La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 123
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- Capítulo 123 - 123 Agamenonte ¿Tortuga Acorazada
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123: Agamenonte, ¿Tortuga Acorazada?
123: Agamenonte, ¿Tortuga Acorazada?
“No, ¡Mok!” gritó Paltio mientras veía a su amigo ser tragado por una enorme boca que emergía desde las profundidades.
La criatura descendió nuevamente, desapareciendo por el mismo agujero del que había venido.
Mok sentía cómo lo arrastraba hacia el interior oscuro y viscoso de la bestia.
Con una mano y una pierna heridas, apenas podía resistirse.
Pero entonces escuchó la voz de Geki.
El pequeño gecko actuó rápidamente, lanzando una cuerda anclada a cada lado del estómago cavernoso de la criatura.
Mok logró aferrarse con todas sus fuerzas, evitando ser engullido por completo.
“Eso estuvo cerca”, murmuró con alivio mientras recuperaba el aliento.
“Ni lo menciones, compañero”, respondió Geki con calma, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
“Ahora tenemos que encontrar una manera de salir de aquí.
¿Cómo te sientes?” “Aun un poco adolorido, pero nada del otro mundo.
Estaré bien”.
Mok intentó sonreír, aunque su rostro mostraba cansancio.
“Lástima que no sepa magia curativa, pero puedo vendar esas heridas”.
Geki conjuró unas vendas mágicas que envolvieron cuidadosamente el brazo y la pierna herida de Mok.
Este sintió un leve alivio al instante, aunque el dolor seguía latente.
“Esta cosa está bajando más…
¿Hasta dónde llegará?” comentó Geki mientras observaba cómo la criatura comenzaba a descender con rapidez.
Su voz tenía un tono de urgencia.
“Primero debemos salir de aquí”, dijo Mok con determinación.
“Pero cuando salgamos, tendré que enfrentarme a lo que sea esta cosa”.
Geki frunció el ceño, pensativo.
“Ese maldito Aresus mandó algo muy rápido al suelo.
Hizo que cayeras porque…
parece que alguien no te quiere, Mok”.
Mok guardó silencio por unos segundos, reflexionando.
“No lo sé.
Que yo sepa, no tengo enemigos…
además de no saber quién está detrás de esa máscara”.
Su mirada se perdió por un momento, como si intentara recordar algo importante.
“Bueno, alguien debe estar muy enojado contigo para querer matarte”, continuó Geki con una mezcla de sarcasmo y preocupación.
“Pero qué bueno que no le resultó.
Déjame pensar cómo podemos salir de esta cosa”.
El pequeño gecko cerró los ojos por un momento, concentrándose.
Luego, con una sonrisa triunfante, anunció: “¡Ya sé qué puede ayudarnos!”.
Con un movimiento ágil, Geki conjuró una enorme ballesta, cuya flecha brillaba con una punta filosa y letal.
“Será cuestión de lanzar”, dijo mientras ataba una cuerda gruesa a la base de la flecha.
“Prepárate, voy a dispararla”.
Con un chasquido y un destello de energía, la flecha salió disparada a toda velocidad, cortando el aire con un silbido agudo.
Se dirigió directamente hacia los enormes y filudos dientes de la bestia.
Al impactar, la flecha atravesó los colmillos como si fueran vidrio, rompiéndolos en fragmentos afilados.
Continuó su trayectoria hasta anclarse firmemente en una roca cercana.
Mok miró hacia abajo, hacia la enorme criatura, que rugió de dolor.
Era una bestia grotesca, con una malformación prominente en la frente, ojos oscuros como pozos sin fondo y una coraza robusta que cubría su cuerpo segmentado.
Varias patas retorcidas sobresalían de su estructura, como si fuera un gusano gigante fusionado con una armadura.
En un acto de furia, el monstruo lanzó un líquido viscoso y corrosivo hacia donde estaba Mok.
Este se movió justo a tiempo, pero el lugar donde había estado comenzó a burbujear y disolverse con un siseo espeluznante.
