La Ultima Esperanza de Avocadolia - Capítulo 136
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136: Cosas Sueltas 136: Cosas Sueltas “¿Y qué hacen aquí?” preguntó Paltio, mirando a los recién llegados con curiosidad.
“Lo mismo pregunto,” respondió Ron, cruzándose de brazos mientras observaba al grupo de Paltio.
“¿Y qué era esa enorme cosa chasqueada que lanzaron desde su lado?” preguntó Lukeandria, señalando hacia la dirección por donde habían venido.
“Eso era un sujeto llamado Godar, que después se transformó en esa cosa,” explicó Alita, recordando el enfrentamiento con una mezcla de seriedad y tristeza.
“Ese nombre me suena,” comentó Mok, frunciendo el ceño mientras intentaba recordar.
“Pues claro, ese viejo de Godar fue quien nos traicionó ese día e hizo que las sombras ingresaran en el reino,” afirmó Alita con convicción.
“¿Estás segura de eso?” preguntó Paltio, algo sorprendido.
“No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
Ese sujeto fue,” respondió ella con firmeza.
“Ya veo,” dijo Paltio, pensativo.
“Pero recibió su merecido de parte de Alita,” intervino Ron con una sonrisa traviesa, ganándose una mirada fulminante de la chica.
“¡Oye, no digas esas cosas que me haces sonrojar!” le respondió Alita, desviando la mirada mientras sus mejillas se teñían de carmín.
“Pero tú también lo hiciste bien con tu armadura, además de proteger a los demás, Ron,” replicó Alita con una pequeña sonrisa, haciendo hincapié en su valentía.
Sus palabras lograron que Ron se pusiera visiblemente nervioso, sus mejillas teñidas de carmín mientras desviaban la mirada, tratando de ocultar su incomodidad.
Ambos se miraron incómodos, mientras Paltio observaba la escena con una pequeña sonrisa en los labios.
“Vaya, mis amigos han crecido mucho,” pensó Paltio para sí mismo, sintiendo un cálido sentimiento de nostalgia.
Ambos grupos continuaron conversando hasta ponerse al tanto de todo lo sucedido.
“Sí, comprendo.
Creo que Alita tiene razón.
Ese sujeto siempre fue alguien resentido por ser un mestizo,” reflexionó Mok, asintiendo lentamente.
“Así que están aquí porque la última pieza del cetro se encuentra aquí.
Pues vamos a buscarla,” propuso Ron con entusiasmo.
“Oye, ¿y tu hijo?
Digo, ¿Rykaru?, ¿dónde está?” preguntó Alita, mirando a su alrededor con curiosidad.
“No me digas que ya me hiciste bisabuelo… ¡A tan temprana edad, mi muchacho!” interrumpió Rodelos, fingiendo sorpresa mientras señalaba a Lukeandria, quien en ese momento se había quitado el casco.
“Esa chica de allá, que es bastante bonita, ¿debe ser tu novia?, ¿no?” Ron y Alita estallaron en carcajadas ante el comentario, mientras Paltio se ponía visiblemente rojo, intentando contener su incomodidad.
“¡No, abuelo, no!
¡No es nada de eso!” respondió Paltio rápidamente, negando con las manos mientras trataba de aclarar el malentendido.
“¡No, yo no soy su novia!” gritó Lukeandria desde su posición, cruzándose de brazos con una expresión molesta.
Su tono dejaba claro que la idea ni siquiera merecía consideración.
“No, ellos se refieren a mí, Domadoin,” dijo Paltio, señalando hacia un pequeño cubierto de un pelaje blanco como el de un león alvino.
El pequeño jugaba felizmente cerca de ellos, moviéndose con energía infantil.
“Ah, entiendo,” dijo Rodelos, asintiendo con una sonrisa divertida mientras observaba al pequeño.
“Así que este es Rykaru.
Vaya, sí que tiene energía.” “Vaya, ¡qué bonito está!” exclamó Alita, corriendo hacia Rykaru para abrazarlo.
Sin embargo, Ron ya se le había adelantado, levantando al pequeño con una sonrisa.
“Par de tontos cursis,” murmuró Lukeandria, rodando los ojos, aunque no pudo evitar sonreír ante la escena.
Lukeandria, al mirar bien a Rodelos, se dio cuenta de quién era.
Sus ojos se abrieron con sorpresa, y una mezcla de nostalgia y alegría cruzó su rostro.
“¡Maestro!
¡Está aquí!
Vaya, no pensé volver a verlo,” dijo Lukeandria, acercándose con una sonrisa sincera.
“¡Ah!
