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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 111

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111: Un Paso Mas 111: Un Paso Mas El carruaje-tanque seguía su avance constante mientras Lucca revisaba cada detalle con meticulosidad, siguiendo las directrices que le había dicho Mok antes de partir.

El camino era irregular, rocoso y angosto, pero el tanque avanzaba sin alteraciones, sus faroles delanteros iluminando el oscuro sendero como faros de un automóvil en medio de la noche.

“Me pregunto qué será entrenar en esos lugares que llaman planos mentales de entrenamiento,” reflexionó Lucca en voz baja, perdido en sus pensamientos.

“Bueno, creo que no soy digno, por eso no me dieron uno de esos seres para que me acompañe.

Pero no importa; mi señor Serlet me obsequió este bastón para defenderlos mientras sus cuerpos permanecen en trance y sus mentes están entrenando.

Aunque…

hasta ahora no sé cómo funciona.” Lucca sonrió para sí mismo, tratando de distraerse con pequeños detalles para pasar el tiempo.

“Lo bueno es que vamos bien.

Solo falta un día más y llegaremos a Reedalia.” Miró hacia una pequeña taza de té que tenía en las manos.

“Hice este té, pero no me quedó tan bueno como los que hace el mayordomo Mok.

Cuando tenga tiempo, le preguntaré cómo lo prepara.” En otro lugar, Alita entrenaba bajo la atenta mirada de Nakia, su maestra ave.

“Vaya, vas bien,” dijo Nakia con orgullo reflejado en su voz.

“Me enorgulleces.

Ya vas aprendiendo el elemento de tierra.

Solo te falta dominar la magia de aire, y luego podremos empezar con sus derivados, como el rayo o el hielo.” “Sí, maestra,” respondió Alita con gratitud, inclinando ligeramente la cabeza.

“Gracias por el entrenamiento.” Mientras tanto, Ron estaba siendo sometido a un riguroso entrenamiento bajo la supervisión de Chiki, su maestro canino.

“Vaya, tonto testarudo,” gruñó Chiki con impaciencia.

“Aún te falta mucho.

Solo has llegado a la segunda fase de tu armadura.

Ni siquiera has alcanzado el nivel que usaste esa vez contra Troba.

Creo que no debí ser tan blando contigo.” Ron, con una enorme roca sobre su espalda, respondió entre jadeos: “¿Eso de hacerme estirar con una máquina, jalarme con caballos y cargar grandes toneladas te parece algo liviano, mendigo perro?” “Sí,” replicó Chiki con frialdad, cruzándose de brazos mientras observaba a su alumno con una expresión severa.

“Pero será mejor que te haga más fuerte en el poco tiempo que tenemos.” El pequeño chihuahua comenzó a transformarse en el temible lobo carmesí, su pelaje escarlata brillando bajo la luz tenue.

Llevaba guantes con púas en los nudillos, un chaleco negro ajustado y una bandana azul que resaltaba contra su apariencia intimidante.

“Vaya, maestro, nunca había visto esa forma suya,” comentó Ron con asombro, aunque la roca en su espalda apenas le permitía mantenerse erguido.

“Pues sí, solo la usé cuando estuvimos en los túneles con Paltio,” respondió Chiki con calma, aunque sus ojos brillaban con determinación.

“Ese amigo mío siempre tiene que presenciar las cosas más geniales,” añadió con un tono irónico.

“Bien, te sacaré a golpes esa armadura de tu interior.

Prepárate, niño.

Esta vez voy en serio.” Chiki lanzó un aullido feroz que resonó en el aire, alertando a Ron de lo que venía.

“¡No, maestro, no!” gritó Ron, visiblemente asustado mientras veía a Chiki acercarse con paso decidido.

Con un solo dedo, Chiki destruyó la gran roca que Ron cargaba, partiéndola en mil pedazos.

Al ver a Ron cerrar los ojos instintivamente, Chiki soltó una risa burlona.

“Patético”, niño.

Deberías estar preparado añadió el can.

