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La Sombra Sin Dios - Capítulo 6

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Capítulo 6: Capítulo V — El cazador solitario….

El sol pegaba con fuerza esa mañana y, aunque todos llegaban medio dormidos al colegio, las clases se suspendieron por una “actividad especial”: había que limpiar el gimnasio y la piscina. La noticia voló rápido; la asignación aún más: las dos clases indicadas eran la de Elior y la de Hina. El revuelo fue inmediato.

—¡Al fin una actividad fuera de la sala! —gritó un chico arremangándose la polera.

—No cantes victoria. Aún faltan los camarines —respondió otro, resignado.

Elior trabajaba en silencio en el gimnasio: barría con precisión, movía bancos, todo con la misma calma de siempre y con el suéter negro oversize que nunca se quitaba. Bajo ese suéter había cicatrices que prefería no mostrar; por eso, aunque el calor apretara, nunca dejaba ver la piel.

Hina, por su parte, reía en la piscina con las chicas: recogían hojas, sacaban redes, vaciaban baldes. Iba con una polera blanca y shorts deportivos, cómoda, despreocupada… hasta que el destino decidió intervenir.

Resbaló.

El chapoteo cortó las conversaciones. Las risas se tornaron en exclamaciones: —¡Hina cayó al agua!—. Al principio ella también reía, pero la alegría se volvió pánico en cuanto su ropa se pegó al cuerpo y se volvió transparente. El color huyó de su rostro; las manos se le llevaron a la boca; tembló.

Elior, que estaba cerca y oyó el caos, corrió sin pensarlo. Entendió todo en un segundo. Sin vacilar, se quitó el suéter y al salir Hina de la piscina se lo puso encima a ella, cubriéndola por completo. Sacó una toalla de su bolso y se la entregó. —Toma. Para el pelo. Tranquila.

Silencio. Era la primera vez que la gente lo veía sin su suéter. Su torso era fuerte, marcado, con cicatrices que contaban historias mudas. Algunos se sorprendían por el físico; otros por las marcas.

Hina se apoyó en su pecho, todavía empapada y roja. —Idiota exhibicionista… pero gracias —murmuró, y rió entre dientes. Sus compañeras le alcanzaron ropa seca. Ella, sin soltar la mano de Elior, lo arrastró consigo. —Ven conmigo. Te devuelvo el suéter.

—Gracias por el gesto. Fuiste rápido… como siempre —dijo desde dentro del vestuario.

—Solo trata de no caerte otra vez, torpe —respondió él, con una sonrisa pequeña.

Cuando volvieron con sus grupos, las chicas y chicos cuchicheaban. —¡Oye! ¿Ustedes son novios? —preguntaron. Hina se puso roja. —¡No! Somos amigos de toda la vida. Es como… mi hermano. Pero su voz tembló un poco cuando una compañera susurró —aunque sí es guapo—. Hina apenas pudo ocultar el rubor.

Más tarde, Elior fue a buscarla con una gaseosa helada — Para ti. Vi cómo te derretías hoy. —¡Elior!, Te acabas de ganar una semana de jugos gratis — respondió ella, sonriendo.

Una compañera se acercó y le pidió el número a Elior; él lo dio sin pensarlo. Hina lo miró con un fingido reproche. —¿Y ese “claro” tan fácil? — Debe ser algo importante — contestó él, y ella se echó a reír. —Eres un caso perdido.

Caminaron entre risas hasta la casa de Elior. Hina, como siempre, entró sin preguntar, saco el hielo y preparo un jugo natural. Luego se sentaron a meditar. Al principio Hina no podía quedarse quieta: se movía, se rascaba, abría un ojo. —No puedes estar quieta ni cinco minutos —bromeó Elior.

Pero ya en el paso de una semana mejoró tanto que llegó a meditar veinte minutos en silencio.

—Me sorprendes —dijo Elior una tarde.

—¿No me creías capaz? —respondió ella.

—Me costó casi un mes lograr lo que tú hiciste en una semana.

—Eso es porque tengo un maestro muy guapo y paciente —contestó ella riendo.

Elior negó con la cabeza y sonrió.

Al día siguiente, durante el recreo, Elior estaba bajo un árbol leyendo acerca de demonios . Un alumno mayor del equipo deportivo—alto, corpulento y con aire de superioridad—se acercó con intención de provocar.

—Así que tú eres Elior… el chico callado que dicen que es fuerte.Todos no para de hablar de tí. Pero yo solo veo a alguien escondido detrás de un libro.

Elior no levantó la vista. —No soy fuerte. Solo intento estar en paz. —¿Estar en paz o esconderte? —insistió el otro. —No voy a pelear contigo. No malgasto mi energía en eso. Soy solo un humano… y no quiero lastimar a los humanos. Las palabras bastan.

Si tienes problemas con que los demasa hablen de mí y no de ti , eso es netamente cosa tuya , a mi no me metas en tus paranoias, por favor — dijo sonriendo amablemente

El chico se quedó sin respuesta y se marchó murmurando. Hina, que lo había oído, se colocó furiosa entre ambos y luego se sentó junto a Elior. —A veces me das escalofríos —murmuró. Elior sonrió sin mirarla: —Supongo que es parte de mi encanto juvenil. Los dos rieron. La tensión del momento rápidamente se disolvió.

Tras clases, Elior Como siempre ayudó al Sr. Aoyama en el huerto. El profesor —viejo, ronco y amable— agradeció con historias de juventud. Hina llegó luego y se unió; acabaron cubiertos de tierra, riendo. El profesor les dio tomates frescos como recompensa: —Estos son para ustedes, héroes del día.

Ya siendo las 18:30 y como cada día martes Elior estuvo en la consulta de la psicóloga. Sentado en el sillón, mirada baja, habló con voz apagada:

—Últimamente lo único que siento es… ira y pena. La ira me mantiene en movimiento. Es lo único que me hace levantarme. No siento alegría, ni vacío, solo una presión en el pecho. A veces pienso que si desapareciera sería lo mejor para todos.

— Una sola noche se siente como si pasaran dos semanas, olvido la mayor parte de las cosas que hago en el día y eso me irrita aún más , no quiero estar todo el día molesto , es agotador….

La psicóloga, con calma y sin juicio, le dijo que las emociones no son malas, que la ira es una brújula que marca una herida, y que fingir o pretender estar bien cansa. —Puede sonar repetitivo, pero, no estás solo —le aseguró.

La sesión terminó a la hora y Elior salió a la calle con los auriculares colgando, la vista perdida. como cada día, donde en cada paso que da, está en un estado de disociación , escapando de su realidad.

