La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 116
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116: Blaget – Blajon 116: Blaget – Blajon “Por favor, síganme,” dijo Blaget con un gesto cordial mientras se quitaba el casco, revelando un cabello sedoso y rubio que contrastaba con su piel grisácea.
Extendió una mano hacia Paltio y lo ayudó a levantarse del suelo.
“Lamento que mis hombres los hayan tratado así, pero estamos en medio de una disputa con esos sujetos enmascarados.
Recibí órdenes expresas de mi señor: si venía un carruaje acompañado por un soldado de las Sombras Rojas, debíamos permitirles el paso.” Hizo una pausa, sonriendo ligeramente.
“Aunque, para ser sincero, no era difícil de adivinar, considerando que venían con un avocado dorado… Y no hay muchos de ellos.” “Gracias,” respondió Paltio, aceptando la ayuda mientras se sacudía el polvo del cuerpo.
Observó al general con curiosidad, notando cierta calidez en su actitud que desmentía la dureza de su apariencia inicial.
“Veo que eres un chico fuerte,” comentó Blaget con aprobación.
“Cualquiera ya hubiera necesitado primeros auxilios después de ese golpe.” “Bueno, el viaje me hizo fuerte,” respondió Paltio con una risa ligera, aunque sus ojos seguían alertas, sin bajar la guardia del todo.
“¿Qué esperan?
Suban a su vehículo,” dijo Blaget, señalando el peculiar carruaje-tanque con una mezcla de curiosidad y respeto.
“Aunque debo admitir que este carruaje es bastante…
peculiar.
Síganme.” Paltio y su equipo subieron rápidamente al carruaje y siguieron al general, quien ordenó que abrieran las puertas principales para permitirles el paso.
Dentro del carruaje, Paltio rompió el silencio: “Parece ser considerado.” “Sí, pero no bajes la guardia,” advirtió Lukeandria desde su posición, con los brazos cruzados y una expresión seria.
“Nunca he interactuado directamente con estos sujetos de las sombras negras, pero lo que he escuchado es que pueden ser extremadamente crueles.” “Bien, el general me pareció alguien simpático,” reflexionó Paltio, mirando por la ventana.
“Además, no emanaba nada de oscuridad.” “Señorito, no se deje llevar por las apariencias,” interrumpió Mok con firmeza.
“Lukeandria tiene razón.
Este lugar podría ocultar más de lo que parece.” “Entendido,” asintió Paltio, adoptando una postura más seria.
Al llegar al corazón de la ciudad, Blaget detuvo su caballo frente a un imponente castillo de tres pisos construido enteramente de plata reluciente.
Su estructura brillaba bajo la luz tenue del día, como si estuviera hecha de estrellas solidificadas.
“Es aquí,” anunció Blaget, regresando al carruaje de Paltio.
Los tres bajaron y siguieron al general, quien también desmontó de su caballo.
Mientras caminaban hacia el castillo, Mok dejó escapar un murmullo cargado de nostalgia: “Vaya…
No pensé ver este castillo otra vez en mi vida.” “¡Ah!
Ya veo, eres un residente de Reedalia,” dedujo Blaget con interés, mirando al mayordomo con curiosidad renovada.
“No, hace tiempo que dejé de ser parte de este pueblo,” corrigió Mok con tranquilidad.
“Ahora soy parte de la familia real y del pueblo de Avocadolia.” “Vaya, eso es bueno,” respondió Blaget con una leve sonrisa.
“Porque si no, serías un esclavo en este reino.
Hay muchos aquí cuyo espíritu de guerrero ya habría sido destruido por las duras condiciones.” Al entrar al castillo, una enorme puerta de rubí celeste se abrió lentamente ante ellos, emitiendo un brillo etéreo que iluminó el gran hall.
A medida que avanzaban, notaron antorchas encendidas con fuego morado colocadas en cada pared, proyectando sombras danzantes que daban al lugar un aire místico y ligeramente inquietante.
Finalmente, llegaron a una sala amplia y majestuosa.
Al fondo, sobre un trono elevado, se encontraba una figura envuelta en una especie de tul oscuro que dificultaba distinguir su rostro.
“Gracias por venir,” dijo una voz profunda y resonante detrás del velo.
“Usted debe ser el señor Paltio.” Blaget inclinó la cabeza respetuosamente.
“Mi señor, aquí le he traído a quienes Tejod le indicó.” “Bien, Blaget.
Puedes retirarte y continuar con tu trabajo.” “Sí, señor,” respondió el general, haciendo una reverencia antes de retirarse del lugar, dejando a Paltio y su equipo frente al misterioso gobernante.
El tul que cubría al gobernante se abrió lentamente, como si fuera una cortina revelando un escenario.
De detrás emergió un tejón humanoide, delgado y con pelaje tan oscuro como la obsidiana.
Un parche rojo cubría su ojo derecho, mientras su cabello, peinado en un estilo similar al de Elvis Presley —un llamativo jopo—, le daba un aire inquietante pero peculiar.
