volver a resurgir a través de todo tu dolor. ¿Crees que es justo que todo lo que sufriste… ellos estén como si nada? Ángeles, demonios, humanos… todos son seres insignificantes alrededor del universo.
Las palabras seguían entrando como cuchillas.
—Recuerda cuántas veces nadie te creyó sobre cómo murió tu familia. Cuántas veces estuviste solo y se burlaban de ti. Cómo aquellos demonios siempre iban a devorar gente. Cómo arrasaron varios pueblos. Cómo los ángeles no hicieron nada para ayudar… solo destruyeron más y más…
Elior escuchaba cada palabra.
Aunque no quería admitirlo… aquel ser tenía razón en cierto modo.
—Acaba con todos. Tienes el poder para hacerlo. Reniega de esa parte humana… y sé el monstruo que ellos creen que eres.
Elior bajó la cabeza.
Todos sus ideales estaban siendo refregados en su propia cara.
Los humanos son seres capaces de aniquilarse a sí mismos con sus artefactos nucleares…
Mejor imparte justicia a todo ser del universo por igual…
—Sí… —susurró Elior, dejándose llevar por los dichos del espectro.
Entonces, su cabeza se llenó de otros recuerdos.
Una contraparte necesaria.
—Hermano… —se escuchó a lo lejos.
Elior abrió los ojos de golpe y se levantó.
Reconocía esa voz.
—Liora…
Miraba desesperado por todos lados.
—¡Liora! ¿Dónde estás? ¡Lioraaa!
“¡Más alto, Eli! ¡Quiero tocar el cielo!”
”Solo si prometes no quedarte allá…”
Elior sonrió al recordar aquel momento hermoso en que jugaba con su hermana. Su voz y respiración se rompían… pero las lágrimas no brotaban.
—Protégela… —se escuchó nuevamente—. Ella te necesitará, hermanito… protege a Lia…
—¿Liora? ¿Dónde estás?
De pronto se alarmó.
¿De qué debo proteger a Lia?
La desesperación de perder a otra hermana activó su cuerpo y su mente, devolviendo a la cordura.
Yo soy un humano.
Mi venganza es solo con los demonios y los ángeles.
Mi deber es defender a los humanos…
Y eso es lo que haré.
El espectro reía.
—Ya veo por qué fuiste elegido…por el rey —dijo mientras desaparecía—. Buena suerte, chico. Y recuerda… libérate del dolor. No dejes que te consuma.
Elior despertó del trance.
Estaba sentado en aquel trono.
Se levantó con la adrenalina de la supuesta advertencia de Liora.
Lia está en peligro…
¿Pero de qué?
Se lo repetía una y otra vez.
¿Esa era Liora?
Debe serlo.
Carajo… solo debo moverme.
Mientras recogía sus cosas, recordó las palabras de su padre.
—Lo siento, padre… pero lo único que escucharé del cielo serán sus lamentos cuando vaya a cobrar mi venganza.
Tras la salida de Elior, aquel castillo comenzó a agrietarse cada vez más… junto con la mente del chico.
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