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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 Paltio
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1: Paltio 1: Paltio Ahí estaba yo, rodeado de innumerables enemigos junto a mis amigos, enfrentando hordas descomunales.

Bueno, no quiero adelantar mucho para no dar spoilers… ¿Mi nombre?

Yo soy… —¡Paltio!

¡Paltio!

¡Señorito Paltio, levántese!

Este no es momento para dormir; está en la escuela —dijo una voz grave y molesta que lo sacó abruptamente de su sueño.

—¡Eh!

—murmuró Paltio mientras se frotaba los ojos y soltaba un bostezo sonoro—.

Lo siento, papá, cinco minutos más… Las carcajadas de sus compañeros resonaron por el aula como un eco incómodo.

—No soy su padre —replicó el profesor con tono severo—.

Soy su maestro, y si no desea estar en esta clase, ahí está la puerta.

Además, hablaré con sus padres, los reyes.

Paltio volvió en sí de golpe, enderezándose en su asiento.

—¡Ay, lo siento, señor Hex!

No volverá a pasar, se lo prometo —dijo mirando al profesor con expresión avergonzada.

Los insultos no tardaron en llegar.

—¡Qué tonto eres!

—gritaban algunos estudiantes entre risitas.

—¡Silencio todos!

—ordenó el profesor alzando la voz al ver que el bullicio crecía descontroladamente.

La campana sonó justo en ese instante, marcando el final de la clase.

Los estudiantes comenzaron a salir apresurados, pero Paltio permaneció sentado, retenido por el señor Hex.

El señor Hex era un hombre de unos cincuenta años, siempre impecablemente vestido con trajes elegantes y corbatas sobrias.

Sin embargo, destacaba por su peculiaridad física: una semilla de aguacate de color marrón incrustada en su ombligo.

Su piel tenía un tono verde claro con vetas amarillas y pequeñas manchas negras dispersas.

Desde la nuca hacia arriba, su piel se endurecía y oscurecía, adoptando la textura rugosa y oscura de una cáscara de aguacate.

—Chico, ¿qué voy a hacer contigo?

Si no te interesa aprender sobre la historia de nuestro reino, allá tú, pero algún día esto te será útil —dijo el profesor con un suspiro resignado.

—Lo sé, y lo siento mucho, señor.

Pero seguro me están esperando afuera —respondió Paltio con nerviosismo, tratando de escapar del sermón.

—A tu edad que es 13 años plena adolescencia, entiendo que todo puede parecer pesado, pero debes enfocarte en lo importante —continuó el señor Hex, clavando sus ojos en los de Paltio—.

Pronto te tocará ser rey de este reino y gobernar sobre los otros cinco.

Si no estás preparado, ¿cómo piensas hacerlo?

Paltio bajó la mirada, sintiendo el peso de las palabras del profesor.

—Créame, lo entiendo.

Por favor, deme otra oportunidad.

El señor Hex cruzó los brazos y lo observó durante unos segundos antes de responder.

—Está bien, pero tendrás que escribir un ensayo para mañana sobre nuestra fuente de poder y la realeza.

Puedes preguntarles a tus padres si necesitas ayuda.

—Bueno… —Paltio titubeó—, casi nunca me prestan atención.

Siempre están ocupados con temas de protección del reino.

—Sin excusas.

Mañana quiero ese ensayo en mi escritorio o reprobarás —sentenció el profesor con firmeza.

—Sí, señor —respondió Paltio, tragando saliva.

Paltio salió del aula cabizbajo, con el peso de la tarea impuesta por el señor Hex sobre sus hombros.

Era un joven de tez dorada que brillaba como si el sol lo hubiera besado personalmente.

Su cabello rubio caía desordenado sobre su frente, y sus ojos verdes reflejaban una mezcla de inocencia y soñador entusiasmo.

Llevaba el uniforme típico de la escuela: un short verde, un saco adornado con bordes dorados y una camisa blanca impecable.

En el centro de esta última, justo donde debería estar su ombligo, destacaba una semilla brillante y dorada, única en su especie.

Su espalda era dura como la cáscara de un aguacate, pero en lugar de ser verde u oscura, poseía un tono dorado que resplandecía bajo la luz.

—¡Ay, Paltio!

¿Otra vez te quedaste dormido en clase?

—preguntó Alita, una chica de tez olivácea, cabello rosa corto y lentes rojos que apenas dejaban entrever sus grandes ojos cafés.

