La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 106
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 106 - 106 El Mal No Descansa
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
106: El Mal No Descansa 106: El Mal No Descansa “¡Meloc, Meloc!
¡Vuelve con nosotros, tonto, ya despierta de ese trance!” gritó Tertrol, mientras golpeaba impacientemente el suelo con su bota metálica.
Su voz resonaba por la habitación como un eco metálico, llenando el ambiente de tensión.
“No pasa nada, señor,” respondió Opal, tratando de ocultar su nerviosismo mientras manipulaba los controles de la máquina que Meloc había dejado en una de las antiguas celdas del calabozo.
Sus dedos temblaban ligeramente sobre los mandos, pero no se detuvo.
A su lado, Milok observaba en silencio, cruzado de brazos, con una expresión de incertidumbre en su rostro cubierto por la armadura azul oscuro.
“Solo soy un líder de la guardia de los calabozos… ¿Qué hago aquí?” pensó Milok, abrumado por la situación.
Era un hombre robusto, imponente bajo su armadura de las sombras azules, diseñada para ocultar cualquier rastro de identidad salvo al líder supremo o a aquellos autorizados, como Tertrol.
Sus pensamientos eran un torbellino de dudas mientras veía cómo intentaban traer de vuelta al científico loco.
“¿Entonces quién puede hacerlo volver en sí?” exclamó Tertrol, visiblemente molesto.
“Ya envié a los Spelectrums tras ese maldito príncipe Paltio por la canallada que nos hizo, pero aún no lo encuentran.” En ese momento, el amuleto colgando de su cuello comenzó a brillar con una luz siniestra.
Tertrol lo miró con furia contenida.
“¡Esto significa que esos inútiles han sido vencidos!
Ese príncipe es demasiado fuerte, o tiene a alguien poderoso de su lado,” murmuró entre dientes, apretando los puños con rabia.
La frustración vibraba en cada palabra, cargando el aire de electricidad.
Tertrol se giró hacia los presentes, su voz cortante como una espada.
“¡Encuentren a quien pueda liberar a Meloc de ese trance!
Y si lo hacen, les daré una jugosa suma de dinero.” Miró directamente a Milok.
“Ve, Milok, busca en el reino.
No regreses hasta que tengas una solución.” “¡Sí, señor!” respondió Milok al instante, retirándose con rapidez.
Sabía que no había tiempo que perder, ni excusas que valieran ante Tertrol.
Durante días, Milok recorrió el reino en busca de alguien capaz de ayudar a Meloc.
Finalmente, encontraron a un joven científico novato llamado Chiro.
Era un hámster humanoide de aspecto nervioso, con gafas redondas y ropas algo desgastadas por el uso constante.
A pesar de su inexperiencia, aseguró poder curar a Meloc.
Tertrol lo enfrentó con una mezcla de amenaza y esperanza.
“Escucha bien, chico.
Si logras traer de vuelta a Meloc, serás recompensado y subirás de puesto.
Pero si fallas…” Hizo una pausa dramática, dejando que sus palabras flotaran en el aire como una guillotina invisible.
“…acabaré contigo inmediatamente.” Chiro tragó saliva, sintiendo el peso de la responsabilidad aplastarlo.
Solo tenía cinco días para recuperar la mente de Meloc.
Cinco días para salvar su propia vida.
El proceso fue arduo.
Chiro trabajó día y noche, rodeado de libros polvorientos, notas garabateadas y máquinas zumbantes.
En uno de los escritos de Meloc, descubrió una posible solución.
Siguiendo las instrucciones casi al pie de la letra, activó el último protocolo disponible.
La pantalla de la máquina parpadeó antes de mostrar un mensaje críptico.
Entonces, algo cambió.
Meloc despertó bruscamente, respirando agitado, con los ojos desorbitados.
Comenzó a repetir un nombre una y otra vez: “Paltio… Paltio…” Cada vez que pronunciaba ese nombre, su voz se volvía más aguda, más frenética.
Finalmente, gritó: “¡Dónde está ese maldito príncipe!” Chiro, aunque exhausto, sintió un destello de alivio al ver que el proceso había funcionado.
Rápidamente envió a llamar a Tertrol, quien llegó con paso firme y una sonrisa de satisfacción en su rostro.
“Bien hecho, muchacho,” dijo Tertrol, colocando una mano pesada sobre el hombro de Chiro.
“Ahora formarás parte del equipo especial de Meloc en la búsqueda del arma secreta.
Siente orgullo, trabajarás con un verdadero genio.” Meloc, ya recuperado, se levantó de la cama con movimientos lentos pero decididos.
Miró a Chiro con una expresión calculadora.
“Bienvenido al equipo, chico,” dijo con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
Chiro tragó saliva nuevamente, forzando una sonrisa débil.
“Muchas gracias,” respondió, aunque dentro de él solo había una pregunta resonando: ¿En qué me he metido?
