La Sombra Sin Dios - Capítulo 36
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Capítulo 36: Capítulo XXXV — Territorio de crías.
El viento comenzó nuevamente a resoplar.
Elior descendía poco a poco por la montaña, adentrándose en medio de aquellos nidos que apenas podían distinguirse entre la ceniza que revoloteaba sin descanso por el aire.
—Un paso a la vez. No te apresures.
Se lo repetía mientras caminaba con extremo cuidado.
Al llegar a la zona donde los nidos abundaban, notó que muchos estaban vacíos, con cascarones rotos esparcidos por doquier. El primer nido aún conservaba huevos intactos. Pasó con cuidado alrededor de ellos. No había posibilidad de rodear la zona; todo estaba repleto.
El sudor corría por sus mejillas. El calor de la abundante ceniza resultaba molesto.
Continuó avanzando, esquivando los huevos sin hacer el menor ruido, hasta que se topó con un huevo roto. A su lado yacía una criatura enorme, muerta. Le faltaba la mitad del cuerpo, con claras señales de haber sido devorada.
El olor era desagradable.
—Debo salir rápido de acá… —susurró Elior.
Entonces el viento cambió de dirección de forma repentina.
En el aire resonaron graznidos. No uno, sino varios.
Elior abrió los ojos, alerta, mirando hacia arriba.
—Si el viento cambió así… quizás hay varios volando en contra dirección. Con una fuerza capaz de alterar el propio viento.
Bajó la mirada y apresuró el paso.
Pero pisó uno de los huevos rotos del suelo.
Su pie quedó cubierto por una mezcla de líquido viscoso negro.
Elior no se alertó por el líquido, sino por el sonido.
Miró a todos lados, con una mano sobre la daga.
El viento se volvió más inestable y fuerte. Apenas podía ver. El sonido desapareció.
Elior continuó caminando rápido para salir del lugar… hasta que se detuvo en seco.
No veía nada.
Intentó enfocar la vista hacia adelante.
Algo andaba mal si seguía caminando.
Retrocedió un paso.
Pisó ramas de uno de los nidos.
Miró al suelo.
Luego, al frente.
Su corazón latía con fuerza.
Apretó la mano que sostenía la daga.
Giró la cabeza.
Y entonces los vio.
Un número incontable de ojos enormes y rojos lo observaban.
Elior dio varios pasos hacia atrás instintivamente.
Un par de ojos se acercaron, revelando un ave enorme, con cuernos aún más grandes y el cuerpo cubierto de venas rojas que nacían en sus ojos y recorrían su dorso.
El graznido fue letal.
Un pitido severo invadió los oídos de Elior. Solo escuchaba ese sonido agudo.
El ave atacó.
Elior esquivó el ataque y realizó un corte rápido en su costado.
Miró hacia atrás.
Todos esos ojos corrían hacia él.
Se dio media vuelta y comenzó a correr.
Esquivaba huevos mientras ejecutaba un parkour eficaz para escapar de las garras de las aves, que lo atacaban desde varios ángulos, incluso chocando entre ellas con tal de devorarlo.
—Ahí… —murmuró al divisar una ligera apertura entre unas rocas.
Cambió de dirección rodando, esquivando a una de las aves.
La velocidad de Elior aumentaba cada vez más por la adrenalina.
Chocó contra las rocas. No lograba caer dentro.
Con ambas manos intentó separarlas.
—¡Ahhhh! —gritó, haciendo fuerza.
Volteó la cabeza.
Vio unas garras dirigirse hacia él.
El ave chocó contra la roca.
Elior se deslizó por debajo de esta y, con sus dos dagas, le abrió el estómago antes de seguir corriendo.
Con un brazo cubriéndose el rostro, avanzó intentando proteger sus ojos de la ceniza.
Las aves continuaban atacando.
Al perder contacto visual con ellas, se apoyó en una piedra para reposar e idear un mejor plan.
Las cenizas caían, pero mucho menos.
Ahora podía ver con mayor claridad a su alrededor.
Ya no había nidos.
Solo alas de aquellos animales.
—Quizás este no es territorio de ellos… —susurró.
Con ambas dagas en mano siguió caminando alerta ante cualquier situación anómala.
Pero no bastó.
Nuevamente las aves lo encontraron.
