La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 110
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110: La Puerta Roja 110: La Puerta Roja “Bien, ¿qué hago?
¿Qué hago?” se preguntó Chiro en voz baja, sus pensamientos girando en un torbellino de indecisión.
Finalmente, recordó una frase de su abuelo: “El que no arriesga, no gana.” Inspirándose en esas palabras, decidió lanzarse al vacío.
De sus labios salió la palabra “¡Sí!” con entonación firme, aunque su voz aún temblaba ligeramente.
Meloc, complacido por haber ganado un nuevo adepto a la causa de Tertrol, sonrió para sí mismo.
Es un ganar y ganar, pensó.
No solo había asegurado un aliado más para su misión, sino también a alguien que podría serle útil en el futuro.
Era una inversión que ya estaba dando frutos.
“Bien, Ribras, abre la puerta,” ordenó Meloc con un gesto autoritario.
La gran puerta roja comenzó a abrirse lentamente, emitiendo un chirrido metálico que resonó en el espacio subterráneo como un lamento ancestral.
El sonido reverberó por las paredes, creando una sensación de expectativa casi palpable.
De pronto, un destello cegador escapó del interior, inundando el lugar con una luz tan intensa que parecía querer devorar todo a su paso.
Meloc y Chiro instintivamente levantaron los brazos para cubrirse los ojos, deslumbrados por el resplandor.
“Pronto, pónganse estos lentes,” indicó Ribras con calma, extendiendo unas gafas especiales hacia ellos.
Su voz era serena, como si estuviera acostumbrado a este tipo de espectáculos.
Sus movimientos eran precisos, sin un ápice de sorpresa, lo que evidenciaba su experiencia con lo que había más allá de esa puerta.
Meloc y Chiro se apresuraron a colocarse las gafas, ajustándolas torpemente mientras sus ojos aún luchaban por adaptarse al brillo abrasador.
A través de los cristales oscuros de las gafas, el destello se atenuó lo suficiente como para permitirles ver lo que había dentro del lugar.
Meloc y Chiro se colocaron rápidamente las gafas especiales.
A través de las gafas, pudieron ver lo que había dentro de la habitación: un tanque sellado por todos lados, como una caja impenetrable custodiada por máquinas que zumbaban con actividad febril.
Cables gruesos serpenteaban desde el suelo hasta el tanque, pulsando con energía que parecía latir como un corazón mecánico.
En la parte exterior del tanque, una mezcla de energías danzaba en patrones hipnóticos, como si los cuatro elementos —tierra, agua, fuego y aire— hubieran sido encapsulados y obligados a coexistir en un ciclo eterno.
Estas energías envolvían algo en el interior que brillaba con una intensidad casi sobrenatural, como una estrella atrapada en una prisión de cristal.
Dentro del tanque, un gas extraño se movía frenéticamente, deslizándose de un lado a otro como una criatura viva que intentaba escapar de su confinamiento.
Sin embargo, cada vez que tocaba una de las paredes transparentes, era repelido violentamente hacia el centro, como si una fuerza invisible lo obligara a permanecer atrapado.
El movimiento errático del gas creaba destellos irregulares que iluminaban la habitación con destellos intermitentes, como relámpagos contenidos.
“Vaya, vaya…
Por poco pensé que tus ideas locas no iban a funcionar, Meloc,” comentó Ribras con una sonrisa burlona.
“Pero veo que capturamos al pez gordo.
Y nadie puede decir que no.” “¿Qué es eso?” preguntó Chiro, completamente asombrado por lo que tenía frente a sus ojos.
“Eso, muchacho, es algo inaudito,” respondió Meloc con orgullo desbordante.
“Me dijeron loco e inútil cuando propuse mi invento, pero el señor Tertrol me dio su apoyo.
Y mira, ¡lo logré!” Extendió los brazos dramáticamente mientras continuaba: “Este tanque puede contener algo que nadie creyó posible: al creador de este mundo.
Es como poner un planeta entero en una caja…
Bueno, en un tanque.
Nadie pensó que sería posible, pero aquí está.” “Te presento al gran y único Avocios,” anunció Meloc con entusiasmo, señalando el tanque con reverencia.
“¿Avocios?” repitió Chiro, confundido.
“¿Y ese quién es?” “¿Cómo que no sabes quién es?
¿Eres tonto o qué?” interrumpió Ribras con sorna, cruzándose de brazos.
“Tranquilo,” intervino Meloc antes de que Ribras continuara con sus comentarios mordaces.
“Seguro, como es joven, no conoce quién es.
Pues bien, muchacho, este es el supuesto dios que creó este planeta.
Pero recuerda, hay muchos planetas allá afuera esperando ser conquistados.
Algo que Tejod nunca haría, pero por el señor Urugas, todo es posible.
Ahora que hemos eliminado a uno de sus mayores enemigos, podremos eliminar a los otros y apoderarnos del vasto universo.” “Eso es grandioso, señor Meloc.
No pensé que existieran otros planetas más que este,” dijo Chiro con admiración genuina, sintiendo cómo su curiosidad científica crecía exponencialmente.
“Vaya, pensé que eras de los míos, alguien que pensaba más allá de la caja,” dijo Meloc con un tono ligeramente decepcionado mientras miraba a Chiro.
“Pero bueno, qué se le va a hacer…
No todos caen del mismo árbol.” Hizo una pausa antes de continuar, su voz adoptando un tono más resuelto.
“Ya en el camino haré que seas un mejor científico.” “Lo siento, señor, y gracias por el apoyo,” respondió Chiro con sinceridad, aunque aún sentía un ligero peso en su pecho por la crítica implícita.
