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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Calabozo
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13: Calabozo 13: Calabozo De pronto, Paltio comenzó a sentirse extraño.

Su mente pareció despegarse de su cuerpo y viajar por un espacio astral cósmico.

Dentro de su mente, se vio flotando a través de paisajes surrealistas: lugares oníricos, llenos de formas abstractas y colores vibrantes que giraban a su alrededor como si fueran pinturas vivientes.

—Sigue mi voz —dijo Golden, firme pero calmado, mientras Paltio parecía tambalearse mentalmente, como si estuviera mareado—.

Concéntrate, joven príncipe, y busca la pieza.

—Pero casi nunca he visto el cetro —respondió Paltio, luchando por enfocar sus pensamientos—.

Solo lo vi unas pocas veces cuando mi padre lo traía consigo.

Creo que ese cetro ha pasado más tiempo con mis padres que conmigo…

Golden frunció el ceño dentro de la visión astral.

Con un gesto brusco, le dio un sopapo en la nuca que resonó como un eco etéreo.

—¡Auch!

—exclamó Paltio, sobresaltado.

Frente a él, una enorme figura dorada de Golden emergió imponente, irradiando luz y autoridad.

—No seas tonto —le reprendió Golden con severidad—.

Bueno, pedirte concentración es mucho, ¿verdad?

Pero hazlo por una vez en tu vida.

El chico cerró los ojos y trató de focalizar su mente en la imagen del cetro.

Al principio fue borrosa, como una sombra distante, pero poco a poco comenzó a tomar forma.

—¡Lo veo!

—exclamó Paltio, emocionado.

—Bien, ahora hazla venir hacia ti —indicó Golden, señalando con un gesto imperioso.

Paltio extendió las manos hacia la imagen del cetro, tirando de ella con todas sus fuerzas mentales.

—Con ambas manos, tráelo —insistió Golden.

Finalmente, el cetro apareció frente a él, materializándose en su mente.

Cuando lo tocó, una oleada de energía cósmica lo recorrió como un torrente incontrolable.

—¿Qué es esto?

—gritó Paltio, asustado, mientras destellos de luz lo envolvían.

—¡Es el poder de Avocios!

¡Creo que es demasiado para ti!

¡Suéltalo!

—le advirtió Golden, intentando acercarse.

Pero era tarde.

La luz del cetro lo tocó por completo, iluminándolo desde adentro.

—¡Debes soltarlo, niño!

—gritó Golden, aunque no pudo tocar a Paltio.

Una barrera invisible lo repelía.

En ese momento, una voz profunda resonó en su mente: —Aún no.

Una sombra oscura surgió delante de Paltio y lo obligó a separarse del cetro.

Todo se desvaneció tan rápido como había comenzado.

—¿Paltio, estás bien?

—preguntó Golden, preocupado, mientras el muchacho regresaba lentamente a la realidad.

—¿Qué fue eso?

—murmuró Paltio, aún aturdido y con la cabeza gacha.

—Si estás bien, menos mal —respondió Golden con alivio—.

Lo malo es que no encontraste la parte del cetro…

Fallaste.

Paltio bajó la mirada, decepcionado.

Pero entonces, algo brilló en su mano: un mapa mágico que señalaba claramente la ubicación de la pieza.

—¿Qué es esto?

—preguntó, sorprendido.

Golden sonrió satisfecho.

—¡Lo hiciste, niño!

Te conectaste.

Ahora ya sabemos dónde está la pieza.

Es hora de volver al mundo real.

—¿Y cómo hacemos eso?

—preguntó Paltio, confundido.

Golden levantó una ceja y, sin previo aviso, golpeó al muchacho en la cabeza con algo que parecía un sartén etéreo.

—¡Con esto!

Todo se volvió negro de inmediato.

Cuando Paltio despertó, Alita y Ron estaban inclinados sobre él, preocupados.

—¿Señorito Paltio, se encuentra bien?

—preguntó Mok, ayudándolo a incorporarse.

—¡Ay!

¿Por qué me golpeaste con esa sartén?

—se quejó Paltio, frotándose la parte posterior de la cabeza.

—Bueno, era la única forma que se me ocurrió para salir —explicó Golden con indiferencia—.

