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La Sombra Sin Dios - Capítulo 7

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Capítulo 7: Capítulo VI — Los ojos no mienten.

La profesora entró al aula con una sonrisa particular ese día, sonrisa que muchos interpretaron como señal de novedad. —Clase, hoy tenemos una nueva compañera — anunció con voz clara—. Por favor, entra y preséntate.

Todos los murmullos cesaron cuando la puerta se abrió.

Seraphine entró con paso elegante, y el silencio se volvió asombro. Su cabello castaño oscuro caía como una cascada sobre sus hombros, sus ojos azules atrapaban la atención como un cristal bajo el sol.Había algo en ella que no se podía explicar, algo… celestial.

—Mi nombre es Seraphine Caelis, es un gusto conocerlos. Espero llevarme bien con ustedes— dijo con una voz suave, pero firme.

La profesora le indicó su asiento, justo al lado de Hina, quien levantó la mano y le sonrió para guiarla.

Ambas se saludaron en voz baja. La clase continuó, en ese lapso sin mucho inconveniente, aunque varios aún la miraban de reojo, encantados por su presencia y belleza.

Al terminar la clase, la profesora se acercó a Hina —Hina, ¿puedes enseñarle la escuela a Seraphine? —¡Claro!, seria un placer

Mientras recorrían los pasillos, muchos estudiantes no dejaban de mirarla. Seraphine notó las miradas persistentes.

—Parece que todos nos observan demasiado —comentó con una sonrisa disimulada. —Te están mirando porque eres nueva. En unos días, quizás dejen de hacerlo —respondió Hina despreocupadamente.

Pero en un movimiento casi imperceptible, Seraphine rozó con su mano el pecho de Hina, tocando apenas el centro de su corazón. fue cuando lo sintió, no había maldad, solo angustia, cansancio. Nada que la hiciera sospechar acerca de ella.

Siguieron recorriendo la escuela. viendo donde estaban los baños y algunas salas. Pero cuando llegaron a un sector exterior de la escuela, Hina se detuvo. —Mira, ahí está Elior —dijo señalando.

Elior estaba agachado recogiendo los cuadernos de una pequeña estudiante con la que había tropezado. Su sonrisa amable y su disposición de ayudar al resto causaban suspiros alrededor. Varias chicas lo observaban de lejos, comentando en voz baja.

—Vamos, te lo presento —dijo Hina con entusiasmo, y alzó la voz—: ¡Elior!

El se acercó con pasos tranquilos, sin mirarlas directamente al principio… hasta que llegó frente a ellas.

Elior alzó la mirada , en el momento preciso para ser encontrado por los ojos de Seraphine y en ese instante, en ese preciso instante…. todo se detuvo, el tiempo, el universo y cada átomo de él…Ambas almas y sus ojos no estaban dispuestas a ceder ante tal hermosa y necesaria conexión, como si se estuvieran buscando por milenios y necesitaban con urgencia el contacto con el otro.

Elior por una parte sintió un cosquilleo recorrerle el cuerpo, algo extraño y nuevo que no lograba entender. Su corazón golpeaba tan fuerte que pensó que cualquiera podía escucharlo. No podía dejar de mirarla… había algo en esos ojos que lo desarmaba.Ese sentimiento era raro, y al mismo tiempo… reconfortante.

Seraphine sintió un calor que le subió al pecho, haciéndole difícil respirar. Sintió un impulso inexplicable de seguir mirándolo, como si en esos hermosos ojos grises hubiera algo que llevaba tiempo buscando sin siquiera saberlo.

Elior sin darse cuenta, se acercaba más y más . No era algo que pudiera explicar; simplemente, necesitaba estar más cerca de esos ojos.

Ambos no podían apartar la vista. Ni querían hacerlo.

El universo entero se redujo a esos ojos. a esos hermosos ojos azules mientras un lazo invisible se tendió entre ellos, imposible de romper.

Hina, sin comprender bien la situación, interrumpió: —Elior, ella es Seraphine. Seraphine, él es Elior.

Él atónito sonrió suavemente, aún sin romper el contacto visual. —Un gusto. —su voz salió más baja de lo usual, casi reverente.

—El gusto es mío… —respondió ella, sintiendo cómo sus mejillas ardían sin entender por qué.

El hechizo se rompió solo cuando Hina le dio un golpe juguetón a Elior. —¡Oye! ¡No te acerques tanto!

Él retrocedió con una risa nerviosa, las manos en alto. —Perdón, lo juro, no era mi intención…

Seraphine bajó la vista, aún con el corazón acelerado. —¿Qué fue eso? —Pensó.

—Bueno,eh…. ya me debo ir, tengo que ir a clases. Nuevamente es un gusto conocerte, Seraphine. ¡Nos vemos! —dijo Elior antes de alejarse con un gesto de despedida.

—No te preocupes por él —dijo Hina con un suspiro—. No lo hace con malas intenciones. Elior es un amor, de verdad. Si necesitas ayuda, puedes buscarlo sin miedo. Él es algo idiota pero ayuda a todos con una sonrisa.

Seraphine la miró con curiosidad. —Parece que lo conoces bastante. —Hace como 5 años más o menos. Somos inseparables —dijo Hina con una sonrisa sincera, antes de seguir caminando.

Seraphine no dijo nada más. “Elior… Que chico más extraño”,dijo en voz baja. soltando una sonrisa.

Elior llegó a la sala de clases sintiendo algo raro dentro de él,su pulso estaba bastante acelerado, ¿Que es esta sensación? —lo dijo casi susurrando para sí mismo.

Más tarde el pasillo estaba tranquilo, casi vacío a esa hora. Seraphine caminaba hacia el baño con paso ligero, pero su mente no estaba en su destino, sino en alguien más que había cautivado su atencion. Elior. La calidez que transmitía con solo una sonrisa no era normal. Algo en él era diferente, un tanto profundo… algo que no podía explicar con palabras, y eso la desconcertaba un poco.

“No debería distraerme con estas cosas”, pensó, reprendiéndose a sí misma. Pero aún así, su mente volvía una y otra vez a Elior, su manera de hablar, y sobre todo, a cómo todos lo miraban con tanto afecto y admiración.

Al doblar la esquina del pasillo, se detuvo.

A unos metros, Elior estaba con dos chicos más pequeños. Ellos intentaban alcanzar una pelota atascada entre las ramas de un árbol. Sin decir palabra, Elior se subió con agilidad, bajó el balón y lo entregó con una sonrisa de oreja a oreja. Los niños lo abrazaron fugazmente antes de correr de vuelta al patio.

Seraphine no se movió. Simplemente… lo observó. Había en su forma de actuar algo auténtico. Sin poses, sin esfuerzos. Un aura. Un calor que se sentía incluso a distancia.

Disimuladamente lo siguió a lo lejos cuando él se alejó. Pensaba acercarse, decirle algo… quizás agradecerle por su amabilidad antes, o simplemente… escuchar su voz de nuevo.

Pero entonces lo vio apoyado contra la pared, con la cabeza gacha y la respiración agitada. La sonrisa había desaparecido. Su verdadera cara era dolor, pena, y un cansancio que parecía eterno.

Seraphine se detuvo en seco. El contraste fue tan brutal, que ella dio un paso hacia atrás sin darse cuenta. No. —pensó No era momento para acercarse.

Giró con delicadeza y se alejó en silencio por donde vino. El corazón le pesaba en el pecho por primera vez.

Ya a finales del día la campana del colegio sonó con su característico eco metálico. Estudiantes salían por todos los pasillos, riendo, hablando, quejándose de tareas. Un día común, aparentemente.

Seraphine, con su paso calmado y su postura perfecta, avanzaba entre la multitud con una naturalidad entrenada. Observando en silencio, como siempre. Sus ojos azules se movían entre los humanos, captando gestos, emociones… vibraciones.

Pero fue una escena la que detuvo sus pasos.

Al frente, bajo la suave luz del atardecer, Hina y Elior hablaban junto a la reja de la entrada. Ella reía. Él también. Pero no era una risa fingida. Era la misma sonrisa cálida y luminosa que él mostró en su presentación. Aquella sonrisa que parecía encender algo en todos los que lo miraban.

Seraphine entrecerró los ojos.

Era como si Hina, fuera… su centro de gravedad emocional. Con ella, Elior volvía a ser ese ser de luz que había percibido Con ella…él no aparentaba ni fingía

Seraphine bajó la vista y suspiró casi imperceptiblemente.

Sin decir nada, se dio media vuelta y caminó hacia la zona trasera del colegio. Un lugar aislado, donde la gente no solía ir a esa hora. Miró a su alrededor, se aseguró de estar sola, y cerró los ojos.

Un leve resplandor envolvió su cuerpo. ahora era imperceptible para el ojo humano.

