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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 115

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  4. Capítulo 115 - 115 Reedalia En Caos
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115: Reedalia En Caos 115: Reedalia En Caos “Bien, hemos llegado.

Detrás de esa colina está el reino de Reedalia,” anunció Lucca mientras señalaba hacia el horizonte.

“Será mejor que despierte a Paltio y a los demás.” Déjamelo a mi dijo Golden.

“Día 23,” murmuró Paltio al abrir los ojos y ver el aparato que Tejod le había colocado en la muñeca.

A pesar de todo, su voz denotaba una calma inesperada.

“Gracias por despertarnos,” dijo Mok con una leve inclinación de cabeza, ajustando su postura en el carruaje.

“Vaya, así que detrás de esa colina está tu hogar, ¿no, mayordomo?” preguntó Lukeandria, mirando hacia donde señalaban.

“Así es.

Mi lugar de nacimiento yace detrás de esa colina,” respondió Mok con un tono nostálgico, aunque sus ojos permanecían alertas.

“Vaya, por fin voy a conocer dónde vivías, Mok,” comentó Paltio con curiosidad.

“Sí, qué esperamos.

¡Vamos!” exclamó Lucca, entusiasmado.

Mientras el carruaje comenzaba a subir la colina, Paltio se dirigió a Lucca con una pregunta que llevaba tiempo rondándole la mente: “¿Pasó algo durante el tiempo que estuvimos en el plano mental entrenando?” “Pues qué bueno que lo pregunta, señor Paltio,” respondió Lucca, inflando el pecho con orgullo.

“Verá, me encontré con un enemigo feroz: un oso gigante.

Pero no fue rival para mí.” Lucca continuó relatando su hazaña con gestos exagerados, imaginando que Paltio lo escuchaba con admiración.

“No puede ser…” murmuró Paltio, interrumpiendo el relato.

“¿Bueno, es para tanto?” preguntó Lucca, sonrojándose ligeramente mientras pensaba que su historia causaba asombro.

Sin embargo, Lukeandria, con una mueca divertida, bajó rápidamente los humos del anciano al colocar una mano sobre su hombro y girar suavemente su cabeza hacia donde miraban Paltio y Mok.

“Creo que no se refiere a eso,” dijo Lukeandria con una sonrisa traviesa.

Lucca siguió la dirección de sus miradas y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

Lo que debería haber sido el reino de Reedalia estaba envuelto en llamas moradas, un espectáculo devastador que iluminaba el cielo nocturno.

El horror era palpable.

“Pero… ¿qué pasó aquí?” balbuceó Lucca, incrédulo.

“Se supone que aquí estaba el reino de Reedalia…” El grupo observó con asombro y temor cómo el reino ardía bajo las llamas moradas, mientras un gran enfrentamiento se desarrollaba en el campo de batalla.

Dos bandos claramente diferenciados luchaban con ferocidad.

Un grupo estaba formado por sujetos vestidos con túnicas oscuras y máscaras blancas que parecían tener la cara de un búho impregnada en ellas.

Movían sus espadas con precisión letal, obligando a retroceder a los soldados de las sombras, quienes portaban una insignia oscura en el hombro.

Los enmascarados eran pocos en número, pero su habilidad sobresalía, repeliendo con eficacia a sus enemigos.

“¡Cuidado!” gritó Mok, moviendo rápidamente el carruaje hacia un lado para evitar una gran roca envuelta en fuego morado que caía desde el cielo.

“Pero ¿qué está pasando aquí?” preguntó Paltio, visiblemente impactado por la escena.

“No lo sé, señorito Paltio,” respondió Mok, intentando mantener la calma.

“Parece que hay una disputa de poder entre esos sujetos enmascarados y las sombras.

Aunque son pocos, están logrando hacer retroceder al ejército de las sombras.” “¡Liberen a Reedalia!” gritó uno de los enmascarados, blandiendo su espada con determinación mientras lanzaba un ataque combinado contra los invasores.

“Señor, son pocos, pero nos están haciendo retroceder,” informó un soldado de las sombras, cuyo cabello oscuro recordaba vagamente a una mora.