Llegando a su casa vio a la madre de Hina cargando bolsas. Se acercó rápidamente a ayudar sin dudarlo. Ella, agradecida, contó anécdotas y, con cariño, señaló que Hina hablaba mucho de él. —Dice que eres su cable a tierra… aunque también te llama “idiota testarudo”. —Suena a ella — respondió Elior con una gran sonrisa.

Invitado a pasar, se sentaron y charlaron de la vida. En un momento la madre lo miró con ternura.

—Elior… , cariño ,sé que finges. No lo hagas conmigo. Muchos que han visto la muerte reconocen ese vacío en los ojos. No tienes que llevarlo todo dentro. Está bien no estar bien.

Le tomó las mejillas con calidez y firmeza. Él no supo qué decir. Se quebró.al igual que una muralla después de golpe fuerte, Las lágrimas vinieron sin aviso; la madre lo abrazó sin reservas.

—Estoy algo sobrepasado, eso es todo — dijo Elior secándose las lágrimas

—Cuando sientas que todo se viene abajo, ven a mí —dijo ella con tranquilidad.

A la hora después la puerta se abrió de golpe: Hina entró como un torbellino, tiró la mochila y se desplomó en el sofá.

—¡Por fin en casaaa! Morí con esa prueba de biología… —se quejó, hasta que vio a Elior. —¡AH! ¿Qué haces tú aquí? —saltó, sorprendida. Él, con calma, respondió: —Te estaba esperando… tortuga. ¿Fallaste el examen o te dormiste? Ella rió y le lanzó reproches cariñosos. Él le ofreció un vaso de jugo. —¿Lista para hoy? No pienso dejar que duermas en el sofá.

La verdad es que no… soy más cansancio que persona —contestó ella, riendo.

En la casa de Elior la habitación estaba tenuemente iluminada; la ventana abierta dejaba pasar la brisa fresca de la noche. Hina se ató el cabello en una coleta improvisada mientras Elior doblaba una manta gruesa en el suelo, convirtiéndola en colchoneta improvisada.

—¿Vas a golpearme o algo? —preguntó Hina con fingida tensión, alzando las cejas—. Porque si lo haces, aviso que me desmayo a propósito.

—No hace falta golpear para enseñar —contestó Elior, tranquilo, sin mirarla al principio. Luego se giró con una sonrisa apenas visible—. A menos que quieras una piña decorativa para Navidad.

Hina soltó una risita.

—Tú ríete. No tengo experiencia, pero tengo voluntad, te destrozare.

—La voluntad es el 20 por ciento. El resto… técnica y equilibrio.

Se acercaron al centro de la sala. Elior comenzó a enseñarle cómo pararse firme, cómo alinear el cuerpo y distribuir el peso. Sus movimientos eran suaves, seguros, como los de alguien que lleva años entrenando.

—Si estás muy rígida, te caerás con cualquier empujón. Si estás muy floja, también. Hay que encontrar el punto medio —le corrigió con voz seria.

La miró directo a los ojos.

—Como en la vida.

Hina lo observó en silencio. Por un instante lo vio distinto: no un chico, sino alguien con un peso mayor.

“¿Desde cuándo hablas como un anciano sabio?”.

—Desde que me haces cocinar y limpiar todos los días lo que ensucias —añadió él con sonrisa.

—Es mi manera de entrenarte y déjame decirte, te has vuelto un experto —replicó ella, riendo.

Mientras los minutos pasaban practicaron movimientos básicos: zafarse de agarres, retroceder sin perder equilibrio, cubrir el rostro. Elior era paciente. Explicaba cada paso y repetía con ella una y otra vez.

En un momento se acercó por la espalda para corregir su ángulo de giro. Hina se congeló al sentir la cercanía. Él tomó sus muñecas con suavidad, guiándolas con precisión.

—Así. Usa el movimiento a tu favor. No luches contra él —susurró.

—¿Siempre fuiste tan bueno… enseñando? —preguntó ella en voz baja.

—Siempre que la persona tenga paciencia y ganas de aprender.

—Tengo paciencia… —pausó, con una chispa en la mirada—. Y ganas de aprender.

Elior le dio una leve sonrisa antes de dar un paso atrás.

—Vamos. Inténtalo tú. Ataque simulado. si llegas a agarrarme del brazo ganaras, Sorpréndeme.

—¿Estás seguro? Mira que me estoy volviendo peligrosa.

—A esta hora todos duermen. No te contengas , ven con todo ,Hina..

Hina se lanzó torpemente. Elior la esquivó entre risas. lo intentó y lo intentó , al final, luego de que Elior quisiera arrojarla al piso , Hina consiguió atraparlo del brazo, le puso el pie encima de su pierna. Ambos rápidamente perdieron el equilibrio y cayeron sobre la manta logrando un empate improvisado.

—¡Te tengo! ¡Victoria moral! —jadeó Hina entre risas.

—¿Te dejé o me venciste? —preguntó él con una ceja arqueada.

—Sí. —sonrió ella con picardía.

Elior entrecerró los ojos, confundido, y soltó una carcajada.

—No tengo idea de lo que acabas de decir— replico Hina con una sonrisa.

Quedaron tumbados mirando el techo unos segundos. Sus respiraciones se acompañaron con la brisa que movía las cortinas.

—Gracias por esto… —dijo Hina en voz baja, girándose hacia él—. Por dejarme entrar un poquito más en tu mundo.

Elior, serio pero sin tristeza, respondió:

— Tu tomaste asiento en él, sin mi permiso.

Hizo una pausa, y añadió con honestidad contenida:

—Pero aunque fue inesperado, me gusta que seas tú quien esté a mi lado.

Un silencio cómodo los envolvió.

Elior giró el rostro hacia ella.

—Quiero que sepas algo, Hina. No te enseñó esto para que salgas a pelear como yo. Solo quiero que, si alguna vez no estoy… puedas defenderte. Sin depender de nadie.

—Ya lo sé, viejo sabio —dijo ella con una risita—. No tienes que hablarme como si me dejaras un testamento.

—Solo… si puedes evitar pelear, por favor hazlo. Siempre.

—¿Y si no puedo?

Elior bajó la voz, casi un susurro:

—Entonces da todo de ti. Pero no pierdas. Jamás.

Se miraron a los ojos por un instante, no eran adolescentes, sino dos almas marcadas que compartían heridas y destino.

Entonces sonó el teléfono. El timbre cortó la calma como un cuchillo. Elior se incorporó de golpe y contestó.

