La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 132
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132: La Trampa (3) 132: La Trampa (3) “Eres un rey muy ingenuo.
Es por eso que tu mandato acaba aquí,” declaró Godar con una sonrisa fría y calculadora.
Sin previo aviso, lanzó una flecha empapada en un líquido corrosivo hacia el rostro del rey.
La máscara dorada que llevaba comenzó a derretirse instantáneamente, obligándolo a quitársela con urgencia.
Al hacerlo, su rostro quedó expuesto ante todos.
“¿Tú?” dijo Godar, sorprendido, pero visiblemente complacido.
“Así que… ¿el rey murió en esa ocasión?
Gracias a Aresus.” Godar soltó una carcajada despectiva mientras señalaba a la figura frente a él.
“Tú, una mujer… la hija del rey, intentando comandar a su ejército.
¡Ja, ja!
No me hagas reír, mi señora Ariafilis.” Todos los soldados se quedaron atónitos al descubrir que habían estado siguiendo a la princesa Ariafilis, y no al rey Leit como creían.
El silencio se apoderó del lugar por unos segundos antes de que las voces comenzaran a surgir.
“¿Una princesa?” murmuró Ludra, incrédula.
“Bueno, técnicamente eso la convertiría en una reina,” añadió ‘X’ con tono reflexivo.
“Eso no importa,” interrumpió Blaget con impaciencia.
“Es momento de ponerle fin a esto.
¡Acaben con ellos!” ordenó a los soldados de las Sombras Negras, quienes descendieron rápidamente desde las alturas de la cueva hacia el ejército de Ariafilis.
“Maldito traidor, lo sabía.
Eres una escoria, Godar,” gruñó Jock, desenvainando su espada.
“¡Soldados, a las armas!
Posición de defensa.” Pero los soldados estaban paralizados, sumidos en un shock colectivo.
Por generaciones, habían seguido únicamente a reyes; servir a una mujer como líder iba en contra de sus costumbres arcaicas y machistas.
Susurros llenaron el aire.
“¿Cómo nos pudo mentir?” “¿Seguir a una mujer como líder?
No, eso no es posible.” “Esto no puede ser verdad…” “¡Qué tontos!
Eso no importa,” exclamó Ron, rompiendo el murmullo con determinación.
“Vamos, Alita, prepárate para pelear.” “Sí,” respondió Alita, lista para la acción.
Ariafilis observó cómo todo lo que había construido se desmoronaba frente a sus ojos.
Los soldados no la seguirían debido a las absurdas leyes de su pueblo.
Miró a su alrededor y vio el temor en sus rostros, además de que el enemigo ya los rodeaba.
Con una mezcla de frustración y resolución, se tocó el rostro y murmuró para sí misma: “No importa.
Igual pelearé por este reino.
Si tengo que caer, lo haré.” “Señorita Ariafilis, ¿está bien?” preguntó Jock, preocupado al verla en ese estado.
“No importa, Jock.
Yo defenderé a mi gente y a mi reino,” afirmó Ariafilis con firmeza.
Sacó su espada y avanzó hacia los soldados enemigos que descendían hacia ellos.
Rodelos, al ver cómo el ejército de Blaget avanzaba implacablemente y cómo Ariafilis luchaba con valentía, decidió intervenir.
Se volvió hacia los soldados con un grito poderoso que resonó en toda la caverna.
“¡Y qué si es una mujer o un hombre quien los dirige!
Lo que importa no es el género, sino el coraje.
¡Ella ha enfrentado la adversidad sin retroceder ni un solo paso!
A pesar de que muchos dudaron de ella, a pesar de que algunos se negaron a seguirla, ella no dudó en ponerse al frente, en arriesgar su vida por ustedes, por su pueblo.
Eso, señores, es amor verdadero por su gente.
Eso es liderazgo.
Y si alguien está dispuesto a darlo todo por su reino, entonces merece no solo su lealtad, sino también su respeto.
