La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 119
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 119 - 119 Ariafilis
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
119: Ariafilis 119: Ariafilis —¿Qué es eso, señor?
—preguntó Jock, señalando el extraño artefacto incrustado entre los árboles.
—No lo sé, Jock, pero actuemos con cautela —respondió el líder con máscara dorada, frunciendo el ceño mientras evaluaba la situación—.
Podría ser una trampa de nuestros enemigos.
Que unos soldados traigan picas y desincrusten ese objeto de los árboles.
Con cuidado, los soldados comenzaron a golpear el artefacto hasta que este se desprendió con un ruido sordo, cayendo al suelo con un estruendo metálico.
En ese momento, una puerta emergió volando desde el interior del objeto, y de él salió un hombre alto cargando a dos jóvenes en sus brazos.
Era Rodelos, quien llevaba a Alita y Ron como si fueran plumas.
—Vaya, vaya… ¿Un comité de bienvenida?
—dijo Rodelos con una sonrisa irónica, mirando a los soldados que lo rodeaban con picas en alto—.
Pensé que estaba en una fiesta de disfraces, como las que hacíamos en Avocadalia.
—Señaló las máscaras de búho que llevaban los soldados, riendo levemente.
El líder de la máscara dorada levantó una mano para detener a sus hombres.
—Tranquilos, muchachos.
Son avocados como nosotros.
Y uno de ellos… —hizo una pausa, estudiando a Rodelos con atención—.
Solo hay una posibilidad.
¿Eres tú, Rodelos?
Rodelos lo miró fijamente, sin borrar su media sonrisa.
—Si sabes mi nombre, entonces debes conocer quién soy y lo que puedo hacer —indicó, dejando caer un tono más serio en su voz.
De repente, ‘X’ y Ludra bajaron tambaleándose del artefacto, aturdidos y mareados por el impacto.
—Vaya, ustedes también están bien —comentó Rodelos, volteando a verlos brevemente antes de centrar su atención nuevamente en el grupo.
Jock, aún desconfiado, avanzó un paso hacia él.
—¿Qué haces con esos niños en los brazos?
—Tranquilo, Jock.
Creo que el señor… o, mejor dicho, el ex señor de Avocadalia, tendrá sus razones —intervino el líder con máscara dorada, haciendo un gesto conciliador—.
Por favor, vengan conmigo.
Jock abrió la boca para protestar, pero su líder lo interrumpió antes de que pudiera decir algo.
—Tranquilo, voy a estar bien.
—Será mejor que vengan conmigo —dijo Rodelos, dirigiéndose a ‘X’ y Ludra, quienes ya habían recuperado el sentido.
Al verse superado en número, ambos asintieron en señal de acuerdo.
Caminaron hasta llegar a la tienda del líder con máscara dorada.
—Hasta aquí —dijo Jock, deteniendo a ‘X’, Ludra y señalando a Ron y Alita, que aún dormían profundamente—.
Será mejor que tú también te quedes a vigilar, Jock —añadió el líder con firmeza.
Rodelos bajo a Alita y Ron dejándolos debajo de un árbol en cuidado de ‘X’ y Ludra.
Aunque Jock quería entrar, sabía que no podía desobedecer una orden directa.
Se cruzó de brazos y permaneció en su lugar, vigilando.
Dentro de la tienda, Rodelos sonrió ligeramente.
—Bien, debe ser algo importante lo que me vas a decir, si has dejado a tu soldado afuera.
Ambos entraron sin ser molestados.
El líder con máscara dorada rompió el silencio primero.
—Qué bueno que aceptaste mi invitación.
—Oh, de nada.
Pero no sé quién eres —respondió Rodelos, inclinando la cabeza con curiosidad.
—¿No tienes ni la más mínima pista?
—preguntó el líder, quitándose lentamente la máscara dorada.
Rodelos quedó boquiabierto al ver el rostro que se revelaba frente a él.
—Pero… ¡eres…!
¡Eres…!
—tartamudeó, incapaz de completar la frase.
El líder sonrió con calma, revelando su hermoso rostro y su cabello rojo recogido en una coleta elegante.
—Una mujer, pues claro.
Soy la única sucesora en la línea.
—Ya veo… Creo acordarme.
Lamento la muerte de tu padre, el rey Leit, mi señora Ariafilis —dijo Rodelos con un tono respetuoso, inclinando ligeramente la cabeza.
Ariafilis lo miró fijamente, cruzándose de brazos.
—¿Qué te hace pensar que mi padre está muerto?
Rodelos sonrió con suavidad, como si hubiera tocado un punto delicado pero inevitable.
—Pues… ¿qué me hace pensar?