Su único ojo visible, de un intenso color anaranjado, los observaba sin apartar la mirada, como si pudiera ver más allá de sus apariencias.
“Sean bienvenidos,” dijo el tejón con una voz suave pero cargada de autoridad.
“Pensé que primero vendrían a mi reino, pero decidieron ir a la inversa.
Eso me pone mal por dejarme al último que visitan, aunque también me pone de buenas porque seré el primero en ver el cetro completo.” Una sonrisa astuta cruzó su rostro mientras hablaba.
“¡Oh!
¿Dónde están mis modales?” continuó, haciendo un gesto teatral con las manos.
“Me presento: soy el líder de las sombras negras.
Mi nombre es Blajon, y seré su humilde anfitrión durante el tiempo que estés aquí.” Hizo una pausa breve antes de añadir con tono más serio: “Aunque no creo que sea mucho tiempo.
Por lo que veo, solo te quedan siete días para encontrar la pieza y volver donde nuestro gran Tejod.” Blajon caminó hacia ellos con pasos elegantes, deteniéndose a unos metros de distancia.
“Así que yo que tú empezaría desde ya,” dijo, clavando su ojo anaranjado en Paltio.
“Siente libre de pedir lo que necesites para poder encontrar la pieza, pero eso sí…” Su voz adoptó un tono más amenazante, aunque velado por una fina capa de cortesía.
“…no te olvides de mostrarme el cetro completo antes de irte.” Antes de que pudiera continuar hablando, un guardia se acercó sigilosamente a Blajon y le susurró algo al oído.
La expresión del tejón cambió drásticamente: su sonrisa desapareció, reemplazada por una mueca de seriedad y enojo.
Luego de escuchar atentamente, volvió su rostro hacia Paltio, quien aún mantenía una postura alerta.
“Espero que me disculpen,” dijo Blajon, ahora con un tono más frío y distante.
“Tengo asuntos que atender.
Síganse sintiendo libres de investigar lo que tengan que investigar.” Sin más palabras, dio media vuelta y se retiró del lugar, dejando a Paltio y su equipo solos en la majestuosa sala.
“¿Qué?
¿Así nomás y ya?” murmuró Paltio, ligeramente desconcertado.
“Pensé que me iba a poner algún pretexto o alguna trampa como los otros líderes.” “No lo sé, señorito,” respondió Mok con cautela, ajustándose los guantes mientras observaba el espacio vacío donde Blajon había estado.
“Algo huele muy raro aquí.
Pero bueno, no tenemos mucho tiempo, así que será mejor que haga lo que tenga que hacer para buscar la pieza faltante.” “Bien, empecemos,” dijo Paltio con determinación, aunque sus pensamientos giraban en torno a las palabras de Blajon y la actitud del tejón.
En ese momento, una criada se acercó al grupo.
Era evidente que pertenecía al pueblo de Reedalia, con su ropa sencilla y su expresión amable pero nerviosa.
“Mi señor Blajon me envió para escoltarlos a una casa de la zona,” explicó con voz suave.
“Allí podrán alojarse.
Un soldado asignado por mi señor los estará esperando, listo para apoyarlos en lo que necesiten.” Mientras tanto, en el enlace mental conectado por Golden, Paltio compartió sus pensamientos con Lukeandria, Mok, Lucca y Rykaru.
“Ya sabía que había algo entre manos,” reflexionó mentalmente.
“Blajon parece demasiado amable para ser real.” “Señorito, recuerde lo que le dije: no baje la guardia,” interrumpió Mok con firmeza.
“Además, recuerde que aquí se encuentra la persona que nos vendió e hizo posible que las sombras nos invadieran.” “Sí, entiendo, Mok,” respondió Paltio, aunque su mente seguía plagada de dudas.
“Pero algo me dice que esto no será tan fácil como parece.” Sin más palabras, Paltio y su equipo decidieron seguir a la joven criada, cuyas cadenas en los tobillos resonaban con cada paso que daba.
Los sonidos metálicos parecían hacer eco en las calles desoladas de Reedalia, marcando un ritmo lento pero constante que contrastaba con la tensión creciente en el aire.
Al llegar frente a una casa lujosa, la muchacha abrió la puerta con manos temblorosas antes de anunciar con voz apenas audible: “Adelante, este será su alojamiento.” Sin embargo, al entrar, se encontraron con un hombre de espaldas que estaba parado en medio de la sala principal, observando distraídamente por una ventana.
“Ya puedes irte,” dijo el sujeto sin siquiera mirarla, su voz fría y autoritaria resonó en el espacio.
La joven asintió rápidamente, aunque sus movimientos eran torpes debido a las cadenas que arrastraba.
Salió corriendo, tropezando varias veces mientras huía, como si temiera quedarse un segundo más en ese lugar.
“Bien,” comenzó con un tono neutral, aunque cargado de confianza.
“Ustedes deben ser los que mi señor me encargó.
Yo seré su guía en este reino.” Hizo una breve pausa antes de inclinarse ligeramente en una reverencia formal.
“Mi nombre es Aresus.”
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