La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 131
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131: La Trampa (2) 131: La Trampa (2) “Miren, aquí es, mi señor,” anunció uno de los soldados que acompañaba al líder de la máscara dorada, señalando un montón de ramas y hojas que cubrían la base de una montaña.
“Así es.
Aquí es,” confirmó Jock al observar la escena.
Lo que parecía ser una puerta quedaba oculta bajo el manto natural.
“Bien, soldados, limpien la entrada.
¡Ordeno!” Los soldados se apresuraron a retirar las hojas y ramas con las espadas atadas a los palos de sus lanzas.
Una vez despejaron la entrada, se reveló efectivamente un acceso oscuro y amplio.
Prepararon antorchas y comenzaron a ingresar.
La abertura era lo suficientemente grande como para permitir el paso de diez personas a la vez.
“Señor, ya entraron,” informó el espía que los observaba desde lejos, comunicándose con su general a través de un dispositivo.
“Excelente, muchacho.
Ya estamos en posición y listos para el ataque,” respondió el general con voz firme.
“Prepárate para cerrar la entrada a mi orden.” “Sí, señor.
Espero instrucciones, señor,” replicó el espía, manteniéndose alerta entre las sombras.
“¡Vaya!
Esta cueva es enorme,” exclamó Ron mientras avanzaban por el túnel.
“Así es.
Es grande, y las paredes resplandecen cuando el fuego de las antorchas pasa junto a ellas,” añadió Alita, maravillada por el efecto luminoso que proyectaban las piedras.
“Sí, así parece, niña,” comentó Ludra, siempre en posición defensiva mientras rodeaba y protegía a su líder, ‘X’.
“Tranquila, Ludra.
Todo está bien.
No hay peligro que corramos,” dijo ‘X’ con calma, notando la tensión de su guardaespaldas.
“No, mi señor.
Como su guardaespaldas personal, debo estar siempre alerta,” respondió ella sin bajar la guardia.
El grupo continuó caminando por el túnel durante un buen rato, hasta que el soldado que se había quedado dormido al comienzo aceleró el paso y se acercó al líder.
“Mi señor,” dijo el soldado, dirigiéndose al hombre de la máscara dorada.
“Este túnel es enorme.
No sé cuánto tardaremos en encontrar la entrada.” “Paciencia, muchacho.
Según este mapa, ya estamos cerca de uno de los pasajes que lleva al castillo,” explicó el líder con tranquilidad, estudiando el pergamino cuidadosamente.
“Oye, chico… Dall, ¿verdad?
¿No eras tú el flojo que no quería despertarse cuando llamé temprano?” preguntó Jock, mirándolo con una mezcla de curiosidad y reproche.
“¡Eh!
Sí, señor.
Así me llamo.
Disculpe por eso,” respondió Dall, rascándose la nuca con nerviosismo.
“Pues no andes haciendo perder el tiempo a nuestro señor, que está ocupado revisando el mapa.
Encima de que llegas tarde, preguntas tonterías,” lo reprendió Jock con severidad.
El muchacho agachó la cabeza ante el reproche.
“Sí, con permiso, señor,” murmuró antes de retirarse hacia el final de la fila.
Sus compañeros no pudieron evitar bromear.
“¡Hay, Dall!
Siempre tan ocurrente.
Ya sabíamos que en cualquier momento te iban a llamar la atención,” se burló uno de ellos.
“Es que yo… es que yo…” intentó justificarse Dall, pero otro soldado, esta vez con voz femenina, lo interrumpió.
“¿Qué?
¿Ya te cansaste de caminar?
Pues eso hubieras dicho antes de unirte,” comentó con tono sarcástico, provocando risas entre el grupo.
“Señor, aunque el muchacho tiene razón,” intervino Jock con tono respetuoso pero preocupado, “hemos estado adentrándonos en esta cueva por horas, y no veo ninguna salida.
No hay señales de que lleguemos pronto.” “Paciencia, amigo mío,” respondió el Señor de la Máscara Dorada, cuya voz resonaba con calma autoritaria.
“Según el mapa, ya estamos llegando a la parte final de esta ruta.
Pronto alcanzaremos Reedalia sin ser vistos.
Al parecer, esta ruta era una de las tantas salidas de emergencia del reino, diseñadas para evacuar durante una invasión o catástrofe.” Hizo una pausa, como si reflexionara sobre sus propias palabras.
“Lamento no haberlas revisado antes de que ocurriera esta tragedia.” “Mi señor, tranquilo.
Lo sé, no es su culpa.
Y yo lamento haber sido tan impertinente con lo que dije,” se disculpó Jock, bajando la cabeza con respeto.
Mientras tanto, los soldados al fondo comenzaban a impacientarse.
Uno de ellos rompió el silencio con una pregunta que flotaba en el aire.
“Oigan, ¿el Señor de la Máscara Dorada es el rey?, ¿verdad?” murmuró uno de los soldados.
“Sí, sí es,” respondieron otros en voz baja, confirmando el rumor.
“¿Y entonces por qué lleva una máscara como nosotros?” preguntó otro, intrigado.
“Pues… para verse más imponente, supongo.
No sé,” especuló una voz femenina, encogiéndose de hombros.
No sé, nosotros usamos las máscaras para ocultar nuestros rostros y no tomen represalias contra nuestras familias,” dijo otro soldado, con voz temblorosa.
“La verdad, yo no ando pensando en esas cosas.
Solo pienso en vengar a mi familia.
Luego, el rey nos dirá el porqué de su uso.
Por ahora, solo hagamos lo que dice,” replicó otro soldado, intentando zanjar la conversación.
