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La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 134

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  3. Capítulo 134 - 134 Alita
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134: Alita 134: Alita “¿Qué hago?

Si lanzo algún ataque, puedo dañar a Ron… ¿Pero si no hago nada, esa cosa acabará con los demás?” murmuró Alita angustiada, su mente dividida entre el miedo y la responsabilidad.

“Vamos, Alita.

Enfócate,” dijo Nakia, sobrevolando frente a ella con una voz firme pero tranquilizadora.

“No por algo entrenaste tan duro.

Ya es hora de que enseñes un poco de tu poder, mi joven alumna.” “Pero, maestra… No creo estar lista,” respondió Alita, dudando de sí misma mientras apretaba los puños.

En ese momento, los recuerdos de su pasado comenzaron a inundar su mente.

Desde que tenía uso de razón, sus padres le habían inculcado que debía estudiar sin distracciones, devorando libros como si fuera su única misión en la vida.

Un día, cuando era pequeña, se chocó contra una pared en la escuela.

Tenía problemas para ver, pero sus padres lo ignoraron, pensando que solo eran cosas de niños.

Sin embargo, el problema persistió, y pronto ya ni siquiera podía distinguir bien la pizarra o leer los libros.

Finalmente, tras insistir, sus estrictos padres la llevaron al médico.

Los exámenes revelaron que su problema era de la vista.

Si la hubieran llevado antes, podría haberse solucionado con unas simples gotas.

Pero ahora, debía usar lentes de por vida.

Todo había sido culpa de la presión constante que sus padres ejercían sobre ella, tanto física como mentalmente.

Querían que fuera una de las mejores en el reino, preparándola para un futuro lleno de éxitos.

Pasaron los años, y Alita ganó una beca para ingresar en una prestigiosa escuela privada a la tierna edad de siete años.

Aunque se sintió emocionada por esta nueva etapa, siempre había algo dentro de ella que no le permitía ser completamente feliz.

Sus padres, en cambio, estaban radiantes.

“Vamos, Alita.

Como la hermana mayor, debes ser el ejemplo para tus dos hermanos menores.

Así como tú, ellos también ingresarán en esta gran escuela, que es exclusiva para la gente de clase alta y privilegiada.

Siente felicidad por este logro, mi niña,” le decían ambos, orgullosos de su hija.

El primer día de escuela, Alita llegó con sus grandes lentes, que eran su herramienta para ver el mundo.

Sin embargo, algunos niños no tardaron en burlarse de ella por usarlos.

Otros, conscientes de su posición económica, la miraban con desdén porque provenía de una familia de clase media, algo inaceptable en un lugar destinado a los más ricos y privilegiados.

Le llamaban “la becada”, pero siempre con un tono cargado de desprecio.

Por eso, Alita simplemente ignoraba los comentarios de los demás y se concentraba en sus estudios.

La muchacha se alejaba de todos, evitando cualquier interacción social.

Siempre fue más inteligente que el resto, impulsada por la exigencia constante de sus padres.

Su madre era dueña de una pequeña panadería, y su padre trabajaba como profesor de una universidad pública en el reino, pero sus ingresos apenas alcanzaban para mantener a la familia, mucho menos para costear una escuela tan prestigiosa.

Con tres hijos que cuidar, cada sacrificio contaba.

Un día, mientras caminaba por los pasillos del colegio, un grupo de chicas comenzó a mirarla con desprecio y murmurar aquella palabra que la perseguía a todas partes: “Ahí viene la becada.” “¿Cuál?

¿La, cuatro ojos?” añadieron otras, riéndose entre sí.

Alita aparentaba calma por fuera, pero por dentro, era un torbellino de emociones.

El peso de las palabras la abrumó, y sin poder soportarlo más, salió corriendo, chocando accidentalmente con alguien.

Cayó al suelo, sobándose la cabeza con una mueca de dolor.

“¡Oye, fíjate por dónde andas!

¡Eso dolió!” dijo una voz infantil, cargada de molestia.

Alita levantó la vista, pero no podía ver nada.

Sus lentes se habían caído en el impacto, dejándola prácticamente ciega.

Comenzó a tantear el suelo con desesperación, buscando sus gafas sin éxito.

“¿Estas gafas deben ser tuyas, no?” preguntó la misma voz, ahora con un tono más calmado.

Antes de que Alita pudiera responder, sintió que alguien le colocaba los lentes sobre el rostro.

Al ajustarlos, su visión se aclaró de inmediato.

Frente a ella estaba un muchacho de cabello verde en forma de púas, que la observaba con curiosidad.

Sus ojos brillaban con una mezcla de intriga y diversión mientras la evaluaba de pies a cabeza.

“Ah, eres tú, la chica que siempre se sienta en el rincón y no habla mucho,” comentó él, cruzándose de brazos.

Alita, aún aturdida, solo pudo responder con un débil: “¡Auch!” Era lo único que lograba salir de su boca.