También llevaba el uniforme escolar, aunque con falda en lugar de short, y en su abdomen lucía una semilla marrón idéntica a la de la mayoría de los habitantes del reino.

Alita era conocida por su dedicación al estudio; siempre cargaba libros bajo el brazo y tomaba notas meticulosas.

—Lo sé, Alita… Es que me sumergí en un sueño tan real que parecía estar viviéndolo —respondió Paltio, rascándose la nuca con timidez.

—¡Nuestro Paltio, siempre tan distraído y soñador!

—exclamó Ron, un muchacho más alto que Paltio, con cabello verde erizado como el de un puercoespín y ojos color avellana.

Tenía la misma tez olivácea que Alita y también lucía una semilla marrón en su abdomen.

Con una sonrisa traviesa, Ron le revolvió el cabello a Paltio mientras añadía—: ¡Y tú serás el próximo rey!

Deberías ponerte las pilas, amigo.

—¡Ya, para, Ron!

Me estás desarreglando —protestó Paltio, apartando la mano de su amigo con fingida molestia.

Ron era conocido por aparentar seguridad y fuerza, aunque todos sabían que esa imagen no siempre coincidía con la realidad.

Una vez se había asustado tanto con una araña que había saltado sobre una mesa gritando como si fuera el fin del mundo.

Sin embargo, siempre encontraba la manera de justificar sus momentos de debilidad con bromas ingeniosas.

A pesar de sus diferencias, los tres amigos habían estado juntos desde que Paltio tenía memoria, cuidándose mutuamente en cada paso del camino.

—¿Y qué te dejó el profesor, amigo?

—preguntó Ron, cruzándose de brazos y mirando a Paltio con curiosidad.

—Un ensayo sobre la historia de mi familia y sus logros…

o algo así fue lo que entendí —respondió Paltio encogiéndose de hombros.

Alita negó con la cabeza, exasperada.

—Vaya, ni eso puedes atender.

Te pasas, Paltio.

—Amigo, sí que eres todo un caso —agregó Ron entre risas.

Los tres se dirigieron hacia la salida de la escuela.

El edificio escolar era inmenso, diseñado para albergar a todos los niños de Avocadolia, incluida la realeza.

Había sido un decreto del tátara-tátara abuelo de Paltio, Maggus I, quien creía firmemente que la educación debía ser accesible para todos, sin importar su estatus.

La escuela estaba situada en el corazón de la ciudad y contaba con todas las instalaciones necesarias: aulas amplias, canchas deportivas, piscinas y laboratorios modernos.

La entrada principal era tan grande que podría caber un camión sin dificultad.

Al salir, los amigos se encontraron con un carruaje majestuoso tirado por seis caballos blancos relucientes.

Junto a él, un hombre vestido elegantemente esperaba pacientemente.

Llevaba un traje negro impecable, una camisa blanca y un monóculo guardado en el bolsillo superior de su chaqueta.

Su cabello, mitad blanco y mitad negro, estaba recogido en una pequeña coleta al final.

Sus ojos negros observaban con atención mientras mantenía una postura formal.

Parecía tener unos cuarenta años.

—Amo Paltio, es hora de regresar al palacio —anunció el hombre con voz calmada y profesional.

—¡Mok!

Hola, siempre tan puntual —saludó Paltio con una sonrisa mientras se acercaba al carruaje.

—Así es, amo Paltio, aunque usted sí se demoró un poco —respondió el mayordomo, sacando un reloj de bolsillo y observándolo con gesto serio.

—Es que tuvo un contratiempo en clase —intervino Ron con una sonrisa traviesa, ganándose una mirada asesina de Paltio.

—¡Ron, no seas chismoso!

Nadie te preguntó —le espetó Paltio, apretando los puños como si quisiera estrangular a su amigo por meterse donde no lo llamaban.

El mayordomo, ignorando la interrupción, se dirigió a Paltio con tono respetuoso: —Señor, si hubo algún problema, con gusto hablaré con su profesor para que no le falte al respeto.

—¡No, nada de eso!

—interrumpió Alita rápidamente, lanzando una mirada severa a Ron—.

Solo le dejaron un ensayo que tiene que presentar mañana.

Mok asintió con comprensión.

—Ya veo.

Entonces, señorito, suba al carruaje; tenemos que llegar pronto al almuerzo.