“¿Y ese otro chico que también usa una mascarilla y lentes para ocultar su rostro?
Escuché que es líder de una resistencia,” comentó otro soldado, cambiando de tema.
“No creo,” respondió otro con escepticismo.
“Bueno, ese es el chisme que escuché.” “¿Y por qué trajeron a esos niños a un campo de batalla?” interrumpió otro soldado, desviando la conversación hacia un tema más urgente.
Los murmullos continuaron, entrelazándose en un mar de voces bajas.
Dall, que había sido regañado anteriormente, no pudo evitar sonreír irónicamente al escuchar las quejas de sus compañeros.
“Vaya, y decían que yo andaba hablando tonterías,” murmuró para sí mismo, sacudiendo la cabeza.
“Parece que tus soldados se impacientan, Ari… quiero decir, Señor de la Máscara Dorada,” observó Rodelos, acercándose al líder con una sonrisa traviesa.
“Pues era de esperarse.
Este camino me parece extraño, como si estuviéramos entrando en una trampa,” comentó ‘X’, interrumpiendo a Rodelos con un tono serio y calculador.
“Pues sí, señor.
Por eso estoy alerta,” afirmó Ludra, ajustando su postura defensiva mientras caminaba cerca de su líder.
“Así que tú también lo notaste, muchacho.
Vaya, eres muy perspicaz para ser joven.
Bueno, a mí también se me hace raro este lugar,” añadió Rodelos, uniéndose a la conversación.
“¡Silencio ustedes!
No molesten a nuestro rey,” reprendió Jock, levantando la voz para imponer orden.
“¿¡Nuestro rey!?” exclamaron Ludra y ‘X’ al unísono, sorprendidos.
“Yo pensé que esa máscara era de simple decoración,” comentó Ludra, mirando al líder con curiosidad renovada.
“Bueno, yo sí me di cuenta de que era importante, pero no que era un rey,” admitió ‘X’, rascándose la nuca con gesto confundido.
“¡Guarden silencio ustedes dos!” insistió Jock, frunciendo el ceño.
El Señor de la Máscara Dorada levantó una mano para calmar los ánimos.
“No creo, muchachos, que esto sea una trampa.
Una persona muy respetada por mí, y en quien confío plenamente, me entregó esto para luchar un día más y salvar a mi gente,” explicó, señalando el mapa con determinación.
“Bueno, si usted lo dice…” murmuró ‘X’, aún dudoso, “pero sigo pensando que es un lugar propicio para una emboscada.” En la parte trasera del grupo, Ron y Alita caminaban en silencio mientras escuchaban los murmullos de los soldados.
Los chismes fluían como un río desbordado, cada vez más distorsionados.
“Vaya, aquí sí que hay muchos chismosos,” comentó Alita con una sonrisa irónica.
“Es como si fuera el juego del teléfono malogrado, donde la historia se tergiversa con cada persona que la cuenta.” “¡Ah!
Así parece, Alita.
Estos soldados serán buenos guerreros, pero no muy listos,” respondió Ron, cruzándose de brazos.
“Se dejan llevar por cualquier cosa, y ese es su punto débil.” “Vaya, hasta que dijiste algo bueno,” interrumpió Chiki, mirando a Ron con una expresión burlona.
El grupo continuó avanzando hasta que, de repente, el camino terminó abruptamente.
Jock se acercó al líder con urgencia.
“Señor, aquí ya no hay camino,” informó, señalando el vacío frente a ellos.
“Creo que nos tendieron una trampa.” “No, no lo creo,” replicó el Señor de la Máscara Dorada con firmeza.
“Godar no me engañaría.
Él nos dio todas las herramientas que hasta ahora nos han servido.” “¿Qué pasa?
¿Por qué no avanzan?” preguntó Alita al ver que todos se habían detenido.
Nakia sobrevoló rápidamente el lugar y regresó para informarle: no había camino más adelante.
“Es extraño.
Según estos planos, debería haber un camino más adelante, pero termina aquí,” reflexionó el líder, estudiando el mapa con atención.
De pronto, unas luces brillantes se encendieron en las partes altas del lugar, iluminando todo como un espectáculo teatral.
Una risa fría resonó en el aire.
“Vaya, vaya… ¿si es el ejército de tontos?” dijo Blaget desde las sombras, su voz cargada de desprecio.
“Ahora todos están a mi merced.” Más reflectores se activaron, revelando una horda de soldados armados hasta los dientes.
“¡Rápido, todos retrocedan y salgan!” ordenó el rey, pero era demasiado tarde.
Una explosión retumbó detrás de ellos, sellando la salida con una avalancha de escombros.
“No irán a ningún lado,” declaró Godar, apareciendo junto a Blaget con una sonrisa triunfal.
“¡Tú!
Pero si eras mi fiel confidente, un gran servidor al servicio del reino,” exclamó el rey, incrédulo ante la traición.
“Tonto.
Debiste haber muerto aquella vez, pero no volverá a pasar,” replicó Godar con frialdad.
“Fuiste un crédulo en confiar en mí y caer en esta trampa.
Debiste haberle hecho caso a Jock.” “Esto olía a trampa.
Se lo dije,” murmuró ‘X’, bajando la cabeza al ver la tensión en el ambiente.
Sin previo aviso, Godar lanzó una flecha con un líquido viscoso hacia la máscara dorada del líder.
El líquido comenzó a derretir el material con un siseo agudo.
El rey se quitó la máscara de inmediato, pero cuando todos vieron su rostro, una mezcla de asombro y horror inundó el lugar.
“¿Tú?” dijo Godar, con una expresión de sorpresa genuina.
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