La Sombra Sin Dios - Capítulo 35
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Capítulo 35: Capítulo XXXIV — Debo darme prisa.
El fuego de aquella fogata, en la noche fría, se reflejaba en el rostro pálido de Elior.
Su mirada estaba completamente perdida mientras lentamente acercaba la mano a las llamas… quizás buscando que, al tocarlas, al fin pudiera sentir algo que no fuera el vacío en su pecho.
La soledad ya lo había consumido por completo.
Y aquel purgatorio no solo lo estaba haciendo más fuerte… sino que también lo aniquilaba, agregando cada vez más peso sobre sus hombros.
Lia está en peligro…
Se lo repetía una y otra vez.
Pero el agobio de no saber cómo, cuándo y dónde… lo asfixiaba.
—¿Y si vuelvo…? —susurró para sí mismo.
Apretó los dientes con fuerza.
—Primero necesito encontrar la salida…
Retiró la mano del fuego al no lograr sentir nada. La quemadura se curó rápidamente.
Se levantó y tomó la leña cercana, arrojándola nuevamente a la fogata. Al ser consumida, la llama se elevó, iluminando el panorama.
Cerca de una docena de demonios yacían en el suelo, asesinados de forma despiadada.
Elior caminó alejándose del fuego, retirando sus dagas del cuerpo de uno de ellos, y se adentró nuevamente en el camino.
Aquella luna enorme no iluminaba prácticamente nada.
Llegó a un arroyo donde, por alguna razón, la luz lunar hacía brillar el agua como nada en aquel lugar.
Elior se arrodilló, dejándose caer.
Mojó sus manos.
En aquel vistazo al agua vio su reflejo. Primero, deformado por el movimiento… luego, claro.
Aquel rostro pálido.
La sangre seca cubriendo gran parte de su piel.
Las ojeras marcando noches sin dormir.
Solo suspiró ligeramente.
Y sonrió.
Recordando su niñez.
Viendo por última vez su rostro de niño. Aquella sonrisa.
Cerró los ojos intentando aferrarse a esos recuerdos: la fuente del pueblo, su hermana corriendo mientras él la perseguía.
Pero no duró mucho.
La expresión en su rostro cambió inmediatamente.
Abrió aquellos ojos decaídos y sin brillo. Apagados… como los de un muerto en vida.
—Debo continuar…
Sin pensarlo, se adentró en el oscuro camino.
Toda la noche avanzó tranquilamente.
De forma inconsciente, el aura que liberaba era aplastante. Ya no hacía el esfuerzo de contenerla.
Los demonios huían de aquel ser, obedeciendo a sus instintos más básicos.
Aunque no todos.
Aquellos demonios que ya habían devorado almas podían idear planes… y aún sentir el deseo de pelear, incluso si el otro era más fuerte.
—Débiles… débiles… débiles… —repetía Elior mientras retiraba sus dagas de los ojos de un demonio.
La diferencia de fuerza era abismal.
Para él, aquellos demonios, por más almas que devoraran, no eran más que hormigas. Bastaba un dedo para aplastarlas.
Tomó a uno del cuello, levantándolo como si no pesara nada.
—Sabes… necesito información acerca de unos demonios. Si me das lo que quiero, te aseguro que tu muerte será rápida.
Lo soltó. El demonio cayó al suelo.
—Tienes cinco segundos antes de que te aniquile…
Uno… dos… tres… cuatro…
El demonio retrocedía sin perderlo de vista.
—Norte… —dijo de forma poco entendible.
Elior sonrió.
En un parpadeo apareció frente a él y destruyó su cabeza con la rodilla. La explosión dejó una gran marca en el árbol detrás.
—Norte… supongo que dijo…
Giró sobre sí mismo.
—¿Y dónde carajos está el norte aquí?
Comenzó a caminar en la dirección que creía correcta.
Tras pasar las montañas, la situación empeoró.
Por primera vez, veía un camino interminable de montañas cubiertas por cenizas que caían del cielo.
Dio un paso y resbaló, rodando cuesta abajo.
Clavó sus dagas y descendió con cuidado.
—Lo bueno es que no hay nadie aquí… —dijo en tono burlón mientras se sacudía la ropa.
Aquella ceniza que caía del cielo se asemejaba al diseño de los copos de nieve… pero era caliente. El suelo estaba cubierto por ella.
