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La Sombra Sin Dios - Capítulo 4

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  4. Capítulo 4 - 4 Capítulo III — Allí donde el silencio aprendió a doler
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4: Capítulo III — Allí donde el silencio aprendió a doler 4: Capítulo III — Allí donde el silencio aprendió a doler a luz del atardecer se colaba entre las cortinas de lino, pintando la humilde casa con tonos dorados.

Elian Blackwood repasaba los planes de siembra en la mesa.

Su rostro transmitía la calma de quien confía en la providencia, incluso entre dificultades.

Elyra, sonriente, tarareaba una oración mientras dejaba una jarra de agua fresca sobre la mesa.

En el centro de la habitación, Elior jugaba con su hermana menor.

Liora corría riendo con una corona de flores en la cabeza, mientras su hermano la levantaba y la hacía girar suavemente.

—Dios nos ha bendecido con paz —dijo Elyra, mirando a sus hijos—.

Y en esta casa siempre habrá lugar para quien necesite amor.

Elian tomó su mano.

—Así es.

Mientras mantengamos la fe, ningún mal podrá tocarnos.

Liora se aferró al cuello de Elior y preguntó con inocencia: —¿Papá, mamá, creen que los ángeles siempre nos cuidan?

Elyra la abrazó y sonrió.

—Sí, mi amor.

Aunque no los veamos, su luz siempre está con nosotros.

Elior miró a su hermana y, en silencio, se juró proteger siempre ese hermoso brillo que provenía de los ojos de ella.

El sol se filtraba entre los árboles y llenaba Velmira de oro.

El aroma del pan recién horneado se mezclaba con el murmullo del río.

Era una mañana como cualquier otra… o al menos debía serlo.

Elior, sentado en el balcón de su habitación, no bajó a desayunar.

Tenía los codos sobre las rodillas y la mirada fija en el horizonte.

Sus ojos plateados, siempre brillantes, lucían opacos, inquietos.

Elian se acercó.

—¿No vas a comer?

Tu madre hizo tus panecillos favoritos.

Elior no respondió de inmediato.

Cerró los ojos y respiró hondo.

—Papá… ¿no sientes que el aire está raro?

—¿Raro cómo?

—Pesado.

Como si algo malo estuviera a punto de pasar.

Elian lo observó en silencio, intentando sonreír.

—Quizás estás cansado.

Tal vez soñaste algo inquietante.

Elior negó con la cabeza.

—No es un sueño.

Llevo días sintiéndolo.

Como si… algo malo se acercara.

En ese momento, Liora subió corriendo con una flor en la mano.

—¡Elior, mira!

¡Es para ti!

Elior sonrió y le acarició la cabeza.

—Gracias, hermanita.

Siempre sabes cómo hacer que todo se sienta menos extraño.

Desde el umbral, Elyra observaba en silencio.

Había escuchado parte de la conversación.

por lo que más tarde, mientras preparaba una infusión, se acercó a Kael.

—Elior está inquieto.

Dice que el aire se siente denso, como si algo se acercara.

Kael dejó la taza sobre la mesa y miró hacia el bosque.

—A veces… los que nacen con la luz perciben la sombra antes que nadie.

Elyra lo miró sorprendida.

—¿Qué quieres decir?

Kael no respondió.

Solo bebió lentamente, como si saboreara un presentimiento.

—Cuiden de él… más de lo que ya lo hacen, ese tipo de sentimiento suele agobiar demasiado a los niños.

Ya en la tarde, el mercado estaba algo lleno, Elior y su padre intercambiaban pan, miel y telas.

El sol brillaba, pero el niño seguía sintiendo el mismo peso en el aire.

—¿Crees que los demás lo notan?

—preguntó en voz baja.

—¿El qué?

—respondió su padre.

—Esa pesadez… como si el cielo fuera a romperse.

Elian suspiró.

—A veces lo que sentimos no lo sienten los demás.

Pero eso no significa que no sea falso.

La anciana Choko se acercó sonriendo.

—¡Elior!

¿Viniste a traer miel?.

Tienes la misma cara seria que tu madre cuando frunce el ceño.

Elior forzó una sonrisa.

—Perdón, no he dormido bien.

—Quizás estás creciendo —rió el panadero—.

Eso también duele, ¿sabes?

Elior rió débilmente, aunque el peso en el aire no desaparecía.

De regreso en casa, Elior se sentó junto a Kael bajo el viejo roble.

El hombre tallaba madera en silencio.

—Tío Kael… ¿tú también lo sientes?

Kael levantó apenas la vista.

