La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 112
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 112 - 112 La Aventura de Lucca
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
112: La Aventura de Lucca 112: La Aventura de Lucca Lucca continuaba en el vehículo, observando el camino que se extendía frente a él.
Aunque lo más cercano estaba iluminado por los faroles delanteros del carruaje-tanque, todo lo alejado permanecía sumido en una oscuridad densa y opresiva.
Las sombras parecían haber teñido el mundo entero, como si intentaran devorar cualquier rastro de esperanza o claridad.
El camino lo llevó a adentrarse en lo que parecía una cueva amplia y profunda.
Al avanzar, el carro se detuvo abruptamente, como si algo invisible bloqueara su avance.
Lucca, al notar que algo impedía continuar, decidió apagar el motor del vehículo y bajó para investigar.
No sin antes tomar precauciones: activó un mecanismo que subió unas barreras metálicas en el carruaje, tal como Mok le había enseñado, asegurándose de que nadie pudiera intentar robarlo mientras estuviera fuera.
Con una linterna en mano, Lucca comenzó a caminar hacia el obstáculo que bloqueaba el camino.
Lo que encontró era extraño: tenía una textura rugosa, como piel endurecida, pero no parecía ser una roca común.
Intrigado, regresó rápidamente al carruaje para moverlo a un lado del camino, dejándolo fuera de peligro.
Luego, armándose de valor, tomó una lámpara más potente y volvió al lugar donde estaba el misterioso objeto.
Decidido a descubrir qué era, sacó un pequeño cuchillo de su cintura y lo clavó con fuerza en el material desconocido.
En ese instante, un rugido ensordecedor resonó en la cueva, tan poderoso que hizo temblar las paredes y provocó que Lucca perdiera momentáneamente el equilibrio.
El sonido fue como el de un oso gigante mezclado con algo mucho más primitivo y aterrador.
Cuando el eco del rugido finalmente se desvaneció y la cueva dejó de temblar, Lucca se estabilizó y levantó su linterna para iluminar el lugar.
Pero lo que había frente a él ya no estaba allí.
La cosa que había apuñalado parecía haberse movido, desapareciendo en la oscuridad.
Lucca frunció el ceño, preguntándose qué clase de criatura podría ser capaz de algo así.
Justo cuando decidió regresar al carruaje para continuar su camino, sintió algo delante de él.
Sin dudarlo, retrocedió rápidamente.
Del techo de la cueva cayó algo pesado y arrugado, aterrizando con un golpe seco que resonó en el espacio cavernoso.
La criatura comenzó a moverse, revelándose lentamente bajo la luz de la lámpara.
Era un oso…
pero no uno ordinario.
Este era enorme, mucho más grande que cualquier oso que Lucca hubiera visto antes.
Su hocico era grotesco, dividido en dos como si perteneciera a una criatura alienígena, y sus garras eran dobles: unas normales y otras que parecían extensiones óseas afiladas, diseñadas para desgarrar cualquier cosa que se interpusiera en su camino.
Sus ojos brillaban con una furia casi sobrenatural, fijos exclusivamente en Lucca, bloqueándole el paso de regreso al carruaje.
Lucca se puso en guardia, su expresión transformándose de sorpresa a determinación.
“Así que quieres pelear, enorme animal, ¿eh?” dijo con voz firme, aunque un leve temblor traicionaba su nerviosismo.
“Pues prepárate.
Soy Lucca, el gran guerrero que derrotó al monstruo león.” Sacó entonces el bastón que le habían otorgado, su arma por excelencia, la misma con la que había vencido a aquella bestia anterior.
“No voy a retroceder.” Sin más palabras, Lucca se lanzó contra la feroz criatura, que no mostraba intención alguna de moverse del camino sin antes enfrentarse a él.
Con agilidad, utilizó su bastón para bloquear las enormes garras del oso mientras se movía rápidamente de un lado a otro, evitando ser atrapado por el horripilante hocico que se abría y cerraba como una trampa mortal.
Cada vez que el bastón chocaba contra las garras del oso, un chirrido metálico resonaba en la cueva, acompañado de chispas que iluminaban brevemente el combate.
La criatura rugió nuevamente, esta vez más cerca, su aliento caliente impactando contra Lucca como una ráfaga abrasadora.
Aunque el anciano guerrero estaba decidido, sabía que esta pelea no sería fácil.
La bestia no solo era enorme, sino también increíblemente rápida para su tamaño, y cada golpe que intentaba bloquear requería toda su concentración y fuerza.
“Vamos, grandullón,” murmuró Lucca entre jadeos, buscando una oportunidad para contraatacar.
“No vas a detenerme aquí.” El oso golpeaba con sus enormes garras, desgarrando el aire con una fuerza brutal, pero Lucca, con movimientos precisos y rápidos, hacía girar su bastón como un torbellino, bloqueando cada ataque.
El impacto de las garras contra el metal del bastón resonaba como truenos en la cueva, haciendo retroceder al animal por unas milésimas de segundos antes de que este regresara con más furia en su mirada.
“Debo acabar con esta cosa,” murmuró Lucca mientras evaluaba rápidamente la situación.
“Si no, Paltio no podrá llegar a su destino a tiempo…
y eso es algo que ya no tenemos.” Inspiró profundamente, decidido a actuar con rapidez.
Con determinación renovada, Lucca agarró su bastón con ambas manos y lo estiró desde ambos extremos.
Al girarlo, hileras de fuego comenzaron a emerger, envolviéndolo en un remolino ardiente que iluminó toda la cueva.
