La sustituta equivocada del CEO - Capítulo 90
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90: Una sorpresa 90: Una sorpresa —¿Adónde vamos, Curtis?
—preguntó Lara mientras él la ayudaba a subir al coche.
Su vientre había crecido y ambos sabían que solo era cuestión de tiempo para que llegara el momento.
Curtis sonrió, se inclinó para besarla en la frente, cerró la puerta y corrió al otro lado del coche.
Cerró la puerta a su lado al sentarse y Lara enarcó las cejas.
—No has respondido a mi pregunta —afirmó ella.
Curtis negó con la cabeza ante la insistencia de ella.
—No seas tan gruñona.
Es una sorpresa —dijo él.
—Odio las sorpresas —soltó Lara.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Curtis.
—Creo que esta te va a encantar.
—¿Y si no me gusta?
—insistió ella.
—Te gustará, amor.
Te gustará.
Lara suspiró y no dijo nada más, reclinándose en su asiento mientras él conducía.
Intentó averiguar adónde podía estar llevándola.
¿Una cita para desayunar?
¿Un restaurante?
Quizá la llevaba a un acuario.
O a un museo.
Todas esas opciones parecían muy probables, pero por más que lo pensaba, no podía decidirse por una porque no estaba segura.
Sin embargo, después de conducir un rato, Lara se incorporó y observó el entorno.
Estaban en uno de los edificios de Curtis y, mientras la guiaba hacia el ascensor, ella se giró para mirarlo.
—¿Una cita en la azotea?
—preguntó.
—Vamos.
Ten un poco de fe en mí —respondió él.
—¿Por qué no me dices la verdad y ya?
—le espetó ella.
Curtis alargó la mano para colocarle un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja.
—No seas tan impaciente.
Confías en mí, ¿verdad?
—preguntó él en voz baja.
Lara asintió contra su mano.
—Entonces, por favor, deja de preguntar y espera.
Ya verás.
Tengo la sensación de que vas a disfrutar mucho de esto.
Lara suspiró y asintió, abandonando el interrogatorio.
—Que lo sepas, si al final no me gusta cómo acaba esto, me voy a enfadar muchísimo contigo.
Estoy segura de que no querrías eso, ¿o sí?
—preguntó ella.
—Por supuesto que no.
Confía en mí —repitió él.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron lentamente.
Curtis guio a Lara hasta la azotea y, donde ella esperaba ver una mesa con comida servida, lo que vio fue tan inesperado que se quedó con la boca abierta.
—¿Un jet privado?
—jadeó incrédula.
Curtis le dedicó una sonrisa tímida.
—¿Qué demonios, Curtis?
—exclamó, pero no había enfado en su voz.
Solo asombro y sorpresa.
—Sube, bebé —dijo él en voz baja.
Aturdida, Lara hizo lo que le dijo.
Curtis entró detrás de ella y el jet despegó de la azotea de inmediato.
Lara se giró para mirarlo.
—¿Adónde vamos?
—preguntó.
Curtis le pasó un brazo por los hombros y la acercó hasta que estuvo acurrucada a su lado.
—A París, bebé.
Si Lara se había sorprendido antes, sus palabras la dejaron literalmente boquiabierta.
—¡¿Qué?!
¿Vamos a volar a París?
¿Para qué?
—preguntó, con los ojos como platos.
Curtis se encogió de hombros.
—Para desayunar.
Estabas gruñona cuando bajaste y parecías cansada.
Pensé que sería una buena idea sacarte del país, ya sabes.
Darte de comer cocina extranjera.
Levantarte un poco el ánimo —explicó él.
Lara gimió y se llevó la mano a la boca.
—Oh, Dios mío.
Eres uno de esos ricos —afirmó.
Curtis enarcó las cejas.
—¿Qué ricos?
—preguntó él.
—La gente que es tan ridículamente rica que hace cosas como volar a otro país solo para desayunar.
Si querías invitarme a salir, podrías haberme llevado a un restaurante caro en casa.
¡Estoy segura de que hay muchos que venden esa cocina extranjera de la que hablas!
Curtis se rio entre dientes.
—Sí, supongo.
Pero, para ser sincero, no me importa hacerlo.
Necesitaba animarte.
Demonios, quería hacerlo.
Y esta me parece una buena idea.
París es un lugar precioso y quiero que veas las cosas más hermosas que este mundo puede ofrecer.
Así que sí, soy uno de esos ricos ridículos, siempre que pueda usar ese dinero para hacerte feliz —declaró.
Lara parpadeó para contener las lágrimas.
—Sabes, cuando te conocí, no tenía ni idea de que fueras un hombre tan cursi —bromeó ella.
Él se inclinó para besarle el pelo.
—¿Qué puedo decir?
Soy bastante encantador.
Ella se rió suavemente.
—Gracias, bebé.
—De nada, amor.
¿Te sientes mejor?
—preguntó él.
Lara asintió, sus mejillas rozando su pecho.
—Ese es el objetivo —susurró él mientras el jet aterrizaba.
Curtis llevó a Lara a un restaurante con estrellas Michelin y, en el momento en que entró, Lara se quedó boquiabierta.
Sus ojos nunca habían estado más abiertos mientras contemplaba el hermoso y exquisito interior del restaurante.
El lugar no se parecía en nada a los restaurantes a los que estaba acostumbrada.
Había candelabros de cristal colgando sobre ellos, y el resplandor que emanaba de dichos candelabros bañaba todo el lugar en una luz suave.
Los suelos de mármol relucían mientras una hermosa camarera los acompañaba a su mesa; por lo visto, Curtis era un cliente habitual que no necesitaba llamar con antelación.
Lara se giró para mirarlo.
—Dime la verdad, Curtis.
¿Eres el dueño de este sitio?
—preguntó mientras se sentaban.
Él se rió antes de responder.
—Para nada.
Solo vengo aquí cuando estoy en la ciudad.
Es uno de mis favoritos —se encogió de hombros.
Lara negó con la cabeza ante lo hermoso que era.
Su asombro era imposible de ocultar, y el brillo en su rostro llenó de calidez el corazón de Curtis.
Lara extendió la mano por encima de la mesa —cubierta con un lino ornamentado y precioso— para apretarle la mano.
—Es tan bonito.
Creo que podría querer vivir aquí para siempre —susurró.
Curtis se rió.
La camarera apareció de nuevo y les tomó nota.
Mientras comían, el mal humor de Lara se desvaneció.
Le dijo a Curtis cuánto lo quería y ni una sola vez su mente divagó hacia el problema que la había mantenido despierta toda la noche.
En aquel restaurante con estrellas Michelin, de la mano de Curtis, Lara no pensó en Mike y su esposa asesina.
En ese momento, ninguno de los dos existía en su mundo.
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