El muchacho sonrió ligeramente.

“Veo que eres tímida y no hablas mucho.

Bueno, te ayudaré.” Extendió su mano y la ayudó a ponerse de pie.

Al principio, Alita no quería que nadie la tocara, pero sintió una extraña calidez en el contacto que la hizo sonrojarse involuntariamente.

“Vaya, debes tener más cuidado.

Seguramente esas tontas de allá te estaban molestando y diciendo cosas malas, ¿verdad?” continuó el chico.

“No te preocupes, yo también soy becado, pero tengo un buen amigo con quien ando a todos lados.

Aunque es un caso perdido, siempre anda distraído.

Quizá te caiga bien.” Hizo una pausa antes de continuar: “Por cierto, mi nombre es…” Antes de que pudiera terminar, una voz interrumpió desde atrás: “¡Ah!

Aquí estás, Ron.

¿Qué haces tocando a una niña?

¡Iug!

¿Acaso te gusta?” dijo un niño de piel dorada, mirándolo con una mezcla de asco y burla típico de niños de esa edad.

“No, nada de eso,” respondió Ron rápidamente, soltando la mano de Alita.

La chica, visiblemente incómoda, intentó defenderse: “¡No, no, no somos nada!” Pero su rostro se tiñó de un profundo carmesí, lo que solo empeoró la situación.

“Entonces, ¿por qué te sonrojaste?” preguntó el recién llegado con una sonrisa traviesa.

“¡No, nada!

¡Métete en tus asuntos!” le gritó Alita, tratando de ocultar su vergüenza.

Ron, temblando un poco, se acercó a ella y susurró: “Yo que tú no le hablaría así… Es el príncipe.” “¡Este… yo…!” balbuceó Alita, apenada por haberle gritado al heredero del reino.

Su mente comenzó a dar vueltas: “¿Y ahora qué hago?

Si hago algo malo, me sacarán de esta escuela, y mis padres nunca más me hablarán… O peor, me desheredarán.” El chico dorado se acercó a ella y, con una sonrisa traviesa, le dio un pequeño golpecito en la frente con el dedo índice y pulgar.

“¡Auch!” exclamó Alita, llevándose una mano al lugar donde el príncipe la había tocado.

“No tienes por qué ser tan formal,” dijo él con tono amigable.

“Yo soy Paltio, y tú debes ser Alita, ¿la nueva?, ¿no?” “No… No podría llamarte solo Paltio, debería decir ‘príncipe’,” respondió ella rápidamente, tratando de mantener el protocolo mientras su mente imaginaba las posibles consecuencias de un desliz.

“Pues yo te doy la potestad para que me llames así, es como mi abuelo me enseñó,” replicó Paltio con naturalidad.

Luego, amplió su sonrisa hasta que parecía iluminar todo el pasillo.

“Y desde hoy quiero que seas nuestra amiga.” Alita lo miró desconcertada.

“¿Acaso es una orden?” pensó para sí misma, temiendo que, si rechazaba la invitación, su familia pudiera enfrentar represalias.

“Tómalo como quieras, pero desde hoy puedes estar con nosotros,” añadió Paltio sin darle tiempo a responder.

Dio media vuelta y llamó a su amigo Ron.

Ambos comenzaron a caminar, pero antes de alejarse demasiado, el príncipe giró nuevamente hacia ella.

“¿Y tú no vienes, Alita?” preguntó con una ceja levantada.

Desde ese día, algo cambió.

Se formó una alianza poco convencional, una amistad que trascendió barreras sociales y prejuicios.

Después de eso, nadie volvió a meterse con Alita.

De hecho, la empezaron a tratar como su igual.

Algo dentro de ella floreció, algo que siempre le había faltado: la comprensión de que no todo en la vida era estudiar incansablemente, tal como sus padres siempre le habían dicho.

También existía espacio para conocer personas, divertirse y encontrar un equilibrio entre el deber y la felicidad.

Regreso al Presente, Después de recordar esa anécdota de su pasado, Alita tomó una profunda respiración.

“Estoy aquí en este viaje por mi propia cuenta,” se dijo a sí misma con renovada determinación.

“Quiero ser útil para mis amigos.” Volvió su atención a Nakia, que seguía sobrevolando frente a ella, intentando hacerla entrar en razón.

“Tienes razón, Nakia,” afirmó Alita, saliendo finalmente de sus pensamientos.

“Voy a salvar a Ron y proteger a las personas.

Creo que Paltio ya me contagió de sus tonterías.” Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro al pronunciar esas últimas palabras.

“¡Vamos, Alita!

No hay prisa, pero si vas a hacer algo, hazlo pronto porque mi armadura empieza a agrietarse,” gritó Ron desde la pinza de la bestia, luchando por mantenerse firme.

“Bien, lo haré a mi modo.

¡Ahí voy!” exclamó Alita con decisión, preparándose para enfrentar a la criatura.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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