El hecho de que tú cargues con el reinado de tu padre sobre los hombros.
Ella levantó una ceja, desafiante.
—Soy perspicaz, sí, pero no creas que por ser mujer no puedo liderar a mi pueblo.
—Jamás lo he dudado —respondió Rodelos con calma—.
Creo en la igualdad de género.
Así que no me importa quién gobierne, mientras gobierne bien.
Ariafilis asintió, satisfecha con la respuesta, pero su voz se endureció al hablar de nuevo.
—Ya veo… También decían que eras un viejo astuto y conciliador además de fuerte, y bueno, yo también pienso o creo creer que si con solo verte.
Soy una mujer, no una niña, y soy la soberana de este reino.
Voy a recuperar a mi gente.
No dejaré que los esclavicen y los hagan trabajar sin parar en las minas.
—Su voz resonó con fuerza y determinación, como un eco de justicia.
Rodelos la observó en silencio por un momento antes de hablar.
—Así que quieres mi ayuda, señora.
—Sí, puede ser —respondió ella con un tono firme pero mesurado —Está bien, la tendrás —dijo Rodelos, asintiendo con decisión—.
Necesito recuperar también a mi nieto, que se encuentra en tu reino.
Me imagino que ya debe haber entrado y está buscando la última pieza del cetro de Avocios.
Entonces, es un trato, señor Rodelos.
Puedes decirles a tus compañeros que me ayudarán, y yo gustoso también prestaré mi ayuda.
—Eso está bien —dijo ella con calma, pero con un dejo de firmeza en su voz—.
Solo te hago una mención importante: mi rostro no puede ser visto.
No ahora.
Todos piensan que mi padre está vivo, y que él es quien porta esta máscara.
Rodelos asintió lentamente, pensativo.
—Ah… Te pareces a un jovencito con el que viajo, y también me haces recordar a una chica pelirroja de rizos que entrené en mis viajes… ¿Cómo se llamaba?
Bueno, soy malo recordando nombres —se dijo a sí mismo, rascándose la cabeza con aire distraído.
Ariafilis colocó de nuevo su máscara dorada, ajustándola cuidadosamente.
—Afuera solo me conocen como el Señor de la Máscara Dorada.
—Sí, sí, como quieras llamarte, señora… digo, Señor de la Máscara Dorada —respondió Rodelos, con una sonrisa irónica.
El Señor de la Máscara Dorada salió de la tienda con paso firme.
Su voz, modulada artificialmente para sonar grave y autoritaria, como la de Lukeandria cuando hace de Pax, resonó entre los soldados.
—Escúchenme bien.
Estos no son nuestros enemigos.
Nos ayudarán a liberar a nuestro pueblo.
Aquí, el gran Rodelos, un hombre muy fuerte, nos apoyará en nuestra victoria.
Un coro de vítores estalló entre los presentes al escuchar las palabras de su líder.
La esperanza brillaba en sus ojos, como brasas avivadas por el viento.
Rodelos se acercó al líder, curioso.
—Señor, ¿qué propone para ingresar al reino?
El Señor de la Máscara Dorada señaló un mapa extendido sobre una mesa improvisada.
—Verán, hay unos túneles subterráneos que un aliado mío nos proporcionó.
Es una fuente confiable.
Mañana por la mañana partiremos y, por fin, liberaremos a nuestro pueblo del yugo de las sombras.
Por hoy, celebren.
Mañana iremos a la batalla.
Los soldados celebraron con entusiasmo, compartiendo alimentos y risas alrededor de pequeñas fogatas.
La noche se llenó de cánticos y murmullos de esperanza, mientras el viento llevaba consigo la promesa de un nuevo amanecer.
—Oigan, ¿y esos dos niños se van a quedar ahí durmiendo todo el rato?
—preguntó el Señor de la Máscara Dorada, señalando a Alita y Ron, que aún yacían profundamente dormidos en el suelo.
—No, ya es hora de despertarlos —respondió Rodelos con una sonrisa traviesa—.
Serán una buena ayuda en la misión.
Rodelos se acercó a los jóvenes y sacó un pequeño dispositivo que el profesor había creado.
Con un leve zumbido, pasó una pequeña carga eléctrica por sus cuerpos.
Ambos muchachos saltaron de inmediato, parpadeando confundidos mientras intentaban recuperar el equilibrio.
—¡¿Qué pasó?!
—exclamaron al unísono, mirando a su alrededor con expresiones desorientadas.
—Ya es hora, chicos.
El momento ha llegado —dijo Rodelos, cruzándose de brazos y sonriendo con picardía mientras los observaba reaccionar.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com