Casi mojo mis pantalones…

aunque no sé si eso también pasa en el mundo real,” pensó Ron para sí mismo, tratando de recuperar la compostura mientras sentía cómo su cuerpo temblaba de anticipación.

“Deja de pensar en tonterías; tus amigos están entrenando también.

Menos habla, más pelea.

Así que prepárate,” ordenó Chiki con un tono autoritario, sus ojos brillando con una mezcla de impaciencia y determinación.

Ron lo miró de reojo, ajustándose los guantes mientras murmuraba entre dientes: “Está bien…” A regañadientes, adoptó una posición defensiva, listo para enfrentar lo que fuera que Chiki tuviera planeado.

En otro plano de entrenamiento, Paltio seguía peleando con Toco-Toco.

Esta vez, sin embargo, había logrado alcanzar al gato, algo que Toco-Toco no tomó a bien.

“Ahora que me has alcanzado, ¿crees que estás listo para entrenar conmigo, muchacho?” maulló Toco-Toco con sarcasmo, su cola moviéndose lentamente como si estuviera conteniendo su furia.

“No te hagas el engreído conmigo, chico,” replicó Paltio, aunque su confianza flaqueó cuando Toco-Toco comenzó a transformarse en su forma Felica, emanando un aura aterradora.

El gato se lanzó contra Paltio con velocidad inhumana.

“Vaya, muchacho…

Hiciste enfurecer a Toco-Toco.

Será mejor que pagues las consecuencias,” comentó Golden desde lejos, observando la escena con una media sonrisa.

Paltio tragó saliva al notar que la forma de combate de Toco-Toco estaba en otro nivel.

Sin embargo, su deseo de enfrentarlo era más fuerte que su miedo.

En otro rincón del plano, Rykaru estaba enfrentando soldados creados por Golden.

Ya no eran simples réplicas de papel, sino recreaciones detalladas de enemigos previos, como el temible Oroboros o el imponente Raitrobal.

El pequeño Rykaru se defendía con habilidad, esquivando ataques con agilidad felina mientras intentaba contraatacar.

Golden observaba desde las sombras, impresionado pero crítico.

“Nada mal,” pensó en voz alta.

“Pero necesitas más que solo defensa.

¡Debes pelear y vencer al enemigo!” gritó, su voz resonando como un eco en el espacio infinito.

Lukeandria, por su parte, estaba entrenando con Lume.

La joven había creado versiones de sí misma, tan realistas que incluso parecían tener vida propia.

Los clones atacaban en conjunto, moviéndose con precisión militar.

“Nada mal, niña,” reconoció Lume con una leve inclinación de cabeza.

“Pero te falta más realismo.” Con un gesto rápido, sacó copias de sí mismo para contrarrestar a los clones de Lukeandria.

Las figuras luchaban en una danza caótica de golpes y estrategias, cada movimiento calculado para superar al otro.

En otro sector mental, Mok entrenaba junto a Geki, quien le mostraba cómo disponer de cualquier arsenal imaginable.

Mok observaba con admiración el entorno del plano de entrenamiento, cuya vastedad parecía desafiar la lógica.

“Así que esto es lo que llaman un plano de entrenamiento…

Es algo impresionante,” reflexionó Mok en voz alta mientras evaluaba el espacio a su alrededor.

“Mayordomo, veo que puedes utilizar armas como esos cuchillos con hilos invisibles y esa espada carmesí, pero no son rivales para mi escudo,” comentó Geki con calma, sacando un escudo que bloqueó todos los ataques lanzados por Mok sin esfuerzo aparente.

“Todavía te falta mucho.

Mira, te voy a enseñar a conjurar un mejor armamento,” dijo Geki antes de invocar un grupo de lanzas que danzaban a su alrededor como serpientes metálicas.

Con un movimiento fluido, las lanzó hacia Mok.

El mayordomo intentó protegerse con sus cuchillos, pero estos fueron repelidos instantáneamente.

Cuando las lanzas impactaron contra su espada carmesí, estas atravesaron sus defensas como si fueran inexistentes, cortando su traje.