Luego, tratando de desviar la atención hacia algo más constructivo, preguntó: “Pero dígame, ¿por qué está así?
Me refiero a que parece una especie de gas.” “Buena pregunta, muchacho,” intervino Ribras, mirando a Meloc con una expresión que parecía retarlo a explicar su invento.
Meloc no necesitó más incentivo.
Con un brillo entusiasta en sus ojos, comenzó a explicar: “Pues porque es la única forma en que pudimos desarmarlo.
Capturamos su esencia cuando estuvo distraído y lo colocamos en este estado para que no pueda usar sus poderes contra nosotros.
Los cuatro elementos que recorren el tanque actúan como una especie de jaula energética, impidiendo que escape.” Hizo una pausa dramática, disfrutando del momento.
“Pero no solo son los cuatro elementos los que contienen al prisionero.
Hay algo más: el Avoteno, un material ultra resistente que desarrollé específicamente para esta tarea.” “¿Avoteno?” preguntaron Ribras y Chiro al unísono, ambos sorprendidos por el término.
“¡Ah, sí!
Qué bueno que preguntan,” respondió Meloc, visiblemente complacido por el interés.
“El Avoteno es una aleación creada por mí, fusionando un mineral llamado Luxteno traído de un planeta lejano —el mismo recipiente que trajo a Urugas— con un mineral raro de este mundo en el que estamos llamado Avoreo.
Después de muchos intentos fallidos, logré combinar ambos materiales y crear algo completamente nuevo: una aleación ultra resistente e irrompible, tanto por fuera como por dentro.” Chiro frunció el ceño, procesando la información.
Luego, con curiosidad genuina, preguntó: “Y si es tan fuerte, ¿por qué no sellaron a Urugas con eso?” Meloc titubeó por un momento, pero fue Ribras quien respondió rápidamente, con un tono casi defensivo: “Pues…
pues porque no habías pensado en eso.” “Pues no se puede,” continuó Meloc, recuperando la compostura.
“Urugas es mucho más fuerte que este ser.
Intenté hacer la prueba con él, pero traspaso el tanque en un instante.
Parece que haber estado contenido en esa prisión de Luxteno lo hizo inmune, incluso con el Avoteno presente.” “¿Cómo puede ser ese ser más poderoso que el propio creador?” preguntó Chiro, incrédulo.
“No lo sé,” admitió Meloc, frotándose la barbilla mientras observaba el tanque con los ojos entrecerrados.
“Es como si deformara la realidad o algo por el estilo.
Ni siquiera se convierte en estado gaseoso como Avocios.” “Quizá el tal Urugas no tiene un cuerpo físico y es energía pura.
Por eso no pudo ser contenido,” sugirió Chiro, pensativo.
“¡Vaya, niño!
Me fascinas,” exclamó Ribras, impresionado por la perspicacia del joven científico.
“Sí, puede ser una posibilidad,” reflexionó Meloc en voz alta, mirando fijamente la prisión de Avocios.
“Tendré que investigar más al respecto,” pensó para sí mismo, guardando mentalmente esa hipótesis para futuros experimentos.
“¿Y por qué no también a Tejod?” preguntó Chiro con curiosidad genuina, inclinándose ligeramente hacia adelante como si temiera que su pregunta fuera demasiado atrevida.
Meloc soltó una risa seca, cargada de desdén, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de odio y satisfacción anticipada.
“Ah, no, muchacho.
Una prisión sería lo menos que podríamos hacerle a ese ególatra,” respondió con un tono venenoso, cada palabra saliendo como un cuchillo afilado.
“Tejod debe sufrir de verdad.
No se trata solo de encerrarlo; se trata de hacerle pagar por todo el daño que ha causado.” Chiro tragó saliva, sintiendo cómo el ambiente se volvía más pesado con cada palabra de Meloc.
Era evidente que el científico guardaba un rencor profundo hacia Tejod, un resentimiento que iba más allá de la simple traición.
“Imagina esto,” continuó Meloc, gesticulando con las manos como si estuviera pintando una escena en el aire.
“No solo lo derrotaremos, sino que lo destruiremos lentamente, haciéndole sentir el peso de cada uno de sus errores.
Lo humillaremos frente a todos, mostrándole que ya no es el poderoso líder que cree ser.
Y cuando finalmente caiga…
ah, entonces sabrá lo que significa el verdadero sufrimiento.” Chiro asintió lentamente, aunque aún no estaba seguro de si compartía el mismo nivel de odio hacia Tejod.
Sin embargo, podía sentir cómo la determinación de Meloc era inquebrantable, como una fuerza implacable que no dejaría espacio para la piedad.
“Ya veo…” murmuró Chiro, más para sí mismo que para Meloc.
Sabía que esta misión no solo era sobre conquistar y controlar; también era personal.
Mientras tanto, Meloc seguía perdido en sus pensamientos, imaginando con deleite los planes que tenía preparados para Tejod.
“Bien volviendo al tema, por ahora Avocios duerme y solo se mueve por inercia,” explicó Ribras, volviendo al tema principal.
“Pero luego regresa al centro porque le agregamos unos sedantes para evitar que use su poder con nosotros como medida de seguridad.” “Perfecto, espero que sigas cuidando de este prisionero, Ribras,” dijo Meloc, ajustándose las gafas mientras se preparaba para partir.
“Es momento de que regrese donde Tertrol.
Ya te avisaré cuándo será el momento.” “Espero que sea pronto,” respondió Ribras con una leve inclinación de cabeza.
Sin más palabras, Meloc y Chiro subieron al tanque y partieron del lugar, dejando atrás el destello cegador y el silencio opresivo de la prisión subterránea.
Su destino: el reino de Hassdalia.
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