¿Eres tú, la señorita salvaje de aquella vez?” respondió Rodelos, rascándose la cabeza mientras intentaba recordar.
“Como has crecido… Bueno, supongo que el tiempo pasa para todos,” añadió con una risa nerviosa, aunque era evidente que no recordaba mucho de ella.
“Así que fuiste maestro de ella, ¿abuelo?
No lo sabía,” comentó Paltio, mirando alternativamente a Rodelos y Lukeandria con curiosidad.
“Así es, nieto.
Es una larga historia,” respondió Rodelos con un gesto vago, claramente incómodo por no recordar los detalles de su pasado como mentor.
“Paltio, este es ‘X’.
Quiere hablar contigo,” dijo Rodelos rápidamente, cambiando de tema para evitar profundizar en recuerdos que ya no tenía claros.
“¿Y por qué trae esas cosas tan raras en la cara?
¿Por qué se cubre?” preguntó Paltio, intrigado.
“Hola, Paltio.
Mi nombre es ‘X’, pero mi verdadero nombre es Ban,” respondió el encapuchado mientras se quitaba las cosas de su rostro.
Su rostro, marcado por cicatrices y quemaduras, quedó expuesto bajo la luz.
Las ilusiones creadas por Kilibur habían desaparecido.
“Viajamos todo este tiempo con ese tipo tan feo.
Es por eso que usaba una máscara, no como nosotros,” comentó Dall con su habitual sinceridad, aunque su ingenuidad seguía siendo evidente.
“¡Tonto, eso no se dice!” regañó una de las chicas soldado, aunque no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda al ver el rostro de ‘X’.
“Ah, ya sé lo que quieres.
Seguramente que te cure esas heridas, ¿verdad?” dijo Paltio, observando a Ban con atención.
“¿Podrás?” preguntó Ban con cierta esperanza en su voz.
“Probemos,” respondió Paltio, colocando el orbe frente a él.
Una luz cálida emanó del objeto, curando todas las cicatrices y quemaduras de Ban.
Su rostro, ahora completamente restaurado, reveló facciones inesperadamente atractivas.
Las chicas del ejército de Reedalia no tardaron en rodearlo, fascinadas por su nuevo aspecto.
“¡Tranquilas, yo soy su guardaespaldas!” dijo Ludra con firmeza, moviendo los brazos en un intento por dispersar a las chicas que rodeaban a Ban.
A pesar de sus esfuerzos, era evidente que su intervención solo parecía aumentar el revuelo.
“¡Sí que es guapo!” susurraban algunos de los chicos envidiosos, tratando de disimular su admiración.
“Entonces, hay esperanza para ti, Dall,” comentó un soldado con una sonrisa burlona.
“Yo no estoy así de feo,” respondió Dall, ofendido.
“No, pero puede curarte de ser tan torpe y tonto,” añadió otro soldado entre risas.
“Esa cosa solo cura heridas, chicos.
No hace milagros,” intervino Ron, acercándose al grupo con una expresión divertida.
“¡Tonto, nadie te preguntó!” exclamó Chiki, molesto, mientras le daba una patada en el rostro a Ron con su pata.
“¡Auch!” exclamó Ron mientras perseguía a Chiki.
“¡Vas a ver, perro pulgoso!” “Pues claro, sino ya le hubiera hecho efecto en Ron,” bromeó Lukeandria, provocando carcajadas entre todos.
“Señor ‘X’, póngase la máscara de una vez,” insistió Ludra, tratando de alejar a las mujeres que se acercaban demasiado a él.
“Tranquila, Ludra.
Después del enfrentamiento que hemos tenido con los soldados de las sombras, me di cuenta de algo importante,” dijo Ban con voz firme pero calmada.
“Será mejor mostrar mi rostro y no ocultarme tras una máscara, como lo hizo Ariafilis en su momento.
Es hora de ser honesto con los demás… de convertirme en un nuevo símbolo de esperanza.” Hizo una breve pausa, mirando a todos con determinación antes de continuar: “Desde ahora, llámame por mi nombre: Ban.” “Eso lo dice porque ahora es guapo… pero qué vanidoso resultó ser este señor,” comentó Ludra con sarcasmo, aunque no pudo evitar sonreír.
“Bueno, a lo que vine no fue solo a eso, Paltio,” continuó Ban, recuperando su tono serio.
“Pronto se librará una gran batalla contra las Sombras, y nosotros te ayudaremos.
De príncipe a príncipe.” “¿Eh?” dijeron todos al unísono, sorprendidos por sus palabras.
“¿Cómo que de príncipe a príncipe?
Explícate,” exigió Ron, confundido.
