La tradición de los Castelia - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 24 ~¿Mis motivos~
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25: Capítulo 24: ~¿Mis motivos?~ 25: Capítulo 24: ~¿Mis motivos?~ El viento soplaba con tal serenidad que llenaba de tranquilidad al corazón más afligido; por no mencionar que el sonido de las hojas de los árboles bailaba con gracia al ritmo del canto de las aves y del mismo viento.
Solo se podía sentir el afable ambiente de la gente de esa pequeña villa, a pesar de lo que había ocurrido anteriormente con sus vecinos.
Era un lugar pequeño y oculto en el bosque, delimitado por una cerca de púas que ellos no debían cruzar; de lo contrario, serían condenados.
¿Por qué?
Porque tenían aptitudes mágicas y conocimientos de herbolaria, cosas que, para esa época, el ser humano veía como artimañas del ser maligno que trataba de seducirlos al mal.
Los que vivían en aquella hectárea delimitada no eran del todo infelices; al contrario, comprendían al pueblo que los exilió y esperaban con paciencia a que los aceptaran…
aunque no se detendrían en expandir su hambre de conocimiento, y eso asustaba a los externos.
De la oscuridad, un rayo de luz me envolvió aquel día en el que abrí los ojos…
y pude ver a una niña de aproximadamente diez años frente a mí, sonriéndome, mientras detenía la pequeña gota que escurría de su herida con un trozo de tela que arrancó de su vestido.
Sin pensarlo, di un paso hacia ella para percatarme de que, de ser un alma en el purgatorio, había pasado a tener un cuerpo físico…
Había sido salvado por un alma inocente y puesto en…
—¿Qué soy?
—le pregunté.
Su sonrisa se borró al escuchar cómo, detrás de nosotros, se abrían los arbustos.
—¿Pero qué…?
Mi pregunta quedó en el aire.
Un grupo de hombres armados nos apuntó y la pequeña solo me tomó en brazos; entonces me percaté de que mi tamaño era insignificante para hacer algo.
—¡Pequeña bruja!
¡Les dijimos a los pecadores como tú que no se acercaran a nuestra zona!
—gritó uno de los mayores mientras cargaba su arma.
Ella solo gritó y corrió sin soltarme por aquel denso bosque que comenzó a tornarse oscuro.
Su corazón agotado y las lágrimas que caían por su rostro fueron el detonante para dejar de lado mis dudas y buscar cómo ayudarla a escapar, pero ambos caímos por un agujero hasta llegar a un final que nos hizo quedar suspendidos unos metros en el aire.
Ella me soltó y moví mis brazos para intentar alcanzarla, pero…
mis brazos no eran los de antes, eran…
¿alas?
Por inercia, las agité al recordar a las aves y traté de planear a su alrededor mientras ella murmuraba algo.
Ese “algo” hizo arder mi pecho y mi aleteo desesperado logró que su caída veloz se frenara, hasta hacerla bajar lentamente al suelo.
Ella estaba a salvo y yo, cansado.
Así que solo me desplomé en la tierra.
Esa niña de cabellos rubios me levantó para abrazarme con una expresión de ternura y alivio, como una madre abrazaría a su hijo.
—No sé qué sucedió, pero…
al menos estamos bien —dije mientras dejaba que ella me acunara.
—No te preocupes, siempre es así aquí.
Los simples humanos no respetan los límites y nos quitan cada vez más tierras para fingir una excusa y exterminar a mi tribu —me comentó, como si fuese lo más normal en su corta vida.
—¿Qué tienen ustedes de diferente a ellos?
Yo los veo igual —pregunté, extrañado por sus palabras.
—Somos seres que derivamos de lo que ellos conocen como pecado.
No es nuestra culpa tener aptitudes mágicas, pero ellos nos alejaron a todos y vivimos aquí…
—respondió mientras me llevaba en brazos.
—Entonces tú me sacaste de la oscuridad y me trajiste aquí…
pero…
¿cómo?
Ella solo sonrió y me mostró en su mano unas plumas azules y su herida.
—Ellos hirieron a un ave y traté de ayudarla, pero murió…
Tomé sus plumas y quise experimentar.
No creí que crearía un ave nueva a base de plumas, mi propia magia y esencia —suspiró—, y un pequeño conjuro.
—Pero antes no era un ave, era solo un alma en agonía —le comenté, dejándola con una expresión incrédula.
—¡Ah!
¡Tal vez mi deseo de estar a salvo te trajo aquí y nos unió!
—sonrió alegre y saltó—.
¿Serás mi amigo?
¿Tienes nombre?
Yo me llamo Eileen.
—No recuerdo mi nombre…
—respondí, pues era verdad: la oscuridad había estropeado mi mente hasta dejarme vacío en esa tortura.
—¡Te llamaré Argenis, y seremos amigos!
Verla tan alegre me hizo sentir felicidad y acepté mi nueva misión en esta vida.
Verla estudiar magia e intentar crear a más seres como yo era fascinante, pero extrañamente no lo lograba, aunque habían pasado más de siete años.
Eso hasta que ese maldito día llegó…
—¡Eileen!
¡Tu madre dijo que no te alejaras!
—grité volando por el bosque para tratar de llevarla de regreso a su casa.
Estuve buscándola como loco hasta que al fin la vi en el límite de las tierras, y no estaba sola.
Al acercarme, la vi con un chico de su edad mostrándole un colibrí moribundo.
Eileen lo tomó en sus manos, arrancó dos de sus plumas e hizo el mismo ritual que había hecho conmigo, trayendo a la vida a otro colibrí que revoloteó entre ambos.
Ese día ella cambió y yo ya no estaba solo; estaba al lado de Jun.
Pero Eileen…
ella escapaba por las noches para verse con ese joven hasta que un día nos dijo: —Argenis, Jun, iré a ver a Gieon.
No le digan a mamá ni a papá, volveré antes del amanecer.
Se escapó de aquella pequeña cabaña donde vivíamos con sus padres.
Suspiré, cansado por sus acciones, pero Jun siempre me mantenía tranquilo, ya que ella era una fiel creyente del romance entre ambos.
Así que ese día me acurruqué al lado de ella en el nido que Eileen nos había hecho y me dormí.
Hasta que…
—¡Todos fuera!
¡Corran!
Escuchamos los gritos y ambos salimos para ver cómo los humanos sin aptitudes mágicas quemaban las casas y ataban a los habitantes de esas tierras tranquilas.
Mi corazón se aceleró al ver que el joven con el que se veía nuestra Eileen estaba ahí presente, dañando el lugar donde vivía la mujer a quien él supuestamente amaba.
Jun y yo volamos entre los gritos y las llamaradas que amenazaban con consumir el bosque para ir por nuestra amiga.
La encontramos débil en el suelo, con algunos animales observando cómo respiraba con dificultad, herida.
—¡Eileen!
—Jun y yo gritamos mientras bajábamos a su lado, escuchando sus lamentos.
Ante la impotencia de verla en ese estado y mancharnos con su sangre, su esencia nos hizo cobrar fuerza para, lentamente, cambiar a una forma humana.
Yo llevaba una túnica blanca y Jun también.
Nos miramos por un momento y luego a nuestros acompañantes animales para pedirles ayuda y ahuyentar a los humanos…
Con sus plumas, pelaje y la ayuda de una Eileen aún débil, creamos aproximadamente a veinte marionetas más que tomaron forma humana.
Estábamos decididos a defender lo que esos humanos destruyeron con sus sucias manos…
usando el amor para entrar a un lugar tan sagrado y tranquilo.
Debían pagar por el daño…
un intercambio equivalente.
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