Meloc se cambió rápidamente, colocándose su traje de científico completo, incluida una bata blanca impecablemente planchada.
Con aire autoritario, guio a su nuevo ayudante, Chiro, hacia lo que parecía un granero abandonado.
Sin embargo, al cruzar el umbral, el lugar estaba vacío, excepto por una palanca oxidada en una esquina.
Con un gesto teatral, Meloc bajó la palanca.
El suelo tembló ligeramente mientras una plataforma descendía, revelando una entrada oculta.
Las luces se encendieron de golpe, iluminadas por antorchas que rodeaban el perímetro, cuyas llamas rojas y danzantes proyectaban sombras inquietantes sobre las paredes.
En el centro del lugar, tres enormes objetos cubiertos con sábanas blancas destacaban como gigantescas figuras dormidas.
“Estuve trabajando en estas maravillas,” anunció Meloc con orgullo desbordante, extendiendo los brazos como si estuviera presentando una obra maestra.
“Pronto estarán listas, y nadie podrá detenernos.
Reinos caerán a nuestros pies, y nuestro señor Tertrol gobernará sin rival.” “Querrá decir…
¿el señor Tejod?” preguntó Chiro tímidamente, con voz apenas audible.
“¡Tonto niño!” replicó Meloc con desdén, acercándose a él con pasos largos y amenazadores.
“En este lugar, Tejod no manda.
Pronto nos desharemos de ese tejón inútil que no entiende el panorama como lo hace el señor Tertrol.” “Entiendo…” murmuró Chiro, aunque sus palabras titubeantes dejaron claro que aún tenía dudas.
“Pero… ¿cómo piensa acabar con el señor Tejod?
¿Con estas cosas que están cubiertas bajo esas sábanas enormes?” preguntó Chiro, señalando las formas misteriosas.
“Claro que no, muchacho,” respondió Meloc, sonriendo con suficiencia mientras tiraba de las sábanas para revelar lo que había debajo.
“Estos son vehículos, tanques de guerra diseñados para llevarnos al siguiente paso.
Son herramientas clave para buscar lo que necesitamos.” Los ojos de Chiro se abrieron de par en par al ver los monstruos metálicos frente a él.
El tanque central era colosal, tan grande como un edificio de dos pisos, mientras que los otros dos eran ligeramente más pequeños, pero igual de intimidantes.
Sus superficies brillaban con un tono oscuro y metálico, reflejando las llamas de las antorchas como si fueran criaturas vivientes.
“¿Y dónde está esa fuente?” preguntó Chiro, tratando de mantener la calma a pesar de la presión que sentía crecer en su pecho.
“Lamento hacer tantas preguntas, señor.” “Tranquilo, muchacho,” dijo Meloc, sorprendentemente relajado.
“Pregunta lo que quieras.
Después de todo, fuiste tú quien me devolvió a este mundo.
Y con eso, mis ansias de venganza contra ese principito han regresado con más fuerza que nunca.” “Entiendo…” suspiró Chiro, sintiendo el peso de la situación aplastarlo.
Había algo en la mirada de Meloc que lo hacía sentir incómodo, como si estuviera atrapado en una telaraña de la que no podía escapar.
“Vamos, muchacho, hay muchas cosas que tienes que aprender,” continuó Meloc, dirigiéndose hacia el tanque central.
“Subamos a estas máquinas y dirijámonos a la búsqueda de esa fuente.
Será el fin de la vieja era y el comienzo de una nueva.” En ese momento, un soldado se acercó corriendo a Meloc.
“Señor, ya hemos encontrado la ubicación de la planta llamada Treelion.” “¿Y qué esperan?
¿Una invitación?” respondió Meloc con una sonrisa malvada, sus dientes brillando bajo la luz rojiza.
“Es hora de irnos.” Ambos científicos subieron al tanque central, acompañados por un grupo de soldados armados hasta los dientes.
Los motores rugieron como bestias despertando, y las enormes máquinas avanzaron lentamente hacia una puerta gigantesca que se abrió con un chirrido metálico.
Salieron al exterior con rumbo trazado hacia la ubicación del Treelion.
Mientras el vehículo avanzaba, Chiro se hundió en sus pensamientos.
“No puedo creer que esté saliendo de este lugar donde estuve atrapado durante años,” murmuró para sí mismo.
“Pero nunca imaginé que terminaría uniéndome a estos locos que quieren derrocar al régimen actual de las Sombras ósea a Tejod y convertir a Tertrol en el líder supremo de todas las sombras.
¿Qué va a ser de mí?
Debería haberme quedado en casa, como los demás.
Mi padre tenía razón cuando me advirtió sobre unirme a una facción de las Sombras debí quedarme en la capital en mi natal Tehtra.
Estos de las sombras azules son de lo peor.
¿Qué voy a hacer?
¿Qué será de mi vida?” Su mente era un torbellino de dudas y miedos, pero sabía que ya no había vuelta atrás.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com