La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 120
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- Capítulo 120 - 120 Aresus 1
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120: Aresus (1) 120: Aresus (1) —¡No, Mok, no!
—gritó Paltio al ver a su mayordomo caer al vacío.
Con su brazo y pierna heridos.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ser tragado por una enorme boca que emergió de las profundidades, devorando todo a su paso.
Mientras tanto, Paltio era arrastrado bruscamente por Aresus, quien lo jalaba de la cintura para sacarlo del lugar.
Más arriba, Lukeandria yacía tirada a un lado del camino, inconsciente.
¿Pero qué había pasado?
Todo comenzó cuando Paltio, Mok y Lukeandria siguieron a Aresus hacia el lugar que Paltio había mencionado: la llamada Cueva Oculta Bajo la Cascada de Fuego.
—Ese es el nombre de uno de los túneles más peligrosos —explicó Aresus con tono sombrío—.
Nadie se atreve a cruzarlo porque está bloqueado por una cascada de fuego.
Ni siquiera el más valiente de los hombres de las Sombras Negras ha osado intentarlo.
—Será tu perdición, muchacho —añadió Aresus, mirando fijamente a Paltio—.
Pero luego no me digas que no te lo advertí.
Salieron de la casa y subieron a sus respectivos medios de transporte.
Mientras Aresus montaba su caballo oscuro, los demás abordaron el carruaje tanque de Paltio.
—Síganme —ordenó Aresus, espoleando a su caballo.
El grupo avanzó rápidamente, dejando atrás paisajes que parecían cada vez más desolados.
Distritos enteros del reino lucían abandonados, como si nunca hubieran sido habitados.
En otros, apenas unos pocos ciudadanos se ocultaban al paso del carruaje.
Cada lugar que atravesaban era más lúgubre que el anterior, envuelto en una atmósfera opresiva de penumbra y destrucción.
La cara de Mok reflejaba preocupación.
Nunca había imaginado que el reino donde nació, su ex hogar, estaría sumido en tal estado de ruina.
—¿Te encuentras bien, Mok?
—preguntó Paltio, notando cómo su mayordomo estaba absorto en sus pensamientos, con una expresión de tristeza profunda.
—¡Eh!
Sí, señorito Paltio, me encuentro bien… Es solo que… no pensé que volvería a mi lugar de origen y lo encontraría así, en la penumbra y la destrucción.
—Lo sé, Mok —respondió Paltio con voz suave pero firme—.
Pero una vez que venzamos a todas las sombras, lograremos reanimar los reinos y el mundo.
Ahora me he dado cuenta de que no solo somos nosotros, los avocados, sino que hay muchos más seres vivos en este mundo.
—Vaya, señorito… Me sorprende lo mucho que esta travesía le ha cambiado —dijo Mok, esbozando una pequeña sonrisa mientras su expresión se iluminaba un poco—.
Pronto todo esto llegará a su fin.
De pronto, Aresus detuvo su caballo y levantó una mano.
—¡Alto!
—ordenó, acercándose al carruaje.
—¿Qué pasa?
—preguntó Pax, inclinándose hacia adelante para ver mejor.
—Es aquí —respondió el hombre de la armadura oscura con un tono grave.
Bajaron del carruaje, y sus miradas se llenaron de asombro al contemplar un enorme hueco en lo que alguna vez fue una majestuosa montaña.
—¿Qué le pasó a la Gran Montaña del Sabio?
¿Y al lugar donde se adoraba al héroe de este reino?
—preguntó Mok con molestia en su voz, señalando los restos de lo que alguna vez fue un lugar sagrado.
—¿Un héroe y un sabio?
—Aresus soltó una carcajada seca y burlona—.
Esas cosas no sirven.
Además, en este lugar se detectó un gran mineral que se utiliza para fabricar nuevas armas y trampas.
Tontos los Reedalianos que vivían aquí sin saber del preciado recurso que tenían.
Ahora nos pertenece: el gran Avoteno.
—¿El Avoteno?
¿Qué es eso?
—preguntó Paltio, intrigado por el material mencionado.
—El Avoteno, muchacho, es un material increíblemente amoldable y resistente.
Es prácticamente irrompible y nos sirve para fabricar armas avanzadas que los científicos de las Sombras utilizan —explicó Aresus con una mezcla de orgullo y cinismo en su voz—.
Incluso he oído historias…
cuentos, más bien, que dicen que puede atrapar a un dios.
Pero bueno, eso son solo rumores que algunos soldados murmuran.
Pax y Paltio intercambiaron miradas impresionadas, pero Mok permaneció sereno, aunque por dentro su rabia hervía al ver cómo aquel lugar sagrado había sido profanado de tal manera.