Delicadamente, colocó sus dedos sobre su pecho, justo donde latía el corazón y murmuró con reverencia:

—Caelis. Informe 1. —Objeto de observación: Elior Blackwood. —Estado emocional: se presenta algo de inestabilidad, pero aún por confirmar. —Relación clave: Hina Takamura. —Observación especial: con ella, su carga disminuye. al parecer es su ancla emocional.

Hizo una pausa. —Conclusión preliminar: no representa amenaza inmediata, pero su alma… brilla con una intensidad que desconcierta. hay una dualidad peligrosa entre su luz y algo más oscuro , quizás lo expuesto en la batalla con el demonio

Abrió los ojos lentamente. El viento arrastra hojas secas a su alrededor. —¿Qué eres realmente, Elior…? —susurró.

La tarde pasó sin mucho preámbulo, Hina y Elior, recorrieron el centro comercial comiendo helado y en busca del pantalón que quería comprar Hina.Elior por otra parte solo quería llegar a dormir a su casa. Pero aun sentía algo de curiosidad por la nueva estudiante, así que no dudo en preguntar a Hina:

—¿Qué piensas de tu nueva compañera?, parecía una chica agradable, pensé que la invitarias —dijo Elior con curiosidad

—La verdad es que es muy agradable, conversamos demasiado durante la clase y el recreo. Igual pregunté si quería venir con nosotros, pero me dijo que aún debía llegar a ordenar las cosas de la mudanza.

— ¿Osea que también es nueva en la ciudad? —preguntó Elior arqueando una ceja.

—Sisi, llegó ayer creo

—Comprendo…. pero bueno ya hemos hablado mucho de ella, cuentame como te ha ido con el chico que me mencionaste el otro día.

Rápidamente llegó la noche, después de pasar toda la tarde comiendo y conversando de los líos amorosos que tenía Hina y las burlas reiteradas de Elior. El la acompañó como siempre a su casa, la noche fue tranquila para ambos.

Al día siguiente los rayos del sol entraban por las ventanas altas del pasillo. Seraphine caminaba junto a Hina y otras dos chicas, riendo de las conversaciones del próximo festival. Pero su mente no dejaba de regresar a él y al momento en que por primera vez sus ojos se encontraron. ansiaba poder volver a verlo o hablar con él.

Al doblar por el pasillo chocó de frente contra Elior. Su mano tocó el pecho de Elior por accidente.

Y lo sintió. Una mezcla entre calidez, dolor y ternura, oscuridad y luz. Un alma a punto de romperse… y un corazón que aún latía con fuerza para todos menos para sí mismo.

—¿Estás bien? —preguntó él, mirándola con esa calidez desconcertante.

—Sí, lo siento… —murmuró, bajando la mirada.. —No pasa nada, no te preocupes — sonrió, inclinando levemente la cabeza. Luego se acercó y saludó a Hina como también a las demás chicas.

Ya en el momento en que se retiraba, se detuvo de forma brusca , devolviéndose donde las chicas. con una sonrisa maliciosa y como si no fuera gran cosa, sacó dos pasadores de su bolsillo y se los entregó a Hina.

—Toma se te quedaron en mi casa —dijo, con un tono relajado.

Hina se congeló.

—¿¡Elior!? ¿¡Cómo dices eso aquí!? —sus mejillas se volvieron rojas al instante.

—¿A qué te refieres?, si fuiste tú quien los dejó en el baño de mi habitación—dijo, con su tono relajado y burlesco.

La cara de Hina estaba completamente roja.

Las chicas se miraban entre asombradas y boquiabiertas. Seraphine, en cambio, no prestaba atención a la situación, seguía observando su sonrisa. No la sonrisa que muestra por cortesía… sino esa que parecía genuina, natural.

Entonces, Elior se volvió hacia ella.

—Seraphine, ¿Podrías acompañarme un momento? Necesito hablar contigo. Solo será un minuto.

Seraphine asintió en silencio.

Ambos caminaban sin decir palabra. Cuando estuvieron solos, Elior se detuvo junto a la cerca de madera.

—Sobre lo de ayer… —dijo, evitando mirarla directamente.

Seraphine sorprendida, por un momento pensó que Elior también había sentido esa conexión cuando se vieron por primera vez y no supo cómo reaccionar, pero antes siquiera de que alcanzara a ponerse nerviosa, Elior habla…

—Siento que me hayas visto así en el pasillo. No es nada malo… solo estaba un poco mareado y con una migraña insoportable. Aparte no había comido nada en todo el día.

Ella rápidamente volvió en sí, en parte con algo de decepción, así que al escuchar lo que dijo, lo supo.

Elior mentía. Lo supo en el momento en que su voz tembló levemente. No fue hambre. Fue algo más lo que lo había acomplejaba en ese momento

Pero Seraphine no quiso confrontar lo que Elior decía, pero por otro lado le sorprendió ser vista, siendo que ella sintió que se movió con absoluto silencio.

—Lo entiendo. A veces… a cualquiera se le puede olvidar comer —respondió con una sonrisa pequeña.

—Y sobre cómo supe que estabas ahí… —continuó él, ahora con una expresión más relajada—, fue por el sonido de tus zapatos. Son nuevos, ¿no? La mayoría de nosotros ya ni suenan al caminar… Pero los tuyos sí.Aunque seas algo callada, es imposible no saber que estás ahí.

Seraphine se sonrojó levemente, entre la sorpresa y la vergüenza.

—Ya veo… eres más observador de lo que pareces.

—Solo cuando alguien me llama la atención —respondió Elior, sonriendo de nuevo mientras se alejaba con una mano alzada en señal de despedida.

—¡Oye!… Que no te olvide volver a comer—dijo, con naturalidad

—Por qué dije eso,sonó bastante raro—susurro para si misma con mucha vergüenza

Elior, solo atino a mirar hacia atrás y brindarle una sonrisa.

Cuando Serpphine volvió junto a las chicas Hina fue la primera en acercarse. —¿Y qué te dijo? —preguntó con curiosidad.

—Nada importante —respondió Seraphine suavemente—. Solo me pidió disculpas por acercarse demasiado ayer.

Hina alzó una ceja, pero no dijo más. aunque intuía que algo ocultaba

El pasillo resonaba con risas juveniles, pasos desordenados y ecos metálicos de casilleros que se cerraban. Hina caminaba al frente, radiante como siempre, rodeada por dos compañeras que no paraban de bromear. Seraphine iba a su lado, sonriendo con educación, aunque no lograba sentirse del todo parte de aquel bullicio.

—¡Entonces el profesor se resbaló con la tiza y casi se va de cara! —contó una de las chicas, estallando en carcajadas. —¡Qué cruel eres! —respondió otra, aunque reía igual.

Hina también reía, con ese sonido contagioso que hacía que todo pareciera más tranquilo. Seraphine, en cambio, solo asintió suavemente, con la mente en otra parte.

Al doblar por el pasillo, lo vio.

Elior estaba apoyado contra la pared, rodeado de un par de compañeros que hablaban animadamente con él. Su sonrisa, tranquila y genuina, parecía iluminar todo a su alrededor.

Seraphine sintió cómo el mundo se reducía a ese instante. Sus ojos no podían apartarse de él.

El calor subió por su pecho, tan inesperado que tuvo que tomar aire. Pero entonces… Elior levantó la vista.

Y la miró.

No fue casualidad. Fue directo, profundo, como si la hubiese estado esperando. La sonrisa que tenía con los demás se suavizó, y por un segundo, fue distinta: intensa, brillante… dirigida solo a ella.

El corazón de Seraphine dio un salto sorpresivo “¿Qué… es esto?”

—Oye, Sera, ¿te pasa algo? —preguntó Hina, que había notado cómo sus pasos se frenaban.

Seraphine pestañeó, apartando la mirada de golpe. —N-no, nada.

Hina entrecerró los ojos, divertida, pero no insistió. Solo siguió caminando, aunque en su mente algo se encendía.

“Así que era eso…” pensó, mordiéndose el labio mientras reía para sí.

Más adelante, cuando se detuvieron cerca de las gradas del patio, Seraphine volvió a mirar sin querer. Elior estaba ahora con un grupo de niños pequeños del colegio, ayudándolos a organizar un balón desinflado. Reía con ellos, despreocupado, esa risa amplia que Seraphine ya había notado que surgía más cuando estaba cerca de Hina.

Y ahí vino la punzada.

Lo veía sonreír con tanta naturalidad hacia Hina, con esa confianza compartida de años. Pero cuando sus ojos se cruzaban con los suyos… era diferente. Más intenso. Más difícil de sostener.

