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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 104

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  4. Capítulo 104 - 104 Enemigo Inesperado
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104: Enemigo Inesperado 104: Enemigo Inesperado “Oye, ¿y por qué no te sacas ese casco?” dijo Krasper a Golden con una sonrisa burlona.

“Nos gustaría ver tu fea cara.” “Si pudiera, lo haría,” respondió Golden con un bufido indignado.

“Pero está atascado y no puedo quitármelo.” “¿Cómo que fea cara?” replicó Golden, dándose cuenta de la mofa lanzada por Krasper.

Los dos comenzaron a discutir ligeramente, intercambiando comentarios sarcásticos bajo las miradas divertidas de los demás.

Una vez terminada la comida, Krasper se levantó y anunció: “Tengo que atender algunos asuntos.

Nos veremos más pronto de lo que piensan.” “Oye, mayordomo,” llamó Krasper, mirando en dirección a Mok.

Mok se señaló a sí mismo con una expresión confundida.

“¿Yo?

Soy el único vestido así,” respondió sarcásticamente, ajustándose su traje impecable.

El mayordomo se acercó a Krasper, quien le dijo: “Tengo algo para ti.

Te ayudará en este viaje.” Krasper le pidió que extendiera las manos.

En ellas apareció un pequeño gecko morado, cuya cabeza y torso brillaban con un tono vibrante, mientras que desde la cintura hasta la cola era negro, como si llevara puestos pantalones.

“Noté que tienes aptitudes y entrenamiento, mayordomo,” explicó Krasper con una leve sonrisa.

“Geki, como se llama este gecko, te enseñará algunas cosas de defensa.” “Entendido.

Yo estaré contigo,” dijo Geki con una voz dulce pero firme.

“Tendré que entrar al espacio mental, como el señor Paltio,” añadió Geki, mirando a Mok con calma.

“Sí, aunque si no quieres, no importa,” respondió Geki amablemente.

“¡Señor Serlet, no se vaya!” exclamó Lucca, acercándose con preocupación.

“Tranquilo,” dijo Krasper, colocando una mano tranquilizadora sobre el hombro de Lucca.

“Sé bueno y apoya a estas personas.” “Sí,” respondió Lucca, asintiendo con determinación.

“Bien, dicho todo esto, nos vemos.

Adiós.” Con esas palabras, Krasper desapareció, dejando tras de sí una estela morada que iluminó brevemente el lugar.

“Ese amigo tuyo nos dejó más preguntas que respuestas,” comentó Paltio, cruzándose de brazos.

“Ese tonto lagarto siempre se esfuma cuando uno quiere preguntarle algo.

¡Lo odio!

Siempre me enerva la sangre cada vez que lo veo,” gruñó Golden, visiblemente molesto.

“Tranquilízate, Golden.

¿No te da gusto ver a tus amigos?” dijo Paltio con una sonrisa irónica.

“Bueno, sí, un poco quizá,” admitió Golden después de un momento.

“Con él somos los cinco guerreros que servimos a Avocios.” “¿Qué no eran seis?” preguntó Paltio, frunciendo el ceño.

“¿Seis?

¿De dónde sacas eso, muchacho?

Solo hemos sido cinco desde siempre,” respondió Golden con firmeza.

“Está Meliradal, la maga de las aves, con sus poderes mágicos y la única figura femenina del equipo,” comenzó a enumerar Golden.

“Luego está Silver, el perro pulgoso plateado, que utiliza toda su fuerza descomunal, aunque no tanto su cerebro.

Está también Kilibur, el niño zorro, capaz de usar magia de orden e ilusión tan real que incluso puede tocarse.

Krasper, el dragón de cómodo, cuyas habilidades son crear armas y protección.

Finalmente, yo, tu servidor, Golden: la mano derecha de mi señor Avocios, el mejor espadachín, además de ser el más rápido, gracias también a mis poderes psíquicos y telepatía.

Ya ves, solo somos cinco.

Nada más que cinco.” “Bien, si tú lo dices, será cierto,” respondió Paltio encogiéndose de hombros.

Sin embargo, en su mente sabía que había un sexto guerrero.

Avocios le había indicado que uno de sus ancestros formaba parte del grupo.

Se preguntaba si ese guerrero seguía vivo y si Avocios lo había borrado intencionalmente de la memoria de sus guerreros.

¿Por qué lo habría hecho?

“Espero que tus amigos nos ayuden,” dijo Paltio, mirando a Golden con una mezcla de esperanza y escepticismo.