—Bien, ¿qué esperan?
Pasen —ordenó Aresus, señalando hacia adelante.
Los cuatro dejaron atrás el carruaje y el caballo de Aresus, ya que podrían usarse como escape para los mineros, si los llevaban consigo.
Aresus encendió una llama de un intenso color morado y la colocó en una antorcha, iluminando el oscuro camino frente a ellos.
Mientras avanzaban, observaron a cientos de personas —niños, jóvenes, adultos e incluso ancianos— trabajar sin descanso en las minas, vigilados por enormes soldados con rasgos deformes de vizcachas.
—Tranquilos, no los miren directamente y todo estará bien —advirtió Aresus, su tono cargado de indiferencia—.
Estas… cosas son defectos creados por el señor Tejod.
Fueron deformados, pero son fuertes, obedientes y muy útiles para cuidar este lugar.
Los llamamos Vichus.
Mientras estén conmigo, no hay problema.
Las enormes aberraciones los observaban con sus ojos desorbitados, que parecían a punto de salirse de sus cavidades, y sus colmillos afilados brillaban bajo la luz de la antorcha de Aresus.
—Bien, síganme por aquí —dijo Aresus, señalando un estrecho sendero.
Pero Paltio se detuvo al ver cómo uno de los aldeanos era brutalmente maltratado por no poder continuar con la excavación.
El joven estaba a punto de intervenir, pero Mok lo detuvo con una mirada severa que decía claramente: “No”.
Parecía que Aresus disfrutaba viendo la impotencia de Paltio; su respiración cambió sutilmente al exhalar desde su casco, como si contuviera una risa contenida.
—Dije que prosigamos, muchachos —gruñó Aresus, girándose hacia ellos—.
No pueden hacer nada aquí.
Recuerden que son solo simples visitantes.
Y siéntanse agradecidos, porque si no fuera porque tienen que encontrar el cetro, la figura cambiaria.
Un sonido burlón, casi como una risa malvada, resonó desde el interior del casco de Aresus.
—Ese maldito…
Quisiera matarlo —murmuró Paltio a través del enlace mental, pero Mok y Golden lo tranquilizaron rápidamente.
—Por aquí, si son tan amables —indicó Aresus, ignorando la tensión en el grupo.
Continuaron avanzando, y cada paso les revelaba más escenas de crueldad.
Más aldeanos eran tratados con frialdad, forzados a trabajar hasta el agotamiento.
Sin embargo, Paltio y su grupo no podían hacer nada; estaban rodeados por demasiados enemigos, y cualquier intento de rebelión sería inútil.
Finalmente, llegaron al lugar que buscaban.
—Bien, hemos llegado.
Este es el lugar que llaman La Cueva Oculta Bajo la Cascada de Fuego.
En ese momento, una cortina de fuego descendió frente a ellos como un río ardiente, quemando el suelo y traspasando todo a su paso antes de desaparecer hacia abajo.
—Si quieren pasar, será mejor que lo hagan de una vez —advirtió Aresus desde el otro lado—.
Cada diez segundos, el fenómeno que acaban de ver vuelve a ocurrir.
Pueden ser derretidos si no tienen cuidado.
Por eso, este lugar es considerado solo para valientes y ágiles.
Con una última carcajada, Aresus cruzó fácilmente mientras la cascada de fuego regresaba, bloqueando nuevamente la entrada detrás de él.
—Será mejor que vayamos —dijo Paltio con urgencia en su voz, observando la cascada de fuego que se alzaba imponente frente a ellos.
Pax fue el primero en moverse.
Con un salto ágil, cruzó justo antes de que las llamas descendieran nuevamente, dejando una estela ardiente tras él.
Los demás esperaron tensos, conteniendo la respiración mientras el ciclo de fuego volvía a iniciar.
Cuando llegó su turno, Paltio no dudó.
Con determinación, calculó el momento exacto y atravesó la barrera de fuego justo antes de que esta cayera rugiendo, consumiendo todo a su paso.
Finalmente, llegó el turno de Mok.
El mayordomo avanzó con cuidado, pero algo inesperado ocurrió.
Su pie resbaló en una roca suelta, haciéndolo caer de rodillas.
Antes de que pudiera recuperarse, el rugido ensordecedor de la cascada de fuego anunció su descenso inminente.
—¡No, Mok!
—gritó Paltio desesperado, dando un paso hacia atrás como si quisiera regresar, pero sabía que era demasiado tarde.
Las llamas ya estaban sobre él, envolviendo el lugar donde Mok había caído en un inferno abrasador.
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