Seraphine se quedó callada, perdida en sus pensamientos, mientras Hina la observaba de reojo. La sonrisa de la pelirroja se ensanchó apenas, como quien acaba de descubrir un secreto que el otro aún no quiere admitir.

El sol del mediodía bañaba la azotea de la escuela, donde algunos estudiantes solían comer su almuerzo. Hina, Seraphine y las dos compañeras habían llevado sus almuerzos ahí, disfrutando de la brisa fresca que corría entre las barandas.

—¡Ay, por fin un descanso! —suspiró Hina, recostándose contra la pared con una sonrisa radiante.

Las chicas empezaron a conversar sobre el próximo festival escolar, sobre qué club participarían con qué presentación. Seraphine escuchaba en silencio, respondiendo de vez en cuando con frases cortas y educadas.

Pero no podía evitarlo. Cada tanto, sus ojos se movían hacia la cancha del patio, más abajo. Ahí estaba Elior, jugando fútbol con algunos chicos del curso superior. Se movía con naturalidad, riendo, sudor en la frente, una energía que parecía contagiar incluso desde la distancia.

Seraphine lo observaba sin darse cuenta, con una calma que no tenía nada que ver con la conversación que ocurría a su alrededor.

Y entonces…

—Vaya, Sera, deberías tener cuidado —dijo Hina de repente, con un tono travieso.

Seraphine parpadeó, confusa. —¿Cuidado? ¿De qué hablas?

Hina tomó un sorbo de su jugo antes de sonreír con picardía. —Si sigues mirándolo tanto, cualquiera pensaría que estás a punto de escribirle una carta de amor.

Las otras dos chicas se rieron, sorprendidas. —¿Eh? ¿De quién hablan? —¡Del chico de la cancha! —respondió Hina, señalando descaradamente hacia Elior.

Seraphine se puso rígida. —¡N-no es eso! —replicó de inmediato, con las mejillas encendidas—. Solo estaba… observando. Nada más.

—Ajá, claro… —dijo Hina, entrecerrando los ojos con diversión—. Lo mismo dijo la última chica que se le confesó en el pasillo ayer, ¿sabes?

—¡Hina! —Seraphine la miró con un puchero que apenas ocultaba su nerviosismo.

Las compañeras rieron aún más. —¡No sabía que a Seraphine le gustaban los chicos así! —¿Así cómo? —preguntó Hina arqueando una ceja, con cara seria.

—Así… amables, sonrientes, buenos con todo el mundo… —dijo una, suspirando exageradamente—. Elior es básicamente el “príncipe” de la escuela .

Hina giró de nuevo hacia Seraphine, con una ceja levantada y una sonrisa que mezclaba complicidad y travesura. —Bueno, Sera, no tienes de qué preocuparte. Elior es un amor. Y si lo miras tanto… quién sabe, capaz ya se dio cuenta.

Seraphine bajó la vista rápidamente, apretando el jugo entre sus manos. Su corazón golpeaba fuerte, demasiado fuerte. “¿Y si ya lo notó…? No… no puede ser…”

Mientras tanto, en la cancha, Elior lanzó una mirada rápida hacia la azotea. Por un segundo, sus ojos se encontraron otra vez. Seraphine se quedó helada.

Él sonrió. Solo para ella.

Y Hina, viéndolo todo de reojo, ocultó una risita detrás de su mano. “Así que es verdad…” pensó con satisfacción.

—Oye, Hina, tú que eres su mejor amiga, cuéntanos… ¿qué tan bien conoces a Elior? —preguntó la primera. —Sí, porque la otra vez él te dio un pasador de pelo que se te había quedado en su casa. ¡En su casa! Eso no es algo común, ¿o sí? —agregó la segunda con ojos brillantes de curiosidad.

Seraphine se tensó de inmediato, bajando un poco la cabeza, mientras Hina rodaba los ojos y suspiraba como si ya supiera a dónde iba todo. —Conozco a Elior desde hace tres años. Desde entonces, casi todos los días paso tiempo en su casa. Jugamos, estudiamos, conversamos… es mi mejor amigo —dijo con naturalidad, aunque con un ligero orgullo en la voz.

—¿Y es cierto que pasa entrenando? —preguntó de repente la primera amiga—. Mi hermano iba a una academia de kick boxing y juró que lo vio entrenar ahí. Dijo que Elior es realmente atlético.

—¡Ah, verdad! —recordó la otra, dando un golpecito con la mano—. El día que Hina se cayó a la piscina, ¿no fue Elior el que le prestó su polerón? ¡Yo estaba ahí! Lo vi, tenía un cuerpo marcado, pero también… —bajó la voz, intrigada— esas cicatrices. Montones de cicatrices.

—Sí… ¿por qué tiene tantas? —insistió la primera, inclinándose más cerca de Hina como si buscara un secreto prohibido.

Hina levantó las manos, como si pusiera un muro invisible. —Hasta aquí, chicas. No voy a contarles todo. Elior odia que hablen de su vida privada, y yo respeto eso.

Las dos amigas hicieron un puchero. —¡Eres una aguafiestas!

Hina soltó una risita y sacudió la cabeza. —Lo que sí puedo decirles es que Elior es alguien que ayuda a todos. No busca peleas, no tiene esa clase de orgullo tonto. Entrena porque le gusta aprender nuevas cosas, porque quiere mejorar, nada más. Y aunque tenga mil cicatrices… —lo miró desde lo alto del tejado, con una sonrisa suave— sigue siendo el mismo chico que siempre está dispuesto a sonreírle a cualquiera.

Las compañeras suspiraron al unísono, casi embobadas. —Ay… ahora me gusta más.

Seraphine no dijo nada. Sus ojos, sin querer, volvieron hacia la cancha. Allí, Elior reía después de anotar otro gol, levantando la mano para chocar con los demás. Y aunque estaba rodeado de gente, ella lo sintió distante… como si solo él y ella compartieran un hilo invisible en ese momento.

Un hilo que no entendía. Un hilo que no podía cortar.

No mucho tiempo después la campana sonó, anunciando el final del almuerzo. Los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas y a bajar de la azotea poco a poco.

Las dos compañeras se despidieron primero, dejando a Hina y Seraphine un poco atrás. El viento soplaba suave, revolviendo el cabello castaño de Seraphine y el anaranjado de Hina.

Hina caminó a su lado en silencio unos segundos, hasta que de pronto habló con un tono distinto, mucho más serio.

—Oye, Sera…

—¿Hmm? —ella la miró con curiosidad.

Hina bajó un poco la voz, como si quisiera asegurarse de que nadie más escuchara. —Sé que Elior te llama la atención. Lo noté. Y créeme… no puedo juzgarte por ello.

Seraphine parpadeó, sorprendida. —¿Eh? No… yo… —intentó negar, pero la expresión firme de Hina la hizo callar.

—No te preocupes, no estoy molesta. —Hina sonrió con una dulzura que escondía un matiz de tristeza—. Al contrario… te lo digo porque me caes bien. Porque te he tomado cariño.

El corazón de Seraphine dio un vuelco. —¿Qué quieres decir…?

Hina la miró fijamente, sin apartar los ojos. —Que Elior no está listo para esas cosas. No es la primera vez que alguien intenta acercarse a él de esa manera. Y siempre… siempre termina rechazando.

Seraphine se quedó quieta, como si el aire le pesara de golpe. —¿Rechazándolo?

—Sí. —Hina asintió despacio—. Porque aunque es amable y sonríe con todos, por dentro carga un dolor que no te imaginas. Y sé, con todo mi corazón, que no quiere arrastrar a nadie a ese dolor.

Hubo una pausa. El viento sopló otra vez, helado.

—Solo te lo digo porque no quiero que sufras, Sera. —Hina forzó una pequeña sonrisa—. Si llegas a sentir algo por él… piénsalo bien.

Con esas palabras, se adelantó unos pasos, saludando a un par de conocidos que bajaban las escaleras.

Seraphine se quedó quieta. Completamente sola, en medio de la azotea que comenzaba a vaciarse.

El eco de las palabras de Hina golpeaba en su cabeza como un tambor constante.

“Elior no está listo.” “Siempre rechaza esos sentimientos.” “No quiero que sufras.”

Seraphine cerró los ojos y se llevó una mano al pecho. Su corazón latía con fuerza, rebelde.

—¿Qué me pasa…? —susurró apenas audible.

—Mi misión no es esta, solo debo vigilarlo y dar la información , no puedo sentir nada más

Pero rápidamente recordó la primera vez que lo miró a los ojos. Esa conexión imposible de explicar, como si el universo entero se hubiera detenido. Recordó su sonrisa en la cancha, cuando parecía brillar solo para ella. Y recordó también ese instante en el pasillo, cuando lo vio desplomarse emocionalmente, mostrando un dolor que ocultaba de todos.