Apretó una de las rocas, que era de color rojo incrustada en el mango del bastón, y el fuego se expandió aún más, formando una esfera de llamas que lanzó directamente hacia el monstruo.
El oso rugió de dolor mientras las llamas lamían su pelaje, quemándolo y dejando al descubierto pedazos de piel enrojecida.
Lucca, con una sonrisa confiada, gritó: “¡Para que veas que no solo el mayordomo puede usar elementos en sus ataques!” Sin embargo, al darse cuenta de que estaba hablando con una bestia sin entendimiento alguno, sacudió la cabeza.
“Creo que me estoy volviendo loco al decirle algo a un animal no pensante,” se dijo a sí mismo.
El gran oso, enfurecido y herido, chocó sus puños contra el suelo con una fuerza tremenda, dispersando las llamas que aún consumían su cuerpo.
Ahora, con grandes parches de su pelaje arrancados y su piel chamuscada a la vista, el animal se abalanzó sobre Lucca sin darle tregua.
Sus garras retráctiles brillaban bajo la luz de la linterna, amenazando con desgarrar al anciano guerrero.
Lucca trataba de defenderse con todas sus fuerzas, pero sabía que necesitaba hacer algo rápido.
Retrocedió unos pasos y, con un suspiro resignado, murmuró: “Ni modo, tendré que hacer uso de algo especial.
Pensé que lo guardaría para lucirme con los demás, pero qué más da…
Tendré que usarlo contigo, apestoso oso.” Sin perder un segundo más, Lucca tomó el bastón por el medio y realizó un movimiento fluido que lo dividió en dos partes.
De la mitad superior, donde estaba el agarre con forma de dragón y las piedras de colores, emergió una espada larga y elegante.
Del otro extremo surgió una espada corta, complementando el conjunto como si hubieran sido forjadas específicamente para él.
El oso, ajeno a la transformación del arma, continuó lanzando sus garras retráctiles hacia Lucca con ferocidad implacable.
“¡Oye, tonta bestia!
¡Dame tiempo!
¿No ves que te estoy mostrando mis armas?
¡Las armas que mi señor Serlet me indico ese día que me susurró!” gritó Lucca, aunque inmediatamente se dio cuenta de lo absurdo de sus palabras.
“Bueno, no importa.
Veo que estás impaciente por morir, y yo estoy apurado por seguir adelante.
¡Toma esto!” Con un grito de batalla, Lucca ejecutó una técnica rápida y letal: “¡Corte media luna!” Esquivó los ataques del oso con una velocidad sorprendente, moviéndose como una sombra entre las garras del monstruo.
En un abrir y cerrar de ojos, apareció detrás del animal, como si el tiempo se hubiera detenido para todos excepto para él.
El oso intentó voltear furiosamente para enfrentarlo, pero era demasiado tarde.
Lucca cruzó sus dos espadas frente a él, chocándolas con un destello brillante.
En ese instante, una serie de cortes perfectos aparecieron en el cuerpo del animal, como si una fuerza invisible lo hubiera dividido en múltiples direcciones.
Con un último rugido ahogado, el enorme oso cayó al suelo, inerte.
Lucca respiró hondo, observando el cadáver del monstruo con una mezcla de satisfacción y cansancio.
“Bien, eso debería ser suficiente para enseñarle a cualquiera a no interponerse en mi camino,” murmuró, limpiando el sudor de su frente con el dorso de la mano.
“Eso estuvo cerca,” dijo Lucca mientras reacomodaba su bastón en la espalda y se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.
Respiró profundamente, dejando escapar un suspiro de alivio.
“Bueno, será mejor que vuelva al carruaje y continúe con el camino…
aunque, ahora que lo pienso…” Su mirada se posó sobre el cuerpo inerte del oso de combate, cuya piel chamuscada aún desprendía un leve aroma a carne asada.
Una sonrisa traviesa cruzó su rostro.
“Creo que ese oso se ve apetitoso.” Sin perder tiempo, Lucca decidió hacer una breve pausa.
Con habilidades rudimentarias pero efectivas, improvisó un pequeño fuego y comenzó a preparar un asado utilizando parte del oso como ingrediente principal.
Aunque no era tan buen cocinero como Mok, logró darle un toque aceptable al plato.
Claro, no era exactamente gourmet, pero después de la intensa pelea, cualquier comida caliente le parecía un banquete.
“La próxima vez le pediré al mayordomo que me enseñe algunos trucos culinarios,” murmuró Lucca mientras masticaba un trozo de carne algo quemada.
“Aunque, bueno, esto tampoco está tan mal…
para ser un principiante.” Se encogió de hombros, satisfecho consigo mismo por aprovechar los recursos disponibles.
Una vez terminada su improvisada comida, Lucca recogió sus utensilios y apagó cuidadosamente el fuego, asegurándose de no dejar rastros que pudieran alertar a otros peligros en la zona.
Ya con el estómago lleno y las energías renovadas, regresó al carruaje-tanque.
“Bien, es hora de continuar,” se dijo a sí mismo mientras subía al vehículo y ajustaba los controles.
Encendió el motor, que rugió con fuerza, y poco a poco reanudó su camino por el oscuro sendero.
A pesar de todo, Lucca no podía evitar sentirse orgulloso de haber superado aquel obstáculo.
Sabía que aún quedaban muchos desafíos por delante, pero estaba decidido a enfrentarlos uno por uno.
Con el carruaje avanzando nuevamente, Lucca se permitió relajarse un poco, pensando en cómo compartiría esta historia con los demás cuando llegara a su destino.
Quizás incluso exageraría un poco sobre el tamaño del oso…
solo un poco.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com