Sus padres están esperándolo.

—¿De veras, Mok?

Entonces vamos —contestó Paltio, subiendo al carruaje sin dudarlo.

—Oigan, ¿y no nos van a llevar a nuestras casas?

—preguntó Ron con tono inocente.

Alita lo fulminó con la mirada y le dio un codazo en el estómago.

Luego, susurró entre dientes: —Déjalo.

Casi nunca ve a sus padres.

Debe irse rápido.

—Sí, está bien… Nosotros caminaremos —dijo Ron, encogiéndose de hombros.

—Ya oíste, nos vemos, muchachos.

¡Vamos de prisa, Mok!

—ordenó Paltio desde el interior del carruaje.

El mayordomo asintió y le indicó al cochero: —¡A toda marcha, de inmediato!

Los caballos relincharon y avanzaron a gran velocidad, dejando atrás a Ron y Alita.

—¡Vaya, ese tonto ni siquiera dijo adiós!

—exclamó Ron, frotándose el estómago donde Alita lo había golpeado—.

En verdad no hay problema, pero qué despistado es.

—Déjalo ya, sabes cómo es él —replicó Alita con un suspiro—.

Bueno, ¿qué esperas?

Vamos.

—Caminar…

Odio caminar —murmuró Ron, arrastrando los pies mientras comenzaban a alejarse.

Dentro del carruaje, Mok hablaba con Paltio mientras avanzaban hacia el palacio.

—Sus padres organizaron este almuerzo especialmente para usted, señorito.

Han tomado tiempo de sus ocupaciones para poder estar con usted, como antes.

—Eso espero, Mok… Aunque no sería la primera vez que me mientan —respondió Paltio con un tono cargado de desconfianza.

Al llegar al palacio, una estructura majestuosa visible incluso desde lejos, Paltio no pudo evitar sentirse impresionado.

El edificio contaba con cuatro torres imponentes, una entrada custodiada por guardias tras unas rejas doradas, una fuente central y una gran estatua de oro dedicada a Avocios, el fundador del reino.

Los sirvientes esperaban ansiosos para recibirlo y lo guiaron hasta su habitación para que se cambiara.

Le entregaron un traje verde de seda refinado, digno de la realeza, y lo invitaron a bajar al comedor.

El joven príncipe obedeció, bajó las escaleras y entró al gran salón donde un banquete opulento aguardaba sobre una mesa larga y elegante.

Sin embargo, el tiempo pasó lentamente, y ninguno de sus padres apareció.

—Señorito, ¿no va a comer?

—preguntó Mok al notar que Paltio no había tocado ni un bocado.

—Mok, me dijiste que iban a venir… Y mírame aquí, esperando.

Ya ha pasado mucho tiempo.

Me mentiste, como ellos siempre lo hacen —respondió Paltio con amargura en su voz—.

Aunque, en realidad, ya sabía que estarían ocupados con los asuntos del reino.

Sin decir más, el joven príncipe se levantó de la mesa y se retiró a su habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Mientras tanto, en una sala iluminada por candelabros, el rey y la reina se encontraban reunidos con el consejo.

Observaban un visor que mostraba imágenes de los otros reinos, todos envueltos en sombras oscuras.

—¿Qué pasa?

—preguntó el rey, un hombre robusto y dorado como Paltio, vestido con un traje azul real.

—¿Por qué los cinco reinos están sumidos en oscuridad?

—añadió la reina, una mujer hermosa y dorada, con un vestido rojo que destacaba su porte regio.

El general Rex, un hombre fornido y canoso, con un parche en el ojo derecho producto de una antigua batalla, respondió con gravedad: —Mis reyes, hay un grave problema.

La oscuridad ha tomado posesión de los otros reinos desde hace ya mucho tiempo.

Hemos intentado comunicarnos con ellos, pero no hemos recibido respuesta alguna.

Ahora, parece que han cobrado más fuerza… y se dirigen hacia aquí.

De repente, las luces de la sala parpadearon y se apagaron, sumiendo todo el lugar en tinieblas.

No solo la sala, sino también todo el reino quedó envuelto en oscuridad.

—Creo que ya están aquí, señor —dijo el general Rex con voz solemne.

—¿Qué cosa, general?

—preguntó el rey, poniéndose de pie alarmado.

—Nuestro mayor temor se ha hecho realidad… Las sombras ya han llegado a Avocadolia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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