—¡Elior, hijo! —era la voz apurada de Lucía, la esposa del panadero—. Lo siento por llamarte a esta hora, pero… Kael… Tuvo un accidente. Lo atacaron unos animales Está grave, con fiebre y sangrado interno. Se negó a ir al hospital. Dijo que no te avisáramos por qué sí “si tú te enterabas, vendrías”. Hay un curandero amigo de él, acompañándolo, pero…

—Iré enseguida. Dígale que aguante. Estaré allá en unas horas. —colgó, el rostro transformado enmarcado por la angustia.

Corrió a vestirse. Hina lo detuvo en la puerta.

—¿Qué pasó? —preguntó con tensión.

—Kael… Está grave. Tengo que ir al pueblo. Ahora.

—Entonces voy contigo.

—No puedes. Tus padres no te dejarán. Iré, veré qué pasa y volveré. Tú debes quedarte.

Los ojos de Hina brillaron.

—No me gusta esto, Elior…

Él suavizó el tono y le puso una mano en la mejilla.

—Lo sé. Perdón, pero no te podré llevar a tu casa como prometí. Quédate aquí si quieres. Pero llama a tus padres. No quiero que se preocupen.

Ella asintió. Lo abrazó fuerte.

—Cuídate. Y llámame. Si no lo haces… juro que voy.

Él sonrió apenas.

—Solo tú me amenazas así.

Salió corriendo. Cada zancada era un intento por ganarle al tiempo.

Hina aun preocupada llamó a sus padres desde el teléfono de casa de Elior.

—Por más que conozca a Elior y se lo buen chico que es….

—¡No puedes quedarte allí!! — protestó su padre.

—Papá. Elior se fue a Velmira por una urgencia. Estoy sola. Es tarde. No voy a moverme ahora , aparte no seria la primera vez que me quedo con el— respondió firme.

Hubo un silencio.

—Está bien… tienes razón — suspiró el padre—. Pero mañana a primera hora te quiero en casa.

—Si, Gracias papá. Buenas noches.

El silencio llenó la casa. Ordenó un poco y se duchó para distraerse. Pero la angustia pesaba.

Al salir de la ducha, caminó hasta la habitación de Elior. La puerta estaba entreabierta. Entró. Todo estaba ordenado con precisión: libros alineados por color y tamaño, un cuaderno abierto con anotaciones sobre ángeles, y en la pared y una hermosa foto de Elior con su familia. Sonrientes. Radiantes.

—Qué hermoso eras así… feliz, espero un día poder ver esa hermosa sonrisa —murmuró.

Abrió el clóset, tomó una polera de él. Buscó su celular, marcó su número. Sin respuesta.

—Idiota… seguro no lo cargaste. ¿Cuándo vas a aprender? — susurró, con una mezcla de cariño y angustia.

Se recostó en su cama. El aroma de él la envolvió. Apretó el celular en la mano, esperando una llamada que no llegaba. Hasta que al final el cansancio fue el vencedor.

KAEL

El aire estaba denso. Más oscuro de lo habitual.

Kael lo sintió… una brecha se había abierto nuevamente. Pero algo no cuadraba. No era un desgarro pequeño como los anteriores. Esta vez, era más grande. Y lo peor: no se cerraba.

Entre las sombras del bosque, tres demonios cruzaron el umbral. Pero no eran bestias descontroladas. Eran distintos. Más grandes, más imponentes. Sus ojos no reflejaban simple instinto, sino astucia. Estaban organizados. Habían esperado este momento.

Kael no dudó. Su cuerpo, forjado en siglos de batallas, se movía con precisión letal. Sus puños golpeaban con la fuerza de la experiencia, y cuando no bastó, acudió al poder que aún podía rozar: la energía celestial.

Sus manos se encendieron con un brillo dorado, quemando a los demonios con cada impacto. Pero con cada destello, su cuerpo mortal lo castigaba. Ya no era un ángel. Y su corazón humano lo recordaba a cada latido doloroso.

El combate se prolongó. Su respiración se volvió pesada.

Un dolor agudo lo atravesó en el pecho.

Cayó de rodillas un instante. Suficiente para que uno de los demonios lo alcanzara, abriéndole una herida profunda en el costado.

—¡Ahh! —rugió, forzándose a ponerse de pie.

Con un último esfuerzo, aniquiló a los tres, consumiendo cada gota de fuerza.

Pero la brecha seguía allí. Abierta.

Kael temblaba. Intentó cerrarla, pero fracasó.

La sangre se escurrió por su brazo, por la espalda, por la pierna. Sus ojos se cerraban. El mundo se volvió borroso.

Hasta que de la nada logro escuchar, “ él no esta aca, no lo percibo”

— Elior…. lo están buscando. ¿Por qué?—murmuró con la voz rota.

Entonces perdió el conocimiento.

Los demonios se devolvieron a la grieta, ya que no estaba a quien buscaban.

Unos pasos apresurados lo alcanzaron.

—¡Kael! ¡Kael! —gritó una voz temblorosa.

Era Benedicto, el anciano del pueblo. Había salido a recolectar hierbas, pero lo que encontró fue tierra chamuscada, marcas de garras, sangre y el cuerpo ensangrentado de Kael.

Con un esfuerzo casi imposible, lo subió a su carro y lo llevó al pueblo rápidamente.

La señora Lucía y un par de vecinos lo recostaron en una cama improvisada. Intentaban estabilizarlo con paños y ungüentos, pero la fiebre subía y el pulso se apagaba poco a poco.

La brecha seguía abierta, silenciosa, al borde del bosque.

Nada había salido… aún.

A las horas después el tren se detuvo con un chirrido metálico.

Elior fue el primero en bajar, incluso antes de que las puertas se abrieran por completo.

El pueblo dormía, pero el aire denso y el instinto le gritaban que no había tiempo.

Corrió por las calles vacías, la mochila golpeando su espalda. Sus pasos resonaban contra el suelo de tierra, esquivando los faroles que apenas iluminaban la noche.

Finalmente llegó a la casa donde lo esperaban. Tocó con fuerza la puerta. Una, dos, tres veces.

Lucía, la esposa del panadero, apareció con el rostro cansado y los ojos hinchados.

—Elior… está adentro. Pero no está bien…

Él no respondió. Pasó de largo.

La casa olía a sangre seca, ceniza y hierbas amargas.

En una habitación al fondo, Kael yacía en una cama improvisada.

Su pecho subía y bajaba con dificultad. El rostro pálido, el cuerpo cubierto de vendajes empapados. Una mancha oscura seguía expandiéndose en su costado.