—Es… tan contradictorio… —murmuró, apretando su uniforme con los dedos.

Un ángel no debía sentirse así. No debía dejarse arrastrar por ese tipo de emociones. Y sin embargo, allí estaba, con el pecho ardiendo y la mente hecha un laberinto.

“¿Qué soy para él?” pensó con angustia. “¿Soy solo una extraña? ¿O… él también lo sintió?”

La campana volvió a sonar, rompiendo su silencio.

Seraphine abrió los ojos, pero en su mirada había una mezcla peligrosa: duda, dolor, y una chispa de esperanza que no lograba apagar.

—Elior… —susurró, como si pronunciar su nombre pudiera darle una respuesta.

Y bajó lentamente las escaleras, llevando consigo un peso en el corazón que no sabía cómo manejar.

El sol se ocultaba tras los edificios de la ciudad, tiñendo los pasillos de la escuela con tonos anaranjados y sombras alargadas. La mayoría de los estudiantes ya habían partido, dejando un silencio casi extraño en comparación al bullicio de hace unas horas.

Seraphine caminaba sola, con los libros pegados contra su pecho. Había decidido quedarse un poco más para conocer mejor los pasillos, o al menos eso se decía a sí misma. En realidad, su mente estaba en otro lado.

Ya llegando a uno de los corredores, ocurrió.

—¡Ah! —exclamó suavemente, al chocar contra alguien.

Los libros casi se le cayeron, pero una mano firme los sostuvo antes de que tocaran el suelo. Alzó la vista, y ahí estaba.

Elior.

—Lo siento —dijo él, con esa voz suave que parecía cargar cansancio y calidez a la vez.

Su mano aún estaba sobre la de ella, sosteniendo los libros. Y en ese instante, ocurrió lo inevitable: la palma de Seraphine rozó su pecho. Justo en el mismo lugar de la primera vez.

Un escalofrío la recorrió.

La calidez. Esa calidez increíble, casi sagrada, volvió a atravesarla. Una sensación que abrazaba, que sanaba, que parecía querer borrar toda la oscuridad del mundo.

Pero de pronto…

Su respiración se cortó.

Esa luz se apagó. Y lo que emergió en su lugar fue algo completamente distinto.

Una sombra.

Oscura. Fría. Densa como un abismo.

El corazón de Elior, por un segundo, se cubrió con algo indescriptible, como un muro impenetrable que la rechazó violentamente. No era solo resistencia: era un rechazo hostil, como si esa sombra dentro de él se negara a ser vista.

Seraphine dio un paso atrás, sobresaltada. Su mano tembló levemente, como si hubiera tocado fuego helado.

Elior la miró con ojos entrecerrados, confundido. —¿Pasa algo?

Ella abrió los labios, pero no pudo responder de inmediato. Esa calidez, esa ternura que tanto la había conmovido… había sido devorada en un parpadeo por algo siniestro que no entendía.

—N-no… nada. Solo… me asusté —respondió, forzando una sonrisa ligera.

Elior desvió la mirada y le entregó los libros con un gesto amable, pero distante. —Tienes que tener más cuidado. Estos pasillos siempre se sienten más solitarios al final del día.

Y con eso, se giró para seguir caminando hacia la salida.

Seraphine se quedó inmóvil, con el corazón latiendo demasiado rápido.

—Esa sombra… —murmuró apenas audible—. ¿Qué eres, Elior?

La silueta de él se perdió en la luz anaranjada del atardecer. Y ella supo, con una certeza inquietante, que había tocado algo que no quería ser descubierto.

La noche había caído sobre la ciudad. Las luces de neón se reflejaban en los ventanales del dormitorio de Seraphine, pero ella no prestaba atención a nada de eso. Sentada sobre su cama, con el pelo mojado y las piernas cruzadas, cerró los ojos y llevó sus manos al pecho.

Un suave resplandor verde-azulado envolvió su cuerpo. La habitación, de pronto, quedó en completo silencio.

—Caelis, informe número dos… —susurró con voz apenas audible, como si hablara con el mismo aire.

Una vibración recorrió el cuarto. El enlace estaba hecho.

—Objeto de observación: Elior Blackwood. Condición actual: estable en apariencia… pero en su interior algo ha cambiado.

Su voz vaciló un instante. Ella, la más joven enviada del consejo celestial, dudaba. Y eso era peligroso.

—Hoy lo toqué de nuevo… su corazón. Al principio sentí la misma calidez que antes. Una luz que parecía capaz de sanar cualquier herida, una bondad poco normal para un humano corriente. Pero luego… esa luz desapareció.

Seraphine apretó los puños sobre su pecho.

—Una sombra… profunda, hostil, imposible de describir. Me rechazó. No fue una defensa inconsciente, fue una expulsión. Como si algo dentro de él… no quisiera ser descubierto.

El resplandor a su alrededor tembló.

—Conclusión parcial: Elior Blackwood no es un humano común. Tampoco es un híbrido, ni un simple elegido. Su alma… cambia. Entre luz y oscuridad. Entre calidez y vacío. Eso lo vuelve más impredecible que cualquier demonio.

El silencio llenó la habitación por unos segundos. Solo su respiración temblorosa lo rompía.

Finalmente, añadió en voz baja, casi como una confesión: —Y sin embargo… aunque debería temerle, no puedo apartarme de él. La conexión que sentí en sus ojos… era como si lo conociera desde antes. El resplandor se desvaneció lentamente.

Seraphine abrió los ojos. Sus pestañas temblaban, y una gota de sudor corría por su frente.

Sabía que esas palabras llegarían al Consejo en Aetheris. Sabía que podían decidir vigilarlo más de cerca… o incluso eliminarlo.

Pero también sabía que había ocultado algo en su informe. El detalle más importante.

Que esa sombra… por un instante, la miró de vuelta. Y que en ese instante, ella sintió el miedo correr por su cuerpo.

—¿Qué pasa conmigo? —susurró, antes de dejarse caer sobre la cama, incapaz de dormir.

Elior

La casa estaba en silencio, iluminada apenas por la luz tenue de una lámpara en la sala. Afuera, la ciudad dormía, pero dentro, Elior y Hina compartían una calma diferente.

Elior se dejó caer sobre el sillón, con un suspiro largo y cansado. —No me siento bien, Hina… —dijo, mirando el techo con los ojos apagados—. Es raro. No importa cuánto duerma o descanse… despierto más cansado. Como si no tuviera energía. Como si me drenaran desde dentro.

Hina, sentada a su lado con las piernas recogidas, lo observó en silencio unos segundos antes de hablar. —Quizás sea porque te destrozaron en esa pelea, ¿no crees? —respondió con suavidad, aunque con un dejo de reproche—. Te rompiste 6 costillas, te atravesaron con una daga, casi mueres… Elior, al final sigues siendo humano. Tal vez tu cuerpo no ha tenido tiempo de recuperarse del todo.

Elior sonrió débilmente, girando un poco el rostro hacia ella. —Puede ser… supongo que tienes razón. Quizás solo sea eso.

El silencio duró apenas unos segundos antes de que Hina lo rompiera con una sonrisa pícara. —Aunque… —se inclinó hacia él, con los ojos brillando de picardía— también podría ser porque pasas demasiado tiempo mirando a cierta chica nueva.

Elior parpadeó, confundido. —¿Eh? ¿De qué hablas?

—¡No te hagas! —insistió ella, dándole un golpecito en el hombro—. Ya me di cuenta de cómo miras a Seraphine.

Él se enderezó enseguida, con un gesto nervioso. —¡Oye! Yo no… No es lo que piensas. Actúo con ella como con todos. No he notado que haga nada diferente.

Hina lo miraba con una sonrisa traviesa, disfrutando de verlo incomodarse. —Ajá, claro, como con todos. Seguro.

Elior suspiró, pasándose una mano por el cabello. —Sabes que no siento ese tipo de cosas, Hina. De verdad. No siento nada por Seraphine. Fue raro al principio, sí… la primera vez que la vi, sentí como si la conociera de algún lugar. Pero solo eso.

Su mirada se volvió más seria por un instante. —Es más… hay algo en ella que no me encaja del todo. No sé qué es, pero lo siento.

Hina lo observó con atención. Quiso seguir molestándolo, pero la seriedad en los ojos de Elior la hizo detenerse. Finalmente, sonrió y apoyó la cabeza en su hombro. —Está bien, te creo. Solo me gusta hacerte enojar.

Elior rió suavemente, dejando que el ambiente volviera a relajarse.

La noche pasó entre charlas de todo tipo: recuerdos de la escuela, anécdotas tontas, sueños que nunca decían en voz alta a los demás. Poco a poco, la conversación se fue apagando, hasta que ambos, sin darse cuenta, se quedaron dormidos en el sillón.