Atacaban con todo.
Elior esperó el ataque con firmeza y le cortó una de las patas a una de ellas.
Corrió.
Se encontró con más nidos.
Pero estos estaban hechos con las mismas cenizas, no con ramas.
Elior estaba siendo rodeado.
Y cuando estaba a punto de ser alcanzado—
Un ave enorme y negra chocó contra las otras.
Comenzó a atacarlas y despedazarlas una por una.
No las superaba en tamaño, pero sí en fuerza y velocidad.
Más aves negras llegaron.
Una pequeña guerra se desató en el cielo del purgatorio.
La sangre caía cerca de Elior como una cascada roja.
Elior siguió moviéndose.
—Debo salir de aquí rápido…
Observaba la batalla.
Distintas aves. Distinto territorio.
—Me siento como una hormiga al lado de ellas…
No apartaba la mirada.
Luego dio media vuelta y comenzó a correr hasta alejarse.
Veinte minutos corriendo a máxima velocidad lo dejaron exhausto.
El sudor recorría su frente y brazos.
Apoyó la cabeza en un tronco y cayó rendido en el suelo.
Sin perder tiempo, sacó un papel y su lápiz.
Dibujó toda la zona que había visto, tanto caminando como cuando estaba encima de la primera ave.
Recreó el lugar con precisión.
Subrayó el nombre:
“Zona de crías”
No volver a pisar.
Guardó el papel.
Las cenizas seguían cayendo.
—Buscaré el norte y caminaré hasta allá. Debo acabar con estos objetivos. Solo quedan tres…
En su mente se repetía una y otra vez que Lia estaba en peligro.
Era un pensamiento constante.
Necesitaba salir rápido de ahí.
Pero ya habían pasado días y no encontraba nada.
Comenzó a darle vueltas al asunto.
¿Por qué Liora me advertiría acerca de Lia…? ¿Cómo es posible que Liora estuviera aquí? Ella no está presente. De estarlo, me habría hablado antes. Esto no tiene sentido. ¿Habrá sido una broma de aquel castillo jugando con mi mente…?
Jugaba con su daga mientras pensaba.
Ya lo descubriré apenas salga de esta porqueria de lugar.
Se levantó.
Su estómago estaba vacío.
—Necesito comer algo… pero no pienso comerme a una de esas aves.
Dijo, con evidente asco.
Intentaba e intentaba cazar algo, pero estaba lento, sin energías.
Aquellos animales que antes parecían torpes ahora se movían con rapidez. Aquel sector los había puesto más alerta ante las aves.
Se dio una cachetada con fuerza.
—Vamos, despierta… o no comerás.
Se lo repitió a sí mismo mientras tomaba su segunda daga y buscaba algún animal. La mayoría ya se había alejado de la zona.
Con un poco de suerte encontró un agujero donde, quizás, habría algo dentro.
Prendió un ligero fuego y lo colocó en la entrada. El humo comenzó a colarse en el interior, obligando a la criatura a salir desesperada.
La trampa funcionó.
Un tipo de conejo con tres ojos negros emergió del agujero.
Elior lo tomó de las orejas y lo observó detenidamente.
—Esto no se ve apetitoso para nada…
Buscó un lugar donde refugiarse.
Con el animal ya cocinándose, notó que sus oídos aún dolían. Su capacidad auditiva había disminuido considerablemente, y su cuerpo estaba demasiado agotado como para regenerar algo que consideraba innecesario.
La carne sabía repugnante.
Pero le dio un poco más de energía.
—Dormiré un poco… quizás me sienta mejor así.
Se recostó, usando su abrigo como almohada. Respiró hondo y cerró los ojos.
Solo bastó un pestañeo.
Cuando volvió a abrirlos, una ligera luz iluminaba el exterior.
Su cuerpo seguía exhausto.
Se frotó los ojos y miró hacia afuera.
—Solo pestañeé… ¿cómo es posible…?
Suspiró con molestia.
Se levantó a duras penas y retomó la caminata hacia el norte, mientras las cenizas continuaban cayendo.
Los demonios abundaban en aquella zona, pero eran despedazados rápidamente por aquellas aves.
Elior avanzaba alerta, un paso a la vez, evitando ser atacado. Las aves deambulaban por el aire en busca de comida, y gracias a la oscuridad que proporcionaban los árboles, él era casi imperceptible.
