La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 10
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10: Sala 10: Sala —Dijo “la sala” —indicó Ron en un susurro apresurado.
—Sí, así parece.
Baja la voz, o nos descubrirán —respondió Alita mientras tapaba rápidamente la boca de su amigo con su mano.
—Así que esta es la sala… Entonces nos equivocamos; no era el calabozo —reflexionó Paltio, mirando a su alrededor con preocupación.
—Así parece, señorito —añadió Mok, asintiendo ligeramente.
—Pero ¿qué les hacen a esas personas con esa máquina?
—preguntó Alita, horrorizada por los gritos de dolor que escuchaban.
—Son unos malditos al hacer sufrir a las personas así… Encima los electrocuta para despertarlos.
Son despiadados —dijo Paltio, impotente, desde su posición oculta, observando cómo el malvado científico ejercía su crueldad sin piedad.
—Se llama Meloc —intervino Toco-Toco, captando la atención de todos.
—¿Lo conoces?
—preguntó Paltio, sorprendido.
—No, pero puedo escuchar todo.
Recuerda que tengo buena audición —respondió el felino con orgullo.
El científico, aún parado frente a las celdas, continuó hablando con tono arrogante: —Yo, el gran Meloc, científico en jefe de la armada sombra azul, soy el encargado por el gran señor Tertrol de corregir su comportamiento y hacerlos más obedientes hacia él, además de usar su magia en beneficio del jefe.
¡Levántense, tontos!
—gritó mientras volvía a electrocutar las celdas.
—¡Pónganse todos en fila!
Haré una revisión y no saldré de aquí hasta que me digan quién fue —amenazó Meloc con una sonrisa cruel.
—¡No fuimos nosotros, créanos!
—gritaron varios prisioneros desde las celdas.
—¡A callar!
—ordenó Meloc.
Luego se dirigió a sus dos guardias—: Saquen a uno por uno y colóquenles estas cosas.
Los guardias, armados con espadas, comenzaron a sacar a los prisioneros uno por uno y les colocaron un collar en el cuello.
Niños, jóvenes, adultos o ancianos, nadie se salvaba.
Una vez que terminaron, formaron a todos en filas.
Meloc se acercó nuevamente y dijo: —Bien, ¿quién fue?
Espero que me respondan.
No voy a tolerar un “no” por respuesta.
—¡Pero no fuimos nosotros!
—respondieron algunos prisioneros.
En ese momento, los collares se activaron, enviando una corriente eléctrica similar a la que usó en las celdas, provocando que todos se retorcieran de dolor.
—Creo que les falta más disciplina —comentó Meloc con frialdad—.
Aquí en la “sala” se hace gente recta y leal al señor Tertrol.
Ya saben por qué están todos ustedes aquí: por faltarle al respeto a mi señor.
Los demás están en los calabozos, haciendo trabajos forzados para mi señor.
Meloc soltó una pequeña risa burlona.
Era un hombre bajo, con cara de rata y vestido con una bata de laboratorio, apenas más bajito que Paltio.
—¡Miren!
¡Ahí está la chica que estaba en el palacio!
—dijo Alita, señalando a lo lejos a una figura familiar.
—Sí, es ella —confirmó Ron, entrecerrando los ojos con rabia contenida—.
Estos desgraciados lo van a pagar —murmuró el muchacho, apretando los puños con fuerza.
—No puedo seguir viendo más de esto —murmuró Paltio, apretando los dientes con furia contenida.
Quería ir a acabar con ese científico y sus dos guardias, pero Mok lo detuvo colocando una mano firme sobre su pecho.
—Tranquilo, príncipe —dijo Mok con calma, posando una mano en el hombro de Paltio—.
Ya hallaremos la forma de liberarlos.
Pero no podemos actuar, así como así; recuerde que estamos en territorio enemigo.
Un solo llamado, y tendremos a todas las sombras azules sobre nosotros.
Nos separarán de usted, señorito, y luego lo obligarán a continuar el viaje solo.
Mok hablaba con seriedad, tratando de hacerle entender al príncipe la gravedad de la situación.
Su tono era firme pero respetuoso, intentando calmar la ira contenida en los ojos de Paltio.
—Debemos pensar con calma y ver qué podemos hacer —añadió Mok, intentando serenar la situación.
Alita y Ron también estaban molestos con lo que veían.
Ron, pensativo, sugirió: —Oye, Toco-Toco, tú que eres rápido… ¿No puedes noquearlos y así salvar a las personas?
—Si pudiera, pero ¿qué dice mi señor Golden?
—respondió el felino, mirando hacia el holograma de Golden.
—Es un poco arriesgado.
No sé qué otras cosas haya detrás de esa puerta; quizá haya alguna alarma o algo parecido —indicó Golden con cautela.
Mientras tanto, el grupo seguía debatiendo cómo sacar a la gente de ese lugar.
