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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 114

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114: Ku-Rocket 114: Ku-Rocket “¡Agárrense fuerte!” gritó Rodelos mientras la cabina temblaba violentamente bajo la fuerza de la gravedad.

Todos los presentes se aferraron a lo que pudieron, aunque las expresiones de pánico eran evidentes en sus rostros.

“¿Pero de dónde salió esto?” preguntó ‘X’, intentando mantener la compostura desde su asiento dentro de la cabina.

A su lado, Ludra estaba mortalmente pálida, mirando hacia abajo con los ojos desorbitados mientras el cohete descendía a toda velocidad.

“¡Vamos a morir!” exclamó Ludra, apretando los brazos de su asiento con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Ron y Alita, aún sumidos en el plano mental de entrenamiento, permanecían inconscientes en un sueño profundo, ajeno al caos que los rodeaba.

Un día antes… El profesor Kuang había develado su invento frente a todos, dejándolos atónitos y llenos de preguntas.

“¿Y eso qué es?” preguntó Ludra, confundida por el objeto cubierto que acababa de ser revelado.

“Parece algo como una cabina,” dijo Karpi, inclinándose ligeramente para examinarlo.

Su mente analítica ya estaba tratando de descifrar cómo funcionaba.

“¡Ya diga, profesor!

¿Qué es eso?” preguntaron Kilibur, Paris y Chip al unísono, incapaces de contener su curiosidad.

La expectativa era palpable; parecía que la intriga los carcomía por dentro.

“¡Qué bueno que preguntan, muchachitos!” respondió el profesor con entusiasmo, ajustándose los lentes redondos.

“Nadie me había dado una buena respuesta hasta ahora.

Esto…” —hizo una pausa dramática— “es mi nuevo invento: ¡un cohete!” Los murmullos de asombro recorrieron la sala.

“Este cohete los llevará al destino que quieran,” continuó el profesor, señalando la máquina con orgullo.

“Solo pueden ir cinco personas.

Con esta computadora que ven aquí,” —tocó un panel brillante en el costado del cohete— “podré programar las coordenadas y dirigirlos exactamente hacia donde necesiten ir.” “Eso se ve peligroso,” comentó Chip, cruzándose de brazos mientras observaba el aparato con desconfianza.

“Si Chip lo dice, imagínate los demás,” añadió Paris, visiblemente asustada.

Aunque Chip era un experto en explosivos, incluso él parecía intimidado por la magnitud de la máquina.

“Lo llamo el Ku-Rocket,” anunció el profesor, radiante de orgullo.

“El ‘que’ de qué, se preguntarán ustedes.” Sonrió ante su propio juego de palabras, pero nadie más pareció captarlo.

“Esto que ven aquí es un cohete, bueno, un prototipo que nos servirá para llegar muy lejos en poco tiempo.

Con esto, llegarán rápido a su destino,” explicó, gesticulando ampliamente.

“¿Y cómo funciona?” preguntó Karpi, acercándose para inspeccionar más de cerca.

La estructura del cohete era similar a un carruaje largo, pero con una punta afilada en la parte delantera y una abertura en la trasera.

“Bien, verán,” comenzó el profesor, adoptando un tono didáctico.

“La parte de adelante, que parece una flecha, es para encontrar la dirección y el seguimiento hacia donde apuntar.

Lo de atrás es por donde sale el combustible en forma de calor, lo que los hará salir disparados.” “Pero, profesor, ¿puede decirlo en palabras simples?

No todos aquí somos cerebritos,” interrumpió ‘X’, levantando una mano.

“Yo lo entendí, pero será mejor…,” añadió rápidamente, “pero sería mejor si todos pudiéramos entender con una explicación mejor.” El profesor sacudió la cabeza con una sonrisa resignada.

“Está bien, está bien.

Imaginen que lanzan una flecha, pero en lugar de usar un arco y una persona que la dispare, esta será dirigida por esta máquina.

Ahora, ¿entendieron, muchachos?” Todos se miraron entre sí, asintiendo lentamente.

“Sí, sí,” dijeron algunos, aunque era evidente que muchos —incluyendo a ‘X’— no habían entendido nada.