Elior se quedó de piedra.

—Kael… —murmuró, con la voz quebrada.

Se acercó, arrodillándose a su lado. Le tomó la mano con fuerza, como si temiera que desapareciera si la soltaba.

Lucía entró con agua caliente, gasas y hierbas.

—Gracias… pero ya sé cómo tratarlo —dijo Elior, serio, abriendo su mochila.

Sacó un pequeño frasco con ungüento grisáceo y otro con polvo de plata mezclado con ajo negro. Remedios antiguos que había estudiado para heridas de corrupción demoníaca.

—Las heridas por corrupción… no sanan como cualquier otra —susurró, más para sí mismo que para los demás—. Pero tú, Kael… siempre pareces resistirlo todo.

Sus manos temblaban mientras limpiaba y vendaba. Pero sus ojos estaban fijos, fríos. No podía permitirse dudar.

—¿Y los niños? —preguntó sin alzar la vista.

—En casa —respondió Lucía, con voz suave—. Mi esposo se quedó con ellos hasta que durmieron. No querían cerrar los ojos de la preocupación.

Elior apretó los dientes.

—Gracias… —susurró mientras aseguraba el vendaje.

La noche avanzó lentamente. Afuera, el pueblo dormía. Dentro, Elior no se movió de su lado.

Sentado junto a la cama, con Kael respirando con dificultad, juró en silencio que no volvería a llegar tarde.

El sol apenas se filtraba por las cortinas cuando Hina abrió los ojos de golpe. Su mano fue directo al celular.

Pantalla encendida.

Cero llamadas.

Cero mensajes.

—No puede ser… —susurró, sintiendo cómo el corazón se le apretaba hasta doler.

Se vistió de inmediato, tomó la mochila y corrió lo más rápido que pudo a su casa..

En la cocina, sus padres desayunaban como si fuera un día cualquiera.

—Papá, mamá… Necesito ir al pueblo. A Velmira.

—¿Ahora? ¿Por qué? —preguntó el padre, frunciendo el ceño.

—Elior no me llamó, no respondió. Kael está mal. Tengo que ir, por favor —su voz se quebró en la última palabra.

El padre bajó lentamente la taza. La miró en silencio, con esa mirada que mezcla autoridad y miedo.

—No es tan simple, hija. No puedes viajar sola así porque sí. Aparte , estamos recién a mitad de semana , que pasará con la escuela.

—Papá —lo interrumpió, firme, con lágrimas contenidas—. Si él estuviera aquí, iría por mí sin dudarlo. Siempre ha estado para mí. Ahora… yo tengo que hacerlo por él.

Hubo un silencio pesado. El reloj marcaba los segundos como martillazos.

Finalmente, el padre suspiró y asintió con resignación.

—Está bien. Pero te llevaré yo a la estación. Y me llamas apenas llegues.

Hina lo abrazó rápido, como si el tiempo pudiera acabar de golpe.

—Gracias.

ya en la estación de Velmira

El tren se detuvo con un golpe seco. Hina bajó sin esperar, corriendo. El aire frío le cortaba la cara, pero ella apenas lo sentía.

Conocía esas calles. Cada esquina, cada piedra del camino. Y aún así, le parecían más largas que nunca.

Llegó a la casa donde sabían que estaban los niños.

Golpeó con fuerza.

La puerta se abrió de golpe. Lia, con los ojos hinchados de tanto llorar, la abrazó de inmediato.

—¡Hina!

—¿Cómo están? ¿Qué pasó? —preguntó arrodillándose para quedar a su altura.

Aramis apareció desde dentro, con la voz temblorosa.

—Tenemos miedo… algo en el bosque atacó a Kael. No sabemos qué es.

Hina tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

—¿Y Elior? ¿Dónde está?

Fue entonces cuando entró el panadero, cargando una caja de galletas para los niños.

—Está en mi casa… con Kael. Toda la noche estuvo con él. No se separó ni un segundo.

—Voy para allá. ¿Puedo llevarlos conmigo? —preguntó Hina.

El hombre dudó, pero al final asintió.

—Sí… pero con cuidado. Solo unos minutos.

Los tres asintieron.

En la casa del señor Martin el silencio era insoportable.

Hina avanzó con paso rápido, el corazón retumbando como si fuese a quebrar sus costillas.

En la habitación del fondo lo vio: Elior, sentado al borde de la cama.

Sus ojos estaban rojos por el cansancio, las manos aún manchadas de ungüentos y vendas. No se había movido en toda la madrugada.

Kael respiraba débilmente, hundido en un sueño febril.

Hina se arrodilló junto a Elior.

—¿Cómo está? —preguntó en un susurro.

Él no apartó la vista de Kael.

—Sobrevivió… pero no sé si volverá a levantarse igual. Lo emboscaron demonios distintos. Más inteligentes. Más organizados. Algo está cambiando.

Hina sintió frío en la espalda.

—¿Y tú? ¿Estás bien?

Elior cerró los ojos unos segundos.

—No lo sé. Pero lo único que importa ahora es que él viva. Y que los niños estén a salvo.

Ella puso su mano sobre la suya. No dijo nada más. Solo se quedó allí. Y por un instante, el silencio no dolió tanto.

Presagio

De pronto, Elior se irguió de golpe.

Su rostro se contrajo, tenso, como si algo invisible lo desgarrara desde dentro.

—¿Elior…? —preguntó Hina, alarmada—. ¿Qué pasa?

Él no respondió. Cerró los ojos, inclinó la cabeza apenas a un lado. Su respiración se hizo lenta, pesada.

Un hedor pútrido le golpeó los sentidos.

Ese mismo hedor.

El mismo que había sentido diez días antes de la tragedia.

Abrió los ojos de golpe. Su voz sonó grave, cortante, como si no fuera del todo humana:

—Todos… tienen que irse. Ahora.

Los presentes lo miraron desconcertados.

—¿De qué estás hablando? —balbuceó el panadero.

Elior apretó los puños.

—¡No hay tiempo! ¡Evacuen ya!

—Estoy sintiendo el mismo olor que cuando el pueblo fue destruido hace unos años atrás. ¡Por favor! tienen que evacúan a todos

El silencio se volvió pánico. Hina lo comprendió al instante.

Demonios. Venían.

—¿Estás seguro? —susurró ella, con un temblor en la voz.

Elior asintió, tragando saliva. El olor se hacía más fuerte. Podía sentir cómo contaminaba el aire, cómo corroía la calma.