Su afinidad con la oscuridad avanzaba a pasos agigantados sin que él mismo lo notara.
Tras una extensa caminata por el nuevo territorio, finalmente encontró un lago enorme.
Varias aves salían de él mientras bebían agua.
Sin pensarlo demasiado, Elior se acercó.
Mojó su rostro y su cuerpo.
Se quitó la polera y el abrigo, lanzándolos al agua para limpiar la sangre y la suciedad.
Los nuevos moretones quedaron al descubierto.
Aquel cuerpo ya no parecía el de un chico de dieciséis años. El tiempo avanzaba más rápido en el purgatorio. Incluso su cabello había crecido lo suficiente como para necesitar amarrarlo.
La polera tenía varias roturas.
Elior la levantó, mirándola con detenimiento.
—No creo que aguante mucho más…
Continuó lavándola.
—Debo seguir avanzando….
Había descansado lo suficiente. La noche llegaría pronto, pero debía avanzar un poco más.
Entonces todo comenzó a cambiar.
El aire.
El movimiento de las cenizas.
Elior presentía que algo ocurría.
Miraba disimuladamente a todos lados.
Hasta que la vio.
Un ave enorme, completamente negra, con ojos blancos sin pupilas, aterrizó cerca de él y giró la cabeza como si lo estuviera enfocando.
Elior retrocedió tres pasos y llevó una mano hacia una de sus dagas.
El ave hacía movimientos extraños con la cabeza.
Elior solo miraba sus ojos.
Y de pronto, el aroma del lugar cambió.
Se percibía pan recién hecho.
Tierra mojada.
En un instante, Elior estaba de vuelta en Velmira.
Pestañeó varias veces.
Todo parecía real.
Estiró la mano hacia la fuente.
El agua estaba helada, como siempre.
—Algo no está bien… ¿cómo llegué aquí…?
Avanzó hacia su antigua casa.
—¡Elior! ¡Apúrate, vamos! —se escuchó desde el interior.
—¡Mamá!
Corrió hacia la casa.
Su madre salió a recibirlo.
Aquella sonrisa de siempre.
Sus ojos brillaban como esmeraldas bajo el sol.
Su cabello negro se movía con el viento.
—Vamos, hijo… —le decía, extendiendo la mano.
Elior se detuvo en seco.
—No… Mi madre… no tiene el pelo negro…
Susurró.
El ave.
Se dio cuenta.
—Me metió en una ilusión…
Debo despertar.
Su daga apareció misteriosamente en su cinturón.
A medida que tomaba conciencia, todo comenzaba a distorsionarse.
—Elior, por favor, no corras más… —gritó su madre.
Elior le dio la espalda.
Cerró los ojos.
La voz era igual.
Pero no era su madre.
Tomó la daga.
Apretó los dientes y contuvo la respiración
Se la clavó en la palma de la mano.
Despertó.
Al volver a la realidad, el ave estaba a punto de devorarlo.
Se lanzó hacia un costado, esquivando la mordida.
El ave graznó.
Pero los oídos de Elior ya estaban adaptados a ese sonido.
Sin pensarlo, cuando el ave volvió a atacarlo, lanzó ambas dagas directo a sus ojos.
Las impactaron.
La sangre negra comenzó a brotar.
El ave se agitaba violentamente, chocando contra todo a su alrededor.
Pisó una rama.
Las rocas hicieron ruido.
El animal se lanzó con fuerza, golpeando a Elior y enviándolo lejos.
La roca contra la que cayó se rompió en pedazos.
Elior esquivó sus patas.
Clavó una daga en el centro de una de ellas.
Con la otra, arrancó la extremidad.
Corrió hacia unas piedras, se impulsó y saltó por encima del animal cayendo sobre su cabeza.
Clavó ambas dagas en el centro de su cerebro.Hasta que el ave finalmente cayó sin vida.
Elior descendió con ella.
—Solo son grandes… pero más fáciles de matar si sabes cómo actúan…
Miró el cuerpo inerte.
—¿Cuántos animales más raros habrá por acá…?
Suspiró.
—Bueno… no importa. No me interesa averiguarlo.
Solo quiero irme de acá, lo más rápido posible.
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