—¿A qué te refieres?

—A eso….

no se explicarlo bien, pero el aire se siente demasiado pesado y tengo una sensación de que algo estuviera a punto de pasar Kael detuvo su trabajo un instante y luego asintió.

—Sigue confiando en lo que sientes, hijo.

No todos nacen para mirar el cielo de frente.

Elior bajó la mirada.

—¿Y si lo que viene no es bueno?

Kael lo miró directo a los ojos.

—Entonces resistirás.

Aunque sangres, aunque llores.

Aprenderás.

La vida duele… pero también enseña a sanar.

SIETE DÍAS ANTES DE LA TRAGEDIA….

Elior despertó sobresaltado en medio de la noche.

Afuera, el cielo se iluminaba con relámpagos silenciosos.

No había truenos, solo luz.

Bajó las escaleras y encontró a Kael, quien se había quedado en la casa esa noche.

Estaba sentado en el suelo, meditando.

—¿Tampoco puedes dormir?

Kael abrió los ojos lentamente.

—Las noches son intensas, ¿verdad?

Elior asintió.

—Sí.

Pero casi nadie las siente al parecer, tío.

Solo yo… y tú.

Kael le puso una mano en el hombro.

—Quizás por eso naciste con esa luz.

Para ver lo que otros no ven.

Elior apretó los puños.

—No quiero ver más.

Solo quiero que todo vuelva a ser como antes.

Kael suspiró.

—Nada vuelve a ser como antes.

Pero no estás solo, Elior.

Nunca lo olvides.

CUATRO DÍAS ANTES DE LA TRAGEDIA….

Elior caminaba solo por el bosque.

Siempre se había sentido en paz ahí.

Pero esta vez, las ramas parecían murmurar cosas que no entendía.

Sintió que lo observaban.

Una figura apareció entre los árboles: un ciervo, inmóvil.

Lo miraba con los ojos completamente blancos.

Elior retrocedió un paso.

El ciervo dio media vuelta… y desapareció en la niebla.

El aire de un momento a otro se torno demasiado pesado como para respirarlo Cuando regresó a casa, Liora lo esperaba en la entrada.

—¿Dónde estabas?

—Caminando.

—No vayas solo.

Mamá dice que el bosque ha estado raro.

Elior la abrazó.

—Tienes razón.

No volveré a ir solo.

TRES DÍAS ANTES DE LA TRAGEDIA El día había sido agotador así que Elior dormía profundo, el cuerpo quieto bajo las mantas, pero su mente había cruzado un umbral que no pedía permiso.

Se encontró de pie en un campo sin tiempo.

No había cielo.

No había tierra.

Solo un abismo blanco que dolía en los ojos.

Frente a él se alzaba una figura enorme, sin rasgos, como una silueta recortada en luz.

No tenía rostro… y, sin embargo, lo miraba con una intensidad que quemaba.

La figura extendió una mano.

De sus dedos brotaron hebras de luz dorada que se entrelazaban en el aire.

Parecían tejer algo… o deshacerlo.

Elior quiso retroceder, pero sus pies no respondían.

Detrás de esa sombra, un segundo astro asomó en el horizonte.

No era un sol.

Era una luz blanca tan pura que hería.

Todo en el paisaje comenzó a consumirse: campo, formas, incluso el silencio.

La luz avanzó como una ola fría.

Lo inundó todo.

Elior sintió su pecho encenderse desde adentro.

Su carne se volvió tenue.

Su alma, vulnerable.

Quiso gritar, pero no hubo voz.

Quiso moverse, pero era polvo entre la claridad.

Entonces la figura, con esa ausencia de rasgos, inclinó la cabeza y le susurró algo.

Una sola palabra.

No fue lenguaje conocido.

No fue canto ni orden.

Fue una oración que vibró dentro de sus costillas.

La luz lo alcanzó.

Lo atravesó.

Todo ardió —no como fuego que quema desde fuera, sino como un frío que talla la memoria.

Elior abrió los ojos bañado en sudor.

La habitación olía a té frío y a madera.

Liora dormía plácida a su lado, ajena al abismo que había visitado.

Se sentó en la cama, con las manos en la cara.

El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salir.

Intentó recordar la palabra que había oído.

No pudo.

Solo quedaba el blanco y el ruido que ese blanco dejaba atrás: un silencio áspero, como si algo se hubiese llevado las notas de la vida.

Desde la cocina, Kael, todavía en meditación, giró la cabeza un instante y murmuró sin abrir los ojos: —Ya empezó.