Se colocó nuevamente el abrigo, esta vez ocultando completamente su rostro con la capucha.
Mientras más se adentraba, más turbio era todo.
Había esqueletos de humanos, de demonios… y otros que jamás había visto.
Se detuvo bruscamente.
Miró a todos lados.
Algo no andaba bien.
El diseño del lugar era extraño.
—¿Qué es esto…?
Se agachó y recogió algo del suelo.
Cáscaras de huevo medianamente grandes, enterradas bajo la ceniza.
—Mejor salgo de acá…
Giró rápidamente intentando subir a la cima.
El aire allí era estremecedor. Un viento inentendible azotaba la altura.
Todo lo que no había en el otro lado del purgatorio estaba concentrado allí.
De un momento a otro, Elior se preparó instintivamente.
Sabía que algo lo observaba.
Se giró… y fue alcanzado por las patas de un ave extremadamente grande.
Bloqueó el golpe con ambas dagas, pero salió eyectado montaña abajo.
Clavó las hojas en la superficie… pero dio contra una roca que se rompió al contacto.
Cayó cada vez más rápido.
Impactó contra el suelo.
Una de sus dagas atravesó su pierna.
—¡Mierda! —gritó, apretando los dientes.
Intentó controlar la respiración.
Sin pensarlo, arrancó la daga.
—Carajo…
La herida se regeneraba lentamente. Aquellas dagas hacían demasiado daño, incluso a él. El material era especial para aniquilar cualquier ser.
Desconocido para Elior… pero no para aquellas sombras que las crearon.
Observó el corte cerrarse poco a poco.
Se levantó rápidamente.
El viento esparcía cenizas por todos lados. No podía ver nada.
Entonces lo escuchó.
En lo alto.
Un sonido parecido al de un águila… pero con tonos graves que erizaban la piel.
Intentó ubicarla.
Imposible.
Atrajo su otra daga y adoptó posición defensiva.
—Vamos… vamos… ¿dónde estás…?
Miraba en todas direcciones.
Esperando el siguiente ataque.
De un momento a otro, ante aquel fuerte graznido del animal, rocas comenzaron a caer por la montaña sin parar.
Elior comenzó a esquivarlas rápidamente.
No había tiempo para intentar algo nuevo ni imaginar romperlas.
Algunas eran medianas.
Otras, enormes.
Ágilmente evadió todas, pero ahora tenía mucho menos espacio para moverse debido a ellas.
Empezó a analizar bien toda su área.
¿Qué escondites había?
¿Qué podía utilizar contra ese animal?
Tenía que estudiarlo rápido.
Pero ¿cómo lo hago?
No logro ver nada…
Comenzó a moverse del lugar, hasta que chocó con una roca pequeña, provocando una mini avalancha de piedras.
En ese instante, el ave avanzó a gran velocidad hacia Elior.
Sus garras rasgaron su brazo con un corte profundo.
Una de sus dagas salió volando.
Elior sostuvo su brazo herido mientras este se regeneraba, aunque la sangre seguía cayendo.
La herida cerró.
De forma involuntaria, ambos brazos de Elior se cubrieron con aquella sombra, reforzándolos.
Apretó los dientes.
Sus brazos ardían.
Atrajo nuevamente su daga.
El impacto de la hoja al volver a su mano provocó un leve ruido metálico.
Eso fue suficiente.
El ave descendió nuevamente hacia él.
Elior escuchó el viento cortarse por un segundo.
Se lanzó hacia atrás en el momento preciso.
Las garras pasaron donde había estado un instante antes.
—Perfecto… —dijo, sonriendo.
Tomó una piedra con cuidado y la arrojó cerca de donde pudiera verla.
Al caer, el ave descendió allí.
Alcanzó a ver sus patas.
Garras enormes.
Cubiertas de heridas.
Y unas líneas rojas, como trazos de sangre, que ascendían por ellas.
Tengo que hacer que baje… o no podré ver bien a qué me enfrento.
—Quizás… si clavo las dagas en las patas y me subo a ella…
Era muy arriesgado.
Repasaba todos los posibles planes en su cabeza.
Pero justo cuando dio un paso para acomodarse, una grieta se abrió en el suelo.
Varios demonios salieron de ella.