Solo Karpi parecía haber captado el concepto completamente.

“Bien, déjenme hacer unos cálculos y ajustes para que lleguen a Reedalia,” concluyó el profesor mientras comenzaba a teclear en la computadora integrada.

“Mientras tanto, vayan decidiendo quiénes serán los cinco pasajeros.” “Rodelos,” dijo ‘X’ con firmeza, “bien, tú irás.

Después de todo, es tu nieto a quien vamos a ayudar.” Rodelos asintió con decisión.

“Además, imagino que también deberemos llevar a Ron y Alita, ya que aún están en el plano mental de entrenamiento.” “Eso deja dos espacios libres,” comentó Ludra, mirando al grupo con una mezcla de preocupación y determinación.

‘X’ observó a sus compañeros y continuó: “Esta es nuestra oportunidad de apoyar a Paltio y conocerlo personalmente.

Es el momento preciso.” “Pero, señor,” intervino Ludra rápidamente, “usted no puede ir.

Aquí lo necesitamos para dirigir el avance desde la base.” ‘Tranquilos,’ respondió ‘X’ con calma.

“Me comunicaré con ustedes tan pronto hagan contacto con Paltio.” Luego, dirigiéndose al profesor Kuang, preguntó: “¿Ha logrado contactarse con ellos?” El profesor ajustó sus lentes redondos antes de responder.

“He estado intentando comunicarme, pero solo escuché la voz de un anciano.

Me mencionó que Paltio se encuentra entrenando en este momento.

Creo que su nombre era Luz… o tal vez Lucca, no recuerdo bien.

Pero sí sé que están próximos a llegar a Reedalia.” “Eso está bien, profesor.

Una vez que hagamos contacto con Paltio, nos comunicaremos,” aseguró ‘X’, cerrando el tema con un gesto firme.

“Entonces yo iré con usted,” insistió Ludra sin vacilar.

“No puedo dejarlo ir solo.” “Pero tú eres crucial para la misión aquí en la base.

Podrías suplirme perfectamente,” replicó ‘X’, cruzándose de brazos.

Ambos comenzaron a discutir sobre quién debería acompañar al equipo, hasta que Karpi interrumpió la riña colocándose entre ellos.

Con una sonrisa traviesa, declaró: “Bien, en ese caso, yo me quedaré.

Además, ya aprendí todos sus movimientos y gestos, y tengo el traje.” Rio ligeramente mientras señalaba su uniforme técnico.

“¿Lo harías?” preguntó Ludra, mirándola con ojos de cachorro tierno.

“Claro que sí.

Además, sé que te gusta estar cerca del jefe,” bromeó Karpi, guiñando un ojo.

“¡Qué tonterías dices, Karpi!

Yo solo soy su guardaespaldas,” respondió Ludra, visiblemente sonrojada.

“¡Aja!” exclamó Karpi, haciendo énfasis en la palabra mientras reía.

Sin más discusiones, decidieron quiénes formarían parte del equipo que iría a encontrarse con Paltio.

Finalmente, el grupo quedó conformado por Rodelos, Ron, Alita, Ludra y ‘X’.

“Bien, entonces, por hoy celebraremos y comeremos,” anunció ‘X’, tratando de aligerar el ambiente.

“¡Eso déjenmelo a mí!” exclamó el profesor Kuang, aplaudiendo dos veces.

En ese instante, varios de sus Kbots aparecieron, moviéndose con precisión mecánica.

“Pero ¿qué son esas cosas?” preguntó Karpi, sorprendida por los pequeños robots.

“Son mis ayudantes personales, mis Kbots.

Son una creación mía y excelentes cocineros.

Ellos se encargarán de la comida,” explicó el profesor con orgullo.

Todos observaron asombrados cómo los robots preparaban una cena completa, eficientes y coordinados.

La comida fue servida rápidamente, y el grupo disfrutó de una noche de risas y conversaciones relajadas antes de la gran misión.

Al terminar la cena, Karpi se acercó al profesor Kuang con una expresión seria.

“Profesor, quiero aprender todo lo que sabe.

Además, ¿podría ayudarme a analizar los poderes de Kilibur?

