La sustituta equivocada del CEO - Capítulo 92
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92: Emergencia 92: Emergencia Sucedió como en un sueño.
En un momento, Curtis caminaba hacia Lara con los perritos de maíz calientes que ella había querido comer y, al siguiente, su cuerpo salía despedido por los aires cuando un coche lo embistió.
Lara gritó, con las manos temblorosas mientras abría la puerta.
Corrió hacia su cuerpo desmadejado, y el coche que había atropellado a Curtis aceleró, dio la vuelta y huyó.
A Lara no le importó.
Su corazón golpeaba violentamente contra su pecho y su visión era borrosa mientras las lágrimas corrían por su rostro.
—Curtis.
Curtis.
Mírame.
Por favor, mírame.
Cariño, por favor.
Abre los ojos —gritó mientras lo sacudía, pero su marido permanecía inconsciente.
Lara lloraba desconsoladamente y el dolor amenazaba con devorarla.
La sangre comenzaba a formar un charco detrás de la cabeza de Curtis, y la visión le provocó náuseas a Lara.
—Por favor.
Ayuda.
Que alguien… salve a mi marido —tartamudeó.
De repente, sintió que todo su cuerpo se volvía ligero y no podía respirar.
Unos brazos fuertes la agarraron y la apartaron del cuerpo inconsciente de Curtis.
El olor de quienquiera que fuese le resultaba muy familiar, pero Lara estaba demasiado cegada por el dolor para saber quién era, o siquiera para que le importara.
Una multitud se había congregado alrededor del cuerpo y alguien llamó al 911.
Lara siguió gritando.
¿Cómo no iba a hacerlo, si su marido yacía a pocos metros de ella, inconsciente, inmóvil y rodeado de sangre?
—Respira.
Mírame y respira —ordenó una voz firme, y Lara hizo lo que el hombre le decía.
Las lágrimas le brotaban de los ojos y se le metían en la boca.
—Se va a poner bien.
Tu marido va a estar bien.
Una ambulancia ya viene en camino.
Por favor, necesito que respires —insistió la persona.
Y cuando Lara respiró hondo las veces suficientes para que la neblina a su alrededor se disipara, se dio cuenta de que el hombre era Lázaro, el guardaespaldas de su marido.
Lázaro le dedicó una sonrisa sombría, pero no dijo nada.
La ambulancia llegó y subieron a Curtis en una camilla de inmediato.
Lara se subió con él, sin importarle el coche ni nada más.
Lázaro estaba allí.
Él se encargaría de todo lo demás.
Mientras la ambulancia se alejaba, los paramédicos le administraron los primeros auxilios a Curtis, pero era evidente que su vida corría peligro.
Lara no pudo contener las lágrimas, pero hizo todo lo posible por serenarse.
La culpa se abrió paso como una serpiente a través de su piel, más allá de sus huesos, y se instaló en su alma.
Si tan solo no hubiera visto el puesto de perritos de maíz.
Si tan solo no hubiera dicho nada sobre querer comer los perritos de maíz.
Si tan solo no le hubiera permitido bajar del coche.
Si no le hubiera pedido que le trajera esos malditos perritos de maíz, entonces él no habría tenido el accidente.
—Lo siento.
Lo siento mucho.
Yo… no era mi intención… Lo siento tanto.
Por favor, perdóname.
Lo siento mucho —susurró una y otra vez, con la voz ahogada por un torbellino de emociones.
La ambulancia llegó al hospital en un santiamén y a Curtis lo llevaron en camilla al quirófano de urgencias.
A Lara le pidieron que se quedara fuera y, en cuanto la puerta se cerró tras las enfermeras que empujaban a Curtis, se derrumbó en el suelo del hospital.
Lágrimas calientes y amargas rodaban por su rostro a torrentes.
Sentía como si un animal salvaje le estuviera destrozando el corazón en pedazos, y su alma agonizaba.
Curtis estaba en un quirófano de urgencias por su culpa.
Se debatía entre la vida y la muerte, y todo era por culpa de ella.
El mundo entero de Lara se desmoronó a su alrededor.
No sabía qué hacer.
No podía respirar.
Unas bandas de plomo le oprimían el pecho, y una neblina roja ante sus ojos le nublaba la visión.
El sonido de unos pasos invadió su neblina de dolor, pero Lara no levantó la vista.
Unos brazos fuertes la rodearon y la ayudaron a ponerse de pie con delicadeza.
Lázaro la acompañó hasta la silla vacía del pasillo y Lara se desplomó en ella como si no fuera más que una muñeca de trapo vacía.
El guardaespaldas se sentó a su lado, y el silencio se extendió entre ellos.
Un silencio lleno de dolor y pena compartidos, y Lara tenía un nudo en la garganta.
—Lo siento —dijo Lázaro en voz baja.
Lara no podía hablar.
¿Qué podría decir?
¿Que ella también lo sentía?
¿Que no había sido su intención que Curtis tuviera un accidente?
Las lágrimas seguían deslizándose por su rostro y no hizo ningún esfuerzo por detenerlas.
Curtis tenía que sobrevivir a toda costa.
Tenía que hacerlo.
Lázaro se aclaró la garganta antes de volver a hablar.
—Yo… llamé a sus padres.
Lo siento.
Sé lo que ellos piensan de ti y lo que tú piensas de ellos, pero tenía que hacerlo.
No quería que se enteraran por internet de que su único hijo había tenido un accidente.
Algunas personas en la escena habían grabado vídeos.
Yo… tenía que llamarlos —explicó.
A Lara se le cortó la respiración mientras asimilaba sus palabras.
No estaba enfadada con él por llamar a la familia de Curtis.
Después de todo, eran sus padres.
Sin embargo, le preocupaba cómo reaccionarían en cuanto llegaran al hospital.
Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, oyó que alguien se acercaba.
Varias personas, de hecho.
Lisa, la madre de Curtis, avanzaba furiosa hacia ellos.
La hermana de Curtis también iba detrás de su madre, y a Lara se le revolvió el estómago al ver la expresión en el rostro de Lisa.
—Bruja.
¿Cómo te atreves a intentar matar a mi hijo?
—gritó Lisa en cuanto llegó a donde estaba Lara.
Lara se puso de pie, y Lázaro se levantó con ella.
—Hola, Lisa.
Yo no… —empezó a decir Lara, pero Lisa la interrumpió con una bofetada.
Lara jadeó cuando el impacto la golpeó más fuerte de lo esperado.
Abrió la boca para hablar de nuevo, pero Lisa le dio otra bofetada.
—No quiero volver a verte cerca de mi hijo nunca más.
Y si no sale vivo de ese quirófano, te mataré con mis propias manos —amenazó Lisa.
Los ojos de la mujer ardían con una furia gélida, y Lara sintió que las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos.
—¿Crees que quiero matar a Curtis?
No tienes ni idea, ni la más remota idea, de nada.
Nunca haría nada para hacerle daño —declaró Lara con firmeza.
Lisa resopló y se acercó más.
—Cállate la puta boca —dijo y empujó a Lara.
Lara tropezó hacia atrás y su cabeza golpeó la pared.
Un dolor agudo floreció en su cuerpo y, antes de que pudiera siquiera parpadear por el dolor, la inconsciencia se apoderó de ella.
Lara se desmayó.
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