“¡Maldición, es ácido!” gritó Mok mientras se balanceaba sobre la cuerda con agilidad.
Saltó hacia el suelo justo antes de que la bestia lanzara otra descarga corrosiva.
La criatura lo miró fijamente, sus ojos oscuros brillando con furia.
Parecía enojada, hambrienta…
y decidida a atacar nuevamente.
“No puedo perder tiempo aquí”, dijo Mok apretando los dientes.
“Debo regresar con el señorito Paltio.
Debe estar preocupado”.
“Seguramente sí”, respondió Geki con un tono irónico.
“Aunque me pregunto por qué no ha bajado a verte”.
“Algo raro está pasando”, reflexionó Mok, frunciendo el ceño.
“Ese tal Aresus debe tener algo que ver.
Debemos darnos prisa”.
El mayordomo sacó su antigua espada, ya que la nueva había caído en las profundidades durante la pelea anterior.
No recordaba exactamente dónde había caído.
Con determinación, levantó la hoja y exclamó: “¡Red Blade Slash!” El ataque salió disparado hacia el monstruo, pero para su horror, no surtió efecto alguno.
La hoja de la espada se desintegró al impactar contra la coraza de la criatura.
“Pero ¿qué…?” murmuró Mok, incrédulo, sosteniendo el mango ahora inservible.
“Parece que esa bestia es extremadamente resistente”, comentó Geki con seriedad.
“Deberías usar la espada que te di, pero recuerdo que también se cayó”.
Antes de que pudieran planear algo más, la bestia rugió y lanzó otra ráfaga de ácido hacia Mok.
Este se movió rápidamente, utilizando sus cuchillos para escalar el cuerpo del monstruo.
Sin embargo, cada vez que intentaba incrustar uno de ellos en la piel de la criatura, las armas se destruían al contacto.
“Esas armas las tenía desde hace mucho tiempo”, murmuró Mok con frustración.
“Ahora ya no tengo nada.
¿Qué puedo hacer?” “Toma esto”, dijo Geki, entregándole una lanza.
Mok la lanzó con todas sus fuerzas hacia el monstruo, pero la lanza también se desintegró al impactar.
“Una criatura así es más que difícil de vencer”, observó Geki, su voz tensa pero calmada.
Luego señaló con su pequeña pata hacia atrás del monstruo.
“¡Mira, Mok!
¡Es la espada que te di!” Mok miró hacia donde señalaba Geki.
Era cierto: la espada estaba allí, clavada en el suelo, cerca de la cola de la bestia.
“Con esa espada, seguro podrás hacerle daño”, dijo Geki.
“Pero su enorme cuerpo bloquea el paso.
No hay de otra; te tendré que ayudar dándote un poco de tiempo”.
El pequeño gecko cerró los ojos por un momento, concentrándose.
Entonces gritó: “¡FELICA FORM!” Su cuerpo comenzó a cambiar de forma, alargándose y creciendo hasta convertirse en un enorme reptil.
Su nuevo aspecto era impresionante: parecía una tortuga gigante con un caparazón acorazado lleno de púas afiladas.
Sin embargo, a diferencia de una tortuga común, este ser era rápido y ágil, como si Geki simplemente hubiera crecido y desarrollado un caparazón protector.
Sin dudarlo, el reptil gigante cargó contra la bestia, levantando sus patas delanteras para frenarla y levantarla para que Mok pase.
Pero la criatura respondió con ferocidad, lanzando unas especies de latigazos con púas idénticos a los que habían herido a Mok antes.
Las púas perforaron las partes blandas del cuerpo de Geki, atravesando su piel.
Geki gruñó de dolor, pero se contuvo, apretando los dientes.
Miró a Mok con urgencia y le gritó: “¡Ve por esa arma ahora mismo!
¡No hay tiempo que perder!” Rápidamente, Mok comprendió lo que Geki estaba haciendo al abrirle una brecha en la lucha.
