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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Otro Día Para Pelear
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11: Otro Día Para Pelear 11: Otro Día Para Pelear —Bien, entonces empecemos —dijo Mok mientras emergía de su escondite con elegancia.

Con movimientos rápidos, desplegó sus cuchillos en un arco fluido, formando una barra giratoria que impactó contra uno de los guardias, derribándolo al instante.

El segundo guardia, alerta al peligro, intentó desenvainar su espada para enfrentarse al mayordomo.

Pero antes de que pudiera completar el movimiento, Mok ya había desenfundado su propia hoja y, con un tajo certero, dejó al hombre fuera de combate.

Meloc, testigo involuntario de la escena, se quedó paralizado por el pánico.

Su cuerpo tembló mientras veía cómo los intrusos actuaban con precisión letal.

Finalmente, incapaz de soportar la tensión, se desplomó inconsciente sobre el suelo, víctima del miedo que lo embargaba.

En otro lugar en el palacio, una voz grave y autoritaria resonó a través de los pasillos.

—¡Tertrol!

¡Tertrol!

El llamado era insistente, pero no hubo respuesta.

La voz volvió a elevarse, esta vez cargada de irritación.

—¡TERTROL!

De pronto, un rostro furioso emergió proyectado en una pared cercana: era Tejod, cuya expresión irradiaba cólera pura.

Sus ojos ardían como brasas mientras observaba a Tertrol echado plácidamente en su cama.

—¿Por qué no me contestas?

—rugió Tejod.

Una descarga eléctrica cruzó la habitación, golpeando la cama de Tertrol.

Este salió disparado hacia arriba, sobresaltado.

—¡Lo siento, señor!

¡Mil disculpas!

Estaba profundamente dormido… —balbuceó, tratando de recuperar compostura.

—Ahora ya no lo estás —respondió Tejod con sarcasmo gélido.

Tertrol se levantó de inmediato y caminó hacia el holograma flotante, inclinándose ligeramente.

—Bien, señor, ¿a qué se debe su llamado?

¿Tiene algo que ver con nuestro dios oscuro?

—preguntó, intentando sonar respetuoso y seguro.

Tejod lo fulminó con la mirada, y parecía que el fuego iba a brotar de su rostro en cualquier momento.

—¡Insensato!

¿Crees que no tengo oídos donde te encuentras?

¡Cómo casi pones en peligro al muchacho!

No puedes tocarlo hasta que consiga lo que el Señor ha solicitado.

Y otra cosa…

¿por qué le pediste la garra de un Oboros?

¿Qué planeas?

¿Acaso intentas traicionarme?

La sospecha en la voz de Tejod era evidente, y su ceño fruncido transmitía una amenaza implícita.

Tertrol cayó de rodillas, mostrando sumisión absoluta.

—Señor, soy uno de sus más fieles servidores.

Jamás haría algo para ofenderlo ni para usurpar su posición.

Soy eternamente agradecido por la magia que me ha otorgado.

—Más te vale —espetó Tejod—.

Si me traicionas, te arrebataré todos los privilegios que te he dado y drenaré cada brizna de poder de tu miserable cuerpo.

Un escalofrío recorrió la columna de Tertrol, pero logró mantener la calma.

—Lo entiendo perfectamente, señor.

Solo traje la garra de ese monstruo para forjar un arma que pueda ayudarlo en futuras batallas.

Sería capaz de aniquilar a muchos enemigos de un solo golpe.

Tejod alzó una ceja, intrigado.

—Interesante…

Cuéntame más.

Y espero que sea verdad.

Tertrol sacó unos planos cuidadosamente dibujados y se los mostró a Tejod.

—Fascinante…

—murmuró este último después de examinarlos—.

Esto podría ser muy útil.

Lo apruebo.

Pero la próxima vez que me ocultes información, pagarás las consecuencias.

Y recuerda: no interfieras con el príncipe.

Debes asegurarte de que encuentre lo que necesito.

¿Entendido?

Tertrol bajó la cabeza en señal de obediencia.

—Como ordene, mi señor.

El holograma de Tejod se desvaneció lentamente, dejando a Tertrol solo en la habitación.

Apenas desapareció, el sirviente apretó los puños con rabia contenida.

—Maldito Tejod…

Espera a que reúna los ingredientes para mi arma.

Cuando llegue el momento, acabaré contigo —murmuró entre dientes.

Se detuvo un instante, pensativo.

—Ni siquiera preguntó por los acompañantes del príncipe ni por otros detalles…

Ese Tejod nunca deja hablar a los demás…

Mientras tanto, en la “sala”, se escuchó una voz que preguntaba con insistencia: —¿Qué pasó?

¿Dónde estoy?

—Vaya, veo que despertó, científico loco —dijo Golden con un tono burlón.

