La sustituta equivocada del CEO - Capítulo 54
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54: Envenenado 54: Envenenado Lara se despertó tarde.
Fue extraño, ya que había puesto una alarma para despertarse más temprano y poder llegar al trabajo cuanto antes.
Decidió que debía de estar estresada y se preparó para ir a trabajar.
Cuando Lara bajó las escaleras, se sorprendió al ver a Lazarus Doe esperándola.
—Hola, señora —saludó el guardaespaldas de Curtis en cuanto la vio.
—Hola, Lázaro.
¿Ocurre algo?
¿Dónde está Curtis?
—preguntó ella.
El rostro de Lázaro permaneció anodino e inexpresivo mientras respondía.
—No ocurre nada, señora.
El señor Curtis me ha pedido que le diga que, a partir de ahora, seré su guardaespaldas y chófer personal.
Lara frunció el ceño.
Lázaro siempre estaba con su jefe, siempre.
Además, Lara ya tenía su propio chófer y guardaespaldas.
¿A qué se debía ese cambio repentino?
—¿Por qué?
—preguntó ella.
—Su seguridad es la máxima preocupación del señor Curtis, señora.
Creo que solo quiere que esté a salvo en todo momento —declaró Lázaro.
Lara suspiró.
Curtis era un hombre extraño, pero ya se estaba acostumbrando a sus rarezas.
No tenía sentido darle más vueltas.
—Está bien.
Llévame a la empresa.
Ya llego bastante tarde —dijo ella.
Lázaro asintió y, justo cuando estaban a punto de salir por la puerta, Benny entró apresuradamente.
La anciana parecía desaliñada y sostenía una taza de viaje.
Lara se detuvo para hablar con ella.
—Oye.
¿Estás bien?
Te veo un poco pálida —dijo, y sus palabras estaban llenas de preocupación.
Benny le sonrió a Lara, pero el corazón de la anciana estaba lleno de tristeza.
—Estoy bien, señora.
Gracias por preguntar.
Supuse que no desayunaría esta mañana, viendo que se despertó tarde, así que, por favor, llévese este té.
Lo he preparado para usted —explicó Benny.
Lara esbozó una sonrisa de agradecimiento.
Se acercó a la mujer y la abrazó.
—Es muy amable de su parte, Srta.
Benny.
De verdad.
Muchísimas gracias —dijo.
Benny asintió y los vio marchar.
El corazón de la anciana se partía en mil pedazos en su pecho mientras los seguía al exterior y veía a Lara subir al coche.
Sabía que había hecho algo terrible, terrible, al darle a Lara una bebida envenenada, pero era eso o dejar que mataran a su nieta.
Benny cogió el teléfono y marcó el contacto de Lisa.
—Hola, señora.
He hecho lo que me pidió.
Ahora, por favor, suelte a mi nieta.
Lisa se rio por lo bajo al otro lado de la línea.
—Bien, bien.
Deberías estar muy orgullosa de ti misma.
Has hecho lo correcto, Benny.
Se suponía que esas palabras debían consolar a Benny, pero solo la hicieron sentir más culpable.
Así que colgó sin decir ni una palabra más y regresó al interior.
Una vez que el veneno afectara el cuerpo de Lara, solo pasarían un par de minutos antes de que muriera.
Benny pensó que ya era hora de empezar a empacar sus cosas.
Una vez que Lisa le enviara el dinero que habían acordado, Benny se llevaría a su nieta y huiría lejos de toda esa gente.
Lara, por su parte, estaba de buen humor.
Tarareaba una canción mientras miraba por la ventanilla y sentía paz en su corazón.
Al cabo de unos minutos, se giró para mirar a Lázaro.
—Dime una cosa, Lázaro.
¿Cómo te convertiste en el guardaespaldas de Curtis?
—preguntó.
Siempre había querido saberlo.
El hombre no apartó la vista de la carretera al responder.
—Simplemente, pasó —declaró él con sencillez.
Lara puso los ojos en blanco y suspiró exasperada.
—¡Anda ya!
Tienes que darme más detalles.
Me muero por saberlo.
Por favor, cuéntamelo —suplicó ella.
Lázaro suspiró y cedió a su petición.
—Me salvó la vida.
Era un pilluelo callejero, un don nadie.
Iba camino de convertirme en un delincuente de poca monta, puede que en algo peor.
Una vez intenté robarle en un semáforo en rojo.
Y él me miró directamente a los ojos y me dijo: «Centra la cabeza».
Después, me dio cien pavos.
Lázaro hizo una pausa por un momento.
—Por alguna razón, su frialdad, la forma tan dura en que me dijo esas palabras, hizo que me sintiera atraído hacia él.
Lo esperé durante meses, de pie a un lado de la carretera, revisando cada coche que se detenía en el semáforo en rojo.
No tenía ni idea de por qué lo esperaba.
Lo único que sabía era que tenía que volver a verlo.
Para entonces, Lara ya tenía lágrimas en los ojos, pero Lázaro aún no había terminado.
—Ese día iba a dejar de buscarlo.
Creo que ya me había dado la vuelta para irme cuando vi su coche.
No te imaginas lo feliz que me puse.
Se detuvo antes del semáforo.
Me acerqué a él.
Me preguntó qué quería y le pedí que me diera un trabajo.
Y, así sin más, lo hizo.
Ese es, en esencia, el resumen de la historia —dijo él.
—Vaya.
Eso ha sido…
No tenía ni idea de que Curtis pudiera ser tan bueno —afirmó Lara, y entonces le dio un sorbo al té que Benny le había entregado.
—Oh, está muy bueno.
Benny es una criada estupenda —dijo, y acto seguido se lo bebió todo.
El cambio fue instantáneo.
El rostro de Lara pasó de estar relajado a contorsionarse.
El dolor la golpeó como un tren de mercancías.
Dio una bocanada de aire y la sangre empezó a gotearle de la boca.
El pánico se apoderó de Lázaro.
Mientras los ojos de Lara se ponían en blanco y perdía el conocimiento por la agonía, Lázaro ató cabos.
Y se dio cuenta de que la esposa de su jefe había sido envenenada.
Cambió de carril al instante y se dirigió hacia el hospital.
Lázaro sabía que, si Lara moría, Curtis perdería la cabeza.
Así que pisó el acelerador.
Condujo bruscamente y a toda velocidad, adelantando a otros coches en la autopista.
Con una mano, marcó el número de Curtis.
—Más te vale que sea una emergencia, Lázaro, porque estoy en medio de una reunión muy importante, y si me entero de que me has llamado por algo irrelevante, haré que te castiguen —espetó él.
—Han envenenado a su esposa —dijo con voz inexpresiva.
No tenía sentido andarse con rodeos.
Por el repentino silencio al otro lado de la línea, Lázaro supo que Curtis lo había oído.
Y por experiencia, sabía que Curtis estaba a punto de perder los papeles.
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