—Hina… Llévate a Lía y Aramis. vayan a la casa. Estarán más protegidos allí. o vayan lo más lejos posible del pueblo

—¡No! ¡No te dejaré! —exclamó Hina, con los ojos brillando entre rabia y miedo.

Elior la sujetó de los hombros, firme pero con ternura.

—No me hagas elegir entre pelear o protegerte. Necesito saber que ellos estarán contigo. Por favor…

Hina apretó los labios. Finalmente, asintió.

—Está bien… pero si no vuelves…

—Volveré. Te lo prometo.

En ese momento, el panadero y un vecino entraron con una camilla improvisada. Subieron a Kael con cuidado.

—Lo llevaremos a tu casa, Elior. Aún resiste.

—Háganlo rápido. Corran la voz. Digan que es una emergencia. Lo que viene… no lo pueden enfrentar.

Las palabras helaron la sangre de todos.

Elior se inclinó hacia Lia, que lo abrazó llorando.

—¡No quiero dejarte solo!

Él la acarició con suavidad en la cabeza.

—Tu misión es cuidar de Kael, ¿de acuerdo? Necesito que seas fuerte.

Lía asintió entre lágrimas. Hina la tomó de la mano, Aramis iba a la par de ella.

Poco a poco, el pueblo empezó a vaciarse.

El silencio fue reemplazado por pasos apresurados, susurros de miedo, y la certeza de que algo oscuro estaba a punto de caer sobre Velmira.

Ya sin nadie más cerca, Elior se detuvo en medio de la plaza. El cielo comenzaba a nublarse, aunque el sol aún no caía del todo.

Abrió su mochila con rapidez.

Sacó su traje negro de combate.

Se lo colocó con movimientos firmes, rápidos, como si su cuerpo supiera exactamente qué hacer.

Se envolvió las manos con vendas gruesas.

Se colocó una máscara oscura que le cubría desde la nariz hacia abajo.

Sacó sus dagas curvas, brillantes como obsidiana, marcadas con símbolos grabados a mano.

Por primera vez en mucho tiempo… se sentía listo.

Pero había algo distinto esta vez.

Su corazón palpitaba no solo con miedo, sino con ira contenida.

—Si vienen por nosotros… los recibiré.

En el bosque, las sombras se movieron.

Ruidos de garras. Respiraciones y gritos guturales.

Se avecinaban.

Y Elior… sonrió.

Todo ardía.

Las casas de madera eran reducidas a cenizas.

La tierra temblaba.

Las sombras se retorcían como bestias deformes.

Y en el centro, estaba él…

Elior.

Cubierto de sangre.

El rostro cubierto por su máscara.

Los ojos inyectados de ira.

—¡¿QUÉ QUIEREN DE MÍ?! —gritó, con las dagas empuñadas, el cuerpo temblando de adrenalina.

De entre la niebla, surgió una figura.

Un demonio con apariencia semi humana.

Rostro casi hermoso. Sonrisa afilada. Ojos vacíos.

La piel manchada de negro, pero con forma humanoide.

—Queremos… comerte. —dijo con una sonrisa tan calmada como enferma.

—¿Qué?

—Tu cuerpo. Tu sangre. Tu poder.

Es lo que somos. Lo que deseamos.

Eres un milagro…

Uno que no debería existir.

Elior no esperó más.

Se lanzó.

Como un rayo.

Dagas al frente.

Saltando entre ruinas.

Derribando a otros demonios en su camino sin siquiera mirarlos.

La batalla comenzó.

Los demonios caían como moscas.

Elior giraba, apuñalaba, desgarraba.

Cada movimiento era certero, letal, rápido.

La sangre negra salpicaba el suelo y su cuerpo.

Uno le saltó directo al cuello.

Elior lo esquivó por milímetros, giró el brazo y le rompió el cuello con un crujido seco.

—¡¿QUIEREN MI SANGRE?! —gritaba entre jadeos—

¡TOMENLA DE MI CADÁVER!

Otros lo atacaban en grupo.

Lo rodeaban.

Lo empujaban hacia las paredes, hacia las llamas.

Elior sangraba. Pero no caía.

Sus piernas dolían.

Sus costillas estaban rotas.

Sus ojos ardían de rabia.

Y aún así, seguía.

Como un animal.

Como un condenado.

Como alguien que no podía permitirse morir.

El pueblo….

—¡¿Qué fue ese ruido?! —preguntó una anciana, nerviosa.

—¿Podemos volver ya? ¡Mi hijo está allá! —gritó otro.

—¡Nadie se mueve! —exclamó Hina, desesperada.

Todos la miraron.

—No lo entienden… ¡no lo entienden!

¡Los que hirieron a Kael eran demonios!

¡Y ahora hay más allá afuera!

¡Y Elior está luchando solo contra todos ellos!

Las lágrimas caían.

Su cuerpo temblaba de impotencia.

Su alma ardía por dentro.

Nadie hablaba.

Entonces, una voz se escuchó:

—…Vienen por él.

Todos voltearon.

Kael.

Inconsciente hacía solo un momento, trataba de levantarse.

—No… pueden dejarlo…

No lo entienden… lo quieren a él…

Van a matarlo….

—Si pelea con ellos lo terminaran matando, ¡DEBO IR A AYUDARLO!

Y en ese momento, ocurrió.

—¡LIA! —gritó Aramis—. ¡LIA NO ESTÁ!

Todos se giraron.

La niña había corrido al pueblo.

—¡NO LIA! —gritó Hina—.

El panadero, Hina y varios vecinos corrieron hacia la entrada del pueblo para buscar a Lia.

De vuelta en el infierno

Elior ya no veía.

Sólo sentía.

Cada músculo ardía.

Cada herida dolía.

Cada aliento era una batalla.

Los demonios se multiplicaban.

Pero él no cedía.

Se movía como un vendaval.

Esquivaba con gracia. Golpeaba con furia.

Y cuando uno caía, otros tres ocupaban su lugar.

Era una emboscada.

Una cacería.

Y él… era la presa.

Pero entonces, ocurrió algo.

Un demonio lo embistió por la espalda.

Elior cayó violentamente contra el suelo.

Tosió sangre.

Se giró con lentitud.

—¿Ya estás cansado…? —susurró el demonio con sonrisa torcida—.

Te lo dije… vamos a comerte… despacio…

Elior jadeaba.

Su cuerpo temblaba.

Pero sus ojos brillaban como fuego.

Se puso de pie.

—Entonces… vengan.

¡VENGAN TODOS!

El suelo retumbaba.

El aire era espeso.

