La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 118
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- Capítulo 118 - 118 The True 2
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118: The True (2) 118: The True (2) —Bueno, espera.
Te voy a preguntar lo que quiero que me respondas como última pregunta —dijo Paltio, intentando mantenerse firme frente al ente misterioso—.
¿Qué haces en este plano mental?
Y… ¿Dónde está la pieza faltante del cetro?
The True soltó una risa baja y resonante, como un eco distorsionado en una caverna infinita.
—Vaya, vaya, niño.
No vale doble pregunta, aunque admiro tus ganas de querer hacer dos en uno.
Solo responderé a la primera parte.
La razón por la que estoy aquí es porque sentí un poder emanar de este lado del plano.
Así que decidí venir.
—El ente hizo una pausa y extendió uno de sus tentáculos hacia una esfera cercana, donde Golden flotaba inmóvil, rodeado por un líquido negro viscoso—.
Tranquilo, no le hice nada.
Solo está en estasis.
Pronto lo liberaré.
Paltio sintió un alivio momentáneo al escuchar aquello, pero una tristeza profunda lo invadió.
Sabía que no tendría tiempo de encontrar la pieza del cetro ahora.
Sin embargo, se prometió a sí mismo: Quizá si vuelvo a entrar a este plano, pueda buscarla.
The True, como si leyera su mente, respondió con una voz cargada de burla: —¿Piensas que volviendo aquí podrás buscar la pieza?
Eres más tonto de lo que pareces.
Otra de las razones por las que vine fue para sellar este plano.
Ahora que Avocios no está, cualquiera podría entrar y adueñarse del poder del conocimiento perpetuo de este lugar.
Paltio bajó la mirada, sintiéndose frustrado consigo mismo.
—Debí preguntarle dónde estaba… —murmuró en voz baja.
—Tranquilo, niño.
La verdad es dura, pero veo que me has caído bien.
Antes de cerrar este plano, te daré una pista.
—El ente gelatinoso comenzó a transformarse lentamente, sus bordes oscuros ondulándose como agua turbia.
Finalmente, tomó la forma de una estrella de mar oscura de ocho patas, con un único ojo en el centro.
El iris parecía arder con llamas eternas, y una boca llena de dientes filosos y una lengua larga y retorcida emergió debajo del ojo.
—Esta es mi forma, niño.
Para que lo sepas —dijo The True con una sonrisa torcida.
Luego, con un gesto casual, liberó a Golden de la esfera.
El ente dorado cayó al suelo con un jadeo, confundido y desorientado.
—Paltio, ¿qué pasó?
—preguntó Golden, todavía tambaleándose mientras recuperaba el equilibrio.
Paltio le hizo una mueca rápida con los ojos, señalando hacia adelante.
Golden levantó la vista y, al ver al enorme ser frente a él, su rostro palideció.
—Señor… The True… —tartamudeó Golden, su voz temblorosa.
—¿Te asusté, muchacho?
¿O prefieres algo así?
—El ente unió rápidamente algunas de sus extremidades, adoptando una forma humanoide con brazos y piernas, aunque seguía siendo claramente una estrella de mar retorcida y oscura.
Golden tragó saliva antes de responder: —No estaba mal como estaba antes, pero… así también está bien.
The True soltó una carcajada grave y resonante.
—Bueno, me alegra que te guste, Golden.
Ahora, antes de irme, Paltio, te daré el lugar donde puedes buscar la última pieza.
Uno de los brazos gelatinosos de The True se alargó hacia Paltio, tocando su frente.
En ese instante, imágenes vívidas inundaron la mente del joven: paisajes desolados, montañas rotas y una cueva oculta bajo una cascada de fuego.
Una sensación de vértigo lo envolvió mientras las visiones se desvanecían tan rápido como habían llegado.
—Puede ser que nos veamos de nuevo, muchacho —dijo The True con un tono enigmático mientras su forma comenzaba a desvanecerse—.
Suerte con salvar a su dios.
Adiós.
Golden se acercó rápidamente a Paltio, aun mirando hacia donde había estado el ente.
—¿Cómo es que no te dio miedo tener a ese gran ser frente a ti?
Digo, yo casi me muero del susto —comentó Golden, frotándose la nuca con nerviosismo.
—Claro que me daba miedo… pero como me tenía agarrado, no podía moverme ni escapar —respondió Paltio, todavía algo tembloroso.
—Sí, típico del señor The True —dijo Golden, rodando los ojos.
Luego intentó dar un paso hacia adelante, pero se detuvo abruptamente—.
Y ahora, ¿cómo vamos a salir?
Yo tampoco puedo moverme.
—The True dijo que iba a cerrar este espacio… Así que en cualquier momento… —empezó Paltio, pero antes de que pudiera terminar, una voz resonó en el aire.
—Tres, dos, uno… Adiós.
Ambos sintieron cómo el suelo bajo sus pies desaparecía, y una fuerza invisible los lanzó fuera del plano de búsqueda.