Horas después, Elior abrió los ojos pesadamente. Miró a Hina, acurrucada contra él, respirando tranquila. Con cuidado, la sacudió suavemente. —Hina… despierta. —dijo en voz baja.

Ella abrió un ojo perezosamente. —¿Mmm?

—Ve a la cama. ve a dormir en mi cuarto, como siempre. Yo me quedo aquí en el sillón.

Hina lo miró medio dormida, con gesto de protesta. —Siempre dices lo mismo… Estaba cómoda.

—Solo quiero que logres descansar bien —sonrió Elior con calma, acariciándole el cabello como si fuera un ritual de años.

Ella rodó los ojos, pero no discutió más. Se levantó arrastrando los pies y desapareció por el pasillo.

Elior se quedó en el sillón, mirando el techo en silencio. Una punzada extraña le recorrió el pecho, pero la ignoró. Al menos por esa noche, lo único que importaba era que Hina pudiera descansar tranquila.

Esa mañana, Elior despertó con los ojos pesados, el cuerpo rígido y la garganta seca. Se incorporó en el sillón con un esfuerzo que le pareció desproporcionado. No era simple cansancio. Era como si su propia energía se desmoronara con cada segundo.

El silencio de la habitación se rompió de golpe. Voces. Docenas, tal vez cientos. Un murmullo ensordecedor, gritos lejanos y susurros al oído, todo al mismo tiempo. Palabras sin forma, sonidos incomprensibles que se clavaban en su cráneo.

—¡Aghhh…! —Elior apretó los dientes, llevándose las manos a la cabeza. El dolor era insoportable, acompañado de un zumbido agudo que le destrozaba los oídos y le acalambraba cada músculo.

Hina, que acababa de entrar con dos tazas de té, lo vio encorvarse en el sillón, sudando y respirando con dificultad. —¡Elior! ¿Qué te pasa? —corrió hacia él, asustada.

Él solo pudo negar con la cabeza, jadeando, hasta que con esfuerzo se levantó. —Voy… a ducharme. Quizás se pase…

Hina no discutió. Solo lo observó caminar tambaleante hacia el baño, cerrando la puerta tras de sí. Y en cuanto estuvo sola, sacó su celular con manos temblorosas.

—Kael… —su voz sonó entrecortada cuando él respondió—. Es Elior. Algo no anda bien. No tiene fuerzas, no puede dormir, y ahora… se ve exhausto como si apenas pudiera mantenerse en pie… No sé cómo explicarlo bien, pero no es normal. Estoy muy preocupada.

Kael guardó silencio unos segundos antes de responder con tono grave: —Quédate con él. No lo dejes solo. Haré lo posible por ir lo antes posible. Aguanta, Hina.

Ella apretó los labios, asintiendo aunque él no pudiera verla. —Lo haré.

Ya en la escuela, Elior actuaba como si nada pasara. Caminaba, hablaba, sonreía… pero todos los que lo conocían bien podían notar la diferencia.

Hina lo miraba desde lejos, mordiéndose el labio inferior. Sus pasos eran más lentos, su mirada más apagada. No tenía fuerzas ni siquiera para esconderlo. Está peor… pensaba, con un nudo en la garganta.

Seraphine también lo notaba. Cada vez que lo observaba, sus ojos parecían ver más allá de la fachada: el vacío en sus gestos, la tensión en su mandíbula, el cansancio que no lograba ocultar.

La campana resonó, dando inicio a la siguiente hora. El aula estaba en calma, con los estudiantes tomando apuntes. Elior, sin embargo, apretaba el lápiz con un poco de fuerza que casi lo rompía.

Zzzzz…

El zumbido volvió. Primero débil. Luego, incontrolable.

Las voces lo rodeaban, gritando, susurrando, llamándolo por su nombre. Su cabeza latía como un tambor, y el sudor le caía por la frente.

De pronto, una imagen lo golpeó. Su familia. Su hogar en ruinas. Y la luz blanca. Esa luz que lo quemaba vivo desde dentro mientras corría, desesperado, intentando alcanzarlos.

—¡No…! ¡NOOO! —Elior se levantó bruscamente de su pupitre, respirando agitadamente, con las manos en la cabeza.

Todos se giraron hacia él. Algunos se levantaron, asustados. Emily, su compañera, dio un paso al frente. —Elior… ¿estás bien?

Pero lo que él vio no fue a Emily. Eran demonios. Sus rostros deformes, sus garras extendidas hacia él.

Una parte de Elior quiso atacar. Pero otra, más racional, le gritaba que no tenía sentido. Sin pensarlo, salió corriendo del aula.

El zumbido se intensificaba con cada paso. Sus piernas se doblaban, su respiración se quebraba. Corrió hasta el patio trasero, donde nadie podía verlo. Tropezó y cayó contra el suelo.

—¡Ahhh…! —se apoyó contra la muralla más cercana, con el corazón desbocado—. No… puedo…

Se aferró al pecho, intentando regular su respiración, pero cada intento era inútil. El aire no entraba. El dolor era insoportable. En su caída, se había golpeado la cabeza. La sangre comenzaba a escurrirle por la sien.

Dentro de su pecho, su corazón no solo latía: parecía explotar en cada pulso.

Mientras tanto, uno de los estudiantes corrió hasta la clase de Hina. —¡Takamura! ¡Elior…! Creo que está teniendo un ataque de pánico. Se fue corriendo… está mal.

Hina no dudó un segundo. —¡¿Dónde esta?!

El chico señaló hacia el patio trasero. Ella salió corriendo, seguida muy de cerca por Seraphine, que actuó casi por instinto.

Corrieron por los pasillos, buscando con desesperación. Hasta que Seraphine se detuvo de golpe. —Mira… —dijo con voz baja, señalando el suelo.

Había gotas de sangre. Ambas se miraron, y sin perder tiempo siguieron el rastro hasta encontrarlo.

Elior estaba desplomado contra la muralla, jadeando como un animal acorralado. Su piel estaba pálida, sus labios resecos, y el sudor cubría todo su rostro.

—¡Elior! —Hina corrió hacia él, tomándolo por los hombros—. ¡Respira conmigo, vamos! ¡No es la primera vez, ¿recuerdas?!

Él apenas podía enfocarla. Su mirada estaba perdida, entre la confusión y el dolor.

Seraphine, en silencio, se arrodilló junto a ellos. Por primera vez en mucho tiempo, no supo qué hacer. Hasta que, casi sin pensarlo, tomó la mano de Elior y la llevó hasta su propio pecho. —Concéntrate en esto —dijo con voz firme, aunque sus manos temblaban—. Siente cómo sube y baja tu respiración. Solo eso.

Los ojos de Elior se movieron lentamente hacia ella, como si la escuchara a través de un túnel lejano.

Y entonces, ocurrió.

Cuando Seraphine tocó su corazón, lo vio.

No era como antes. Su alma vibraba de manera irregular, caótica. La luz y la sombra, que solían coexistir en un extraño equilibrio, ahora se enfrentaban violentamente. Era un combate interno. Una guerra por el control.

—¡…! —Seraphine se quedó paralizada, con los ojos abiertos como platos.

La calidez que había sentido antes seguía allí, pero cubierta, ahogada bajo una oscuridad que no pertenecía a Elior. Algo más estaba infiltrándose, envenenando su esencia poco a poco.

Y justo cuando intentó profundizar más… Una fuerza brutal la rechazó. Un muro oscuro se levantó de golpe, arrojándola hacia atrás, expulsándola del interior de su alma.

Elior gritó, llevándose las manos al pecho. —¡AAAHHHH!

Hina lo sostuvo con todas sus fuerzas. —¡Resiste, Elior! ¡Por favor!

Seraphine, aún con el corazón acelerado, lo observaba en shock. ¿Qué fue eso? pensó, con un escalofrío recorriéndole la espalda. ¿Qué hay dentro de ti que incluso tu propia alma lo rechaza?

—Respira conmigo… así, lento… lento… —Hina sostenía a Elior con fuerza, guiando su respiración entre sollozos.

Poco a poco, el temblor en su cuerpo fue bajando, aunque el sudor y la palidez lo hacían ver como una sombra de lo que era.

En ese momento, las pisadas apresuradas rompieron la escena. —¡Ahí está! —exclamó uno de los profesores. Tras él, llegó la enfermera con un botiquín en la mano.

—¡Rápido, ayúdenme a levantarlo! —ordenó ella.

Elior apenas abrió los ojos, desorientado, antes de que lo sujetaran entre varios y lo condujeran hacia la enfermería. Hina intentó ir detrás, pero un profesor le cerró el paso. —Gracias, pero vuelve a la sala Takamura.