¡Así que muevan sus pies y tomen sus armas!
¡Luchen por sus vidas, luchen por su futuro, luchen por el honor de este pueblo que tanto aman!” Las palabras de Rodelos resonaron en el ambiente, penetrando como una chispa en la mente de los soldados.
Lentamente, comenzaron a reflexionar.
“Tiene razón… Gracias al señor de la máscara dorada, no gracias a la señorita Ariafilis, hemos logrado ganar varias batallas,” murmuró uno de los soldados.
“Y eso es lo que importa ahora.
¿Qué estamos esperando?
¡Apoyemos a la señora!” exclamó Dall con renovada determinación.
Uno a uno, los soldados dejaron de lado sus absurdas tradiciones y corrieron hacia Ariafilis, quien ya estaba enfrentándose a algunos soldados enemigos que habían descendido.
Al verlos llegar, ella sonrió con gratitud mientras luchaba.
“Lo sentimos, mi señora, por no apoyarla al comienzo,” dijeron los soldados mientras se unían a la batalla.
“Pero moriremos ayudándola.” “Muchachos…” dijo Ariafilis con voz cálida, asintiendo en señal de agradecimiento.
Con la fuerza renovada de su ejército, lograron repeler a los soldados de Blaget, obligándolos a retroceder.
“¡Vaya!
¿Eso es todo lo que tienes, sucia ardilla?” gritó ‘X’ a Blaget mientras derribaba a varios enemigos con movimientos precisos, acompañado de Ludra, quien peleaba con igual ferocidad.
“¡Ja, ja!
Esto es tan solo el calentamiento, muchacho enmascarado,” respondió Blaget con desdén.
Chasqueó los dedos, y de inmediato más soldados emergieron, rodeando al reducido ejército de Reedalia.
Pero lo peor aún estaba por llegar: dos toros mecánicos aparecieron en escena, lanzando potentes bolas de fuego morado que iluminaban la caverna con destellos ominosos.
“¿Con esto te basta, eh, muchacho?” se burló Blaget, mirando a ‘X’ con una sonrisa triunfal.
“Tenías que incitarlo, señor,” murmuró Ludra hacia ‘X’, preocupada por la situación.
“Son muchos,” comentaron los soldados Reedalianos, sintiendo cómo la tensión crecía.
“No hay problema,” respondió Rodelos con confianza.
Sin dudarlo, salió disparado hacia uno de los toros mecánicos.
Con una fuerza sobre avocado, lo embistió como si fuera un camión chocando contra una pared, destrozándolo completamente con una sola tacleada.
“Pero ¡Quién es ese sujeto dorado!” exclamó Blaget, incrédulo ante la escena.
“¡Ah, no!
Ese es el tonto ex rey de Avocadolia, Rodelos.
Pero, ¿qué hace aquí ese maldito troglodita?” se preguntó Godar, visiblemente alterado.
“¡No me dijiste que alguien así de fuerte iba a estar en este lugar!” gritó Blaget, furioso, mientras fulminaba a Godar con la mirada.
“¡Yo no lo sabía!” intentó disculparse Godar, pero su nerviosismo era evidente.
En su mente, las alarmas sonaban descontroladas.
“Si este sujeto está aquí, todo mi plan se irá por la borda,” pensó con angustia, viendo cómo sus ambiciones se desvanecían en un santiamén.
“Esto es malo.
Con ese sujeto a su lado, ese ejército reducido de Reedalia acabará con nosotros rápidamente, a pesar de que estemos en un lugar cerrado,” murmuró Blaget mientras observaba cómo Rodelos derribaba al segundo toro mecánico y se llevaba por delante a un puñado de soldados más.
“No, no, no… Todo esto es tu culpa, Godar.
Debiste averiguar bien quién estaba con el enemigo.
