La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 127
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127: Mok (2) 127: Mok (2) El muchacho se quedó sorprendido al escuchar que llamaban “su majestad” al hombre frente a él.
Su mente comenzó a dar vueltas, preguntándose por qué alguien tan inalcanzable como un rey se preocuparía por un indigente, un don nadie, una escoria.
“Tranquilo, soldado”, dijo Rodelos con calma, levantando una mano para detener cualquier formalidad excesiva.
“Ya te dije que solo me digas Rodelos.
No me gusta el formalismo”.
“Pero, señor”, replicó el soldado, aún agitado por su búsqueda.
“Lo estuve buscando por todas partes.
Pensé que le había pasado algo.
¿Y qué hace en este callejón de mala muerte?” “Tranquilo, Rex”, respondió Rodelos con una sonrisa serena.
“Solo estaba paseando por estos lares y me encontré con este joven.
Desde hoy, este muchacho estará bajo mi cuidado”.
“¿En serio, señor?
¿Es broma?, ¿Verdad?” preguntó Rex, dubitativo, mirando al niño con incredulidad.
“No, soldado.
Este niño vendrá con nosotros y me acompañará en mis viajes.
Desde ahora, Mok pertenecerá…
no, será parte de la familia real de Avocadalia”.
Rex y Mok se quedaron atónitos ante las palabras de Rodelos.
El rey soltó una carcajada tan fuerte que resonó por todo el callejón, llenando el lugar con un eco cálido y vibrante.
“Es en serio, señor.
Ni siquiera sé si es legal llevarse a un niño así, como si fuera una mascota”, comentó Rex, rascándose la cabeza con nerviosismo.
“Tranquilo”, respondió Rodelos con firmeza.
“Es un huérfano, pero ya no más.
Desde hoy, tendrá un hogar”.
Sus ojos brillaban con emoción mientras pronunciaba esas palabras.
Mok, intentando ocultar su reacción, se tocó los ojos con los puños, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con brotar.
Pero Rodelos lo notó y, sin dudarlo, lo abrazó con fuerza, como un padre abraza a su hijo.
“Tranquilo, muchacho.
Desde ahora estás bajo mi protección” recalco el rey.
El abrazo fue tan intenso y lleno de amor que Mok no pudo contenerse más.
Las lágrimas comenzaron a caer desconsoladamente mientras sentía, por primera vez en mucho tiempo, que alguien lo valoraba.
Era la segunda persona que le demostraba cariño y aprecio, después de aquella mujer que lo protegió cuando nació y cuando su hermano intentó matarlo.
Por un momento, volvió a sentirse amado.
“Vaya, señor”, murmuró Rex, frotándose el cabello con una mezcla de resignación y admiración.
“Usted no cambia.
No tiene remedio”.
Un muchacho que pensó que su vida acabaría ese día no tuvo ni la más mínima idea de que su destino estaba a punto de cambiar para siempre.
Ese día, algo creció en su interior: un inmenso agradecimiento y aprecio por la persona que estaba frente a él.
“Bien, es hora de volver al reino”, anunció Rodelos, levantando al muchacho y cargándolo sobre sus hombros con facilidad.
Con paso decidido, salieron de ese lugar lúgubre hacia Avocadalia, donde una nueva vida esperaba a Mok.
El tiempo pasó, y Mok se dedicó incansablemente a su entrenamiento.
“Bien hecho, muchacho”, dijo Rodelos con orgullo al ver cómo Mok derrotaba a cualquiera que osara enfrentársele.
Su destreza, elegancia y rapidez eran impresionantes.
Sin duda, era el mejor de su clase tanto con la espada como en combate cuerpo a cuerpo.
“Gracias, su majestad.
Todo ha sido gracias a sus enseñanzas”, respondió Mok con humildad, inclinando ligeramente la cabeza.
“Ya te dije que no me llames ‘su majestad’.
Solo dime Rodelos.
No me gusta el formalismo”, replicó el rey con un gesto de desagrado.
“No puedo, señor.
Mi código como su fiel soldado me lo impide.
Además, también soy el mayordomo principal del palacio”, respondió Mok con firmeza, aunque había un atisbo de sonrisa en sus labios.
“Vaya, ¿qué se le va a hacer?
Tú nunca vas a cambiar.
Eres más terco que una mula”, comentó Rodelos con una carcajada leve, sacudiendo la cabeza.
“Esas clases de modales y esos viajes que he tenido me han hecho bien.
Además, conseguí esta espada y estos anillos”, dijo Mok, mostrando con orgullo las herramientas que habían marcado su camino.
“Así es”, dijo Mok con gratitud, su voz llena de sinceridad.
“Y todo eso se lo debo a usted, mi señor, por permitirme visitar otros reinos y aprender de ellos”.
“Bien dicho, muchacho”, respondió Rodelos con una sonrisa paternal, sus ojos brillando con orgullo.
“Pero escucha bien: yo solo fui el canal.
Tú eres quien hizo todo el trabajo.
Y me alegra ver cómo has crecido, cómo te has convertido en alguien tan valioso para este reino”.
El rey hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en Mok.
Luego añadió con tono cálido: “No olvides nunca que el mérito es tuyo, no mío.
Yo solo abrí la puerta; tú fuiste quien cruzó el umbral”.
Mok bajó la mirada un momento, procesando las palabras de Rodelos.
Aunque siempre había sido humilde, reconocía que su esfuerzo y dedicación habían sido claves en su transformación.
Levantó la vista nuevamente, esta vez con una pequeña sonrisa en los labios.
“Gracias, señor.