“Bueno, ese era un secreto,” intervino Ludra, cruzándose de brazos.
“Pero parece que el príncipe ya no se va a esconder más.” “Así es,” confirmó Ban con firmeza.
“Yo antes era el príncipe de Fruitalia,” reveló Ban, recordando con melancolía.
“¿Fruitalia?” preguntó Paltio, interesado.
“Sí, Fruitalia es como Avocadalia, pero más pequeño.
Era la matriz de todos los reinos de frutas y vegetales, o bueno, lo era…” continuó Ban, su voz cargada de nostalgia.
“Un lugar muy feliz y próspero donde convivían diversas razas de vegetales y frutas.
Hasta que llegaron las hordas de la oscuridad.
Destruyeron nuestro hogar.
Mi padre me dijo que escapara, pero yo no quise dejarlo.
Luego aparecieron Tejod y sus fuerzas, colocando unos cristales que absorbían toda la luz de nuestro cielo, sumiéndonos en una oscuridad absoluta.
Al estar cerca de uno de esos cristales, quedé quemado y con cicatrices en el rostro.
Por eso lucía como me viste.” “Ya veo,” murmuró Mok, reflexivo.
“Nunca encontramos esos cristales de los que hablas.” “Quizás los esconden para que nadie pueda destruirlos,” interrumpió Rodelos, pensativo.
“Si eso es verdad, entonces tendremos que destruir esos cristales para purificar nuestros cielos y liberarnos de esta extrema oscuridad,” afirmó Paltio con determinación.
“Es una posibilidad,” añadió Alita, quien rápidamente volteó hacia Lukeandria.
“Quizás tú sepas algo sobre dónde pueden estar esas cosas.” La joven permaneció en silencio por un momento, pensativa.
Finalmente respondió: “No sé nada de esas cosas.” Todos se quedaron con cara de póker ante su respuesta tan directa.
“Pero lo que sí sé es que alguien una vez mencionó que hay una especie de red de rayos invisibles que viaja por todo el cielo.
Me imagino que esos cristales deben estar muy bien custodiados, con una seguridad extrema.” “Quizá si logramos encontrar una de esas redes invisibles, podremos rastrear los cristales y destruirlos,” dijo Alita con determinación.
“Y creo saber quién puede ser el indicado para ayudarnos.” “¿Te refieres al profesor?” preguntó Ron, entrecerrando los ojos.
“Así es, ese mismo,” confirmó Alita con una sonrisa confiada.
“¡Ah, Paltio!
También te quería decir algo más,” interrumpió Ban, acercándose al príncipe.
“Necesito tu ayuda.
Si logramos acabar con las sombras, también podré reconstruir mi reino y darle una nueva oportunidad a los ciudadanos que he estado albergando en mi base de resistencia.” Ariafilis tosió ligeramente para interrumpir.
“Yo también quiero salvar a la gente de mi reino.
Es por eso que hemos venido hasta aquí, aunque desconozco este lado del territorio.” “Estamos debajo de las minas, pasando la Cascada de Fuego,” explicó Lucca, señalando hacia arriba.
“¡Ah, así que estamos cerca!” exclamó Jock, asintiendo con interés.
“Nos uniremos a ti, Príncipe Paltio,” afirmó Ariafilis con solemnidad.
“Les debemos a tus amigos y a tu abuelo nuestra eterna gratitud.” “Sí, quédense tranquilos.
Todos nosotros los ayudaremos, ¿no es cierto, muchachos?” dijo Paltio mirando a su grupo con una sonrisa cálida.
“¡Sí, así es!” respondieron todos al unísono.
“Y si somos más, tendremos mayores posibilidades de ganar esta guerra,” añadió Paltio con voz cargada de esperanza.
Sus palabras resonaron entre los presentes, quienes decidieron unirse bajo un mismo propósito: vencer al enemigo común.
“Vaya discursito que te aventaste,” comentó Lukeandria con sarcasmo, cruzándose de brazos.
“Bueno, no lo tenía previsto,” respondió Paltio, sonrojándose ligeramente mientras se rascaba la nuca.
“Bien, entonces esto es lo que tenemos que hacer,” intervino Alita, tomando la palabra con firmeza.
“Primero, buscar la última pieza del Cetro de Avocios.
Segundo, rescatar a las personas atrapadas en esta mina, que es casi todo el pueblo de Reedalia, encontrar y destruir esos cristales y limpiar este reino de las Sombras Negras.
Y, por último, vencer a las sombras definitivamente.” “Bien, manos a la obra,” concluyó Paltio con decisión.
“¡Entendido!” respondieron todos al unísono, listos para actuar.
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