Elior miró la grieta.
—Justo ahora… malditas grietas…
Eran completamente aleatorias en el purgatorio.
Quizás por eso hay cadáveres de demonios…
Los demonios vieron a Elior y corrieron hacia él gruñendo.
Fueron destrozados por el animal antes de llegar.
Algunos lograron avanzar.
Elior aniquiló a uno sin hacer ruido y se alejó de su cuerpo.
El ave cayó sobre el cadáver.
Elior lanzó al siguiente demonio.
Usando la daga como una navaja, la insertó repetidas veces mientras con la otra mano le cubría la boca.
Se apartó.
El demonio lanzó un rugido que desapareció al instante.
El ave se lo llevó.
Cambio de planes.
Tomó al último demonio y lo apuñaló, provocando que gruñera de dolor.
Rápidamente se acomodó tras él.
Sintió cómo unas garras atravesaban al demonio y, por poco, a él.
Comenzaron a elevarse.
El demonio y Elior fueron lanzados hacia arriba.
Elior se separó del cuerpo.
Con un cosquilleo en el estómago, atrajo sus dagas.
Antes de que llegaran, alcanzó a ver el rostro del animal.
El hocico abierto.
Cubierto de sangre.
Colmillos filosos.
Líneas rojas que ascendían hasta encontrarse con unos ojos rojos de intensidad abismal.
Una daga llegó primero.
Elior giró su centro de gravedad por centímetros, esquivando el mordisco.
Insertó la hoja cerca del cuello del animal.
La segunda llegó enseguida.
Clavó ambas con fuerza.
Comenzó a escalarlo.
El ave giraba violentamente intentando hacerlo caer.
Pero él seguía avanzando.
El pelaje era duro como piedra.
Las líneas rojas cubrían su cuerpo como un diseño único.
Quemaban.
Al retirar una daga, notó algo.
Aquella sustancia roja oscura… era sangre.
Las líneas eran como venas expuestas.
Clavó la daga nuevamente.
Un graznido estremecedor atravesó el aire.
Los oídos de Elior sangraron.
Desorientado, miró hacia abajo.
Habían avanzado demasiado sobre aquellas montañas interminables de ceniza.
Comenzó a subir por el torso del animal, que se sacudía como loco.
—¡Vamos! ¡Quédate quieto!
Insertaba sus dagas para afirmarse.
Vio una montaña justo hacia donde el ave se dirigía.
Desesperado, soltó las dagas y corrió por el dorso, intentando mantener el equilibrio ante el viento feroz.
Se deslizó.
Se lanzó hacia el cuello.
Atrajo ambas dagas e intentó insertarlas rápidamente.
La piel y la carne eran demasiado duras.
Sacó una de ellas.
Con la mano derecha aún cubierta por la sombra, comenzó a golpear repetidamente el mismo punto.
Quemando.
Destruyendo.
Insertó la mano por completo.
Su brazo ardió intensamente.
—¡Mierda!
Sintió algo duro.
Como un hueso.
Usó toda su fuerza y lo arrancó.
Al hacerlo, cortó venas del cuello.
El animal lanzó un último graznido.
Escupía sangre.
Ambos cayeron hacia el borde de la montaña a gran velocidad.
Elior subió hasta el dorso y se cubrió para el impacto.
Enterró las dagas y se aferró.
Al caer, salió disparado contra el suelo.
—Carajo…— susurró.
Su brazo derecho se rompió.
Se levantó a duras penas por la adrenalina.
Miró al animal frente a frente.
Yacía muerto.
La sangre caía de la frente de Elior. También de su brazo roto.
—¿Qué demonio eres…?
Las alas eran enormes.
Los ojos rojos, apagados.
Las líneas rojas también habían perdido su brillo.
Y los cuernos…
Casi imperceptibles durante el combate.
—Solo tuve suerte… —susurró.
Un crujido seco interrumpió el silencio.
Su hueso se acomodó.
Miró su brazo al sentir el ligero dolor cuando se realineó solo.
—Jamás me acostumbraré a esto…
Giró.
Debía descubrir dónde estaba ahora.
—Debo darme prisa… y salir de acá. Quizás haya más bestias así… y no podré lidiar con muchas a la vez.
Al llegar a la cima y tener mejor panorama…
—Mierda… debe de ser una broma.