Su voz era tensa, pero mantenía una actitud respetuosa hacia su superior.

“Tranquilo,” respondió el hombre al que llamaron “señor,” con una sonrisa confiada.

“Ya están por llegar los refuerzos, y podremos aniquilar a estos insurgentes.” En ese momento, las puertas del reino se abrieron violentamente, y de ellas emergió una criatura mecánica gigantesca.

Parecía un toro, pero no era un animal vivo; era completamente metálico y mecánico.

Sus ojos brillaban con un fulgor rojizo, y de sus fosas nasales comenzaron a salir torrentes de fuego morado.

Grandes rocas envueltas en llamas fueron lanzadas hacia el campo de batalla, comenzando a repeler a los enmascarados con una fuerza devastadora.

“Señor, será mejor que nos retiremos,” dijo uno de los enmascarados, cuya voz juvenil y estatura pequeña lo hacían destacar entre los demás.

Su máscara blanca brillaba bajo las llamas moradas mientras señalaba hacia el horizonte con preocupación.

“No, no cuando estamos tan cerca,” respondió el líder, cuya máscara dorada diferenciaba su rango y autoridad.

Su voz era firme, pero también cargada de frustración.

Sabía que estaban al límite, pero la determinación aún ardía dentro de él.

“Mi señor, si no nos vamos de aquí, perderemos a los pocos hombres que nos quedan,” intervino otro enmascarado, corpulento y fornido, con un tono más severo.

“No podemos enfrentar sus trucos.

Será mejor replegarnos y volver con otro plan.

Mire cómo están los hombres: algunos ya están cansados, otros heridos.” El líder dorado observó el campo de batalla, evaluando la situación con rapidez.

Aunque le costaba admitirlo, sabía que su compañero tenía razón.

No había otra opción.

Con un suspiro resignado, dio la orden de retirada: “Retirada.

Vuelvan a las profundidades del bosque.” Los enmascarados obedecieron sin dudar, desapareciendo rápidamente entre las sombras del bosque cercano, dejando tras de sí solo ecos de sus pasos apresurados.

Por otro lado, uno de los soldados de las sombras se acercó a su general, cuyas facciones recordaban vagamente a una vizcacha.

“Señor, ¿los seguimos?” preguntó el soldado, señalando hacia el lugar por donde los enmascarados habían huido.

“No,” respondió el general con calma calculada.

“Esos insurgentes… seguro tienen alguna trampa en ese lugar.

Será mejor dejarlos por ahora.

Pero la próxima vez no tendremos piedad.” “Sí, mi general,” respondió el soldado, haciendo una reverencia antes de llamar a las fuerzas para regresar.

Una vez resuelto el conflicto, el general ordenó hacer un recuento de las bajas, atender a los heridos y comenzar las reparaciones del muro principal, que había sido dañado durante el enfrentamiento.

“Mok, será mejor que bajemos o nos verán como enemigos,” sugirió Lucca desde el interior del carruaje-tanque, mirando hacia el campo de batalla con preocupación.

“No lo sé, pero creo que esos que estaban con máscaras son ciudadanos de Reedalia,” reflexionó Mok pensativo.

“¿Y cómo sabes eso?” preguntó Paltio, curioso por la deducción del mayordomo.

“Pues, mi raza siempre ha sido un pueblo de guerreros,” explicó Mok, ajustándose los guantes con gesto metódico.

“No como los de Fuertelia, sino más bien expertos en pelear con armas y ocultarse con sigilo, como ninjas, para atacar al enemigo.

Aunque no entiendo por qué no usan ese elemento sorpresa y solo atacan de frente.

Han de estar desesperados,” pensó en voz alta.

“Bien, será mejor que lo averigüemos,” interrumpió Lukeandria, colocándose la armadura de las Sombras Rojas con agilidad.

“Solo nos esperan a los tres, así que, Lucca y Rykaru, deben quedarse en la bolsa de Paltio por si acaso.” “¡Pero papi!” protestó Rykaru, cruzándose de brazos con un puchero evidente.

“¡Yo quiero estar contigo!” “No hagas puchero, Rykaru.