Meloc, sin embargo, no podía ver nada; una bolsa cubría su cabeza, sumiéndolo en la oscuridad más absoluta.

—¿Quiénes son ustedes?

¿Por qué no puedo ver?

—preguntó Meloc, su voz temblorosa revelando miedo.

—Eso te mereces y mucho más —intervino Paltio con frialdad.

Luego, dirigiéndose al grupo, añadió—: Nos llevaremos a estas personas, y tú te quedarás aquí.

El muchacho apretó los puños, furioso ante el sufrimiento de los prisioneros.

Meloc, intentando recuperar algo de control, se dijo a sí mismo: —Tienes una voz de niño.

¿Crees que puedes amedrentarme?

Yo soy un poderoso científico de las Sombras Azules.

¡Déjenme ir, o mi jefe vendrá por mí en cualquier momento!

Eso les dará miedo, y me soltarán pensó.

Golden intercambió una mirada con Paltio antes de responder: —Si alguien viene a buscarte, también terminarás frente a nosotros.

Sea quien sea, aprenderá lo que significa obedecer al señor Tertrol.

—Golden, te dije que no leas mentes —reprendió Paltio, aunque su tono carecía de verdadera firmeza.

—Con este loco es necesario —replicó Golden, encogiéndose de hombros.

De inmediato, cerró los ojos y se concentró.

Un instante después, lanzó con desprecio: —Vaya, qué mente tan sucia tienes, rata.

—¿Qué descubriste?

—preguntó Paltio.

—Bueno, respecto a eso de que alguien vendrá…

No es cierto —respondió Golden con seguridad.

—Qué alivio —dijo Alita, suspirando.

—Pero está armando una máquina destructiva que podría poner en riesgo todo —continuó Golden, su expresión endureciéndose—.

Una máquina que parece que puede causar la destrucción de reinos enteros.

—¿Un arma?

¿Qué clase de arma?

—interrumpió Mok, frunciendo el ceño.

—No pude ver mucho; tiene una mente fuerte.

Pero esto de “reeducar” con esta máquina de este lugar es solo la punta del iceberg.

Hay algo más grande detrás de todo esto, algo que se erige entre las sombras.

Mok se tocó la barbilla, pensativo.

—Maldición…

Esto es peor de lo que imaginaba.

Paltio dio un paso al frente, su rostro reflejando una mezcla de ira y determinación.

—Bien, entonces no nos sirves.

Quizá la gente a la que has hecho daño debería tomar la justicia en sus manos, empezando contigo.

Mok intervino rápidamente, colocándose entre Paltio y Meloc.

—Señorito Paltio, no se deje llevar por el odio.

Usted es un príncipe y debe ser diplomático.

Recuerde las enseñanzas que le dimos y las de sus padres.

Paltio dudó, las palabras de Mok resonando en su mente.

Finalmente, tras unos segundos de silencio, habló: —Dejaré que la justicia siga su curso.

Meloc, aún atado, gritó desesperado: —¡Ah!

¡No olvidaré ese nombre, Paltio!

Cuando me libere, estarás en mis manos.

Ron, uno de los presentes, sugirió: —Bueno, dejémoslo en una de estas celdas, conectado a una de sus propias máquinas.

A ver si así aprende.

—¡No, no!

¡Diré todo lo que quieran!

¡Confíen en mí!

—suplicó Meloc, su voz aguda delatando el pánico que lo embargaba.

Sin embargo, las personas que estaban cerca de Paltio ya se habían abalanzado sobre el científico humanoide.

Lo colocaron en una de las máquinas mientras él gritaba frenéticamente.

De pronto, el grito cesó, y su mirada quedó vacía, como si su alma hubiera sido arrancada de su cuerpo.

—Qué máquina tan aterradora…

—murmuró Alita, abrazándose a sí misma.

—Sí, tienes razón —coincidió uno de los prisioneros liberados.

Los demás prisioneros se acercaron a Paltio y su grupo, inclinándose ligeramente en señal de gratitud.

—Gracias por salvarnos —dijeron al unísono.

Paltio permaneció en silencio, sus ojos fijos en la máquina y en el ahora callado Meloc.

Estaba dividido entre la satisfacción de haber ayudado a los inocentes y la incertidumbre de si había actuado correctamente.

Las palabras de Mok resonaban en su mente, recordándole quién debía ser.

—Será mejor que encontremos a Avocios lo antes posible —sugirió Golden con seriedad, cruzándose de brazos.

—¿Y puedes hacerlo?

—preguntó Paltio, mirándolo con curiosidad.

Golden sacudió la cabeza.

—No lo he intentado, pero parece que hay un bloque que me impide tener contacto con él.

Sin embargo, creo que, si encontramos las piezas del cetro, tendremos alguna oportunidad de dar con su paradero.

—Bien, entonces hagamos eso —acordaron Mok, Alita y Ron al unísono, junto con Paltio.