El horizonte estaba lleno de nidos enormes.
Guardó las dagas.
—Debo cruzarlo en silencio, supongo… Solo espero que no haya crías.
El viento comenzó nuevamente a resoplar.
Elior descendía poco a poco por la montaña, adentrándose en medio de aquellos nidos que apenas podían distinguirse entre la ceniza que revoloteaba sin descanso por el aire.
—Un paso a la vez. No te apresures.
Se lo repetía mientras caminaba con extremo cuidado.
Al llegar a la zona donde los nidos abundaban, notó que muchos estaban vacíos, con cascarones rotos esparcidos por doquier. El primer nido aún conservaba huevos intactos. Pasó con cuidado alrededor de ellos. No había posibilidad de rodear la zona; todo estaba repleto.
El sudor corría por sus mejillas. El calor de la abundante ceniza resultaba molesto.
Continuó avanzando, esquivando los huevos sin hacer el menor ruido, hasta que se topó con un huevo roto. A su lado yacía una criatura enorme, muerta. Le faltaba la mitad del cuerpo, con claras señales de haber sido devorada.
El olor era desagradable.
—Debo salir rápido de acá… —susurró Elior.
Entonces el viento cambió de dirección de forma repentina.
En el aire resonaron graznidos. No uno, sino varios.
Elior abrió los ojos, alerta, mirando hacia arriba.
—Si el viento cambió así… quizás hay varios volando en contra dirección. Con una fuerza capaz de alterar el propio viento.
Bajó la mirada y apresuró el paso.
Pero pisó uno de los huevos rotos del suelo.
Su pie quedó cubierto por una mezcla de líquido viscoso negro.
Elior no se alertó por el líquido, sino por el sonido.
Miró a todos lados, con una mano sobre la daga.
El viento se volvió más inestable y fuerte. Apenas podía ver. El sonido desapareció.
Elior continuó caminando rápido para salir del lugar… hasta que se detuvo en seco.
No veía nada.
Intentó enfocar la vista hacia adelante.
Algo andaba mal si seguía caminando.
Retrocedió un paso.
Pisó ramas de uno de los nidos.
Miró al suelo.
Luego, al frente.
Su corazón latía con fuerza.
Apretó la mano que sostenía la daga.
Giró la cabeza.
Y entonces los vio.
Un número incontable de ojos enormes y rojos lo observaban.
Elior dio varios pasos hacia atrás instintivamente.
Un par de ojos se acercaron, revelando un ave enorme, con cuernos aún más grandes y el cuerpo cubierto de venas rojas que nacían en sus ojos y recorrían su dorso.
El graznido fue letal.
Un pitido severo invadió los oídos de Elior. Solo escuchaba ese sonido agudo.
El ave atacó.
Elior esquivó el ataque y realizó un corte rápido en su costado.
Miró hacia atrás.
Todos esos ojos corrían hacia él.
Se dio media vuelta y comenzó a correr.
Esquivaba huevos mientras ejecutaba un parkour eficaz para escapar de las garras de las aves, que lo atacaban desde varios ángulos, incluso chocando entre ellas con tal de devorarlo.
—Ahí… —murmuró al divisar una ligera apertura entre unas rocas.
Cambió de dirección rodando, esquivando a una de las aves.
La velocidad de Elior aumentaba cada vez más por la adrenalina.
Chocó contra las rocas. No lograba caer dentro.
Con ambas manos intentó separarlas.
—¡Ahhhh! —gritó, haciendo fuerza.
Volteó la cabeza.
Vio unas garras dirigirse hacia él.
El ave chocó contra la roca.
Elior se deslizó por debajo de esta y, con sus dos dagas, le abrió el estómago antes de seguir corriendo.
Con un brazo cubriéndose el rostro, avanzó intentando proteger sus ojos de la ceniza.
Las aves continuaban atacando.
Al perder contacto visual con ellas, se apoyó en una piedra para reposar e idear un mejor plan.
Las cenizas caían, pero mucho menos.
Ahora podía ver con mayor claridad a su alrededor.
Ya no había nidos.
Solo alas de aquellos animales.
—Quizás este no es territorio de ellos… —susurró.
Con ambas dagas en mano siguió caminando alerta ante cualquier situación anómala.
Pero no bastó.