Cuando Paltio abrió los ojos, vio a Lukeandria, Mok y Aresus inclinados sobre él.
Estaban en el mismo lugar donde había comenzado su viaje al plano mental.
—Bueno, muchacho, ya sabes dónde está lo que falta —dijo Aresus con un tono severo, cruzándose de brazos—.
Ya era hora; llevabas más de cinco horas en esa posición de loto.
—Ya sé a dónde debemos ir —dijo Paltio, levantándose lentamente y sacudiéndose el polvo.
Miró a los demás con determinación—.
Debemos dirigirnos a la cueva oculta bajo la cascada de fuego.
Sin decir más, Aresus abrió la puerta que daba a la salida de la casa.
—¿Qué esperan?
¿Una invitación?
Vamos ya.
Los tres lo siguieron sin rechistar, listos para enfrentar lo que le esperara al otro lado.
En lo más profundo del bosque, un hombre con una máscara dorada golpeó un árbol con frustración.
—¡Maldición!
No hemos podido liberar a nuestra gente.
No puedo creer la impotencia que siento al no poder vencer a esas sombras —gruñó, clavando sus puños en el tronco hasta que astillas volaron por el aire.
Un hombre corpulento con una máscara blanca se acercó a él, colocando una mano firme sobre su hombro.
—Tranquilo, señor.
Encontraremos una manera.
En ese momento, una tercera voz surgió desde las sombras.
—Tal vez yo pueda ayudar.
Ambos hombres giraron rápidamente, adoptando posturas defensivas.
Al reconocer al recién llegado, bajaron la guardia.
—¿Eres tú, Godar?
—preguntó el líder con la máscara dorada, aliviado.
Godar era un hombre en sus cuarenta, pero su agilidad y sigilo desmentían su edad.
Era mitad Reedaliano y mitad Hassdaliano, conocido como el informante más confiable —y cuestionable— del grupo.
—Siempre dispuesto a servir, señor de Reedalia —dijo Godar, inclinándose respetuosamente—.
Gracias a mí han podido salvar a los pocos que tienen aquí.
Estoy para lo que necesite.
El hombre corpulento, Jock, bufó con desconfianza.
—Bien, Godar.
Siempre tan oportunista.
¿Qué traes esta vez?
Godar sonrió de medio lado, extendiendo un mapa enrollado.
—Bien, mi amigo Jock, siempre tan incisivo y directo al grano.
Miren esto: encontré uno de los planos del reino.
Hay una red de túneles subterráneos que podemos usar para infiltrarnos y liberar a nuestro pueblo.
Aquí tienen.
El líder tomó el mapa con cautela, estudiándolo brevemente.
—Nada mal.
Podría servirnos.
Reuniré a los hombres.
Gracias, Godar.
—Vivo para servirle, oh gran señor de Reedalia.
Me retiro a buscar más secretos y tal vez organizar alguna distracción.
Nos vemos.
—Con una reverencia exagerada, Godar desapareció entre los árboles, moviéndose como un fantasma.
Jock frunció el ceño, observando el lugar donde Godar había estado.
—De verdad, señor, ¿le cree a ese sujeto?
Yo no confiaría en esa sabandija embustera.
Esa rata nunca me ha dado buena espina.
El líder guardó silencio por un momento, sus ojos oscuros perdidos en el horizonte.
Finalmente, habló: —No tenemos muchas opciones, Jock.
—Tranquilo, mi fiel amigo Jock —dijo el líder con máscara dorada, colocando una mano firme sobre el hombro de su compañero—.
Godar nos ha ayudado bastante, además de darnos los lugares clave para atacar.
—Sí, pero en cada una de estas “ayudas”, casi nos cuesta la vida —replicó Jock, cruzándose de brazos con gesto ceñudo.
El líder suspiró, ajustando su máscara mientras miraba a lo lejos con determinación.
—Relájate.
Con lo que nos acaba de dar, finalmente podemos lograrlo.
Podemos terminar esto y liberar a nuestro reino.
Antes de que pudieran seguir hablando, un soldado irrumpió en la tienda con urgencia, jadeando por el esfuerzo.
—¡Señor, señor!
¡Un objeto cayó del cielo!
Es algo raro… ¡Venga a ver, rápido!
Jock y el líder intercambiaron una mirada rápida antes de seguir al soldado hacia el lugar del impacto.
Al llegar, se encontraron frente a un artefacto enorme, incrustado entre los troncos de los árboles como si fuera una estaca celestial.
Su superficie metálica estaba cubierta de marcas extrañas que brillaban débilmente bajo la luz tenue del bosque.
—Pero ¿qué diablos es eso?
—preguntó Jock, acercándose con cautela mientras observaba el objeto con desconfianza.
El líder frunció el ceño, examinando las marcas con atención.
Su expresión era una mezcla de curiosidad y preocupación.
—Espero que no sean problemas —murmuró, más para sí mismo que para los demás.
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