—Será mejor salir de aquí, miau —dijo Toco-Toco, asomando la cabeza desde el hombro de Paltio.

—Sí, tienes razón —respondió el príncipe, asintiendo.

Todos subieron poco a poco al ascensor hasta que finalmente estuvieron fuera del recinto.

Una vez afuera, Paltio se dirigió a los ciudadanos de Hassdalia que habían liberado.

—Bien, este es el adiós —dijo con firmeza, aunque su tono denotaba cierta tristeza.

Uno de los ciudadanos, quien destacaba entre los demás por su porte y presencia, dio un paso al frente.

Era un sujeto un poco más bajo que Mok, con ojos verdes casi cristalinos y una larga barba gris.

Su voz sonó profunda cuando habló: Gracias por salvar a mi pueblo mi nombre es Madeus, Madeus el general mago.

Mucho gusto general indico Paltio y Mok lo siguió.

—Es mejor que se vayan como le comentaba general.

Nosotros tenemos una misión que cumplir aquí indico el príncipe Paltio.

El general mago lo miró sorprendido.

—Gracias, príncipe Paltio, pero no podemos irnos sin liberar a nuestro pueblo ni a nuestro rey —añadió el Hassdaliano.

En ese momento, Golden emergió de la semilla de Paltio, brillando intensamente con su armadura dorada en un holograma.

Todos quedaron atónitos ante su aparición.

—¿Qué es eso?

—murmuraron algunos, impresionados.

Golden sonrió con suficiencia.

—Ya quisiera ser tan brillante como nuestro dios Avocios, pero no, soy Golden, uno de sus sirvientes.

Y háganle caso al niño: él es el príncipe de Avocadolia, quien está buscando a Avocios y lo que queda de su poder en el Cetro Mágico.

El general Madeus bajó la cabeza en señal de respeto.

—Así que usted es el príncipe… del lugar donde reside nuestro dios.

Perdone mi insolencia —dijo, arrodillándose.

—Tranquilo, no es para tanto —respondió Paltio, incómodo, pero tratando de mantener la compostura.

Ron, siempre el más directo del grupo, no pudo contenerse: —Como no lo ven, ¡es el único diferente a los demás!

¡Es dorado!

—exclamó, señalando hacia Golden con entusiasmo.

Alita, rápida como siempre, lo hizo callar de inmediato, tapándole la boca con la mano mientras le lanzaba una mirada de advertencia.

—¡Shh!

Silencio tonto no seas insolente—susurró Alita, fulminándolo con la mirada.

Ron se encogió ligeramente, avergonzado, pero asintió en silencio mientras Alita retiraba la mano.

Paltio intervino, colocándose a su lado.

—Pero tienen razón en algo: deben irse de este lugar.

Busquen refugio y recupérense.

Vivan para luchar otro día no desperdicien su vida en algo en vano.

Ellos tienen un ejército inmenso, pero luego podremos unir fuerzas para salvar a todos.

—Sabias Palabras niño dijo Golden.

Mok, desde una esquina, observaba orgulloso.

—Estoy orgulloso de cómo te expresaste, señorito.

Digno de la realeza —murmuró para sí mismo.

El hombre, que ahora se presentaba como el general mago Madeus, asintió con determinación.

—Bien, te tomaré la palabra, chico.

Entonces es momento de irnos.

Conozco un lugar seguro.

Antes de partir, Madeus le entregó a Paltio una pequeña caracola blanca y brillante.

—¿Qué es esto?

—preguntó el príncipe, examinándola con curiosidad.

—Con eso nos mantendremos en contacto, joven príncipe.

Espero que logres tu cometido.

Ahora, aquí afuera mi magia está volviendo, y podré cubrir a lo que queda de mi pueblo.

Aunque haya más en el calabozo…

bueno, ahí no son tratados tan mal como aquí.

Espero que resistan —dijo Madeus, su voz cargada de esperanza y preocupación.

Una nube mágica envolvió a Madeus y a los ciudadanos, desvaneciéndose lentamente en el horizonte.

Paltio miró el reloj en su muñeca y suspiró.

—Bien, es hora de volver.

Ya casi está cambiando esta cosa —dijo, refiriéndose al dispositivo que llevaba consigo.

Todos regresaron sigilosamente a la casa donde se habían quedado.

Exhaustos, apenas cruzaron la puerta y se dejaron caer al suelo, sucumbiendo al cansancio.

Pero justo cuando empezaban a relajarse, alguien tocó a la puerta.

—¡Despierte, príncipe Paltio!

Tiene una pieza que buscar —dijo una voz al otro lado de la puerta.

Paltio abrió los ojos, resignado a pesar de estar cansado se preguntaba nervioso quien era el que toca.

“Ya van tres días.

Faltan 27 días para que se cumpla el plazo de Tejod.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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