El humo cubría todo el pueblo.

Elior jadeaba, sangrando, con el cuerpo cubierto de heridas.

El demonio semihumano reía con un tono grave y psicótico.

Lo tenía inmovilizado.

—Vamos, ser insignificante… quédate quieto.

Le puso el pie en el cuello.

Y sin mediar más palabra, hundió una espada negra en la pierna izquierda de Elior.

—¡¡AAARGHHHH!! —gritó Elior, retorciéndose de dolor.

El demonio solo reía mientras apretaba más.

—Vamos… ¿no eras el prodigio? ¿El elegido?

Solo eres un humano con suerte.

En ese momento, en la entrada del pueblo… llegó Lia.

La niña se quedó paralizada.

Por primera vez, sus ojos inocentes vieron el verdadero infierno.

Vio a Elior cubierto de sangre, gritando, siendo destrozado como un animal.

Hina y los demás llegaron segundos después.

Todos se quedaron congelados.

La escena era imposible de procesar.

—E… Elior… —susurró Hina, en shock.

El demonio semihumano los notó.

—Carne nueva… —dijo con una sonrisa retorcida—.

¡Cómanlos! —gritó a sus demonios.

Los engendros se lanzaron hacia ellos.

Lia y Aramis gritaron desesperados:

—¡¡ELIOR!!

—¡¡¡HERMANO!!!

Y entonces, ocurrió algo.

Elior escuchó esas voces.

La voz de su hermana… pero no sólo Lia…

Vio el rostro de Liora. Su hermana muerta.

Su alma estalló.

La rabia lo recorrió como fuego puro.

Una rabia que no venía del odio, sino del amor.

Con un rugido inhumano, rompió la pierna del demonio con una patada brutal.

Se liberó, se levantó como una sombra negra, y corrió directo hacia Lia.

El demonio intentó atravesarla con su espada.

Pero Elior se interpuso.

La espada se hundió entre su cuello y su hombro izquierdo.

—¡¡¡ELIOR!!! —gritó Hina con un grito desgarrador.

El cuerpo de Elior se estremeció…

Pero no cayó.

Levantó lentamente la cabeza, y le sonrió a Lia.

—Tranquila… estoy bien.

Vuelve con Hina, ¿sí?

Lia corrió con lágrimas a los brazos de Hina.

Y entonces… cambió todo.

Los ojos de Elior se tornaron más oscuros.

Varios mechones de su cabello se volvieron blancos.

Se arrancó la espada como si fuera una astilla.

Y gritó.

Un rugido primitivo, doloroso, inhumano.

La sangre manchaba todo su cuerpo.

El demonio apenas se volteó cuando Elior lo partió por la mitad en un solo corte.

Lo redujo a carne muerta.

Se agachó, tomó sus dagas, y la verdadera matanza comenzó.

Uno a uno.

Los demonios fueron despedazados, apuñalados, destruidos sin piedad.

No había técnica. Solo furia.

El suelo era sangre.

Las paredes, huesos.

Los gritos eran ecos de muerte.

Y cuando solo quedó uno…

El demonio semihumano.

Herido.

Cansado.

Pero aún con sonrisa.

—Eres… increíble —jadeó—.

Pero ellos vendrán por ti…

No lo entiendes… esto recién comienza.

Elior no contestó.

Las brasas aún ardían en lo que quedaba de Velmira. El humo quemaba los pulmones, y cada rincón olía a sangre y ceniza.

Elior apenas podía sostenerse en pie, pero sus ojos ardían con la misma furia que las llamas.

El demonio lo observaba con una sonrisa torcida. Su piel estaba cubierta de heridas, pero en su mirada aún brillaba una chispa de arrogancia.

—Jadeas… pero no caes —rió, con voz rasposa—. Cada vez que sangras, te haces más fuerte. ¿Qué demonios eres tú?

Elior escupió al suelo, con los puños firmes sobre sus dagas.

—¡Soy humano! —rugió—. ¡Y eso es lo que te destruirá!

Se lanzó contra él como una fiera desatada. El choque fue brutal: acero contra carne, hueso contra hueso. Elior lo lanzó al suelo de un golpe y se abalanzó sobre su pecho, descargando una lluvia de puños y estocadas.

—¡Esto es por Kael! —gritó, clavando una daga en su hombro.

—¡Por Lia y Aramis! —otra puñalada lo atravesó, la sangre negra salpicando su rostro.

—¡Por cada inocente que tocaste!

El demonio tosió sangre, sonriendo con locura.

—Kkhh… eres más bestia que yo…

Un brillo rápido. La cuchilla oculta en su muñeca se hundió en el costado de Elior.

Un dolor agudo, insoportable.

—¡¡AAHHHHHH!! —el grito de Elior desgarró el aire.

La hoja se quedó clavada, quemándole la carne como si fuera veneno líquido.

—Demasiado tarde… —susurró el demonio, escupiendo sangre, con una sonrisa macabra—. Ya corre por tus venas…

Elior lo sujetó del cuello, tambaleante, con los ojos encendidos de furia.

—¡No me importa! ¡No escaparás de esto!

Con un movimiento brutal, lo atravesó con su espada, hundiéndola en su garganta. La hoja salió por la nuca en una explosión de sangre oscura.

—Muere… —susurró Elior con el aliento entrecortado—. Como lo que eres: escoria.

El cuerpo se deshizo en cenizas entre sus manos.

El silencio fue tan repentino que dolía.

Por primera vez en siglos, un humano había matado a un demonio de alto nivel.

Y ese eco no quedaría sin respuesta.

Elior tropezó hacia el bosque, cojeando, la sangre corriendo sin control por su costado. La grieta aún palpitaba, oscura, como un corazón desbocado.

—Kael… —susurró, casi sin voz—. ¿Cómo era…?

Apretó las dagas. Recordó aquellas palabras antiguas.

—Kaltarem… suul nohn… entrave…

(retumbó la tierra)

—Retírate… a tu origen…

Un resplandor plateado envolvió las hojas. La grieta gritó como si tuviera vida propia, y con un estallido se cerró.

Elior apenas alcanzó a sonreír.

—Lo… logré…

Su cuerpo se desplomó al suelo.

El silencio lo envolvió todo.

Oscuridad.

El humo todavía se alzaba desde Velmira, formando columnas negras que se confundían con las nubes.

Muy por encima, ocultos en el resplandor del atardecer, varias figuras observaban en silencio.

Ángeles.

Inmóviles. Intocables. Como estatuas suspendidas en el aire.

Sus miradas estaban fijas en el muchacho que yacía desangrándose junto al bosque.