“No lo sé…

No los vi con cara de mucha ayuda.

Además, Meliradal está atrapada en ese lugar y no puede salir,” respondió Golden, cruzándose de brazos con gesto pensativo.

“Y, a todo esto, veo que tus amigos son especies de animales diferentes a nosotros, que somos frutas y verduras, pero con rasgos humanos, como nos comentaste esa vez,” indicó Mok, observando a Golden con curiosidad.

“Entonces, ¿qué clase de animal eres tú, Golden?” preguntó finalmente.

“Naturalmente, veo que te diste cuenta,” respondió Golden con orgullo, alzando el mentón.

“Bien, pues verás…

Yo soy un…” Iba a revelar su especie cuando, de repente, escucharon algo extraño en los alrededores: unas trompetas siniestras que resonaban entre los árboles.

Todos se tensaron de inmediato.

“Rápido, salgamos de aquí,” dijo Golden, liderando el grupo hacia afuera de lo que quedaba de la cabaña.

“Es mejor que nos ocultemos,” añadió, señalando lo que Toco-Toco le había advertido.

Desde los árboles emergieron unos vehículos extraños, parecidos a tanques de guerra blindados.

De uno de ellos descendió alguien conocido por Paltio, Mok y Lukeandria: era Meloc.

Al parecer, la rata había logrado recuperarse de lo que le habían hecho la vez anterior.

Meloc bajó del vehículo acompañado por un contingente de soldados de las sombras azules.

Uno de ellos se acercó y le informó: “Señor, este es el lugar donde plantamos al Treelion.” “Bien, cierren la zona,” ordenó Meloc con frialdad.

“Genial, problemas,” murmuró Lukeandria, apretando los puños con frustración.

Meloc sacó un aparato de su bolsillo y comenzó a escanear la zona, detectando el lugar exacto donde había estado el árbol.

“Vaya, esta cosa dice que ese árbol cultivó mucha energía.

Quiero verlo,” dijo, acercándose a lo que quedaba de la cabaña.

Uno de los guardias intentó detenerlo.

“Señor, será mejor que no entre.” “¡Tonterías!

Es mi investigación y mi creación,” replicó Meloc con desdén, adentrándose en la cabaña.

Sin embargo, al llegar, se dio cuenta de que no quedaba nada del árbol.

La ira comenzó a burbujear en su rostro, pero entonces notó algo en su aparato: irradiaba mucha energía desde un enorme hueco en el suelo.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.

“Decidido.

Tomaré una muestra,” anunció Meloc, extrayendo un dispositivo especial para recolectar material del suelo.

Al analizarlo, comprobó que era extremadamente potente.

“Genial, es justo lo que necesitábamos,” dijo con satisfacción.

Llamó a algunos soldados para que llevaran la muestra.

“Al parecer, no todo está perdido.” “Pero ¿qué hacen aquí?” preguntó Paltio, mirando a Golden con preocupación.

“Golden, ¿puedes leer sus mentes?” preguntó Mok.

“En eso estoy,” respondió Golden, concentrándose.

Pero después de unos segundos, negó con la cabeza.

“No puedo leerles la mente.

Al parecer, deben tener bloqueadores, como los que usaban los de las sombras moradas,” explicó con frustración.

“Esa rata es una piedra en el zapato,” gruñó Mok, apretando los dientes.

“Algo deben estar tramando,” murmuró Paltio, observando con atención mientras Meloc y sus hombres recogían la muestra.

“Bien, parece que tienen bloqueadores que neutralizan mis poderes,” dijo Golden, soltando un suspiro exasperado.

“No me queda de otra…

Déjenmelo a mí,” se ofreció Lukeandria, decidida.

“He aprendido algunas técnicas nuevas de mi maestro, Lume.” “Con cuidado,” le advirtió Paltio, lanzándole una mirada de preocupación.

Rykaru se había quedado dormido en sus brazos, así que decidió subirlo al carruaje para mantenerlo a salvo.

“No se preocupen, ya regreso,” respondió Lukeandria con una sonrisa confiada antes de escabullirse ágilmente entre los árboles.

“¿Crees estar lista ya, niña?” preguntó Lume, apareciendo en su mente como una voz calmada pero firme.

“Sí, tranquilo.

Recuerda que tú eres mi maestro,” respondió Lukeandria con seguridad.

Con un movimiento fluido, se desvaneció entre los árboles, preparándose para investigar lo que tramaba la rata de Meloc.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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