Pero tranquilo, solo fue un golpe mental.

Nada físico…

bueno, técnicamente.

—¡Sí, pero se sintió real!

—protestó el chico, molesto.

—Y ahora, ¿cómo me paro?

Estoy todo acalambrado —dijo Paltio, tratando de moverse, pero fallando miserablemente.

Alita lo miró con una sonrisa traviesa.

—Es que tú no encuentras tu centro, príncipe.

Ron y Alita lo ayudaron a enderezarse, mientras Mok lo cargaba ligeramente para que pudiera caminar hasta que el calambre pasara.

Una vez recuperado, Paltio miró a Golden con frustración.

—Entonces, ¿tengo que hacer esto cada vez que busque una pieza?

—Pues sí —respondió Golden con simpleza.

—¡Ay, no!

Me voy a quedar como estatua —se lamentó Paltio, resignado ante la idea de repetir el proceso.

—Bueno, en fin, después vemos los pormenores —intervino Golden rápidamente, tratando de cambiar de tema—.

Es hora de buscar la pieza.

Ya sabes dónde está.

—Qué raros son ustedes —comentó Pax desde el timón del carruaje, observando la escena con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

—Debemos ir a donde está un molino frente a las orillas de un río —indicó Paltio con determinación.

—¿Y dónde es eso exactamente?

—preguntó Ron, frunciendo el ceño.

—Bueno, pues verán…

—comenzó Paltio, titubeando.

—Te olvidaste, ¿verdad?

—interrumpió Alita con una sonrisa burlona—.

Solo sabes eso, ¿no?

—Pues sí…

—admitió Paltio, rascándose la parte de atrás de la cabeza con nerviosismo.

—¡Ay, Paltio, tú nunca cambias!

—exclamó Ron, negando con la cabeza.

—Bueno, podemos pedir ayuda a Opal —sugirió Mok, siempre práctico.

—Buena idea —apoyó Alita.

Mok sacó la caracola que les había dado Opal y sopló suavemente.

Una burbuja holográfica emergió, revelando a Opal.

—¡Ah, hola!

Son ustedes —dijo Opal con calma—.

¿Qué se les ofrece?

—Conoces este lugar: un molino cerca del río —preguntó Mok, mostrándole el mapa del dispositivo.

—¡Ah, ese sitio!

Está al noroeste de la ciudad, pero ya no queda más molino.

Se destruyó cuando conquistaron este reino.

Bueno, ¿pero igual conoces el camino?

¿Puedes guiarnos?

—preguntó Mok rápidamente.

—Claro.

Eso queda pasando el calabozo; lo verán porque es una gran prisión —respondió Opal—.

Lástima que no tengan un dispositivo de mapa, si no, les mandaría la señal.

—¿Te refieres a este?

—dijo Mok, mostrándole el dispositivo.

—¡Sí, ese mismo!

—confirmó Opal.

—Bien, mandaré a uno de los soldados con la conexión, y les dará el punto exacto.

—Gracias —dijo Mok con gratitud.

Opal se despidió, y minutos después apareció un soldado en armadura azul montado en un caballo oscuro.

—Esto te lo envía Opal —dijo el soldado antes de partir.

Mok conectó el dispositivo al puerto de su aparato, y enseguida pudieron divisar la ruta que debían tomar, además de un mapa detallado de la ciudad.

—Qué bueno que ese sujeto nos ayudó —comentó Ron, observando el mapa con interés.

—Bah, sombras azules, un grupo de tontos, y ese Opal es el más tonto de todos —murmuró Pax desde el lugar del conductor del carruaje.

Subieron nuevamente al carruaje y se dirigieron hacia el punto indicado.

Según Opal, el molino estaba destruido, pero lo que más les sorprendió fue ver una gran estructura rectangular antes de llegar.

Parecía ser una cárcel.

—Esa de ahí es el calabozo —indicó Pax, señalando el edificio imponente.

Antes de seguir hacia donde estaba el molino destruido, Paltio decidió echar un vistazo al interior de la prisión.

Se acercó sigilosamente a la puerta y, por una rendija, pudo ver algo que le erizó la piel.