La Tragedia de Elior Blackwood 20 de marzo.

Un día que comenzó con risas y bendiciones.

Era el décimo cumpleaños de Elior Blackwood, y el pequeño pueblo cercano a las montañas se llenó de alegría.

Todos lo conocían.

Todos lo querían.

Su serenidad era contagiosa, y su familia era el alma del lugar: bondadosos, generosos y profundamente devotos.

Ese día, el sol brilló con especial calidez, como si el cielo mismo quisiera celebrar junto a ellos.

Regalos.

Canciones.

Abrazos.

La vida parecía perfecta.

Elior jugaba con su hermana menor, Liora, entre flores y hojas caídas, mientras sus padres, Elian y Elyra, preparaban la cena.

Pero a medida que el sol comenzó a caer… algo cambió.

A partir de las 18:00, una densidad extraña se apoderó del aire.

El viento se volvió estático.

Los animales huyeron.

Los ancianos murmuraban presagios.

Algunos decían que se acercaba una tormenta.

Los más devotos murmuraban, “una batalla.” Kael, que había ido al templo a buscar el regalo de Elior, sintió una presencia que no pertenecía ni a Geheris ni a Aetheris.

Se alistó de inmediato y corrió hacia el hedor y la maldad que percibía.

En casa, Elian frunció el ceño.

—Algo se acerca… lo siento en los huesos.

Nadie saldrá esta noche.

Ya al caer la noche El suelo comenzó a temblar.

No era un simple terremoto.

El cielo se rasgó.

Una luz dorada chocó con llamas carmesí.

La tierra se abrió bajo sus pies.

—¡Mamá!

¡Papá!

¿Qué pasa?

—gritó Liora, asustada.

—¡No salgas, Liora!

—respondió Elior, intentando protegerla.

—¡Elian, los vecinos!

Tenemos que ayudarlos, sus casas no son seguras —clamó Elyra.

—¡Elior, toma a tu hermana y escóndanse!

¡Rápido, no salgan hasta que lleguemos!

—ordenó Elian, con la voz firme.

El pueblo era un caos.

Casas incendiadas.

Gritos desesperados.

En el cielo, un arcángel de alas radiantes luchaba contra un demonio de cuernos retorcidos, hecho de sombra ardiente.

pelea que nadie podía ver ni percibir —¡Esperen!

—Liora corrió tras sus padres, aterrada.

—¡Liora, no!

—Elior fue tras ella, rápido.

Entonces lo vio.

Un arcángel descendía como una estrella de guerra, bañado en sangre dorada, blandiendo una espada de luz.

Frente a él, un demonio: una masa de fuego negro, garras gigantes, rugiendo.

Elior, atónito, susurró: —¿Qué… qué son ustedes?

Pero nadie más reaccionaba.

Los demás no los veían.

Solo él.

El primer impacto estremeció el cielo como un tambor de guerra.

Una onda expansiva barrió el pueblo.

Gente y casas volaron.

Elior cayó al suelo.

Una astilla gigante atravesó su brazo derecho.

Los colosos chocaron otra vez, con violencia brutal.

Otra onda arrasó todo.

Elior, sangrando, corrió hasta donde sus padres y su hermana estaban atrapados bajo madera y piedra, debido a la onda expansiva.

Elian, con las piernas aprisionadas, luchaba por liberar a Elyra y a Liora.

—¡Elior, apenas la liberemos toma a tu hermana y escapa!

¡No mires atrás!

—Ya casi la libero, aguanta, hija —dijo Elyra, jadeando.

Elian recordaba su promesa: protegería a Elyra sin importar nada.

Sacó fuerzas imposibles y logró soltar un poco las piernas de su mujer, lo suficiente para que ella pudiera liberar a Liora.

—¡Papá!

¡No puedo dejarlos!

—gritó Elior entre lágrimas.

Entonces el demonio, herido y furioso, lo notó.

—¡Alma viva… pura… necesito… tu fuego!

—rugió con voz rasposa.

Se lanzó hacia Elior como bestia hambrienta.

Pero el arcángel lo interceptó en el aire con furia descomunal.

—¡Te prohíbo tocar lo que no te pertenece, bastardo!

Elior tras ese choque salió nuevamente, fue lanzado a metros de donde estaba su familia.

Ambos cayeron a pocos metros de Elior.

Debido a la cantidad de golpes que se daban cerca de Elior Su sangre se mezcló: incandescente, pura y espesa, negra.

La mezcla cayó sobre Elior en especial por la herida de Elior, quemándolo por dentro.

sintiendo un dolor indescriptible , que rápidamente paralizo parte de su cuerpo La batalla no se detenía.