“Vaya, sí que es rápido ese sujeto,” murmuró Mok, ajustando su postura mientras evaluaba a su oponente.

“No puedo bajar la guardia.” “Puedes usar cualquiera de tus armas, pero el resultado será el mismo,” aseguró Geki con una sonrisa confiada.

Antes de que Mok pudiera responder, Geki invocó un muro de escudos giratorios, que formaron una barrera impenetrable a su alrededor.

Un rayo de energía emergió desde el centro, lanzándose directamente hacia Mok, quien apenas logró esquivarlo.

Rayos brillantes emergían desde el interior de los escudos giratorios de Geki, lanzándose hacia Mok como látigos de energía pura.

El mayordomo solo podía esquivar los ataques con movimientos rápidos y precisos, pero no lograba acercarse lo suficiente para contraatacar.

Los rayos parecían anticipar sus movimientos, bloqueando cualquier intento de aproximación.

“Nada mal, mayordomo,” reconoció Geki con una sonrisa satisfecha, mientras dirigía todos los ataques hacia la espada carmesí de Mok.

“Pero te falta más ofensiva.” Con un último rayo concentrado, Geki apuntó directamente a la hoja de la espada de Mok.

Antes de que este pudiera reaccionar, la hoja se partió en dos con un destello metálico.

Mok miró sorprendido los restos de su arma, ahora inservibles.

“Bien, creo que esa espada no está hecha para resistir en este lugar,” dijo Geki con calma, cruzando sus patas delanteras.

“¿Por qué no pruebas esta otra?” Sacó entonces una espada impresionante de su inventario.

Su empuñadura era de un diamante carmesí resplandeciente, y su hoja parecía estar hecha de cristal transparente, casi etéreo.

A primera vista, daba la impresión de ser una obra de arte delicada, algo que uno esperaría ver en un museo más que en un campo de batalla.

“Esta lo corta todo mejor que tu espada roja carmesí.

Se llama CRIMSON CRYSTAL,” explicó Geki con orgullo, entregándosela a Mok.

“A pesar de su apariencia frágil, esta arma puede cortar lo que sea, incluso el metal más duro de este mundo…

o eso creo.” “Ponla a prueba, mayordomo,” desafió Geki, con una expresión que mezclaba curiosidad y expectativa.

Mok tomó la espada con cautela, examinándola primero.

Revisó la empuñadura de diamante carmesí, cuya superficie era tan lisa que parecía tallada por manos divinas.

Luego pasó un dedo por la hoja transparente, notando que, aunque parecía frágil, estaba imbuida de una energía poderosa que vibraba bajo su tacto.

Era liviana, casi como si flotara en sus manos, pero al mismo tiempo irradiaba una fuerza latente que prometía devastación.

“Piensa rápido,” gritó Geki de repente, lanzando una enorme roca hacia Mok con una velocidad impresionante.

Mok, sin pensarlo dos veces, blandió la espada con un movimiento fluido hacia adelante.

Al hacerlo, una onda de energía invisible surgió de la hoja, impactando directamente contra la roca.

Lo que sucedió después dejó a ambos atónitos: la roca no solo se partió, sino que se pulverizó instantáneamente, convirtiéndose en polvo fino que flotó en el aire como si fuera arena arrastrada por el viento.

“¡Ups!

Creo que estaba demasiado afilada.

Mi error,” comentó Geki, rascándose la nuca con una risa nerviosa.

Pero en lugar de reprocharlo, Mok observó la espada con asombro genuino.

“Esta arma es asombrosa,” murmuró, girándola lentamente en sus manos para admirarla bajo la luz tenue del plano de entrenamiento.

Sentía cómo la energía dentro de la hoja resonaba con cada movimiento, como si fuera una extensión de su propio cuerpo.

“Si te pareció buena, espera…

aún no has visto nada,” dijo Geki con una sonrisa traviesa que revelaba su entusiasmo.

Sus ojos brillaban con una intensidad que daba miedo, como si estuviera planeando algo mucho más grande y peligroso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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