Nuevamente las aves lo encontraron.
Atacaban con todo.
Elior esperó el ataque con firmeza y le cortó una de las patas a una de ellas.
Corrió.
Se encontró con más nidos.
Pero estos estaban hechos con las mismas cenizas, no con ramas.
Elior estaba siendo rodeado.
Y cuando estaba a punto de ser alcanzado—
Un ave enorme y negra chocó contra las otras.
Comenzó a atacarlas y despedazarlas una por una.
No las superaba en tamaño, pero sí en fuerza y velocidad.
Más aves negras llegaron.
Una pequeña guerra se desató en el cielo del purgatorio.
La sangre caía cerca de Elior como una cascada roja.
Elior siguió moviéndose.
—Debo salir de aquí rápido…
Observaba la batalla.
Distintas aves. Distinto territorio.
—Me siento como una hormiga al lado de ellas…
No apartaba la mirada.
Luego dio media vuelta y comenzó a correr hasta alejarse.
Veinte minutos corriendo a máxima velocidad lo dejaron exhausto.
El sudor recorría su frente y brazos.
Apoyó la cabeza en un tronco y cayó rendido en el suelo.
Sin perder tiempo, sacó un papel y su lápiz.
Dibujó toda la zona que había visto, tanto caminando como cuando estaba encima de la primera ave.
Recreó el lugar con precisión.
Subrayó el nombre:
“Zona de crías”
No volver a pisar.
Guardó el papel.
Las cenizas seguían cayendo.
—Buscaré el norte y caminaré hasta allá. Debo acabar con estos objetivos. Solo quedan tres…
En su mente se repetía una y otra vez que Lia estaba en peligro.
Era un pensamiento constante.
Necesitaba salir rápido de ahí.
Pero ya habían pasado días y no encontraba nada.
Comenzó a darle vueltas al asunto.
¿Por qué Liora me advertiría acerca de Lia…? ¿Cómo es posible que Liora estuviera aquí? Ella no está presente. De estarlo, me habría hablado antes. Esto no tiene sentido. ¿Habrá sido una broma de aquel castillo jugando con mi mente…?
Jugaba con su daga mientras pensaba.
Ya lo descubriré apenas salga de esta porqueria de lugar.
Se levantó.
Su estómago estaba vacío.
—Necesito comer algo… pero no pienso comerme a una de esas aves.
Dijo, con evidente asco.
Intentaba e intentaba cazar algo, pero estaba lento, sin energías.
Aquellos animales que antes parecían torpes ahora se movían con rapidez. Aquel sector los había puesto más alerta ante las aves.
Se dio una cachetada con fuerza.
—Vamos, despierta… o no comerás.
Se lo repitió a sí mismo mientras tomaba su segunda daga y buscaba algún animal. La mayoría ya se había alejado de la zona.
Con un poco de suerte encontró un agujero donde, quizás, habría algo dentro.
Prendió un ligero fuego y lo colocó en la entrada. El humo comenzó a colarse en el interior, obligando a la criatura a salir desesperada.
La trampa funcionó.
Un tipo de conejo con tres ojos negros emergió del agujero.
Elior lo tomó de las orejas y lo observó detenidamente.
—Esto no se ve apetitoso para nada…
Buscó un lugar donde refugiarse.
Con el animal ya cocinándose, notó que sus oídos aún dolían. Su capacidad auditiva había disminuido considerablemente, y su cuerpo estaba demasiado agotado como para regenerar algo que consideraba innecesario.
La carne sabía repugnante.
Pero le dio un poco más de energía.
—Dormiré un poco… quizás me sienta mejor así.
Se recostó, usando su abrigo como almohada. Respiró hondo y cerró los ojos.
Solo bastó un pestañeo.
Cuando volvió a abrirlos, una ligera luz iluminaba el exterior.
Su cuerpo seguía exhausto.
Se frotó los ojos y miró hacia afuera.
—Solo pestañeé… ¿cómo es posible…?
Suspiró con molestia.
Se levantó a duras penas y retomó la caminata hacia el norte, mientras las cenizas continuaban cayendo.
Los demonios abundaban en aquella zona, pero eran despedazados rápidamente por aquellas aves.
