La sustituta equivocada del CEO - Capítulo 12
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12: Tú eres la mujer 12: Tú eres la mujer Lara zapateó con violencia en su fuero interno.
¿Qué quería de ella?
Se había mantenido alejada de su empresa para evitar que le dispararan, pero él había venido a buscarla.
—¿Qué quiere de mí?
—preguntó Lara, girándose para clavar la mirada en los hombres que estaban ante ella.
Invariablemente, le bloqueaban el paso.
—Solo hay una forma de que lo sepa…
—dijeron los guardaespaldas sin terminar la frase, pero haciéndole una seña para que se moviera.
Lara no supo si fue por miedo a lo que eran capaces de hacerle o porque sentía un poco de respeto por el mocoso, pero, como fuera, se acercó al coche y se detuvo.
Uno de los guardaespaldas le sujetó la puerta para que entrara, sin abrirla del todo, sino apenas lo suficiente para que cupiera su figura.
La frialdad que golpeó a Lara cuando se abrió la puerta era atrayente.
Se demoró, desvió la mirada hacia el hombre que sujetaba la puerta y este le dio un empujoncito para que entrara.
Se asomó y vio al mocoso trabajando en su ordenador sin prestarle atención.
Ella soltó una mueca de desdén, entró y la puerta se cerró.
Suspiró suavemente.
No sabía por qué se había dejado engatusar por sus hombres para que se acercara, cuando tenía un lugar importante al que ir.
Se suponía que debía ignorarlo y marcharse.
Entonces vio a dos hombres sentados delante.
Uno era su chófer y el otro era aquel tipo entrometido que conoció en su despacho, al que le habían ordenado que le disparara si la veía cerca de la empresa.
Aún ignorando a la mujer que acababa de entrar, Curtis Rodney chasqueó los dedos y los hombres sentados en el asiento del conductor y del copiloto abrieron sus puertas y salieron.
Ahora, Lara empezaba a sentirse incómoda.
Esperaba que no hubiera venido a buscarla para castigarla o algo así.
Esos mocosos ricos y malcriados pueden creerse dioses por encima de los pobres como ella.
Pero no iba a ser pobre para siempre.
Puede que no perteneciera a la clase de los ricos o los aristócratas, pero tampoco iba a ser de clase baja.
Pertenecer a la clase media era justo lo que quería.
Podría criar a su bebé sola y asumir el título de madre soltera.
Ese era su deseo, y era optimista en que lo conseguiría.
Por el rabillo del ojo, Lara vio al mocoso apagar su ordenador y dejarlo a un lado antes de girarse para mirarla brevemente.
Curtis Rodney se sintió aún más irritado.
La cortesía exigía que al menos le dijera hola.
Cuando te encuentras con alguien por primera vez en el día, una palabra tan simple como «hola» no estaría mal.
—Hola —masculló a regañadientes.
Si JJ Smart y Jim Lake no lo hubieran sometido a esto, ¿qué coño estaría haciendo esta mujer apestosa en su coche?
—¿Por qué ha hecho que sus hombres vengan a por mí?
—inquirió Lara, girándose para lanzarle una mirada furiosa.
Ya que se creía Todopoderoso, debería haberse quedado en su paraíso, rodeado de ángeles y de esos idiotas de aspecto aterrador a los que llamaba guardaespaldas.
—Muestre un poco de cortesía y responda a mi saludo —la reprendió Curtis.
¿Cómo podía un hijo suyo nacer de una mujer así?
Tener sus genes en su hijo era una mancha en el linaje de su padre.
—No soy una mujer cortés —le espetó Lara.
¿Iba a enseñarle él modales ahora?
—Ya lo veo —bufó Curtis Rodney.
¿Había tomado la decisión equivocada al venir a ver a esta mujer patética y maleducada que no podía añadir ni un ápice de cortesía a su personalidad?
Cómo odiaba a las mujeres así.
—Bien.
Le aconsejo que empiece a hablar ya o, de lo contrario, me iré de aquí ahora mismo —ordenó Lara.
Simplemente, no entendía qué tenían en común para que él hubiera venido a buscarla.
No supo qué tocó Curtis Rodney ni oyó el chasquido de los seguros del coche.
Volvió la mirada hacia él y lo vio fulminándola con frialdad.
—Escúcheme, Lara Edmund.
La perdonaré esta vez porque he iniciado esta reunión sin previo aviso.
Pero la próxima vez que intente darme órdenes, me aseguraré de que se arrastre de rodillas durante kilómetros y no la dejaré ir hasta que la calle esté pintada con su sangre —la amenazó con un tono ronco.
Lara no pudo evitar sentir un poco de miedo.
Lo haría, teniendo en cuenta cómo lo dijo, con un tono de seriedad y lleno de determinación.
No le respondió, sino que desvió la mirada, observando por la ventanilla.
Él había cerrado el coche con seguro y ahora actuaba como un depredador.
¿Qué podía hacer ella, sino aprender a tener paciencia a su lado?
Pasaron unos segundos hasta que Curtis Rodney continuó: —Tengo que hablar con usted sobre la inseminación que se hizo en mi hospital.
Vine a buscarla yo mismo cuando supe que usted es la mujer…
—Curtis Rodney hizo una pausa.
Le resultó difícil completar la frase.
Ella es la mujer, la desafortunada mujer que fue inseminada con su semen, qué mala suerte.
Lara se giró bruscamente para fulminarlo con la mirada, con el ceño fruncido.
¿Cómo sabía él lo de la inseminación y a qué se refería con que ella era la mujer?
¿De qué mujer hablaba?
—Disculpe, ¿qué mujer?
—exigió.
Esperaba que el procedimiento de su inseminación se mantuviera en secreto.
Esperaba confidencialidad del paciente con ese hospital.
Pero se dio cuenta de que habían fallado.
Si el dueño del hospital ahora obtenía información sobre los pacientes que visitaban el hospital, el motivo de su visita y los perseguía, deberían ser demandados.
—La que fue inseminada con el esperma equivocado —respondió Curtis Rodney con impotencia.
Se ajustó la corbata y suspiró suavemente.
—¿Puedo saber qué asunto tengo yo con el esperma con el que fui inseminada?
No me importa si es el equivocado o el correcto, yo quería el procedimiento y lo obtuve.
El objetivo se ha cumplido.
Deberían ocuparse ustedes de eso —declaró Lara.
Imagínate, ella es la mujer inseminada con el esperma equivocado.
¿Y qué quiere él que haga al respecto?
Ese es su problema; ella espera un bebé en un par de meses y la emoción que acompaña a esa expectativa es insuperable para ella.
—¿Que no le concierne?
Pero es un delito grave y una ofensa para el dueño del esperma.
Alguien acaba de perder su licencia profesional y otro va a ir a la cárcel si no puede cumplir con la única opción que le queda, ¿y usted cree que no es asunto suyo?
—bufó Curtis.
Por supuesto que era más asunto suyo de lo que pensaba.
Lo que les ocurriera a JJ Smart y Jim Lake no era nada comparado con cómo se sentía él desde el momento en que supo que ella era la desafortunada mujer que habían inseminado.
—¿Lo hizo?
¿De verdad lo hizo?
—frunció el ceño Lara, alarmada.
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