Será mejor que obedezcas, además eres grande ya no puedes pasar como un simple peluche,” replicó Lucca mientras entraba a la bolsa de Paltio.

Rykaru lo siguió a regañadientes, aunque claramente molesto.

“Te lo compensaré luego, mi pequeño,” prometió Paltio con una sonrisa tranquilizadora antes de cerrar la bolsa.

Una vez resuelto el “problemita,” el grupo comenzó a descender la colina en el carruaje-tanque.

Antes de llegar cerca al ejército de las sombras negras, un contingente de soldados rodeó el vehículo con espadas desenvainadas, listos para atacar.

“¿Quiénes son y por qué andan en esta cosa extraña?” preguntó uno de los soldados, señalando el carruaje con desconfianza.

Paltio bajó lo que parecía una luna del carruaje para mostrarse, levantando las manos en señal de paz.

“Soy yo…” intentó decir, pero antes de que pudiera terminar, el soldado lo bajó del vehículo de un tirón, cogiéndolo del hombro y tirándolo al suelo.

“¿Qué hace un avocado afuera del lugar?

Deberías estar trabajando en las minas sacando Avoreo,” espetó el soldado con rudeza, mirando a Paltio con desdén.

Paltio se sobó la cabeza tras la caída, afortunadamente sin sufrir daños más allá de un pequeño susto.

Sin embargo, al levantar la vista, vio cómo varias lanzas lo rodeaban, apuntando hacia él con una amenaza silenciosa.

Los soldados mantenían sus posturas rígidas, listos para actuar en cualquier momento.

“¡Tranquilos!

¿Por qué hacen eso?” intervino Pax, dando un paso al frente con calma, pero firmeza en su voz.

Su figura, envuelta en la armadura de las Sombras Rojas, llamaba la atención incluso en medio de la tensión.

“Vaya, pero si es una sombra roja,” respondió uno de los soldados, mirando a Pax con recelo.

“¿Qué hace aquí?

¿No ve que estamos en guerra con un grupo de insurgentes?” Mok observaba todo desde el carruaje, molesto por la forma en que habían tratado a Paltio.

Sin embargo, al notar que el joven estaba bien y recibir señales sutiles de él para que no interviniera, decidió contenerse, aunque su mandíbula permanecía tensa.

“Acabo de presenciarlo,” replicó Pax con serenidad, levantando las manos en señal de paz.

“Pero he venido con este muchacho,” continuó, señalando a Paltio, “quien es el príncipe de Avocadalia.

Hemos llegado buscando la pieza del cetro faltante para Tejod.

Así que no tienen por qué ser tan bruscos con él.” “¡Así fuera un príncipe, no está permitido que los avocados salgan!” exclamó el soldado con desdén, apretando aún más el agarre de su lanza.

De repente, una voz fuerte y dominante resonó en el aire, deteniendo a todos en seco.

Era una voz cargada de autoridad, que hizo que el soldado bajara inmediatamente la cabeza y guardara silencio.

“¡Tontos!

Así no tratamos a los invitados,” dijo el recién llegado, acercándose con pasos firmes.

Era un hombre alto, de facciones que recordaban vagamente a una ardilla: piel grisácea, ojos grandes y negros, y una postura que irradiaba liderazgo.

Su armadura estaba decorada con detalles intrincados, y su capa ondeaba con cada movimiento, como si estuviera diseñada para imponer respeto.

“Mi señor…” murmuró el soldado, inclinando aún más la cabeza en señal de sumisión.

“¡Nada de eso, soldado!

Regrese a la fila,” ordenó el hombre con un tono que no admitía réplicas.

El soldado obedeció al instante, retrocediendo para unirse a los demás, quienes ya formaban una hilera perfecta, retirando las lanzas que antes apuntaban a Paltio.

El hombre dirigió entonces su atención hacia Pax, quien seguía de pie junto a Paltio.

“Tú debes ser Pax,” dijo, asintiendo con un gesto de reconocimiento.

“Es un gusto verlos.

Mi señor los espera.” Luego, extendió una mano hacia ellos en un gesto cordial.

“Me presento: soy Blaget, el general Blaget.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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