La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 122
- Inicio
- Todas las novelas
- La Ultima Esperanza de Avocadolia
- Capítulo 122 - 122 Tok
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
122: Tok 122: Tok Pax se levantó rápidamente, moviéndose con el sigilo que Lume le había enseñado.
Con un salto preciso, se abalanzó sobre Aresus.
Sin embargo, este, al percibir algo acercarse, ajustó su casco en un rápido movimiento defensivo.
El impacto del ataque lo partió limpiamente por la mitad, dejando caer las piezas metálicas al suelo con un ruido sordo.
Al abrirse el casco, reveló un rostro familiar pero aterrador.
Pax y Paltio se quedaron paralizados, asombrados y aterrados al mismo tiempo ante la visión que tenían frente a ellos.
Era el rostro de Mok, pero distorsionado por una expresión fría y despiadada que no pertenecía al mayordomo amable que conocían.
—No puede ser… ¿Tú eres…?
¿Eres Mok?
—preguntó Paltio, su voz temblorosa mientras luchaba contra una mezcla de rabia, ansiedad y temor.
El hombre que lo tenía atrapado por la cintura lo sujetaba con un agarre tan fuerte como el de un oso, impidiéndole moverse.
—¿Yo, Mok?
Tontos, yo no soy Mok —respondió Aresus con una sonrisa burlona, sus ojos brillando con un destello cruel bajo la luz tenue.
—Claro que no puedes ser él —intervino Pax, recuperando la compostura y apuntando su espada hacia Aresus—.
Acabamos de verte lanzarlo a las fauces de esa criatura.
Dime, ¿por qué tienes su rostro?
Aresus soltó una carcajada grave y resonante antes de responder: —Claro que no soy él, par de ineptos.
No ven que fue devorado por el Agamenonte.
Pero ya que insisten tanto…
Paltio interrumpió con urgencia: —¡Pero por qué eres igual a él!
Aresus hizo una pausa, como si saboreara el momento, y finalmente respondió: —Yo soy… bueno, yo era su hermano gemelo, Tok.
Pero ya no más.
—¡Mientes!
—exclamó Paltio, furioso—.
¡Mok nunca me contó que tuvo un hermano gemelo!
¡Es imposible!
Esto debe ser algún tipo de magia… ¡Seguro mientes!
—Suelta al muchacho —ordenó Pax, lanzándose hacia adelante con determinación.
Su espada voló directamente hacia Tok, quien la bloqueó con la mano libre sin esfuerzo.
Con un movimiento rápido, rompió la hoja en mil pedazos y, acto seguido, lanzó una patada devastadora al estómago de Pax, enviándolo a estrellarse contra una de las paredes.
El cuerpo de Pax cayó inerte al suelo, perdiendo el conocimiento instantáneamente.
Lume al verlo trato de revisar sus signos vitales.
Tok se giró hacia Paltio, su expresión endureciéndose.
—Bien, ahora que no hay interrupciones… Ese tonto de Mok… ¿Cómo pudo ocultarme?
¡Es más que un insulto!
—gritó, su voz cargada de ira y dolor.
Respiró profundamente, tratando de calmarse, y continuó: —Dijiste que quieres saber por qué hago esto, ¿no?
Bueno, no tendría sentido contártelo, pero igual lo haré.
Hizo una pausa dramática, mirando fijamente a Paltio antes de comenzar: —Hace mucho tiempo, vivían dos niños en las calles de Reedalia.
Dos pequeños que fueron abandonados por sus padres porque tener gemelos era visto como un acto de brujería o de cosas malignas.
Sus propios padres no querían ser señalados por las leyes del reino.
Una noche tormentosa, una mujer nos encontró.
Nos vio solos, llorando bajo la lluvia torrencial, escondidos dentro de una caja.
Aunque tenía miedo por todo lo que decían sobre los gemelos, sintió lástima por nosotros.
Decidió llevarnos con ella, protegernos.
—Dos recién nacidos no podrían sobrevivir mucho tiempo solos en las calles.
Por eso nos dejaron a nuestra suerte, abandonados en ese callejón para morir.
Pero una mujer nos encontró esa noche tormentosa.
Nos dio cobijo en su humilde hogar y nos enseñó algunas cosas.
Sin embargo, nunca podíamos salir juntos de su casa.
Cada vez que alguien venía de visita, ella tenía que esconder a uno de nosotros para que nadie sospechara que éramos dos personas iguales.
Así nos turnábamos, un día salía él, al siguiente yo.
El tiempo pasó, y seguimos usando el mismo truco una y otra vez.
Pero para nuestra desgracia, un día la mujer a la que llamábamos madre enfermó gravemente y luego falleció.
Una vez más, Mok y yo nos quedamos solos.
Teníamos apenas diez años.