Ella apretó los puños, impotente. No, tengo que estar ahí con él, por favor…

Seraphine se quedó en silencio, observando cómo se lo llevaban. Sus dedos aún temblaban por lo que había sentido dentro de él.

Al paso de las horas , la puerta de la enfermería se abrió bruscamente. Kael entró con paso firme, el rostro marcado por la tensión del viaje apresurado.

Elior dormía en la camilla, con la frente cubierta de sudor frío. Los vendajes recientes no ocultaban el agotamiento de su cuerpo.

Kael lo miró en silencio, su expresión endureciéndose. No es solo cansancio. Algo claramente lo está consumiendo desde dentro.

Dio un paso atrás, y en ese instante, sus ojos se cruzaron con tres figuras: Hina, su madre, y Seraphine.

La primera en hablar fue la madre de Hina. —Gracias por venir tan rápido, Kael. Él… no sabemos qué hacer.

Kael asintió, pero sus ojos no estaban en ella. Estaban en Seraphine.

Por un instante, el aire en la enfermería se volvió más denso. La reconoció al instante. No por su nombre, ni por su cara… sino por lo que emanaba. Una presencia celestial imposible de disimular.

Seraphine sostuvo su mirada, incómoda. Kael apretó los dientes. Así que… los del consejo ya lo saben.

No dijo nada en voz alta, sólo inclinó la cabeza. Pero en su interior, la decisión era clara: Debía hablar con ella. Rápido. Antes de que Elior descubriera algo que no debía.

Esa misma tarde, con la ayuda de algunos profesores, Kael logró que trasladaran a Elior a su casa. Allí estaría mejor, lejos de miradas curiosas y podría descansar bien.

Lo recostaron en su cama, mientras él dormía profundamente. El agotamiento lo había vencido.

Kael, Hina y su madre se quedaron en la sala. El silencio era espeso, interrumpido solo por el tic-tac del reloj.

Hina fue la primera en romperlo. —Debo contarles todo….

La madre la miró, preocupada. —¿Qué quieres decir, hija?

Con un suspiro tembloroso, Hina comenzó: —Hace semanas, Elior no es el mismo. Dice que no tiene fuerzas… que aunque duerma, despierta peor. Y luego… lo de hoy en la escuela. Esas voces, esos zumbidos… no era la primera vez. Yo… lo he visto así antes, pero nunca tan grave.

Apretó las manos sobre su regazo, luchando contra las lágrimas. —Él siempre sonríe. Siempre finge que está bien. Pero cada día lo veo apagarse un poco más. Y ahora… temo que algo dentro de él esté rompiéndose.

Kael la escuchaba en silencio, con los brazos cruzados. Sus ojos se oscurecieron al oír sus palabras. —No es tu imaginación, Hina. Algo lo está consumiendo desde dentro.

La madre de Hina se llevó una mano a la boca, horrorizada. —¿Consumiendolo…?

Kael desvió la mirada hacia el pasillo, hacia donde Elior dormía. —Lo que vive en él… es más grande de lo que creen. Y si no tenemos cuidado, podría consumirlo.

—Por el momento solo lo dejare descansar, hasta saber bien qué es lo que le está pasando.

El departamento de Seraphine estaba en silencio. Solo la tenue luz de la lámpara iluminaba la mesa donde reposaban algunos cuadernos de clase. Ella, con la mente aún revuelta por lo que había ocurrido con Elior en la escuela, se asomó a la ventana para despejarse.

Su corazón dio un vuelco. Allí, en la calle, de pie bajo el farol, estaba Kael.

No se movía. Solo alzaba la vista hacia su ventana con la serenidad de quien espera algo inevitable.

Seraphine abrió rápidamente la ventana. —¿Ocurrió algo con Elior? —preguntó de inmediato, la voz cargada de preocupación.

—No —respondió Kael con calma, aunque sus ojos brillaban con intensidad—. Él está descansando. Esta visita es para ti.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Bajó de prisa, y en cuanto abrió la puerta del edificio, lo encontró esperándola. La brisa nocturna agitaba su abrigo, y por un instante, Seraphine sintió que no estaba frente a un humano común.

—…Sabes quién soy —susurró, entre alerta y asombro.

Kael la observó en silencio unos segundos, hasta que habló con voz grave: —No hace falta que lo niegues. Tu presencia celestial es imposible de ocultar. Te reconocí en cuanto entre a la enfermería.

Seraphine apretó los labios. Nunca había sido descubierta tan rápido. —Eso es… imposible. Ningún humano debería percibirlo.

Kael soltó una risa amarga. —¿De verdad creíste que soy solo un humano cualquiera? He vivido más vidas de las que imaginas. Y si algo tengo claro… es que el consejo celestial no envía a alguien sin un propósito.

Ella frunció el ceño. —Entonces… ¿Qué eres tú?

—Nada que importe —replicó Kael, cortante—. Lo único que debes saber es que Elior no está solo. Y que yo soy su cuidador… y más que eso. Él es mi hijo, aunque no llevemos la misma sangre.

Las palabras cayeron como un golpe. Seraphine abrió los ojos con sorpresa genuina. —¿Tu hijo…?

Kael asintió lentamente. —Sus padres me lo encomendaron. He estado en cada una de sus cicatrices. Y si piensas observarlo como si fuera un experimento… te advierto que no lo permitiré.

Seraphine retrocedió un paso, tocándose el pecho como si le faltara el aire. —Yo… no vine a hacerle daño.

—Eso espero —dijo Kael, mirándola fijamente—. Porque si intentas lo contrario, no importa que vengas del cielo: te detendré con mis propias manos.

Un silencio pesado llenó el aire.

Seraphine sostuvo su mirada, y por primera vez en mucho tiempo, dudó. Dudó de sí misma, dudó de su misión, y dudó de lo que realmente sentía cada vez que miraba a Elior.

Kael, sin esperar respuesta, se dio media vuelta. —Descansa. Mañana seguiremos hablando.

Ella lo observó alejarse bajo la luz del farol. El corazón le latía con fuerza, y una idea martillaba en su mente: Ese hombre… no es un simple humano.

Kael se va resignado pensando en lo pesado que fue con la chica, pero debía alejarla , antes de que Elior descubriera que ella es un ángel.

El salón del consejo en Aetheris resplandecía con columnas de mármol blanco y vitrales celestiales que teñían la luz en tonos azules y dorados. Las alas de los ángeles de alto rango vibraban suavemente, llenando el aire con una presión casi asfixiante.

En el centro, de pie, estaba Seraphine.

—Caelis Seraphine, presenta tu informe —ordenó uno de los ancianos, su voz retumbando como un trueno.

Ella inclinó la cabeza con respeto y comenzó: —Durante estos días he observado al humano llamado Elior Blackwood. Confirmo que posee una energía fuera de lo común. por ello pudo cerrar una brecha de Gehenna y derrotó a un demonio noble… hazaña imposible para alguien de su especie.

El murmullo recorrió el círculo de los consejeros. Algunos anotaban en tablillas de cristal, otros se limitaban a fruncir el ceño.

Seraphine continuó: —Su estado emocional es inestable, pero su vínculo con la humanidad lo mantiene equilibrado. Su relación más cercana es con una humana, Hina Takamura. También… —dudó un segundo—, también tiene un cuidador.

El silencio cayó como un muro.

—Un cuidador… ¿A que te refieres?¿Un cuidador humano?

—preguntó un ángel de ojos cegadores.— Eso es lo más normal en esa especie….

Seraphine bajó la mirada antes de pronunciarlo. —Su nombre es… Kael. Aún desconozco si su naturaleza sea humana , ya que logró percibirme mucho antes de que yo lo percibiera.

El murmullo se transformó en un estruendo. Algunos consejeros se pusieron de pie, otros exhalaron bruscamente, y el anciano de mayor rango golpeó su bastón con fuerza.

—¡Imposible! —exclamó uno. —¿Ese nombre aún existe en la tierra? —susurró otra con voz temblorosa.

Seraphine los miraba en silencio, sin comprender del todo la magnitud de lo que había dicho. Cuando su informe terminó, fue liberada. El eco de aquel nombre aún flotaba en el salón como una herida abierta.

Ya de regreso en su hogar en Aetheris, Seraphine apenas había tenido tiempo de quitarse el manto blanco cuando sintió la presencia de alguien detrás de ella.

—Hija

La mano derecha del consejo, la mujer más respetada de todo Aetheris, estaba de pie en el umbral de su habitación. Su porte era majestuoso, pero sus ojos verdes mostraban una gravedad inusual.

—Madre… —murmuró Seraphine, inclinando la cabeza.

—He escuchado tu informe —dijo la mujer, acercándose lentamente—. Y hay algo que necesito confirmar personalmente.

Seraphine se armó de valor. —¿Quién es realmente Kael?