Uno de ellos, envuelto en una armadura dorada que irradiaba un fulgor sagrado, habló primero:

—Un humano… acaba de cerrar una grieta de Gehenna.

Su voz sonaba incrédula, como si cada palabra fuera una blasfemia.

Otro, de túnica blanca y ojos afilados, frunció el ceño.

—No solo eso… —su mirada se endureció—. Asesinó a un demonio noble.

El silencio se volvió aún más pesado.

Las alas de los ángeles se agitaron apenas, como si el aire mismo temiera pronunciar lo que ellos callaban.

—¿Es el híbrido del que tanto se habló? —preguntó una figura con armadura oscura, su tono cargado de veneno.

El ángel dorado negó lentamente.

—No lo sé …

(alzó la vista hacia el horizonte)

—Esto que acabamos de presenciar es peor. Es imposible.

Un murmullo helado recorrió a los presentes.

—Entonces… el equilibrio está roto.

Se miraron entre sí, como si la sola idea los quemara. Finalmente, uno extendió sus alas y ordenó con solemnidad:

—Informemos al consejo de inmediato , acerca de todo lo acontecido, algo no está bien. vayan y que todos lo sepan…

Cuando apareció en la entrada de Velmira, el murmullo de la gente se convirtió en un grito colectivo.

Vecinos, niños, ancianos… todos lo miraban como si un fantasma hubiera regresado del infierno. Cubierto de sangre, con las vendas improvisadas empapadas y la ropa hecha jirones, Elior se mantuvo firme.

Toda la tarde rechazó la ayuda de Hina y de los pocos que intentaron atenderlo.—Estoy bien… —decía con voz áspera, sin mirar a nadie—. Ocúpense de los demás.

Se quedó en pie, vigilando, atento a cada sombra, como si esperara otro ataque en cualquier momento. Las horas se hicieron eternas.

El pueblo entero, en silencio, temía hasta respirar demasiado fuerte. Finalmente, cuando Kael fue trasladado a un lugar más seguro y los niños estaban a salvo en brazos de Hina, el aire pesado comenzó a disiparse. Elior miró alrededor.

Vio a Lia y Aramis, aún temblorosos pero vivos.

Vio a los vecinos, cansados pero ilesos.

Y entonces, sus ojos encontraron a Hina. Ella lo observaba con el corazón en la garganta, sus manos apretadas contra el pecho.

Elior sonrió débilmente. Una sonrisa rota, pero sincera.—Ya no… puedo mantenerme en pie…Las palabras apenas salieron de sus labios antes de que sus rodillas cedieran.

Su cuerpo se desplomó hacia adelante.—¡¡¡ELIOR!!! —gritó Hina, corriendo para atraparlo. Lo sostuvo con fuerza, aunque la sangre lo empapaba todo.

El muchacho que había defendido al pueblo entero… finalmente había caído. Esa noche, nadie pudo dormir.

El pueblo ya no era inocente.

Y Elior… ya no era solo un niño con cicatrices.

El pueblo aún olía a cenizas.

Incluso una semana después del enfrentamiento, Geheris no era el mismo.

Las casas se estaban reconstruyendo, las calles se limpiaban, y los niños intentaban volver a jugar… pero el aire cargado lo decía todo.

Era un silencio distinto. Un silencio reverente.

En el templo, Elior yacía inconsciente.

Su cuerpo cubierto de vendas, el pecho subiendo y bajando con esfuerzo, como si cada respiración fuese una batalla más.

Todos lo sabían: él les había salvado la vida.

En la plaza, mientras los vecinos trabajaban juntos reparando muros y techos, las conversaciones se mezclaban con lágrimas contenidas.

—Cuando era niño… —murmuró una mujer mayor, llevándose las manos al rostro—, nos decía que los ángeles y demonios destruyeron el pueblo y asesinaron a su familia… Y yo… yo solo pensé que se había vuelto loco.

—Todos lo hicimos… —respondió otro, con los ojos vidriosos—. Y aun así, nos protegió. Él solo…

—¡Él es un santo! ¡Un enviado! —exclamó un anciano con voz quebrada.

Pero alguien murmuró con temor:

—¿Y si Kael tenía razón? ¿Y si vienen más… por él?

El silencio se apoderó de todos hasta que un joven dio un paso al frente.

Su voz era firme, pero temblaba de emoción:

—Entonces nadie fuera del pueblo debe saber lo que ocurrió. Nadie.

Ese chico se partió el alma por nosotros. Ahora… nos toca protegerlo a él.

No hubo discusión.

Todos, con el corazón en la garganta, asintieron.

Aun en el templo Hina no se separaba de Elior.

Dormía apoyada sobre su brazo, con los ojos hinchados de tanto llorar.

Los niños, Lia y Aramis, descansaban en una camita improvisada al fondo, aferrados el uno al otro como si el mundo fuera a romperse si soltaban la mano.

Kael, todavía débil pero ya consciente, observaba en silencio desde el rincón.

Nunca había visto a Elior tan herido. Ni tan humano.

Los días pasaban como una eternidad.

Y aun si Elior no respondía, Hina no dejaba de hablarle.

Le contaba lo que ocurría en el pueblo, lo que soñaba, incluso lo que odiaba de madrugar… como si cada palabra pudiera llamarlo de vuelta.

Al octavo día, tras volver de la ciudad, Hina se sentó otra vez a su lado.

Le tomó la mano con fuerza y, con la voz quebrada, suplicó:

—Por favor, Elior… despierta…

Solo yo tengo permitido dormir tanto. No puedes dejarme sola.

Un silencio espeso llenó la habitación.

Y entonces, una voz débil, rasposa, rompió la quietud:

—Supongo que no te has movido de esa silla, ¿eh…?

Hueles mal, dormilona…

Los ojos de Hina se abrieron como platos.

Por un segundo no respiró.

Y luego, sin pensarlo, se lanzó sobre él, abrazándolo con todas sus fuerzas, mientras las lágrimas le corrían sin control.

—¡Idiota! ¡Despertaste! ¡Idiota! —gritaba entre risas y sollozos.

—¡Auch…! —se quejó Elior, apenas sonriendo—. No te lances tan fuerte… me quieren matar, ¿eh?

Ambos rieron, aunque la risa de Elior se mezclaba con el dolor.

Hina, con el corazón desbordado, se limpió las mejillas y salió corriendo como un torbellino.

—¡Despertó! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Elior despertó!

Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, el pueblo entero lloró de alivio

Aetheris, la ciudad del cielo

En el corazón de los cielos, las torres blancas de Aetheris vibraban con rumores.