Mok siempre fue el más débil de los dos.
Así que yo me encargaba de hacer todo lo necesario para conseguir comida o cualquier cosa que necesitáramos, ya que tuvimos que dejar esa casa después de su muerte.
Decidimos empezar a robar a quienquiera que pasara por nuestro callejón, el lugar que nos había visto crecer desde que éramos recién nacidos y al que llamábamos hogar.
Para evitar que nos descubrieran como gemelos, yo usaba una máscara que ocultaba mi rostro, mientras que Mok no.
Siempre fui como su sombra, protegiéndolo, cubriéndolo.
Pero llegó ese fatídico día en el que lo atraparon.
Yo decidí que Mok debía escapar porque sabía que la vida en prisión sería un infierno aún peor para él.
En el proceso, acabé con la vida de un guardia.
Pensé que en algún momento Mok regresaría por mí.
Lo veía escondido en una esquina afuera de las celdas, aunque nunca fue muy bueno ocultándose.
Pero le dije que no debíamos vernos más.
Si alguien descubría que éramos gemelos, nos matarían a ambos.
Así que, sin más, se marchó.
Luego me enteré de que se había ido del reino con las promesas de un hombre dorado, como tú —dijo Tok, lanzando una mirada cargada de resentimiento hacia Paltio—.
Al principio pensé que estaba bien…
aunque llegué a pensar que tal vez era alguna brujería que le habían hecho a mi hermano.
Con el tiempo, vi cómo se convertía en un tonto niño bueno, parte de la servidumbre como un mayordomo, viviendo una vida llena de lujos y riquezas que no le pertenecían.
Una vez volvió a buscarme mientras yo me pudría en la cárcel.
Otra vez utilizó su truco de esconderse y verme desde una esquina sin guardias.
Pero le repetí lo mismo: que se olvidara de mí y no volviera.
Exactamente como le había dicho antes.
—Yo no tengo hermano.
Vete.
Estás muerto para mí —le dije esas palabras para que nadie pudiera asociarlo conmigo.
Pero lo cierto es que…
tenía envidia.
Una envidia profunda y corrosiva.
¿Cómo podía vivir una vida llena de lujos mientras yo solo conocía prisión tras prisión, castigo tras castigo?
—Tok hizo una pausa, su voz cargada de resentimiento, mientras apretaba los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos—.
Empecé a llenarme de odio.
Un odio que me consumió por completo, hasta que no quedó nada más dentro de mí.
Un día ocurrió una explosión en la prisión.
Todo mi cuerpo quedó cubierto de heridas graves, quemaduras y cortes profundos.
Sin embargo, logré escapar arrastrándome, dejando un rastro de sangre a mi paso.
Me alejé todo lo que pude, hasta que mis fuerzas finalmente me abandonaron.
Fue entonces cuando unos sujetos encapuchados aparecieron frente a mí.
Me ofrecieron una solución: me curarían, pero solo si juraba lealtad eterna a su dios, llamado Urugas.
Acepté sin dudarlo.
Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de liberarme de mi sufrimiento.
Lo que vino después fue una agonía inimaginable.
Mi carne estaba inservible, destrozada por las heridas.
Los sujetos reemplazaron partes de mi cuerpo con componentes metálicos, fusionándolos con una energía negra que emanaba con cada unión.
El dolor era tan intenso que perdí la consciencia varias veces durante el proceso.
Cuando desperté, sentí un poder abrumador correr por mis venas.
Ya no era el mismo hombre débil y desdichado que había sido antes.
Decidí convertirme en el ferviente sirviente de las sombras, y con ello, mi odio hacia mi hermano creció inmensamente.
—Ese día renací —dijo Tok con una voz fría y distante, como si estuviera reviviendo cada instante en su mente—.
Me otorgaron un nuevo nombre, uno que reflejaba quién me había convertido.
En lugar de ser el inútil de Tok, pasé a llamarme Aresus, un nombre que significa “odio” en la lengua oscura.
El eco de su voz resonó en el lugar, cargado de amargura y desprecio hacia su antiguo ser.
Era como si con ese nuevo título, hubiera borrado completamente al niño débil y abandonado que alguna vez fue.
Pero Paltio interrumpió la historia de Tok, su voz firme, aunque cargada de emoción: —¿No se te pasó por la cabeza que tal vez Mok no me contó sobre ti porque fue algo traumático el perderte?
Tok soltó una carcajada amarga, despectiva.
—Tonterías.
Si realmente hubiera querido encontrarme, no se habría detenido hasta hacerlo.
En ese momento, una voz familiar resonó detrás de ellos: —¿Y cómo puedes estar seguro de eso?
Paltio levantó la mirada, sus ojos se llenaron de lágrimas al tiempo que una sonrisa de esperanza iluminaba su rostro.
—¡Mok!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com