Hubo un silencio largo. Finalmente, su madre habló con una voz cargada de memoria y dolor:

—Kael no es un simple guardián. Fue un arcángel. El más fuerte de su era. Su poder era tal, que incluso el consejo dependía de él en la última gran guerra celestial.

Seraphine abrió los ojos con asombro.

—Pero… si era tan fuerte…

—Él decidió ceder su lugar —interrumpió su madre suavemente—. Lugar que tomó su hijo,quien heredó no solo su fuerza y espíritu, sino un poder que era capaz de mantener a raya a todos los demonios en Gehenna. Pero el chico cayó en la guerra junto a su esposa , ambos eran considerados los arcángeles más fuertes de la historia, contenían un poder único. La situación es que ambos dieron su vida para sellar a los ejércitos de la oscuridad y salvar a Geheris como también a nosotros.

El corazón de Seraphine se encogió.

—Entonces Kael… perdió a su hijo, pero ¿qué hay de su esposa?.

—Después que perdieron a su único hijo en la guerra, cada uno lidio con el dolor de distinta manera.

—Ella se dejó llevar por las políticas de su familia, quienes siempre estuvieron en desacuerdo con la relación que ella tenía con Kael, así que posterior a la muerte de su primogénito, decidió irse a la parte más profunda de aetheris para hacer guardia en los caminos hacia Gehenna , y por donde los muertos transitan, quizás con la esperanza de ver a su hijo nuevamente.

. —Por otro lado, Kael, entrenó a los nuevos arcángeles, pero cuando sintió que ya no tenía nada más que dar, eligió retirarse. Dijo que viviría como un humano común. Que ya no le debía nada a nadie así que ambos se dejaron ir..

Las manos de Seraphine temblaron levemente. Recordó la mirada de Kael cuando la enfrentó. Esa mezcla de ternura y severidad… el reflejo de alguien que había perdido demasiado, pero que aún se aferraba a lo que quedaba.

—Él… cuida de Elior como si fuera su propio hijo —murmuró.

Su madre la miró fijamente. —Y eso lo hace aún más peligroso. Porque Kael jamás permitirá que nadie, ni humano ni celestial, le arrebate lo que le queda de familia.

Seraphine apretó los labios. Su misión se había vuelto más complicada de lo que jamás imaginó.

El viento soplaba suavemente entre las ventanas de la casa. El resplandor del sol iluminaba la ciudad del cielo como un océano suspendido.

Seraphine aún seguía de pie junto a la ventana de su habitación, con el informe al consejo resonando en su mente. La mención de Kael había desatado un torbellino que no comprendía del todo, y ahora las palabras de su madre pesaban más que nunca.

Aurora Caelis, imponente con su túnica plateada y su mirada de ojos verdes profundos, entró en silencio. La luz del sol se reflejaba en su cabello, dándole un aire casi divino.

—Hija… —dijo con voz serena pero grave—. Escúchame bien. Esta misión ya no es para ti.

Seraphine se giró, sorprendida. —¿Qué…? ¿Qué quiere decir, madre?

Aurora avanzó hasta quedar frente a ella. Le sostuvo el rostro entre las manos con ternura, pero con la firmeza de una líder que había visto siglos de guerras.

—Kael no es un nombre que deba pronunciarse a la ligera. Ni siquiera en Aetheris. Cuando perdió a su hijo , junto a su esposa y su nuera, algo dentro de él murió también.

Seraphine bajó la mirada. —Entonces… ¿él es realmente el cuidador de Elior?

Aurora cerró los ojos un instante, como si recordara tiempos pasados. —Sí. Y lo conozco bien. —Su voz se volvió más suave—. Su esposa… era mi mejor amiga. Compartimos batallas, lágrimas y risas. Así que sé cuánto le dolió perder lo que más amaba. Cuando Kael decidió marcharse y vivir como humano, jamás volvimos a saber de él. Ni una palabra, ni un rastro.

Seraphine abrió los ojos con asombro. —¿Y ahora reaparece… cuidando de un humano que cerró una brecha y derrotó a un demonio noble?

Aurora asintió lentamente. —Eso significa que él quizás encontró algo peligroso en el chico y por eso lo entrenó . Y tú, hija… no debes cargar con este peso. No aún.

Seraphine retrocedió un paso, su corazón latiendo con fuerza. —¿Está diciéndome… que abandone la misión?

Aurora acarició su mejilla. —Exacto. Yo misma iré en tu lugar. Conozco mejor que nadie a Kael… y sé cuánto dolor guarda en silencio. No quiero que te enfrentes a esa herida. Es demasiado peligrosa.

Seraphine sintió un nudo en el pecho. Parte de ella quería obedecer de inmediato. Otra… se resistía. Recordaba los ojos de Elior, aquella conexión inexplicable que no podía borrar de su alma.

Aurora, percibiendo su duda, añadió con firmeza: —Lo digo porque eres mi hija. Y porque no quiero que sufras. Cuando Kael protege algo… nada ni nadie puede detenerlo. Ni siquiera nosotros.

La habitación quedó en silencio, apenas roto por el murmullo del viento entre las torres.

Seraphine bajó la cabeza, apretando los labios. —Lo entiendo, madre…

Pero en su interior, la duda ya había germinado

Uno de los guardias del concejo llega la casa rápidamente —Aurora Caelis, necesitamos que vayas al concejo de manera inmediata.

—Iré enseguida—dijo sin pensarlo dos veces.

Apenas llegó, los doce ancianos consejeros ya discutían, sus voces superpuestas llenando el recinto con un tono de miedo y furia contenida.

—¡Un humano derrotó a un demonio noble! —tronó uno, con la mano alzada como si aún no pudiera creerlo—. ¿Y cerró una brecha de Gehenna? ¡No es algo para tomarlo a la ligera!

—No fue un humano cualquiera… —replicó otro, con ojos afilados—. Estaba Kael detrás. Nadie más que él sería capaz de ocultar algo semejante.

Aurora permaneció en silencio, observando. Sabía que hablar demasiado pronto sería un error.

Un tercer anciano golpeó la mesa de cristal, su voz cargada de veneno: —¡Que lo traigan! ¡Que Kael rinda cuentas en esta sala! Hace más de un siglo que abandonó su deber, y ahora sabemos que protege a un mortal… ¡a ese chico!

Algunos asintieron con vehemencia. Otros, más cautos, intercambiaban miradas nerviosas.

—Si dejamos que Kael actúe como quiera, estaremos condenando el equilibrio —dijo una mujer del Consejo, con los labios tensos—. Él siempre fue un pilar. Pero ahora… podría convertirse en una amenaza.

Aurora apretó los puños bajo la mesa. Sentía la injusticia subir como un fuego en el pecho.

—¿Y qué proponen? —preguntó otro de los ancianos, con un tono cargado de cinismo—. ¿Castigar a Kael? ¿Y al humano también?

—¡Sí! —respondió uno de los más radicales—. Ambos deben ser condenados. Él por ocultar la verdad, y el chico por representar un peligro que ni siquiera entendemos.

Las voces se alzaron más. Se notaba el miedo. Miedo a lo desconocido, miedo al nombre de Kael, miedo a un poder que escapaba de su control.

Aurora alzó la mirada, clavando sus ojos esmeralda en los ancianos. —¿Pretenden condenar al que perdió a toda su familia por salvarnos? ¿Al mismo Kael que entrenó a todos los arcángeles de esta sala? —su voz resonó con firmeza—. Tengan cuidado con lo que deciden.

El silencio cayó un instante. Pero pronto las discusiones regresaron, más intensas aún.

Al final, el anciano de mayor rango habló: —El asunto es demasiado grave. Tomaremos unos días para deliberar con claridad. Pero lo más probable… —sus ojos recorrieron a todos los presentes— es que Kael debe regresar a Aetheris. Por las buenas… o por las malas.

Aurora cerró los ojos por un instante. Su corazón se apretó. Sabía que esa decisión no traería paz.

Cuando la asamblea terminó, salió de la sala con el peso del mundo sobre los hombros. Sus pensamientos eran claros: “Si quieren arrastrar a Kael de vuelta… lo harán con cadenas. Y eso, no lo permitiré. Debo hablar con él. Debo arreglar este asunto antes de que sea demasiado tarde.”

La madrugada era densa, cargada de un silencio roto solo por la respiración entrecortada de Elior. Su cuerpo se agitaba en la cama como si peleara contra algo invisible. El sudor empapaba las sábanas y su piel ardía al tacto.

Kael, sentado a un costado, apretaba los puños con rabia impotente. —Ya van más de quince horas… —susurró—. Y no despierta…

El anciano se inclinó, le retiró la manta y con ayuda de la madre de Hina, comenzó a quitarle las vendas. Lo que vieron los dejó sin aliento.