El demonio alzó una tormenta de fuego.

El arcángel respondió con ráfagas de luz divina.

—¡Tus cielos están vacíos, Azhaël!

¡Nadie escucha ya!

—escupió el demonio.

—¡Calla, bastardo de Gehenna!

¡Mi justicia no necesita testigos!

—gritó el arcángel con rabia y con una sonrisa exagerada Con un último movimiento, Azhaël atravesó el pecho del demonio con su espada celestial.

Pero el ataque provocó otra onda expansiva.

El arcángel alzó su arma al cielo.

—¡By Zhael’naht!

En nombre del Reino de Aetheris, ¡que toda corrupción sea purgada!

¡Que la llama del juicio consuma lo impuro, lo blasfemo, lo oscuro!

¡Que así sea!

Un círculo blanco se expandió desde su cuerpo.

Una luz purificadora emergió, abrasando todo a su paso.

—Elior rápidamente recordó la luz blanca de sus sueños y gritó —¡NO!

¡Mi familia está allí!

¡Detente!

¡Por favor!

—Elior intentó correr, pero cayó.

Desde el suelo, vio a Liora atrapada entre piedras, extendiendo la mano.

—¡Elior!

¡Hermano, ayúdame!

Y entonces… la luz la envolvió.

A ella.

A su madre.

A su padre.

Los borró del mundo.

Los purgó.

Elior gritó.

Un grito que desgarró no solo la noche… sino también su alma.

—Mamá… papá… hermana… Debo ir a buscarlos… ¿Por qué no puedo moverme?

¿Qué fue esa luz?

¿Quiénes eran ellos?

¿Dónde está mi familia?

¡Se supone que los ángeles deben cuidarnos!

Golpeó el suelo con rabia.

—Entonces… ¿por qué?

¿Por qué?

¿¡POR QUÉ!?

Su voz se quebró en odio.

—Tú los mataste… entonces yo… acabaré contigo.

Con todos ustedes.

Los aldeanos que sobrevivieron corrieron al escuchar aquel alarido.

El arcángel, de pie entre los escombros, retiró su espada del pecho del demonio muerto.

Sonrió.

Altivo.

Orgulloso de su victoria.

Mientras se acomodaba el cabello, sintió una presión.

Una mirada fija.

Un niño cubierto de sangre lo observaba.

No con miedo.

Con odio.

El arcángel pensó que era imposible que un humano pudiera verlo.

No le dio importancia.

Alzó el vuelo y desapareció entre las nubes.

Elior giró la cabeza hacia su hogar.

Solo cenizas quedaban.

Quienes lo encontraron ya no vieron al niño de paz, al alma serena del pueblo.

Lo hallaron irreconocible: cubierto en sangre, mudo, vacío.

La noche en que el cielo se cerró sobre Velmira, Kael no estaba allí.

Horas antes había sentido el temblor en las montañas, un murmullo que solo él podía percibir.

Con la túnica negra y la katana celestial en la espalda, partió antes del anochecer.

Sabía que nuevas brechas se estaban formando más allá de la cordillera.

Las encontró: grietas de fulgor oscuro.

De ellas emergían criaturas menores.

Kael no dudó.

Selló una, luego otra, y otra más.

Su energía se extendía como una red para contener el mal.

Pero en su afán por proteger los límites, no sintió lo que ocurría en el corazón del pueblo.

No escuchó las súplicas.

No percibió el fuego.

No vio el silencio que siguió.

Solo cuando una onda atravesó la noche —un grito de alma, no de voz— se detuvo.

Era Elior.

—¡Encárguense ustedes!

—ordenó a los otros ángeles que habían llegado.

Y desapareció en un destello blanco.

Cuando llegó a Velmira, ya era tarde.

El templo ardía.

El humo era espeso, como si el mundo llorara en ceniza.

Y allí, en medio del camino, entre sangre y escombros, estaba Elior.

De rodillas.

En shock.

La mirada vacía, pero viva.

Cubierto de heridas.

Cubierto de pérdidas.

Cubierto de una soledad que Kael reconoció de inmediato.

Su instinto fue abrazarlo, protegerlo.

Pero supo que nada podría devolverle todo lo que había perdido.

Elior sin decir una palabra y a duras penas se levantó, cubierto de sangre, se acercó al lugar donde estaban su padres y su hermana, cayó de rodillas y rogó a Dios de que por favor se los devolviera.

Palabras y sufrimiento que no fueron escuchados….

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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