Podríamos usarlos para apoyar a la resistencia.” El profesor la miró con interés.

“Una ayudante viva interesante…

Bien, lo veremos en el camino,” respondió con una sonrisa.

Al día siguiente… En un lugar que parecía un hangar —el laboratorio y área de reparaciones de Karpi—, el profesor Kuang tenía encendido el Ku-Rocket mientras supervisaba los últimos preparativos.

Observó a los tripulantes entrar uno por uno, cada uno cargando su propia mezcla de nerviosismo y determinación.

“Espero que estén seguros de esto,” dijo el profesor, mirando a todos los presentes con seriedad.

Rodelos, con su voz grave y autoritaria que resonaba como un eco en el campo de entrenamiento, se dirigió a los soldados y cadetes reunidos frente a él.

“Escúchenme bien,” comenzó, mirando a cada uno de ellos con seriedad.

“El entrenamiento no se detiene.

No queda mucho tiempo, y deben estar preparados para lo que viene.

Gikel está a cargo mientras no estamos.

Él ya sabe lo que debe hacer.” Los presentes intercambiaron miradas nerviosas.

Aunque Gikel era conocido por su fuerza y disciplina, la idea de enfrentarse a los rigurosos métodos de entrenamiento que Rodelos había dejado bajo su supervisión llenaba de temor incluso a los más valientes.

Algunos tragaron saliva, otros endurecieron sus expresiones, tratando de ocultar el miedo que crecía en sus corazones.

“Ya revisé todo lo que me indicó,” confirmó Karpi, asegurándose de que el cohete estuviera listo para el lanzamiento.

“Entonces es el momento de la verdad.

Iniciemos el conteo regresivo,” anunció el profesor con emoción contenida.

“Sí,” respondió Karpi, tomando aire antes de comenzar a contar en voz alta: “10, 9, 8… 3, 2, 1.” “Inicia el despegue,” anunció el profesor Kuang con una mezcla de emoción y seriedad en su voz.

Antes de dar la orden final, se dirigió a Gikel, quien destacaba entre los presentes por su fuerza y determinación.

“Gikel, eres el más fuerte entre todos.

Necesito que muevas esa manivela allá,” señaló un enorme mecanismo conectado a una plataforma, “para que el cohete se posicione sobre el riel.

Este debe quedar perpendicular hacia el cielo.” Gikel asintió con firmeza y, sin dudarlo, se acercó al dispositivo.

Con un esfuerzo impresionante, giró la manivela con ambas manos, haciendo crujir el metal bajo su fuerza.

Lentamente, el Ku-Rocket comenzó a elevarse, posicionándose perfectamente sobre el riel que apuntaba hacia el firmamento.

El equipo observaba en silencio, asombrados por la precisión del proceso y la magnitud de lo que estaban a punto de presenciar.

El profesor Kuang verificó una última vez los controles en su computadora portátil.

Ajustó algunos parámetros y, tras asegurarse de que todo estaba listo, presionó un botón rojo brillante marcado con la etiqueta “LANZAMIENTO”.

De inmediato, el Ku-Rocket cobró vida.

Un rugido ensordecedor resonó en el hangar mientras una columna de fuego emergía de la parte trasera del cohete, iluminando el área con un brillo cegador.

El calor era intenso, obligando a todos a retroceder unos pasos para protegerse.

Con una potencia arrasadora, el cohete comenzó a ascender, deslizándose por el riel hacia el cielo como una flecha lanzada por un arco celestial.

El Ku-Rocket dejó atrás la base de la resistencia, alejándose cada vez más rápido.

Su estela ardiente dibujó una línea brillante en el cielo nocturno, mientras los presentes lo observaban con una mezcla de asombro y orgullo.

Era el comienzo de una misión crucial, un viaje que marcaría el destino no solo de Paltio, sino de toda la resistencia.

“Que la suerte esté con ellos,” murmuró Karpi en voz baja, mirando cómo el cohete se perdía en la distancia.

El profesor Kuang sonrió satisfecho, ajustándose los lentes mientras decía: “Lo haremos bien.

Ahora depende de ellos.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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