Pax se comunicaba con Tejod a través de un espejo que el señor de las sombras rojas le había otorgado para emergencias, aunque primero ya había enviado un ave de fuego como aviso.
Del espejo emergió una luz, proyectando un holograma de Tejod.
—Pax, mi fiel soldado, ¿por qué me llamas tan tarde?
¿Encontraron la pieza?
¿Y dónde está el príncipe y su mayordomo?
—preguntó Tejod con seriedad.
—Bueno, señor, me encuentro en Hassdalia, donde Tertrol actúa como regente… Aunque parece que piensa que este lugar es su palacio —respondió Pax, ajustándose el casco.
—Ya veo.
Ese sujeto siempre tiene aires de grandeza.
Continúa —indicó Tejod con un gesto impaciente.
—Bien, señor.
Con respecto al príncipe, está abajo descansando.
Tertrol nos envió a buscar una uña del Oboros.
—¡Ese tonto no puede mandar al niño con ese monstruo!
Si muere, no obtendré el premio, y nuestro dios se enfadará —exclamó Tejod, molesto.
—Lo sé, señor —respondió Pax con calma.
—Ese inútil de Tertrol… Ya verá lo que le espera.
Pero, dime, ¿cómo sigues vivo?
—preguntó Tejod, intrigado.
—Bueno, señor, no sé cómo explicarlo exactamente, pero derrotamos al monstruo, o más bien a su creación, y conseguimos lo que pidió el dueño de las sombras azules.
Mañana comenzaremos con la búsqueda de la pieza.
—Interesante… ¿Por qué Tertrol querría la uña del Oboros?
Fuera de ser resistente… —Tejod se tocó la barbilla, pensativo, con una sombra de sospecha cruzando su rostro.
Su mente comenzó a trabajar rápidamente, preocupándose más por ese detalle que por preguntar cómo habían sobrevivido y derrotado al monstruo.
Presentía que algo se estaba maquinando a sus espaldas, algo que no lograba descifrar del todo—.
Llamaré a ese inútil y veré qué trama —murmuró finalmente, tomando una decisión.
Con un gesto firme, añadió: —Gracias por la información; espero tu informe —dijo antes de cortar la comunicación, dejando a Pax con una sensación incómoda de que quizás no había revelado suficiente.
—¡Espere, señor!
—interrumpió Pax rápidamente antes de que el holograma desapareciera.
—¿Qué deseas?
—preguntó Tejod, deteniendo el cierre de la conexión.
—Solo quería pedirle un poco más de polvo para hacer fuego azul.
¿Podrá mandármelo?
—Sí, sí, te lo enviaré vía ave de fuego.
Nos vemos.
Espero que la próxima vez tengas buenas noticias —añadió Tejod antes de desaparecer del holograma.
—Sí, señor —respondió Pax justo antes de que la comunicación se cortara.
Al acabar la comunicación, Pax se quitó el casco, dejando caer un largo cabello rojo que le llegaba hasta la espalda.
Luego, se despojó de la armadura y se echó en la cama, cubriendo su rostro con la almohada.
—¿Por qué no le dije al señor sobre ese Paltio y su poder?
—murmuró para sí mismo, su voz amortiguada por la almohada—.
¿Es que quizá me estoy acostumbrando a él y a su equipo?
O puede ser que este chico tenga el potencial de vencer a las sombras… Por eso me callé.
Bueno, menos mal que no me preguntó más.
Mientras reflexionaba, Pax ignoraba por completo que Paltio y compañía no estaban en la casa.
Mientras tanto, en el lugar donde se escondía Paltio y sus amigos: —Bien —dijo Toco-Toco—, iré a investigar.
De inmediato, el felino se desvaneció como antes lo había hecho.
Subió raudamente por las paredes, como si las escalara a una velocidad imperceptible para los ojos de cualquiera.
Al llegar a la puerta, entró y descubrió un corredor.
Este conducía a otra puerta que, al abrirla, reveló una tierra arenosa.
Observando los muros del otro lado, Toco-Toco se percató de que estaba en las afueras del reino de Hassdalia.
Regresó rápidamente donde estaban los demás.
Parecía como si el tiempo no hubiera pasado, dado lo veloz que era el felino.
Llegó justo cuando los chicos seguían observando lo que hacía el científico loco Meloc.
—Hay buenas noticias —anunció Toco-Toco.
—Bien, compártelas con todos —indicó Golden.
—Pasando este corredor, si subimos y salimos, llegaremos a las afueras del palacio.
Esto sería ideal para llevar a este pueblo lejos de este problema.
Además, no hay guardias, solo esos dos grandotes que acompañan a Meloc.
—¡Entonces podemos acabar con ellos!
—interrumpió Ron con entusiasmo.
—¿Podemos?
—preguntó Alita, dubitativa.
—Bueno, Mok puede —respondió Ron, encogiéndose de hombros.
—Entonces está decidido.
¡A por ellos y liberemos a la gente!
—indicó Paltio con determinación brillando en sus ojos.
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