Sin perder un segundo, corrió con todas sus fuerzas hacia el espacio despejado bajo la enorme bestia.
Sin embargo, no sería fácil llegar a la espada.
Las pequeñas patas de la criatura comenzaron a transformarse en filosas lanzas que atacaban sin piedad, intentando detenerlo.
Mok se movía con agilidad, esquivando los ataques mientras avanzaba hacia su objetivo.
“¡Rápido, Mok!
¡No voy a poder detenerlo toda la vida!” gritó Geki desde su posición, su voz tensa pero decidida.
A pesar del dolor evidente en su rostro, seguía resistiendo con todo lo que tenía.
Mok observó cómo su amigo luchaba contra el monstruo, cada movimiento cargado de sacrificio.
Sin sus armas principales, el mayordomo recurrió a sus anillos mágicos.
Creó una capa protectora de hielo sobre sí mismo para bloquear los ataques, y luego liberó llamas abrasadoras para repeler las púas que se dirigían hacia él.
El fuego parecía hacerle daño a la criatura; sus alaridos resonaron por todo el lugar, como truenos retumbando en una caverna oscura.
Con cada paso, Mok aprovechó los momentos de debilidad del monstruo para abrirse camino.
Finalmente, llegó hasta la espada: CRIMSON CRYSTAL.
Al tomarla, vio cómo Geki era repelido brutalmente por la bestia.
Más púas se dirigieron hacia él, pero el gecko reaccionó rápidamente, escondiéndose dentro de su caparazón acorazado para protegerse.
Antes de cerrar completamente su defensa, le gritó a Mok: “¡Vamos, Mok!
¡Tú puedes!” Con la espada en mano, Mok activó el poder de su anillo de aire, disparándose hacia adelante con una ráfaga de velocidad.
Saltó tan alto que parecía flotar por encima del monstruo.
Con ambas manos aferradas a la empuñadura de la CRIMSON CRYSTAL, canalizó la fuerza de la gravedad y descendió con un impulso devastador.
La hoja atravesó la coraza de la criatura como si fuera mantequilla, perforándola y cortándola limpiamente por la mitad.
El grito de agonía del monstruo llenó el aire mientras un líquido amarillo y viscoso brotaba de su cuerpo partido.
Antes de que pudiera reaccionar, la criatura giró hacia Mok, pero ya era demasiado tarde.
El mayordomo, con la espada cruzada frente a él, ejecutó un último golpe contundente que acabó definitivamente con la bestia.
Mok se quedó paralizado por un momento, sorprendido por el poder abrumador de la espada que Geki le había dado.
Observó cómo el cuerpo del monstruo colapsaba, dejando un rastro de líquido amarillo pegajoso.
Empapado en esa sustancia, se acercó a Geki, quien aún permanecía dentro de su caparazón.
“¡Hey!
¿Todo bien?” preguntó Mok, preocupado, mientras inspeccionaba a su compañero.
“Sí, pero no esperaba que esa cosa me hiriera tanto”, respondió Geki con una sonrisa forzada mientras emergía lentamente de su refugio.
“Normalmente soy yo quien da las armas…
y solo puedo protegerme en esta forma con mi gran caparazón.
Además, mi papel suele ser más de soporte”.
Hizo una pausa antes de añadir: “Pero voy a estar bien”.
Geki regresó a su forma original tras recibir algunas vendas curativas aplicadas cuidadosamente por Mok.
“Será mejor que subamos”, dijo Mok, su expresión seria.
“No sé qué le pueda estar haciendo ese sujeto a mi príncipe”.
Geki asintió y entregó a Mok unas especies de garras diseñadas para trepar.
La caída había sido considerable, y necesitarían ayuda para escalar de vuelta.
Sin más palabras, el mayordomo comenzó a ascender, ignorando el dolor de sus heridas.
Su determinación era más fuerte que cualquier cansancio o malestar físico.
Lo único que importaba ahora era proteger a Paltio y descubrir por qué Aresus le había tendido esa trampa mortal.
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