Una reunión de emergencia había sido convocada.

Varios ángeles de alto rango, algunos con alas doradas, otros con ojos cegadores, se sentaban en un gran círculo.

Uno de ellos, visiblemente alterado, levantó la voz:

—¡Cerró una brecha demoníaca siendo un humano! ¡Mató a un demonio noble con armas humanas!

Otro, más frío:

—Ha cerrado múltiples brechas en Geheris. Está claro que posee un vínculo especial…

—¿Un híbrido?

—¿Un elegido?

—¿Un accidente?

Las posturas eran diversas.

Una de los ángeles más antiguos golpeó su bastón celestial y habló con autoridad:

—Sea lo que sea, debemos observar.

No actuar sin saber.

Debemos infiltrarnos entre los humanos.

Todos lo sabían.

Solo una era capaz de leer un alma con un solo contacto.

La hija de Aurora, una de las manos derechas del Consejo Celestial.

Una joven de mirada serena, cabello castaño y unos hermosos ojos azules con tonos verdes se puso de pie sin decir nada. esa hermosa chica, había nacido con un poder sin igual, un poder perdido hace milenios.

—Tu misión es clara —dijo el anciano—.

Síguela a ella.

A la chica pelirroja.

La única conexión visible con el asesino de demonios.

Ese es el nombre que ahora porta.

Ella solo asintió.

—Entendido….

Por alguna razón, no eran capaces de descubrir quién era el chico, y nadie tenía las agallas de acercarse a averiguarlo.

.

Ya había pasado más de una semana desde la batalla. Aunque las casas se reconstruían y los niños volvían a correr, algo había cambiado: el silencio ya no era inocente, era reverente.

En el templo, Elior descansaba.

Cubierto de vendas, respiraba con calma. Y aun así, quienes lo cuidaban veían lo imposible: sus heridas, profundas y mortales, sanaban demasiado rápido.

Cortes que deberían tardar meses se cerraban en días. Cicatrices que deberían dejarlo marcado… desaparecían como si nunca hubiesen existido.

Kael, apoyado en un bastón improvisado, lo miraba en silencio.

Ese chico… algo lo está sanando. Pero no sé si es un regalo o una maldición.

En la plaza, algunos vecinos compartían susurros mientras levantaban tablones y limpiaban los escombros.

—Cuando era niño, juraba que los demonios habían destruido el pueblo y asesinado a su familia… y yo pensé que estaba loco… —una anciana se cubrió el rostro con lágrimas.

—Todos lo pensamos… y aun así, nos protegió. Él solo…

—¡Es un enviado de Dios!

—O… ¿y si Kael tenía razón? ¿Y si vienen más… por él?

Un joven, con la voz firme, cortó el miedo de raíz:

—Entonces nadie debe hablar de esto fuera del pueblo. Nadie.

Ese chico entregó su vida por nosotros. Ahora nos toca protegerlo.

Y nadie se atrevió a discutirlo.

Una mañana, antes de que el sol calentara las piedras del pueblo, algunos vecinos lo vieron.

Elior estaba en lo alto del templo.

Sentado con las piernas cruzadas, torso aún vendado, los ojos cerrados. Su cuerpo, aunque marcado, se mantenía firme.

Y justo en el amanecer, un rayo dorado cayó sobre él.

El silencio se volvió sagrado.

“Todo estará bien… mientras él esté aquí”, pensaron todos.

ya temprano en la mañana del día siguiente , Hina quien se había levantado para ir al baño, se dio cuenta que la puerta de la habitación de Elior estaba abierta, al entrar se percató que el ya no estaba

—¿Elior…? —La voz de Hina retumbó en la casa vacía.

Corrió por cada habitación. Nada.

Entró al cuarto de Kael, desesperada:

—¡No está! ¡No logro encontrarlo!

Kael apenas pudo incorporarse, cuando una vecina irrumpió:

—¡¡Está en el templo!! ¡Arriba, meditando!

Hina corrió como un rayo, subió los escalones y lo vio allí, envuelto en luz como si fuera una estatua.

—¡¿Qué haces aquí?! ¡Te vas a enfermar, idiota! —se paró frente a él, molesta.

Elior ni abrió los ojos.

Nada.

—¡Elior!

Silencio.

Hina apretó los dientes, se inclinó y le tiró de la oreja sin piedad.

—¡AU! ¡AUU! ¡Hina, duele! ¡Ya basta! —se quejó al instante, cayendo hacia atrás.

—¡Pues entonces no medites medio desnudo y todo vendado a las seis de la mañana!

Lo empujó suavemente hacia adentro y le lanzó una polera encima.

—Descansa. O te amarro.

Elior suspiró, riéndose débilmente.

—Está bien, está bien… me rindo.

En la tarde aire ya no era tan pesado.

Kael caminaba mejor. Los niños reían.

Y Elior, aunque dolía por dentro, jugaba con ellos en la plaza, con una sonrisa sincera.

—¡Tienes que salvarme, Elior! ¡El monstruo viene por mí! —gritaba Lia, riendo, escondida tras un árbol.

—¡Ya voy, princesa Lia! —respondió él con voz dramática, empuñando un palo como espada.

Hina los observaba desde una banca, sonriendo suavemente.

Al caer la tarde, Elior se sentó junto a los niños, acariciándoles la cabeza.

—Chicos… mañana debo volver a la ciudad. He faltado demasiado a la escuela.

Los dos pusieron cara triste.

—¿Te vas…?

—Volveré pronto. Lo prometo. Y esta vez, con muchos dulces.

Al caer la tarde, varios vecinos y niños los acompañaron hasta la estación.

Kael los miraba con los brazos cruzados, firme, aunque con orgullo en la mirada.

—Cuídense —dijo con tono sereno.

—Nos vemos pronto, Kael —Elior sonrió.

Antes de subir, Lia corrió y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—No te mueras, ¿sí?

Elior se agachó, acariciándole la cabeza.

—Aún no. Tengo demasiadas cosas por hacer.

Subieron al tren.

Hina apoyó la cabeza contra la ventana, mirando cómo el pueblo se hacía pequeño en la distancia.

Elior la observó de reojo.

—Gracias por arrastrarme del templo, por cierto.

—De nada, maestro zen desnudo. —respondió con una sonrisa burlona.

Ambos rieron, mientras el tren los alejaba de Velmira.

El viaje de vuelta comenzaba…

Pero lo que los esperaba en la ciudad sería mucho más oscuro que cualquier herida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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