Elior avanzaba alerta, un paso a la vez, evitando ser atacado. Las aves deambulaban por el aire en busca de comida, y gracias a la oscuridad que proporcionaban los árboles, él era casi imperceptible.
Su afinidad con la oscuridad avanzaba a pasos agigantados sin que él mismo lo notara.
Tras una extensa caminata por el nuevo territorio, finalmente encontró un lago enorme.
Varias aves salían de él mientras bebían agua.
Sin pensarlo demasiado, Elior se acercó.
Mojó su rostro y su cuerpo.
Se quitó la polera y el abrigo, lanzándolos al agua para limpiar la sangre y la suciedad.
Los nuevos moretones quedaron al descubierto.
Aquel cuerpo ya no parecía el de un chico de dieciséis años. El tiempo avanzaba más rápido en el purgatorio. Incluso su cabello había crecido lo suficiente como para necesitar amarrarlo.
La polera tenía varias roturas.
Elior la levantó, mirándola con detenimiento.
—No creo que aguante mucho más…
Continuó lavándola.
—Debo seguir avanzando….
Había descansado lo suficiente. La noche llegaría pronto, pero debía avanzar un poco más.
Entonces todo comenzó a cambiar.
El aire.
El movimiento de las cenizas.
Elior presentía que algo ocurría.
Miraba disimuladamente a todos lados.
Hasta que la vio.
Un ave enorme, completamente negra, con ojos blancos sin pupilas, aterrizó cerca de él y giró la cabeza como si lo estuviera enfocando.
Elior retrocedió tres pasos y llevó una mano hacia una de sus dagas.
El ave hacía movimientos extraños con la cabeza.
Elior solo miraba sus ojos.
Y de pronto, el aroma del lugar cambió.
Se percibía pan recién hecho.
Tierra mojada.
En un instante, Elior estaba de vuelta en Velmira.
Pestañeó varias veces.
Todo parecía real.
Estiró la mano hacia la fuente.
El agua estaba helada, como siempre.
—Algo no está bien… ¿cómo llegué aquí…?
Avanzó hacia su antigua casa.
—¡Elior! ¡Apúrate, vamos! —se escuchó desde el interior.
—¡Mamá!
Corrió hacia la casa.
Su madre salió a recibirlo.
Aquella sonrisa de siempre.
Sus ojos brillaban como esmeraldas bajo el sol.
Su cabello negro se movía con el viento.
—Vamos, hijo… —le decía, extendiendo la mano.
Elior se detuvo en seco.
—No… Mi madre… no tiene el pelo negro…
Susurró.
El ave.
Se dio cuenta.
—Me metió en una ilusión…
Debo despertar.
Su daga apareció misteriosamente en su cinturón.
A medida que tomaba conciencia, todo comenzaba a distorsionarse.
—Elior, por favor, no corras más… —gritó su madre.
Elior le dio la espalda.
Cerró los ojos.
La voz era igual.
Pero no era su madre.
Tomó la daga.
Apretó los dientes y contuvo la respiración
Se la clavó en la palma de la mano.
Despertó.
Al volver a la realidad, el ave estaba a punto de devorarlo.
Se lanzó hacia un costado, esquivando la mordida.
El ave graznó.
Pero los oídos de Elior ya estaban adaptados a ese sonido.
Sin pensarlo, cuando el ave volvió a atacarlo, lanzó ambas dagas directo a sus ojos.
Las impactaron.
La sangre negra comenzó a brotar.
El ave se agitaba violentamente, chocando contra todo a su alrededor.
Pisó una rama.
Las rocas hicieron ruido.
El animal se lanzó con fuerza, golpeando a Elior y enviándolo lejos.
La roca contra la que cayó se rompió en pedazos.
Elior esquivó sus patas.
Clavó una daga en el centro de una de ellas.
Con la otra, arrancó la extremidad.
Corrió hacia unas piedras, se impulsó y saltó por encima del animal cayendo sobre su cabeza.
Clavó ambas dagas en el centro de su cerebro.Hasta que el ave finalmente cayó sin vida.
Elior descendió con ella.
—Solo son grandes… pero más fáciles de matar si sabes cómo actúan…
Miró el cuerpo inerte.
—¿Cuántos animales más raros habrá por acá…?
Suspiró.
—Bueno… no importa. No me interesa averiguarlo.
Solo quiero irme de acá, lo más rápido posible.
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