No lo olvidaré”, dijo con firmeza, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto.
Rodelos asintió, satisfecho.
Sabía que aquel hombre, que alguna vez fue un niño triste y casi pensado solo en morir, ahora era un pilar fundamental del reino.
Y no podía estar más orgulloso.
“¿Y has vuelto a ver a tu hermano?” preguntó Rodelos tras un breve silencio, su tono ahora más serio.
“Sí, fui a verlo…
Pero parece que nunca cambiará.
Siempre seguirá siendo un desquiciado”, respondió Mok con frialdad, aunque algo en su voz dejaba entrever un rastro de tristeza.
“Es una lástima, muchacho”, dijo Rodelos con pesar.
“Me informaron que el lugar donde tu hermano estaba fue incendiado, y no hubo sobrevivientes”.
Mok permaneció en silencio por unos segundos antes de responder.
“No sabía eso, pero él dejó de ser mi hermano hace mucho tiempo.
Aun así, lo perdono por todas las cosas frías que hizo”.
Su voz era firme, pero había un matiz de melancolía que no pudo ocultar del todo.
“Oye, Mok”, dijo Rodelos, cambiando de tema con delicadeza.
“¿Sí, mi señor?” respondió Mok, haciendo una reverencia respetuosa.
“¡Ay, este muchacho sigue con el formalismo!” exclamó Rodelos con una risa indulgente.
“Bueno, lo que quería decirte es que nunca olvides que, a pesar de todo, tú siempre serás parte de esta familia”.
“Lo sé, señor, y se lo agradeceré eternamente”, respondió Mok con sinceridad, su mirada reflejando gratitud absoluta.
“Bien, quiero presentarte a alguien”, dijo Rodelos, su voz vibrando de emoción.
“Ven, sígueme”.
Mok siguió a Rodelos al interior del palacio.
Pasaron por largos pasillos hasta llegar a la sala real, donde estaban el hijo de Rodelos, su esposa, y cerca de ellos, una cuna que contenía a un recién nacido.
“Este es mi nieto, muchacho”, anunció Rodelos con orgullo, señalando al pequeño.
“Su nombre es Paltio, que significa ‘ESPERANZA’ en el antiguo idioma de los Avocado.
Fue un milagro de nuestro creador que viniera a este mundo después de tanto tiempo de espera.
Por poco no lo logra, pero aquí está, fuerte y lleno de ganas de continuar en este mundo”.
Rodelos hizo una pausa, contemplando al bebé con amor infinito antes de añadir: “Este pequeñín se convertirá en un príncipe y, algún día, en un gran rey”.
Sus palabras estaban cargadas de felicidad y emoción, y su mirada brillaba con esperanza hacia el futuro.
“¡Papá, qué cosas dices!
¡Recién es un recién nacido!” dijo Medeos, el hijo de Rodelos, con una sonrisa divertida mientras intentaba calmar el entusiasmo de su padre.
“¡Ja, ja!” respondió Rodelos en voz alta, incapaz de contener su alegría.
“¡No tan alto!
¿No ves que está durmiendo?
Lo vas a despertar”, intervino Skila, la esposa de Medeos, poniendo un dedo sobre sus labios para indicarle que bajara el volumen.
Su tono era suave pero firme, reflejando el amor protector que ya sentía por su pequeño.
“Felicidades”, dijo Mok con seriedad, inclinando ligeramente la cabeza hacia los padres de Paltio.
“¿Por qué siempre tan serio, Mok?
No tienes que ser tan rígido”, comentó Skila con una sonrisa cálida, tratando de aligerar el ambiente.
“Tranquila, cariño, él siempre es así: serio y un leal sirviente al reino”, respondió Medeos con orgullo, mirando a Mok con admiración.
“Sí, tienes razón, cariño.
Nuestro Mok siempre ha sido así, muy rígido”, añadió Skila con ternura, haciendo que el mayordomo se sonrojara ligeramente ante el comentario.
“Así que este es Paltio, ¿eh?
El que traerá esperanza a los reinos”, murmuró Mok contemplando al pequeño con reverencia.
Luego, con firmeza en su voz, añadió: “Juro que siempre velaré por este niño y lo protegeré con mi vida”.
“Bien dicho, muchacho.
Eres como su hermano mayor”, dijeron Medeos y Skila al unísono, provocando que Mok se ruborizara aún más.
“Bien, entonces te tomo la palabra, muchacho”, dijo Rodelos con solemnidad.
“Tendrás ese papel importante y la misión de siempre velar por este niño”.
“Sí, señor.
Que así sea”, respondió Mok con determinación, haciendo una reverencia profunda.
En su mente, Mok recordó los momentos que había compartido con Paltio desde su nacimiento: las travesuras del pequeño, las risas en los pasillos del palacio y la promesa que había hecho a la familia real de protegerlo con su vida.
Incluso cuando Rodelos partió en su misión para investigar lo que había ocurrido con Avocios, Mok nunca abandonó su deber.
Al terminar sus recuerdos, Mok levantó la mirada hacia su hermano Tok, quien seguía observándolo con una mezcla de burla y arrogancia.
Una nueva determinación ardía en sus ojos, acompañada de un aura de enojo y decisión renovada.
“¿Cómo te atreves a dañar al señorito?” gritó Mok, avanzando hacia Tok con paso firme, listo para lanzarse al siguiente asalto.
“Vaya, aún tienes espíritu de lucha después de todo, hermanito”, dijo Tok con una sonrisa sardónica.
“Bien, ven aquí, Mok…
O prefieres que te llame como te bautizó esa mujer, ¿eh?
Filio”.
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