Si hubiera traído a los Vichus, al menos ellos los habrían contenido mientras mi ejército acababa con ellos,” se lamentó Blaget, apretando los puños con frustración.
“No puedo retirarme.
Nunca.
Yo, el gran general Blaget, jamás he salido perdiendo de ninguna batalla, y menos contra los avocados.
A mí me conocen como el exterminador.
No puedo aceptar mi derrota, no estando tan cerca.
Mi jefe Blajon se molestará y me castigará,” pensó Blaget, desesperado.
“¿Qué hago?
¿Qué hago?” Blaget recordó entonces algo que le había dicho Blajon antes de partir: “Si todo sale mal, activa el anillo que le darás a esa sucia alimaña de Godar.” Blajon sonrió con frialdad y añadió: “Bien, Godar.
Será mejor que vayas tú.
Después de todo, fuiste el creador de esta trampa.” Godar puso su cara de póker, tratando de disimular su desconcierto ante las palabras de Blaget.
Sin embargo, no tuvo tiempo de responder.
Blaget lo tomó rápidamente de la mano y tocó el anillo que llevaba puesto Godar.
En ese instante, el objeto comenzó a iluminarse, adhiriéndose con fuerza a su dedo mientras una oleada de dolor insoportable recorría su cuerpo.
“Bien, ve al campo de batalla,” ordenó Blajon, empujándolo hacia la arena sin miramientos.
“¡Pero, ¿qué es esto?!” gritó Godar mientras se desplomaba sobre el suelo del campo de batalla.
Su cuerpo se retorcía violentamente, presa de un dolor brutal que parecía consumirlo desde adentro.
Se aferró al brazo donde el anillo estaba incrustado, sus dedos arañando desesperadamente la piel alrededor del artefacto maldito.
En su mente, los recuerdos lo asaltaron como dagas: todos los sacrificios, las decisiones egoístas, la traición a su propio pueblo… Había permitido que los ejércitos oscuros invadieran su reino, todo por ambición y promesas vacías.
Y ahora, frente a su fin inevitable, cada traición y cada vida arruinada parecían gravitar sobre él como una losa insostenible.
“¡Este será mi fin!” exclamó con voz estrangulada, sus ojos desorbitados por el pánico mientras intentaban desesperadamente arrancarse el anillo.
Pero era inútil.
La joya maléfica estaba fusionada a su carne, y de ella comenzaron a brotar unas raíces oscuras, finas pero implacables, que serpenteaban por su piel como si tuvieran vida propia.
Cada fibra de su ser ardía bajo su contacto gélido, como si mil agujas envenenadas se clavaran en su cuerpo.
Las raíces crecían rápidamente, envolviéndolo, absorbiéndolo, transformándolo en algo que ya no era humano.
Rodelos, al ver al hombre retorciéndose en el suelo, se acercó con cautela para investigar.
Al voltearlo, lo reconoció de inmediato.
“Oye, a ti te conozco… ¿No eras…?” Pero antes de que pudiera terminar la frase, retrocedió bruscamente al sentir una presencia maligna emanando de Godar.
La energía oscura era palpable, como un peso invisible que oprimía el aire.
“¡Todos, retrocedan!” gritó Rodelos, tomando a Ariafilis y a Jock para ponerlos a salvo mientras el suelo temblaba bajo sus pies.
Una fuerza poderosa comenzó a irradiar desde el cuerpo de Godar, creando una serie de raíces negras que lo cubrieron completamente, formando un capullo oscuro.
Este creció descontroladamente, expandiéndose hasta que finalmente explotó, revelando una criatura espantosa que emergió de las sombras.
Era una bestia colosal, con formas grotescas y un aura de maldad que helaba la sangre.
Sus ojos brillaban con un rojo intenso, y sus rugidos resonaban como truenos en la caverna.
“¿Y ahora qué vamos a hacer?” murmuraron los soldados Reedalianos, paralizados por el terror al ver a la criatura frente a ellos.
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