La herida en el costado no había cerrado. No era un corte común. Era un agujero vivo, enrojecido y supurante, rodeado de venas ennegrecidas con un tono verdoso que parecían extenderse como raíces por todo el torso.

—Dios santo… —murmuró la mujer, llevándose una mano a la boca.

Kael frunció el ceño, tocando la piel alrededor. Al contacto, Elior se arqueó con un gemido gutural, sus músculos se tensaban como cuerdas a punto de romperse.

—No es una infección normal —dijo Kael con gravedad—. Es veneno demoníaco… y no cualquiera. Su voz se quebró apenas. —Este tipo de veneno fue creado para asesinar arcángeles… solo un demonio es capaz de hacer este tipo de venenos

La madre de Hina lo miró con ojos aterrados. —¿Cómo puede…? ¿Cómo puede tener eso en su cuerpo un simple muchacho?

Kael no respondió al instante. Cerró los ojos, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. —Si su cuerpo no lo hubiera contenido… ya estaría muerto. —¿Contenerlo…? —Sí. Es como si su propia esencia peleará contra el veneno, manteniéndolo en un punto muerto. Pero cada minuto que pasa… lo consume más.

La mujer respiró hondo, tratando de mantener la calma. —¿Qué hacemos, Kael?

Él se levantó de golpe. —Necesito agua hirviendo, paños limpios y ciertos ingredientes. Pero… —apretó los dientes— Elior siempre guardó esas cosas en un lugar oculto. Ni yo sé dónde.

—Quizás… —la madre de Hina bajó la voz—, quizás mi hija lo sepa. Pasan tanto tiempo juntos que no me extrañaría que él se lo haya confiado.

Sacó el celular temblorosa y comenzó a marcar con rapidez.

Kael, mientras tanto, se arrodilló junto a Elior, que seguía agitándose, con los labios secos y los ojos entreabiertos en un delirio febril. El arcángel retirado lo observó con una mezcla de dolor y rabia.

—Así que ya saben de ti —murmuró, más para sí que para los demás—. Gehenna quiere matarte….

Hina, quien estaba saliendo de la escuela , ya camino a casa junto a Seraphine. contestó rápidamente el llamado.

—¿Mamá…? ¿Qué pasa?

El sol caía entre los edificios de la ciudad cuando Hina salió de clases, con la mochila colgando flojamente de un hombro. Su paso era lento, cabizbajo. A su lado, Seraphine caminaba en silencio, observándola con atención.

—Ibas directo a la casa de Elior, ¿verdad? —preguntó Seraphine, rompiendo el aire pesado entre ellas.

—Sí… —respondió Hina, apenas audible.

Durante unos segundos ninguna habló. El murmullo de los estudiantes alejándose del colegio era lo único que se escuchaba. Finalmente, Hina apretó los labios y se animó a decir lo que llevaba dentro.

—Seraphine… tú viste lo que pasó. —Suspiró con fuerza, como si le doliera ponerlo en palabras—. Elior siempre carga con demasiado. No habla de lo que siente, nunca. Le cuesta abrirse… Y aunque ha estado en terapia por años, y sí, ha mejorado mucho, todavía tiene esas… sombras.

Seraphine giró el rostro hacia ella. Su mirada era atenta, cálida.

—¿Sombras?

Hina asintió, la voz temblando apenas. —No es la primera vez que le da una crisis… pero sí es la primera vez que lo veo tan agobiado. Tan desesperado. —Se mordió el labio inferior, reprimiendo el temblor en su voz—. Hay días en los que, de verdad, me da miedo que se haga daño… Y vivo con esta angustia constante. —Forzó una sonrisa débil, casi quebrada—. Ya me acostumbré, supongo.

Seraphine bajó la mirada. Esa confesión pesaba como plomo en el aire. Lo que sintió no fue simple compasión: era una punzada de lástima mezclada con un extraño respeto. “Han pasado por tanto juntos…” pensó.

Con suavidad, le dijo: —Se nota. Se nota todo lo que han vivido. Pero también… se nota cómo cambia él cuando está contigo. Su aura es distinta, Hina. Todos en la escuela lo ven. —… ¿Aura? —Hina arqueó una ceja, sin captar del todo. —Me refiero a que, contigo, no finge. Quizás deberías hablarle de cómo te sientes. De lo preocupada que estás por él. Tal vez así… ambos se alivianen un poco.

Hina se quedó callada, mirando al frente. Y luego soltó un suspiro largo. —Perdón. —Dijo con una sonrisa débil—. Te estoy agobiando con mis problemas.

Seraphine negó suavemente con la cabeza. —No digas eso. Al final… somos amigas, ¿no? Eso es lo que hacen las amigas.

Esas palabras resonaron en Hina, que la miró sorprendida. Seraphine no solo sentía esa atracción misteriosa hacia Elior… sino que, de forma inesperada, le había tomado un cariño real. Hina era su primera amiga de verdad. Y eso, para alguien como ella, significaba más de lo que podía admitir.

Ambas siguieron caminando, hasta que el teléfono de Hina comenzó a sonar.

—¿Mamá…? ¿Qué pasa?—respondió, un poco extrañada. La voz al otro lado sonaba nerviosa, acelerada.

—Hina, escucha bien. Es Elior. Está empeorando. Necesitamos que me digas donde guardo unos ingredientes para curar heridas por veneno? Kael dijo que elior siempre lo tenía con él…

Los ojos de Hina se abrieron de golpe. —¡¿Qué?! ¡¿como que veneno?!

— El bolso con esas cosas, están escondidas en el entretecho de su pieza, cerca de la ventana.— dijo de forma inmediata.

El color abandonó su rostro. Sin pensarlo, cerró el celular y tomó la mano de Seraphine con fuerza.

—¡Vamos, tenemos que correr!

—¿Qué sucede? —Seraphine apenas alcanzó a preguntar, mientras era arrastrada entre la multitud.

—¡Elior está mal! ¡Muy mal! —fue la única respuesta de Hina, con la voz quebrada por la angustia.

Seraphine no supo qué hacer. Cada fibra de su cuerpo le decía que no debía ir a esa casa, no después de lo que había hablado con su madre y con Kael. Pero sus pies seguían corriendo, arrastrados por la desesperación de Hina.

Su corazón latía desbocado. “¿Por qué…? ¿Por qué no puedo soltarla y dar media vuelta? ¿Porque siento que necesito estar allí… aunque me cueste todo?”

Sin respuesta, dejó que Hina la llevara directo a la casa de Elior.

El carro avanzaba a toda velocidad hacia el hospital. Hina sujetaba con fuerza la mano de Elior, rogando entre sollozos que no la soltara. Kael y la madre de Hina mantenían la calma en el exterior… pero dentro de cada uno ardía el miedo.

Mientras tanto, dentro de la mente de Elior, el mundo era otro.

Oscuridad. Un océano interminable de sombras que se retorcían como serpientes. No había suelo, ni cielo. Solo vacío.

Elior caminaba, arrastrando los pies, el pecho pesado como si una cadena invisible lo hundiera más y más. Su respiración era débil. Sus manos temblaban.

—Ya… no puedo… —murmuró, dejando caer la mirada.

Las sombras lo rodeaban, susurrando voces que no entendía, pero que lastimaban su mente como cuchillas. Parecía que el mundo entero lo empujaba a rendirse.

Cuando estaba a punto de arrodillarse… una luz.

Un destello blanco y dorado atravesó la oscuridad, abriéndose como una grieta en medio de aquel infierno. El contraste fue tan intenso que Elior se cubrió el rostro con el brazo, apenas soportando el resplandor.

Y entonces lo vio. Al principio, solo siluetas borrosas que avanzaban hacia él, firmes, cálidas.

Una, dos, y una más pequeña. 3 figuras que parecían cruzar el umbral de la luz para alcanzarlo.

Elior retrocedió un paso, incrédulo. Sus piernas flaqueaban, y sin embargo, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

La luz acarició su rostro con una calidez que no sentía desde hacía años. El calor de un abrazo perdido. El eco de una voz casi olvidada.

Cuando las figuras estuvieron lo suficientemente cerca, Elior cayó de rodillas. Su garganta se cerró. Su corazón, ese mismo que había estado a punto de rendirse, latió con fuerza.

Las lágrimas resbalaron sin control por sus mejillas.

Y con la voz quebrada, apenas un susurro, logró pronunciar:

—¿Mamá…?

La silueta más cercana extendió una mano hacia él, envuelta en aquella luz divina.

Elior la miró, temblando, con los labios temblorosos. La oscuridad alrededor se detuvo por un instante.

Y justo ahí, en el momento exacto en el limbo entre la vida y la muerte… el mundo entero se congeló

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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