—Mok, debes ver esto —dijo Paltio con urgencia.

Mok se acercó y miró por la rendija.

Lo que vio lo dejó horrorizado: un grupo de ciudadanos de Hassdalia, aquellos que no habían estado en la “sala”, estaban siendo usados como fuente de poder para recargar la energía de la ciudad.

Varias personas estaban apiladas en una máquina con las manos extendidas hacia adelante, generando una especie de magia eléctrica.

—Mira por allá —indicó Mok, señalando otro grupo de ciudadanos que trabajaban como forjas humanas.

Estaban fundiendo acero para fabricar armas, cargando metales pesados de lo que parecía una mina, o realizando trabajos de herrería.

Todos llevaban grilletes electrónicos en los tobillos.

Uno de ellos intentó escapar, pero el aparato en su pierna emitió un destello rojo y lo hizo retorcerse de dolor.

En cuestión de segundos, dos soldados aparecieron, lo levantaron bruscamente y le advirtieron: —Regresa a trabajar o te irá peor.

—¡Maldición!

¿Qué les están haciendo a estas personas?

—dijo Paltio, con los ojos llenos de angustia mientras observaba cómo maltrataban a esa gente.

—Paltio, no podemos intervenir —respondió Mok con firmeza, aunque su voz denotaba preocupación.

—No puedo dejarlos aquí, Mok —replicó Paltio con determinación—.

Ellos también son creaciones de Avocios, son parte del pueblo de Avocadalia y sus cinco reinos.

—Lo sé, señor, pero es muy arriesgado —insistió Mok, tratando de hacerlo entrar en razón.

—A ver, déjenos ver —interrumpió Ron, acercándose junto con Alita.

—No, muchachos, es mejor que no lo vean —advirtió el mayordomo, bloqueando su camino.

Ron, incapaz de resistir la curiosidad, se movió sigilosamente hacia un costado, buscando otro ángulo desde donde pudiera observar lo que Paltio y Mok estaban viendo.

Se inclinó ligeramente, tratando de no llamar la atención de los soldados cercanos, y encontró otra rendija en la oxidada puerta del calabozo.

Al asomarse, su expresión cambió al instante.

Lo que vio lo dejó helado: las mismas escenas desgarradoras que habían impactado a Paltio y Mok se repetían ante sus ojos, pero esta vez notó algo más.

En una esquina apartada, un grupo de niños, no mayores de diez años, estaba siendo obligado a clasificar piezas metálicas bajo la atenta mirada de un guardia armado.

Uno de los pequeños tropezó con una herramienta pesada y cayó al suelo.

El guardia, sin dudarlo, activó el dispositivo en su tobillo, haciendo que el niño gritara de dolor mientras se retorcía.

Ron apretó los puños con impotencia, sus nudillos blancos por la tensión.

Se alejó lentamente de la rendija, con la respiración entrecortada y los ojos llenos de rabia contenida.

—¿Qué viste?

—preguntó Alita en voz baja, notando su expresión perturbada.

Ron tragó saliva antes de responder, tratando de controlar su voz temblorosa.

—Es…

es peor de lo que imaginaba.

Están usando incluso a niños.

Los hacen trabajar como si fueran máquinas, sin piedad.

Si alguien falla, esos dispositivos en sus tobillos…

los castigan sin misericordia.

Alita se llevó una mano a la boca, horrorizada.

—No pueden seguir haciéndoles esto…

—murmuró, su voz apenas un susurro.

Mejor regresemos donde esta Paltio y Mok.

Pero en ese momento antes de llegar donde sus amigos, una voz autoritaria resonó detrás de ellos: —¡Oigan!

¿Qué hacen ustedes husmeando por aquí?

Un soldado de las Sombras Azules estaba patrullando la zona.

Ron retrocedió rápidamente, tratando de disimular.

—Lo siento, nos confundimos.

Vamos a volver a lo que estábamos buscando —dijo, regresando hacia donde estaban Mok y Paltio.

Sin embargo, en cuestión de segundos, más soldados de las Sombras Azules aparecieron, rodeándolos.

En total, eran más de treinta hombres armados, cerrando el cerco en un abrir y cerrar de ojos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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